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| Ochío de la panadería Siles de Jaén, foto: Antonio Erena (4.03.19) |
Este año ña campanilla no sonó y los ochíos no han venido.
¿Qué pasará a
Leocadia? ¿Estará enferma?
Esta deserción
resulta inexplicable.
Al día
siguiente, al salir de los oficios de Jueves Santo, doña Presentación se
encontró con su hermana.
—Te ha llevado a ti los ochíos Leocadia?
No, los ochíos
tampoco habían llegado a casa de su hermana. Sin duda ocurría algo, y grande,
para esta ausencia.
Había que
suplirla y ambas se fueron al horno de la calle de los Romeros. ¡Qué jabardillo
reinaba allí! Estaba atestado de mujeres y un vaho dulzón, casi empachoso, de
pan caliente y bollos de aceite trascendía a la calle. Encargaron que les
enviasen un par de docenas a cada una, pero, ¡qué diferencia!, no se podían
comparar ni en tamaño ni en primor con los de Leocadia.
Porque ochío
viene de ocho. Que de un pan salen ocho, y así los hacía la hortelana sin merma
alguna, con la harina mejor cernida y el aceite desahumado con su corteza de
limón. Y hoy ya no sabemos cuántos salen de un pan de masa, pero a juzgar por
el tamaño, más se acercan a los dieciséis que a los ocho. ¡Hasta de nombre
habrá que cambiarlos!

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