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| Rúa Álvaro Cunqueiro, Mondoñedo, foto: Antonio Erena, 24.06.26 |
Escribió Juan Cueto en febrero de 1982, al año de la muerte
de Álvaro Cunqueiro: “Mondoñedo ya no existe”. Todo había sido un espejismo
literario “que se desploma cuando falta el narrador”. Ahora, continuaba Cueto,
Mondoñedo “solo es ciudad de carne y hueso, piedra y cementerio, ferias de San
Lucas y relojeros”.
Pero el Mondoñedo que le dio música a Cunqueiro, ese Macondo
gallego tan vivo o tan ficticio como el país literario de García Márquez, con
la misma intensidad que el Comala de Rulfo, ese Mondoñedo está metido en los
huesos más secretos de la región inventada por su ilustre habitante.
Desde el cementerio donde yace hasta la casa que daba a la
selva, y a la selva de su escritura, ahí está Cunqueiro, mirando con sus gafas
grandes sobre la nariz ganchuda, sus manos apoyadas en el bastón con el que
combatió los males de su precipitada vejez.
Ya no existe Mondoñedo con Cunqueiro. Pero Cunqueiro es una
república aparte. Él es Mondoñedo, fue ciudad, valle, una selva literaria.
Está, se aparece en las paredes que han dejado pasar el tiempo para convertirse
en émulos de los paisajes finales de su amado Turner.
Las calles ya no acogen a Cunqueiro, aunque su nombre —y sus
gafas— esté en todas partes, pero por aquí camina su literatura, se posa en la
selva y en el musgo y da tanto gusto leerla como a él le dio escribirla. Está
la casa natal y está la casa vital, donde pasó años mirando la selva.
Está la acera de sus paseos, el musgo; el hijo, César, que
fue notario, y ahora es lingüista, narrador y poeta, dice que su padre lo
llevaba por el pueblo, le hablaba de lo que pasaba en el país y más allá; era
divertido y ocurrente, pero no llevaba consigo el equipaje de lo que luego se
le ocurría en su escritorio iluminado por una de las imaginaciones más fértiles
de la literatura del siglo XX.
En un recodo, mientras el hijo recuerda esos paseos, hay una
puerta abierta a la nada, y detrás, bosque. Le digo que ahí su padre hubiera
encontrado el espacio para mil leyendas. “No te quepa duda”. Lo boscoso, el
misterio, el musgo que (dice Luis Cochón, profesor, escritor, cunqueiriano muy
ilustre, que viene con nosotros) es la sustancia misma de la obra del autor de
El hombre que se parecía a Orestes, te salen aquí al encuentro como si el
propio Cunqueiro estuviera conduciendo aún el paisaje que se encontró de niño.
Otro César, el poeta César Antonio Molina, que seleccionó
textos suyos y escribió mucho sobre Cunqueiro, al que se le debe la insistencia
que durante años mantuvo vivo en librerías la obra diversa de su paisano, me
había avisado: vete al cementerio. No te pierdas, me dijo, ese mundo que lo
despidió, esa lápida. Ahora ese cementerio es un camposanto romántico en uno de
cuyos nichos, arriba, está Cunqueiro diciendo que si alguien quisiera hacerle
elogio, en la tumba tendría que poner “Aquí yace alguien que con su obra hizo
que Galicia durase mil primaveras más”. Y eso dice, en gallego, una lápida que
le da sentido a lo que ocurre alrededor, el silencio que habita su obra llena
de resonancias marinas y de oquedades de la tierra.
Mondoñedo ya no existe o es otro sin Cunqueiro. Hay que
buscarlo en las piedras y en los libros. César y Luis me señalan las paredes,
que se parecen a las que el pintor José Hernández vio en los alrededores de la
casa de Juan Rulfo, en Jalapa (México), o en aquellas nubes oscuras de Turner.
Y para celebrar el Mondoñedo al que miraba Cunqueiro apuntan al musgo de los
tejados. “Ver esas flores amarillas en la primavera sobre la pizarra es un
espectáculo maravilloso”. Este hombre que nos sirve un refresco lo vio pasear
por esta calle que se llamó como el dictador gallego y que ahora tiene el
nombre de Alfonso VII, vete a saber por qué. Él sabe que Cunqueiro era “buena
persona; la pena es que se marchó”. Pero está en todas partes. Ahora las
tartas, hasta las recetas de cocina (y nunca escribió una receta, dice el
hijo), llevan su nombre. Era, dice Luis, un vecino raro, apreciado por la
gente. “Él decía que podía entrar hasta la cocina en todas las casas de
Mondoñedo”. Y aquí, decía Álvaro, “hasta los locos me llaman de tú”.
Aparte de su estudio, donde la imaginación era más
importante que los libros, hay un espacio real, e ideal, en el que se forjó la
imponente recreación del mundo que acometió Cunqueiro y que recibe, entre
otros, el nombre ficticio de Mondoñedo. Es, me señala Luis Cochón, la explanada
del seminario, donde estuvo el mercado, esa conjunción de latines que escuchaba
el escritor al tiempo que oía la voz de la calle. “De esa combinación entre la
sabiduría y el sabor popular está hecha su obra”. “As tristes ruas, a ancha
praza, a casa…”. Ahí escribía, pero el mundo era la selva, a su amparo nació la
obra que ahora da sentido a la existencia de Mondoñedo, la ciudad “rica en pan,
en aguas y en latín”.
Le pregunté también a César Morán, poeta y músico, que
escribió una tesis sobre Cunqueiro y que fue el último que lo entrevistó, qué
es el escritor en relación con Mondoñedo. “Un árbol, un árbol de la selva.
Mondoñedo es una paráfrasis de Cunqueiro”. El paraíso que nunca perdió. La
melancolía y la alegría. Se consideraba, dice el hijo César, caminando ante la
catedral, “feo, católico y sentimental, como Bradomín”. Un hombre que no
soportaba la pedantería y que era capaz de pasear y leer al mismo tiempo. Al final
de su vida, atacado por una diabetes que no quiso mirarse, abrazó la vida. “Si
tengo que comer lechugas, prefiero morir”. Para él no había tiempo futuro: todo
estaba en tiempo presente, esa puerta que da paso a la oscuridad podía llevarlo
a inventar una historia que relacionara lo medieval con la camelia que veía
nacer en ese instante. Era, comenta Luis, “una mezcla de saberes sacerdotales y
la cultura del mercado”. Y tiene razón Cueto: sin Cunqueiro, Mondoñedo no sería
la ficción literaria que construyó este hombre de nariz ganchuda y ojos
melancólicos. ¿Y si volviera ahora, Luis, reconocería su ciudad? “Como la palma
de la mano. El mismo musgo en los tejados. La misma historia”. Y escribe
pausadamente, en lo blanco de la mancheta de EL PAÍS, esta frase que él
recuerda de Cunqueiro: “Yo hubiera querido escribir la historia de mi ciudad
como hizo Thomas Mann en Los Buddenbrook”.

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