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jueves, 25 de junio de 2026

Calles 17

Rúa Álvaro Cunqueiro, Mondoñedo, foto: Antonio Erena, 24.06.26

Escribió Juan Cueto en febrero de 1982, al año de la muerte de Álvaro Cunqueiro: “Mondoñedo ya no existe”. Todo había sido un espejismo literario “que se desploma cuando falta el narrador”. Ahora, continuaba Cueto, Mondoñedo “solo es ciudad de carne y hueso, piedra y cementerio, ferias de San Lucas y relojeros”.

Pero el Mondoñedo que le dio música a Cunqueiro, ese Macondo gallego tan vivo o tan ficticio como el país literario de García Márquez, con la misma intensidad que el Comala de Rulfo, ese Mondoñedo está metido en los huesos más secretos de la región inventada por su ilustre habitante.

Desde el cementerio donde yace hasta la casa que daba a la selva, y a la selva de su escritura, ahí está Cunqueiro, mirando con sus gafas grandes sobre la nariz ganchuda, sus manos apoyadas en el bastón con el que combatió los males de su precipitada vejez.

Ya no existe Mondoñedo con Cunqueiro. Pero Cunqueiro es una república aparte. Él es Mondoñedo, fue ciudad, valle, una selva literaria. Está, se aparece en las paredes que han dejado pasar el tiempo para convertirse en émulos de los paisajes finales de su amado Turner.

Las calles ya no acogen a Cunqueiro, aunque su nombre —y sus gafas— esté en todas partes, pero por aquí camina su literatura, se posa en la selva y en el musgo y da tanto gusto leerla como a él le dio escribirla. Está la casa natal y está la casa vital, donde pasó años mirando la selva.

Está la acera de sus paseos, el musgo; el hijo, César, que fue notario, y ahora es lingüista, narrador y poeta, dice que su padre lo llevaba por el pueblo, le hablaba de lo que pasaba en el país y más allá; era divertido y ocurrente, pero no llevaba consigo el equipaje de lo que luego se le ocurría en su escritorio iluminado por una de las imaginaciones más fértiles de la literatura del siglo XX.

En un recodo, mientras el hijo recuerda esos paseos, hay una puerta abierta a la nada, y detrás, bosque. Le digo que ahí su padre hubiera encontrado el espacio para mil leyendas. “No te quepa duda”. Lo boscoso, el misterio, el musgo que (dice Luis Cochón, profesor, escritor, cunqueiriano muy ilustre, que viene con nosotros) es la sustancia misma de la obra del autor de El hombre que se parecía a Orestes, te salen aquí al encuentro como si el propio Cunqueiro estuviera conduciendo aún el paisaje que se encontró de niño.

Otro César, el poeta César Antonio Molina, que seleccionó textos suyos y escribió mucho sobre Cunqueiro, al que se le debe la insistencia que durante años mantuvo vivo en librerías la obra diversa de su paisano, me había avisado: vete al cementerio. No te pierdas, me dijo, ese mundo que lo despidió, esa lápida. Ahora ese cementerio es un camposanto romántico en uno de cuyos nichos, arriba, está Cunqueiro diciendo que si alguien quisiera hacerle elogio, en la tumba tendría que poner “Aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más”. Y eso dice, en gallego, una lápida que le da sentido a lo que ocurre alrededor, el silencio que habita su obra llena de resonancias marinas y de oquedades de la tierra.

Mondoñedo ya no existe o es otro sin Cunqueiro. Hay que buscarlo en las piedras y en los libros. César y Luis me señalan las paredes, que se parecen a las que el pintor José Hernández vio en los alrededores de la casa de Juan Rulfo, en Jalapa (México), o en aquellas nubes oscuras de Turner. Y para celebrar el Mondoñedo al que miraba Cunqueiro apuntan al musgo de los tejados. “Ver esas flores amarillas en la primavera sobre la pizarra es un espectáculo maravilloso”. Este hombre que nos sirve un refresco lo vio pasear por esta calle que se llamó como el dictador gallego y que ahora tiene el nombre de Alfonso VII, vete a saber por qué. Él sabe que Cunqueiro era “buena persona; la pena es que se marchó”. Pero está en todas partes. Ahora las tartas, hasta las recetas de cocina (y nunca escribió una receta, dice el hijo), llevan su nombre. Era, dice Luis, un vecino raro, apreciado por la gente. “Él decía que podía entrar hasta la cocina en todas las casas de Mondoñedo”. Y aquí, decía Álvaro, “hasta los locos me llaman de tú”.

Aparte de su estudio, donde la imaginación era más importante que los libros, hay un espacio real, e ideal, en el que se forjó la imponente recreación del mundo que acometió Cunqueiro y que recibe, entre otros, el nombre ficticio de Mondoñedo. Es, me señala Luis Cochón, la explanada del seminario, donde estuvo el mercado, esa conjunción de latines que escuchaba el escritor al tiempo que oía la voz de la calle. “De esa combinación entre la sabiduría y el sabor popular está hecha su obra”. “As tristes ruas, a ancha praza, a casa…”. Ahí escribía, pero el mundo era la selva, a su amparo nació la obra que ahora da sentido a la existencia de Mondoñedo, la ciudad “rica en pan, en aguas y en latín”.

Le pregunté también a César Morán, poeta y músico, que escribió una tesis sobre Cunqueiro y que fue el último que lo entrevistó, qué es el escritor en relación con Mondoñedo. “Un árbol, un árbol de la selva. Mondoñedo es una paráfrasis de Cunqueiro”. El paraíso que nunca perdió. La melancolía y la alegría. Se consideraba, dice el hijo César, caminando ante la catedral, “feo, católico y sentimental, como Bradomín”. Un hombre que no soportaba la pedantería y que era capaz de pasear y leer al mismo tiempo. Al final de su vida, atacado por una diabetes que no quiso mirarse, abrazó la vida. “Si tengo que comer lechugas, prefiero morir”. Para él no había tiempo futuro: todo estaba en tiempo presente, esa puerta que da paso a la oscuridad podía llevarlo a inventar una historia que relacionara lo medieval con la camelia que veía nacer en ese instante. Era, comenta Luis, “una mezcla de saberes sacerdotales y la cultura del mercado”. Y tiene razón Cueto: sin Cunqueiro, Mondoñedo no sería la ficción literaria que construyó este hombre de nariz ganchuda y ojos melancólicos. ¿Y si volviera ahora, Luis, reconocería su ciudad? “Como la palma de la mano. El mismo musgo en los tejados. La misma historia”. Y escribe pausadamente, en lo blanco de la mancheta de EL PAÍS, esta frase que él recuerda de Cunqueiro: “Yo hubiera querido escribir la historia de mi ciudad como hizo Thomas Mann en Los Buddenbrook”.

Juan Cruz, "Mondoñedo es Cunqueiro", Pueblos con autor, El País, 01.09.13

lunes, 6 de octubre de 2025

Gastromanía 48

Picatostes en agua sal, foto: Antonio Erena, 06.10.25
Lo que en Jaén no tiene pero, como decirse suele, son los alimentos. Son tan baratos como nutritivos. El pan es excelente; y si este pan se moja en agua de sal, y después se fríe con aceite en una sartén formando lo que los inteligentes llamamos picatostes constituye un manjar muy delicado, aunque un tanto manchoso. Los bizcochos son excelentes, basta decirte que son mejores que los de Calatayud [1]. Las yemas más exquisitas que las de la calle de Majaderitos [2], y sobre todo la mitad más baratas; la carne de oveja, no te admires, riquísima; la merluza a pedir de boca, las sardinas excelentes; la fruta delicadísima; así es que en esta ciudad hay también gordos y gordas; pero aquí las gordas no son como en Madrid, aquí son muy amables, y si yo hubiera permanecido más tiempo en Jaén hubiera podido abandonar mi carrera de viajero-curioso y emprender la de viajero-especulador, enseñándome por las provincias como un fenómeno de robustez por cuatro cuartos.

El Amigo Ausente (Antonio Almendros Aguilar), «Carta de un amigo que está de viaje a otro que está en Madrid. Andalucía siglo XIX», en El Guadalbullón, periódico cientifico, agricola, literario e industrial, Jaén, Tomo II, Núm. 7.º, 01.04.1847, p. 105 (actualización y notas: Antonio Erena).

[1] Los de la famosa Pastelería Micheto, fundada en 1770.
[2] La antigua calle Angosta de Majaderitos en Madrid, actual calle de Cádiz, conocida desde antiguo por sus comercios de varias clases, como la Confitería de Pérez, existente en 1853.

martes, 24 de junio de 2025

Ayer y hoy 40 - Árboles 1

Juan Martínez Montañés, San Cristóbal con el Niño Jesús (1597-98, realizado con madera de pino de Segura según se estableció en su contrato), iglesia del Salvador, Sevilla, fuente: Sevilla, vida y leyenda (blogspot, entrada del 18.12.21)
Pie del pino Galapán (pino salgareño, Pinus nigra salzmannii), cañada de la Fuenfría, Santiago de la Espada, foto: Antonio Erena, 14.06.25
Al bosque me llevó mi fantasía,
y en su fondo erizado de retamas
hallé un gigante pino, cuyas ramas
eclipsaban la luz del mediodía.
 
Su viejo hendido tronco parecía
reptil informe de ásperas escamas,
y su copa volcán de verdes llamas
que sobre tierra y aire se extendía.
 
Bajo su dulce sombra reclinado
en los goces pensé de la existencia,
y en la felicidad que va a su lado:
 
recordé de los años la sentencia,
até al pino un cordón bien ensebado,
¡y no me estrangulé... por indolencia!

Manuel del Palacio, «Maldita pereza», de Cien sonetos políticos, filosóficos, biográficos, amorosos, tristes y alegres, Imprenta de T. Fortanet, Madrid, 1870.

lunes, 5 de mayo de 2025

jueves, 6 de febrero de 2025

Casas 26

Casa de los Gramáticos, Brihuega, que fue del periodista y escritor Manuel Leguineche, foto: Antonio Erena, 02.02.25
El temor al atocinamiento ha planeado sobre los intelectuales que eligieron vivir en el campo o en las pequeñas ciudades donde cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído o cada soplo una lengua. Nada más llegar a Salamanca, Unamuno escribió a un amigo para informarle que si a los dos años de estar ahí se enteraba de que jugaba al tresillo a diario, daba durante una o dos horas vueltas a la plaza y echaba la siesta, le considerase un hombre perdido; pero que si pasado ese tiempo, seguía estudiando, meditando, escribiendo y peleando en pelea pública por la cultura, le considerase allí mucho mejor que en Madrid. Y así ha sido. También a Josep Pla le preocupa sentirse «satisfecho, saturado, catalogado». A Unamuno le parece que las ciudades despersonalizan, desindividualizan. Acepta la vida del pueblo con sus inconvenientes, a los hombres con sus flaquezas. El mejor modo de conocerse para el rector de la Universidad de Salamanca es «chocar, entraña contra entraña, es decir, roca contra roca con un semejante». Se deja llevar por el amor a la paradoja. Conoce a dos hombres que se ven a diario y no se saludan, pero en el fondo se sienten uno atraído por el otro. «Cada uno de ellos es la más constante preocupación del otro. Las más fuertes atracciones son las que toman la apariencia del odio». A don Miguel le atraía la vida provinciana «porque en ella es más fácil descubrir por debajo de una aparente calma la tragedia. Y tanto como odio la comedia, amo la tragedia. Y sobre todo, la tragicomedia». Jules Renard lo tradujo así: «Huir a un pueblo para convertirlo en el centro del mundo». Hacer lo que a uno le da la gana es bueno para la salud. «La felicidad —escribe Kafka— es comprender que el suelo sobre el que te has detenido no puede ser mayor que la extensión cubierta por tus pies».

Estamos como quien dice atemorizados ante la idea de quién llamará a la puerta: el catastro, Hacienda, el agente del Ayuntamiento con una multa, un impuesto, la policía…

Josep Pla, a través de su tío Eduardo, advierte en La calle estrecha sobre los peligros de la vida provinciana, la angustia del tedio, el narcisismo al que se llega a través de la soledad, del ambiente de campanario: «No vayas al café — recomienda— no juegues a cartas. No frecuentes tertulias estúpidas alimentadas por chismorreos pornográficos o insignificantes anécdotas políticas. Si lo haces quedarás asfixiado por el ambiente. Todo lo verás a través de esa atmósfera en una escala infinitamente pequeña. El ambiente pueblerino satisface porque es cómodo, fácil, asequible, porque todo se halla el alcance de la mano. Pero la misma insignificancia de las cosas lo convierte en un soporífero. Uno termina confundiendo a Napoleón con la cabeza de los vigilantes nocturnos y a Mr Churchill con el oficial de secretaría». En fin, que intoxicado de tonterías «las ilusiones se desvanecen, la voluntad se agota, se pierde el sentido del humor y el de la paciencia».

Si eso ocurre es que te has equivocado de pueblo. Hoy las conversaciones de tertulias están plagadas de comadreos, de referencias televisivas. En cambio en un pueblo como Cañizar, apenas si se habla de Isabel Preysler. Interesa más lo más próximo. Se valoran la falta de pretenciosidad, las pequeñas y apasionadas cosas, el ardor con el que cada testarudo defiende sus tesis y sus manías. A esta misma hora en un salón literario se ponen a caldo unos a otros. Si te gusta el campo, la taberna será la caja de resonancia de lo que ha ocurrido en el campo. ¿Es que eso no enriquece? No existe ningún ser humano que esté totalmente desprovisto de interés, creía Pla. Esa originalidad, esa diferencia, esa receptividad y humanidad son las que habrás de aprovechar. Para lo demás está la tele:

                                                        Somos entre tanto felices
                                                        Seven o’clock.
                                                        Todo es bar y delicia oscura
                                                        ¡Televisión!
                                                                                   (Jorge Guillén)

 Manuel Leguineche, La felicidad de la tierra, Alfaguara, 1999, págs. 35-37.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Lecturas 15

Ángel Palomino, Madrid, Costa Fleming, Planeta, 1975
Una vez le preguntaron a Raúl del Pozo en qué costa de España veraneaba, y él respondió que en la costa Fleming. Doctor Fleming es una calle del barrio de Chamartín de Madrid a la que fueron a parar en los años 50 muchos marines estadounidenses dándole un nuevo aire: alcohol, horarios laxos, bares, prostíbulos. Una década después, era la zona de moda del faranduleo artístico; calles de “costumbres relajadas”, en eufemismo maravilloso de la época. La zona generó hasta un sonido propio, el sonido Costa Fleming, que hace unos años homenajeó en un disco uno de los músicos más originales y auténticos de la escena española, Fran Nixon. Nixon dijo una vez: “Cantar es una de esas cosas que merece la pena hacer aunque se haga mal”. Y este martes a primera hora, cuando se levantó de la cama el último vecino de la Costa Fleming, Ramón Tamames, debió de recordar aquella tarde en una marisquería de Madrid, cuando Sánchez Dragó, vinos mediante, propuso a Vox su nombre para ser presidente del Gobierno. “Ser presidente es una de esas cosas que merece la pena hacer aunque se haga mal”, tuvo que decirse cuando escuchó la oferta el profesor, de 89 años. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era una gran idea. Tamames dijo entonces una frase brillante: “Si no lidero la moción, puedo arrepentirme el resto de la vida”.

Entró en el hemiciclo con una sonrisa, apoyándose en un bastón y en un ujier del Congreso y escoltado por el líder de la extrema derecha, Santiago Abascal. Nada más llegar, lleno de solemnidad, se dirigió a la bancada del Gobierno a saludar ceremoniosamente a los ministros. Subió las escaleras acompañado del ujier y se sentó en un escaño junto a Abascal, que le avisaba de cuando salía a la tribuna para que el viejo profesor echase su silla hacia delante. Ya en los discursos, tanto de su padrino como de Pedro Sánchez, dio un recital de gestualidad. Hundido a ratos en el sillón, con el mentón en el pecho y sacándose y poniéndose las gafas. Sin consultar compulsivamente el teléfono móvil como el resto de los diputados, ejerciendo con habilidad la superioridad moral del que no tiene redes sociales. Sin mover una ceja cuando Abascal dijo que los diarios y sus voceros tenían ya las crónicas y los titulares escritos, como cuando su eurodiputado Hermann Tertsch dejó grabada la crónica de una huelga antes de que empezase.

A veces con la boca entreabierta en señal de estupefacción, otras frunciendo el ceño (cuando Sánchez lo definió como “señuelo”), muchas veces con gesto de cansancio (no tuvo el turno hasta más de dos horas de iniciada la sesión, su labor hasta entonces consistió en apartar la silla cuando pasaba por detrás Abascal) y no aplaudió a nadie, ni a los que lo metieron en el Congreso ni a los que el miércoles lo van a sacar. Hizo algo más: mirar el reloj, también cuando hablaba el líder de Vox. Y llamar la atención, muy incómodo, a Sánchez y Díaz por la duración de sus discursos (llegó a interrumpir a Sánchez aludiendo al tocho de 20 folios que llevaba el presidente —¿eran 20?, ¿los contó desde allí?—). Cuando llegó su turno, volvió la mirada al reloj, pero para sacárselo; se fajó con él durante segundos eternos mientras Abascal se desesperaba: “Cuando quiera, don Ramón”. Pero estaba don Ramón en ese momento como para dar las campanadas. Cuando acabó su primer discurso, dio las gracias a todos como cuando uno sale en televisión —y él estaba en todas—, en especial a su mujer Carmen. Como cuando uno publica un libro que sospecha será el primero y el último, y se lo dedica a todo el mundo que pueda. De hecho, su presencia allí era por un libro: el que ha anunciado que escribirá con su experiencia en la moción de censura. Costumbres relajadas.

Cinco horas antes, Ramón Tamames había cruzado el portal de su casa vestido para la ocasión en su día más importante; el día en que fue candidato a la presidencia del Gobierno, sin saber que el disco con el que Francisco Nixon homenajeó el sonido de la Costa Fleming se llama Lo malo que nos pasa en referencia a la frase de Pascal: “Todo lo malo que me ha pasado en la vida ha sido por salir de casa”.

Manuel Jabois, «Tamames en la Costa Fleming», El País, 21.03.23

jueves, 5 de enero de 2023

Santos Reyes

José Castelaro, La Noche de Reyes en la Puerta del Sol, 1839, Museo de Historia de Madrid
¡Qué es ver al fornido nieto
del héroe de Covadonga
con un cencerro en la mano,
con un hachón en la otra,
guiar a la turba multa
de carboneros y mozas
que por un chico de Arganda
formales juran y otorgan
que han visto a los Reyes Magos
en la Puerta de Segovia!
                                     (1856)

José Joaquín Villanueva, «Costumbres Madrileñas. La venida de los Reyes Magos»,
El Museo Universal, Año IV, Núm. 2, Madrid, 8 de enero de 1860, p. 14.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Excéntricos 28

Joseph Roth (Brody, 2.09.1894 - París, 27.05.1939)
Fuente: Cuarta Prosa (página web)

Por qué queremos tanto a Joseph Roth

No se puede decir que no gozase de cierta fama y reconocimiento en vida —La marcha Radetzky fue un novelón con muchos devotos y Marlene Dietrich puso de moda su nombre al confesar que su libro favorito del mundo era Job—, pero cuando Joseph Roth murió de cirrosis en un hospital de París en mayo de 1939, ni los judíos de la ciudad le cantaron un kadish, pues lo tenían por un converso, ni los curas católicos consintieron echarle una misa, pues nadie sabía si estaba bautizado. Hasta su lápida parece una afrenta: figura en ella como “poeta austriaco”, cuando en realidad murió apátrida y sin reconocer a la república que sucedió al imperio austrohúngaro. Dejó un manuscrito inédito que publicaría meses después un editor alemán en el exilio de Ámsterdam, en una edición casi secreta que estuvo a punto de perderse en la albada de la nueva guerra. Nada apuntaba a la posteridad. El olvido ya se había hecho fuerte incluso entre sus amigos, apátridas como él y algunos pronto suicidas, como Stefan Zweig. No había ningún indicio de que más de 80 años después sería uno de los autores de moda, uno de los más venerados, citados y homenajeados a comienzos del siglo XXI.

El interés por Roth crece y parece inagotable. A las constantes reediciones de sus libros en español se suman este otoño ensayos sobre su figura, como el magnífico de Berta Ares Yáñez, ‘La leyenda del santo bebedor’, legado y testamento de Joseph Roth, que detalla las claves bíblicas y judías imprescindibles para entender sus libros. Acaba de salir también una nueva biografía en inglés, a cargo de Keiron Pim, que actualiza el mito y profundiza en él, aunque pocas pruebas más contundentes de la vitalidad de Roth que su inclusión como personaje en Nocturno berlinés, la última entrega de Corto Maltés.

Son misteriosas e inefables las razones que llevan a una legión de lectores a interesarse por la obra y vida de un pobre judío apátrida y alcoholizado, pero voy a aventurar media docena de rasgos que apuntalan la contemporaneidad de Roth y pueden explicar por qué tantos fieles lo sentimos uno de los nuestros.

1. Es un profeta. Joseph Roth fue uno de los primeros intelectuales que predijo el Holocausto, aunque no vivió lo suficiente para ver sus profecías cumplidas. Comprendió con hondura la transformación xenófoba y violenta de la sociedad alemana y señaló a los nazis como los destructores de la civilización, antes incluso de que alcanzasen el poder, y mucho antes de que la amenaza fuera tomada en serio por nadie. En Judíos errantes narra el mundo del shetel, la cultura judía de Polonia y Ucrania en la que nació y que consideraba ya perdida (¡En 1927, ocho años antes de las leyes de Núremberg!), y La filial del infierno en la tierra o El Anticristo son alegatos dolorosos de puro lúcidos. Leídos hoy, asombra cuánta razón tenía y cuán solo estaba gritándola.

2. Es un nómada que nunca tuvo casa. La juventud del siglo XXI, angustiada por una vida a salto de mata, sin hipoteca ni jardín, se parece un poco a la vida de Roth, que vivió siempre en hoteles, no tuvo hijos y mantuvo relaciones amorosas que hoy llamaríamos fluidas, abiertas y libres (una de ellas, trágica: casi todo su dinero se iba en pagar las clínicas donde trataban a su esposa esquizofrénica). Su primera obra importante fue Hotel Savoy y desde entonces sus libros estuvieron llenos de vagabundos, viajantes y buscavidas. No hay Ulises ni Ítacas en sus páginas: todos asumen que la vida es frágil y mutable, y hay que adaptarse al movimiento perpetuo, porque el capitalismo (aquí viene la conexión Roth-15M) ha destruido las certezas y el sentido de comunidad.

3. Añora lo sagrado. Como todo desarraigado, siente una enorme nostalgia por un mundo donde otra vida era posible. Una vida con lazos comunitarios, donde las cosas tenían un sentido y la trascendencia era un milagro cotidiano que ningún cínico negaba. Seguramente hoy le caería el sambenito de neorrancio, y La marcha Radetzky puede pasar por un monumento reaccionario digno de un discurso de Santiago Abascal, si este supiera hacer discursos buenos. Pero no le faltarían defensores posmodernos —como no le faltan, de hecho— que interpretarían su querencia nostálgica como una respuesta sutil a la banalidad del presente. En los libros de Roth ya viene anticipado todo el debate feroz sobre los usos de la memoria y la historia que marca tantas discusiones de hoy.

4. Es un narrador legible que trasciende las modas. La voz de Roth es única. No se adscribe a movimiento alguno, no se parece a casi nada y por eso no necesita explicación ni exégesis. Aunque le caben muchos análisis, como ha demostrado Ares Yáñez. Se entiende mejor con unas pinceladas de conocimientos de judaísmo, pues toda su narrativa bebe de esa tradición, pero no hace falta estar al tanto de las disputas teológicas entre jasídicos e ilustrados en la Polonia del siglo XVII para entender Tarabás o El peso falso, pues Roth fabula como un contador de historias oral, con una sencillez que encandila y trasciende cualquier barrera cultural o histórica. Puede ponerse de moda en cualquier momento, su literatura es atemporal, como la Biblia.

5. Como polemista, no hacía prisioneros. Aterra imaginar a un Joseph Roth tuitero. Hubo pocas polémicas de su tiempo en las que no intervino. Sus colecciones de artículos y sus epistolarios revelan a un discutidor temperamental, ingenioso y muy difícil de contraargumentar, un contertulio temible en cualquier disputa. Ni la amistad ni las deudas personales suavizaban su juicio: si tenía que discutir con vehemencia y llamar idiota a su interlocutor, lo hacía sin dudar. El pobre Stefan Zweig lo sufrió a menudo. En no pocas cartas, después de reprocharle con mucho acíbar sus posiciones políticas, Roth le pedía dinero. Lo cortés y lo valiente.

6. Su tragedia personal conmueve al mundo hipersentimental de hoy. Si los libros de Roth no bastasen por sí solos, la vida del escritor (o más bien su muerte) le colocaría en el parnaso del siglo XXI: solitario, desahuciado, enfermo y víctima preventiva de los victimarios más horribles de Europa. Cuando la dueña del hotel de París donde vivía en los últimos meses le negaba el alcohol, diciendo que ya había bebido bastante, se iba a escondidas a otro café y pedía allí un pernod clandestino. No era un borracho petulante, tan solo triste, un pobre hombre resignado y consumido. Alguien a quien querer.

Sergio del Molino, El País, 1.11.22

jueves, 19 de mayo de 2022

Olivo

Lámina botánica del olivo (Olea europaea)
Köhler’s Medizinal Pflanzen, Vol. 2, 1890

Nos lleva el coche velozmente por la carretera y, entonces, aquí, en Jaén, a derecha e izquierda, olivos. Pero eso es nada más verlos. Y creo que vienen ocasiones en que hay que estar con ellos; es decir, intimar con ellos y conocerlos. ¿Por qué? ¿Para qué? El olivo es nuestro árbol, ejemplo vivo para todos los hombres de Jaén. De él podemos aprender mil cosas estupendas. Primera, a no ser espectaculares. ¿Conocen ustedes un árbol menos sensacional? Se achaparra y parece que hace todo lo posible por disimular su eficacia e incluso su belleza. El álamo —narciso junto al río— está muy ufano de su vertical empaque. Todas las acacias predican primaveras presentes o ausentes. Naranjos, melocotoneros, limoneros, están contentos —se les ve el júbilo vegetal, porque hay también júbilos vegetales— de su perfume y de su fruto. Y están satisfechos con razón. Pero yo advierto en el olivo algo único que me encanta. Miro y admiro en él no se qué abnegación. Diría que es un árbol ascético. Por supuesto, exige poquísimo. Hay olivos de secano, en la altura de las lomas, lejos de todo regato, que viven al amparo exclusivo de «lo que Dios quiere», del agua de la lluvia. Estos olivos predican ese «sea lo que Dios quiera», frase que, para mí, no implica ningún conformismo, sino que más bien me parece la expresión de una firme elegancia estética del ánimo. Porque, en el fondo, la elegancia es escepticismo. Escepticismo del bueno, porque conduce directamente a la esperanza. Lo contrario del optimismo, obtuso, de quienes creen que todo sucederá a la medida de nuestros deseos. Ese optimismo bobo conduce, al final, o a la necedad (si por casualidad vienen bien unas cuantas cosas), o al nihilismo (si luego las cosas no nos dan la razón).

[…]

Y pienso que caminar entre olivos da una fortaleza de ánimo. Árbol que reduce sus necesidades, que no pide seguridades, que no condiciona su fruto, su eficacia o su belleza a ningún paraje. Es decir, árbol generoso que otorga mucho y apenas reclama nada. Crece igual en la eminencia que en el llano; escala las laderas, se acerca a la vereda y al camino; se uniforma en ringleras cuya monotonía no empece su belleza. (A mí los olivares me recuerdan las estrofas de Berceo, de la «quaderna vía», que tan gratas le eran a Antonio Machado). Porque la belleza no siempre es bonita o pinturera. El olivo no es pinturero y, sin embargo, conforta contemplar el olivar. Infunde serenidad, paz…

No me deja contento pasar de largo ante el olivar. Quiero entrar en él, caminar pisando los terrones removidos, estar un rato descansando a la leve sombra del árbol…

Juan Pasquau, «De la imitación del olivo», Diario Jaén (31.01.1973)

lunes, 9 de mayo de 2022

Ejemplo

Marisol Galdón (03.08.1962), fuente: Wikipedia

Marisol Galdón: “Muchos están jodidos como yo y solo muestran su cara ideal”

La comunicadora y actriz, que publicó un vídeo pidiendo empleo, denuncia la perversidad de un mercado que excluye a las mayores y confiesa la dureza de vivir en la precariedad y la pobreza cuando se ha tenido casi todo

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Charlando ambas sentadas en el salón de su bonito adosado con vistas al bellísimo campo alcarreño, cuesta creer que Marisol Galdón esté tan mal económicamente como para haber publicado hace unos meses un vídeo pidiendo trabajo y confesar, hoy, que sigue pasándolas canutas y no le llegan ofertas. Primer prejuicio a revisar. La casa, llena de lozanísimas plantas y estantes atestados de libros viejos, es alquilada; su casero, comprensivo, le ha aplazado y rebajado la renta, y la inquilina completa sus escuetos ingresos con ayudas de amigos. Galdón, amable y locuacísima, luce primorosamente vestida, teñida y maquillada. Segundo prejuicio: se tiñe y se maquilla ella sola, y el modelito que ha elegido para las fotos, divino, es de hace décadas. Prejuicios fuera: la pobreza y la precariedad no implican siempre pasar hambre ni llevar harapos. Y ella es la primera en saberlo.

¿Cuándo empezó a torcérsele el carro, laboralmente hablando?

En realidad, muy pronto. Después del boom de los programas Plastic y Peligrosamente juntas, en los noventa, me llamaron como opinadora en Telecinco, como jurado en programas de entretenimiento y cosas así. No me llenaba profesionalmente, pero pagaban bien, aunque jamás me hice rica. La ruina llegó con la crisis de 2008, en la que bajaron brutalmente las tarifas, y, sobre todo, con la pandemia. Se paró todo. No me salía nada. Tuve que vender mi casa, pagar deudas. Llegó un momento en que no vi otra salida que grabar y subir el vídeo.

¿Cuánto le costó publicarlo?

Muchísimo. Es durísimo salir del armario de la pobreza, y más en una época y una profesión en las que mandan el postureo y la impostura. Alucinarías con la cantidad de colegas que están tan jodidos como yo y solo muestran su cara ideal.

También hay gente que lo pasa bastante peor que usted.

Claro, yo no estoy en guerra encerrada en un sótano en Ucrania ni me han mutilado el clítoris ni paso hambre. Pero necesito trabajar y nadie me contrata. Y luego está la dictadura esa de la autoayuda y el autoempleo. “Emprende, emprende”, te dicen. Reinvéntate. Yo escribo libros, tengo un blog, acabo de rodar un corto, me invento mil cosas, pero de eso no vivo. Estoy harta de ese discurso. A la mierda la resiliencia. Al final, te culpan a ti de no darte trabajo.

¿Cómo es ser pobre cuando se ha vivido confortablemente?

Muy duro. Yo, modestamente, lo he tenido todo. Te vas empobreciendo, vas teniendo que dejar de hacer cosas. Parecerá frívolo, pero es una derrota íntima, por ejemplo, tener que dejar de usar cremas buenas por una del súper, y racionándola. Y lo de mendigar a los amigos... Es todo no, no, no.

¿Qué es ahora un lujo para usted?

Un libro. Hace siglos que no me compro uno, es de lo que peor llevo.

Un libro cuesta unos 20 euros.

Sí, pero son 20 euros que quito a la compra y las facturas. Mi único lujo es Spotify. Nueve euros al mes, incluso en los peores tiempos. Habrá quien no lo entienda, pero sin música me muero.

En el vídeo se ofrece de periodista, DJ, presentadora de eventos, guionista. ¿Está al día en todos esos frentes?

Soy muy buena haciendo todo eso. Ya lo he hecho y ahora, a mi edad, lo haría muchísimo mejor. Tengo experiencia, poso, aplomo. Pero no me quieren. Ese es el drama.

¿No se le caen los anillos por nada?

Nunca. Porque, además, estoy sola. No tengo padres ni hijos ni pareja. No tengo a nadie. Por eso me endeudé como una loca antes de pedir ayuda a los amigos. El tiempo pasa, la gente te dice que cómo puede ser, si eres muy potente. Y tú dices, seré potente, pero en un mundo impotente. Y te metes en un pozo muy negro. El año pasado por estas fechas casi termino como Verónica Forqué.

¿De verdad pensó en suicidarse?

Sí, sin dramas, además, porque siempre he pensado que la vida le pertenece a uno y a nadie le importa lo que hagas. De niña te enseñan cosas maravillosas como la bondad y luego sales al mundo y ves que son patrañas, que todo es mentira. Y si eres buena persona, lo pasas mal. Cuando te vas estrellando contra una valla y otra, y no lo logras, te desesperas. Yo me valoro mucho a mí misma. Demasiadas cosas he hecho ya por debajo de mis posibilidades. Entonces, si este mundo no está interesado en mí, dices, como Fernán Gómez: “Idos todos a la mierda”.

¿Por qué no lo hizo?

Porque me concedieron una ayuda de 400 euros de AISGE (Sociedad de Gestión de Derechos de Imagen de Intérpretes), de la que soy socia. Y me salieron de puta chamba unas secuencias en la serie Sentimos las molestias. Del Estado no he recibido nada. Esas ayudas a mí me salvaron la vida. Con eso voy tirando.

Ha dicho que no tiene a nadie. ¿Cómo lleva la soledad?

En mi fórmula de la felicidad, y cada uno tiene la suya, entra la soledad. Es maravillosa si una está a gusto consigo misma. Desconozco el aburrimiento. Estoy todo el día haciendo cosas. He vivido en pareja ocho años con el primero, cuatro con el segundo, y con el tercero no llegó ni a dos, y cada uno en su casa. Ahora hace 20 años que no tengo novio. Necesito mi mundo, mi espacio, mi rollo.

¿Ha renunciado al amor?

El amor ha renunciado a mí, lastimosamente, y eso sí me sabe mal. Cuando hice el monólogo Me río por no follar, que hablaba del sexo y las mujeres maduras, decía que me había hartado de follar y lo que quería era hacer el amor. Pero no es así: se puede hacer el amor con alguien de quien no estás enamorado. Y follar, también. Eso sigue operativo y lubricado. Las menopáusicas no somos mujeres de segunda clase como quieren hacernos creer. Al revés, para mí fue una liberación.

¿Y las arrugas?

Pero, ¿cómo me preguntas eso?

Bueno, yo las llevo regular.

Porque el puto patriarcado nos ha vendido que un hombre maduro da igual que tenga arrugas, tripa, canas. Lo importante es su sabiduría y su experiencia. Y que las mujeres podemos ser sabias, pero qué mal se nos ve pasada una edad. Ese es el problema en que nos han metido y caemos como idiotas. ¿Cómo permitimos que nos mangoneen así? Aunque reconozco que el código de barras me tiene frita. Será por la crema del súper [bromea].

¿Se siente una culpable de no encontrar trabajo?

La culpa lo único que hace es meternos veneno y tenernos controlados. Pero sí. Cuando eres autocrítica, lo primero que haces es culpabilizarte. Siempre pienso qué habré hecho mal, en qué la habré cagado. Pero eso es perverso. Este mundo no me merece. Tienen a una tía como yo, superválida, que puede hacer mil cosas en un montón de frentes, y no les interesa. Esa es la realidad.

Hace ya ocho meses que publicó su videocurrículo. ¿Ha merecido la pena?

Aquello se hizo viral, me puso en el mapa y me salieron bolillos, entrevistas, alguna cosilla, sí, pero es todo tan precario y tan puntual que no acabo de salir del hoyo. Lo digo otra vez desde aquí: necesito trabajar ya. Tuve que darme de baja en la Seguridad Social por no poder pagarla y necesito cotizar para cobrar pensión. Hace poco me ofrecieron ir [al reality] Supervivientes. Les agradecí la atención, pero debí de mostrar tan poco entusiasmo que no me volvieron a llamar. Soy una mujer madura y talentosa a la que no le dan trabajo. De petarda me habría ido mejor.

'MARISOL AL DESNUDO'

Así se titula el cortometraje que ha rodado Marisol Galdón (Barcelona, 59 años) sobre su vida actual y las razones que la llevaron, en septiembre de 2021, a colgar un vídeo en Twitter relatando su abultado currículo y pidiendo trabajo. En él, no se le ve un centímetro de más de piel, pero Galdón se desnuda confesando sus más íntimos sentimientos: los de una mujer en plenitud obligada al ostracismo y la precariedad por un mercado de trabajo que la ignora. Marisol, rostro popularísimo en la televisión de los noventa y los primeros dos mil, estudió Periodismo, aunque su auténtica vocación hubiera sido ser directora de cine para narrar historias. Acaba de publicar su tercer libro, un trepidante thriller titulado Cumbres tenebrosas, y de aparecer como actriz en la serie Sentimos las molestias, junto a Antonio Resines, Miguel Rellán y Fiorella Faltoyano. Sigue buscando trabajo.

Luz Sánchez-Mellado, Gente con Luz, EL PAÍS , 08.05.22

martes, 31 de marzo de 2020

Casas 15 (confinados 1)

La granja de la familia Dickinson en Amherst, Massachusets, donde vivió Emily buena parte de su vida
Fuente: Museo Emily Dickinson (página web)
La vista desde mi ventana, Richard Ford, Babelia (27.03.20)

The soul selects her own society,
Then shuts the door;
On her divine majority
Obtrude no more.

Unmoved, she notes the chariot's pausing
At her low gate;
Unmoved, an emperor is kneeling
Upon her mat.

I've known her from an ample nation
Choose one;
Then close the valves of her attention
Like stone.


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El alma selecciona su propia sociedad,
luego cierra la puerta;
en su divina mayoría
no más intromisión.

Inmóvil, ella observa los carruajes parándose
ante su verja baja;
inmóvil, un emperador se arrodilla
sobre su estera.

Yo le he conocido a ella, de una vasta nación,
elegir a uno;
luego cerrar las valvas de su atención,
como piedra.

Emily Dickinson, Exclusion (Exclusión, 1862)
traducción: Antonio Erena

miércoles, 3 de enero de 2018