lunes, 2 de noviembre de 2026

In ictu oculi

Juan de Valdés Leal, In ictu oculi, exposición "Arte y misericordia. La Santa Caridad de Sevilla", Museo de Bellas Artes de Sevilla, foto: Antonio Erena, 12.05.26
En el museo Metropolitano de Nueva York me fijé por primera vez en la cabeza de leona de la diosa Sekmet. Era una exposición sobre los saberes de la medicina en el Antiguo Egipto. En un vestíbulo en penumbra, que tenía una atmósfera inevitable de templo, relucía la superficie muy pulida del basalto, la diosa sentada en su trono, esculpida a una escala mayor que la humana, con una majestad definitiva, una serenidad amenazante. Sekmet es la diosa de la guerra y la peste, de la desgracia súbita y de la curación. Su aliento de fuego asolaba la vegetación y expandía el desierto. Cuando Ra, asustado por la iniquidad de los seres humanos, decidió exterminarlos, Sekmet avanzaba sobre la tierra extendiendo la mortandad universal como una gran mancha de sangre. El Jehová del Génesis tuvo un arrepentimiento parecido.

Me acuerdo de aquella cabeza de la diosa leona cada vez que tengo miedo de que una desgracia sin remedio irrumpa en las vidas de las personas que quiero, o desbarate de golpe una normalidad que cada día siento más frágil. La frontera entre la lucidez y el trastorno puede ser tan estrecha, y tan ambigua, como la que separa lo cotidiano de lo inaudito, la calma del horror. También la pesadumbre y la alegría pueden estar más conectadas entre sí de lo que muchas veces nos da a entender nuestro desaliento. Agazapada en los escenarios usuales de la vida, la leona Sekmet da un salto de relámpago y degüella a su presa indefensa de una dentellada. Y lo hace sin motivo, sin un propósito moral, sin el menor interés en la inocencia o la culpabilidad de la víctima, con la crueldad impasible de los grandes depredadores y de los fenómenos excepcionales de la naturaleza. En 1755, después de la catástrofe sucesiva del terremoto, el tsunami, el gran incendio de Lisboa, Voltaire conjeturó que no era verosímil creer en un Dios que administraba el mundo a través de una providencia justiciera: qué culpa tendrían que pagar los millares de ahogados anónimos, los sepultados, los consumidos por el fuego.

Hay pensamientos y sensaciones que no sabemos bien si las produce la lucidez o el trastorno, o una mezcla de los dos para la que no tenemos nombre. Una conciencia afligida o debilitada tiende a percibir que la realidad en torno suyo es más insegura y amenazante de lo que parece. El suelo que pisas es una delgada lámina de hielo. El mundo a tu alrededor es de una complejidad que de un momento a otro puede quedar desbaratada por el caos. El autobús enorme que se acerca a toda velocidad a la acera en la que tú aguardas o al paso de cebra que empiezas a pisar puede no detenerse a tiempo. Las personas digamos normales viven con la convicción inquebrantable de que los accidentes y las desgracias, si bien existen, les suceden exclusivamente a otros, casi todos ellos desconocidos. Esa visión sin duda insensata de las cosas ayuda sin embargo a circular razonablemente por la vida, al aliviar el presentimiento de un horror posible del que solo nosotros estaríamos exentos. Gente anónima muere por centenares en avalanchas de glaciares que se derrumban por las laderas del Himalaya, en terremotos que se abaten sobre barriadas de hacinamiento y miseria. Incluso los desastres más cercanos afectan con preferencia a otros. El espanto parece inseparable del alivio. Creerse particularmente a salvo es una ensoñación extendida y persuasiva de la que solo lo despierta a uno, cuando ya no hay remedio, la dentellada o el zarpazo, el aliento de fuego de la leona Sekmet en la nuca.

El trastorno, el malestar profundo que puebla de amenazas y sombras la vida diaria, puede que sea a veces una forma de lucidez. Las sombras andan por dentro, pero también están fuera, y son bien reales. Una persona de mente frágil rehúye por instinto los lugares contemporáneos en los que se congregan las multitudes y las máquinas, los estruendos de la velocidad, las complejidades formidables del funcionamiento tecnológico del mundo. Yo sé que hay épocas de mi vida en las que no puedo aventurarme solo —y con frecuencia ni siquiera acompañado— en un gran aeropuerto, o en una de esas estaciones de tren que son cada vez más parecidas a aeropuertos. Los ecos de la megafonía en bóvedas de metal y hormigón me asustan porque no comprendo lo que dicen esas voces. Al bajar por las escaleras mecánicas he tenido la sensación de que tras el último peldaño se abriría un gran foso que nos engulliría a todos con nuestros teléfonos y nuestras maletas de ruedas. En los controles de seguridad cada uno de nosotros, idéntico a los demás, era un maniquí o un monigote en una cadena de montaje. Desde la altura de una pasarela he visto bajo mis pies haces de trenes moviéndose adheridos los unos a los otros como cables o tuberías en las tripas de una maquinaria gigante. La omnipresencia de las pantallas repitiendo imágenes publicitarias tan circulares como pensamientos obsesivos me ha forzado a cerrar los ojos o a fijarlos en un libro para apaciguar el vértigo.

Una pastilla puede servir de alivio. Se pueden mitigar las turbulencias de la imaginación, pero quizás no al precio de anestesiar la realidad. Los peligros que amedrentan a la persona frágil o de sensibilidad extrema también amenazan a quien se cree a salvo de ellos. El conductor beodo o gamberro que se lleva por delante a una abuela en un paso de cebra puede acabar igual de fácilmente con la vida de un joven en la plenitud de sus reflejos. Los ancianos, los niños, los animales, las personas de alma atribulada de cualquier edad, son los sensores muy especializados que perciben lo que la mayoría prefiere no ver: lo desquiciado, lo desmedido del mundo, la avidez del crecimiento cuantitativo y la acumulación, la multiplicación de todo, al precio que sea, al límite del derrumbe: el delirio del crecimiento ilimitado en un planeta donde los recursos esenciales son muy limitados, las temperaturas cada vez más altas, las calamidades naturales más frecuentes. Como hace solo unos meses en Adamuz, o hace dos años en las inundaciones de Valencia, expertos de todo tipo se apresuran a analizar las causas del nuevo desastre ferroviario, mientras los familiares buscan y lloran a los muertos, y los carroñeros de la política se van afilando con deleite los colmillos. Le digo a mi amigo ingeniero que quizás algo que ocurre es que hay demasiados trenes discurriendo por las mismas vías, y como los ingenieros creen que no hay problema que no pueda resolver la ingeniería, incluso cuando se trata de problemas creados por ingenierías anteriores, mi amigo me dice: “Más aviones despegan y aterrizan a cada momento, y nunca pasa nada. Con mejores sistemas de control todo se resuelve”.

Ellos sabrán. Nosotros sabemos que ni la más sofisticada automatización evita un solo error calamitoso de un controlador aéreo, y que los pilotos denuncian un estado general de ansiedad y agotamiento: demasiados vuelos, complicaciones, informaciones instantáneas que el cerebro humano no puede asimilar. Escribió hace poco Timothy Garton Ash que solo un desastre de la gravedad de la bomba de Hiroshima forzará a los gobiernos y a las comunidades científicas a establecer un control efectivo de la inteligencia artificial, antes de que destruya la civilización tal como la conocemos. Pasarán días, semanas, y no tardaremos mucho en leer de nuevo cifras triunfales sobre aumento de viajeros, de trenes, de vuelos, de turistas, de ocupaciones hoteleras, sobre la urgencia de ampliar estaciones y aeropuertos, de abrir la competencia saludable a nuevas compañías, de construir trenes más veloces. Quizás no sea en las mentes propensas al desamparo y a la angustia donde haya que buscar los peores síntomas de la locura.

Antonio Muñoz Molina, «Una dentellada de desgracia», El País, 31.10.26

miércoles, 21 de octubre de 2026

Triples (+ 1) 40

Ecce Homo, capilla de El Salvador, Úbeda (destruido en 1936), fuente: Facebook
Ecce Homo de la Sangre, capilla de San Acacio y las Once Mil Vírgenes, mezquita-catedral de Córdoba, foto: Antonio Erena, 02.10 26
Ecce Homo, convento de Santa Inés, Sevilla, foto: Daniel Salvador
Ecce Homo, exposición Vasco de la Zarza, catedral de Ávila, foto: Antonio Erena, 22.08.25

martes, 20 de octubre de 2026

Triples (+ 5) 39

José de Mora, serie de santos fundadores (c. 1700), capilla del Cardenal Salazar o de Santa Teresa, mezquita-catedral de Córdoba, fotos: Antonio Erena, 02.10.26

jueves, 15 de octubre de 2026

Geometrías 21

Plaza Mayor, Madrid, foto: Antonio Erena, 14.10.26
"Geometrías 20", anterior entrada del blog

RAMÍREZ.- Participa Madrid, entre otras muchas cosas, de un cielo muy claro, que así por esto, como por ser los aires que por ella corren muy delgados, es el lugar más sano que conocemos.

SOLANO.- ¿Sabéis cómo se llamó aquesta villa [an]ti[gua]mente?

ROJAS.- Según dice una corónica, fue su nombre antiguo Mantua Carpetanorum, la cual dicen fundó un hijo de Tiberino (esto toca a la ciudad de Mantua de Italia), rey de los latinos, y la llamó de este nombre de Mantua, por memoria de su madre, que se llamó Manto, y el sobrenombre Carpetana se le dio por estar en los pueblos Carpetanos. Y después dicen algunos que se llamó Ursaria.

RÍOS.- Querer tratar de su grandeza, templos, suntuosidad y edificios, es cansarnos; sólo digo que no hay rincón en Madrid donde no se puede volver los ojos con extraño gusto, por haber en él tanto que mirar. Fuera de esto, es el lugar más venturoso y de mejor estrella de cuantos cubre el cielo.

SOLANO.- ¿De qué manera?

RÍOS.- Porque no hallaréis en el mundo nación, por remota que sea (aunque nunca la haya visto si no es de oídas), que no le quiera bien, desee bien, diga de él bien y le pese entrañablemente de su mal.

RAMÍREZ.- Verdaderamente que tenéis razón: que hasta hoy no he visto hombre ni mujer, natural ni extraño, que no le alabe.

Agustín de Rojas, El viaje entretenido, eds. 1603-1972 (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

miércoles, 14 de octubre de 2026

Establecimientos 37 - Gastromanía 54

Mantequería Bermejo, calle Zaragoza, 2, Madrid, foto: Antonio Erena, 14.10.26
Recorres el centro de una ciudad cualquiera en busca de un sitio donde comer. Nunca habías pisado esas calles, pero el ambiente te resulta familiar. Quizás sean las firmas de ropa que ya conoces de memoria, la publicidad de los refrescos de siempre salpicando las marquesinas o las cadenas de comida rápida que vas encontrando a tu paso. Quizás sean los restaurantes que, desde fuera, se adivinan “para turistas”, o que te cuesta encontrar una cafetería o un bar que no utilice la palabra auténtico como un reclamo vacío.

Lo cierto es que, mientras caminas, los déjà vu te pisan los talones: otro decorado, mismas sensaciones. Otro parque temático para adultos donde predomina una oferta gastronómica reconocible, homogénea y plana. Dice Pedro Bravo en su ensayo Antes todo esto era ciudad (Debate, 2026) que “las mires por donde las mires, las vivas por donde las vivas, las ciudades son cada vez más parecidas”. En consecuencia, la comida que ofrecen, también. Pero ¿dónde se nota más esta tendencia?

De las gominolas pirata a los restaurantes sin cocina

“[El escritor y filósofo] Mark Fisher dejó escrito que el modelo Starbucks le parecía la expresión de cómo el capitalismo funcionaba con el mismo nivel de uniformización que el comunismo. Si siguiera en pie, no sé si sobreviviría a los cafés de especialidad”, responde el autor. Y enseña otros cromos repetidos, como los comercios de gominolas con ambientación pirata, las tiendas de turrones de Alicante que brotan en cualquier lugar de la geografía española, los pasteles de Belém que se venden en los centros históricos de Málaga o Sevilla, los sitios de street food oriental, los dispensadores de bocatas de jamón ibérico y trozos de pizza, las hamburguesas —aplastadas o no— y todas las cadenas de comida rápida internacional.

La lista de ejemplos es larga, y el fenómeno va mucho más allá del fast food global, con su ejército estridente de pizzas y hamburguesas, o de la replicación más evidente, como los conos de papel con virutas de jamón o los sándwiches de franquicia. También se ve en los restaurantes que aparentan ser singulares y no lo son, porque muchos de los platos que sirven han sido elaborados en grandes cocinas de proveedores externos. Tradicionalísimas albóndigas, carrilleras o croquetas son algunos ejemplos de alimentos de quinta gama, esos que ya vienen preparados y envasados y solo requieren un sencillo proceso final, como un golpe de horno o una fritura, para emplatar y llevar a la mesa.

Esto no significa que sean productos de mala calidad; solo muestra que la diversidad de ingredientes, sabores y propuestas es más aparente que real. En España, alrededor de un 30% de los bares y restaurantes independientes incluyen platos de quinta gama en su carta, una cifra que se duplica en las áreas de alta presión turística, como el centro de las ciudades, donde tres restaurantes distintos pueden servir las mismas albóndigas caseras. Sí, platos de los que cabría esperar matices y diferencias, como la merluza en salsa, el estofado de la casa o la tarta de la abuela, salen muchas veces de la misma cocina industrial. Como los souvenirs en los que pone el nombre de un país y su bandera, o que reproducen sus escenas costumbristas: parecen diferentes, pero están hechos de los mismos materiales y fabricados en el mismo lugar.

Instagram y la onda expansiva de la gastrificación

El turista feliz lo aguanta casi todo, hasta las versiones más infames de los platos típicos, pero la homogeneización de la comida y el gusto no es solo cosa de turistas ni de zonas tensionadas. La gastrificación —es decir, la estandarización e industrialización de la oferta culinaria que desplaza progresivamente la cocina casera o tradicional— también afecta a la gente en su propia ciudad. Y supera, por mucho, la decepción al descubrir que la ensalada que hemos pedido en un restaurante es la misma ensalada de bolsa que compramos en el supermercado.

“La uniformización puede ser, como explica Kyle Chayka en Mundo Filtro (Gatopardo Ediciones, 2024), consecuencia de los algoritmos de redes sociales”, apunta Pedro Bravo. “Es decir, puesto que esos mecanismos de selección de lo que vemos nos ofrecen una visión homogénea y reducida de la realidad, vendida como diversa y particular, a todos nos entran unas ganas locas de montar un café de especialidad o un delivery de ramen y de decorarlo exactamente igual que todos los que hay apelotonados por el resto del mundo”. A su vez, proliferan los establecimientos que nacen con la intención de ser virales, ya sea por su estética como por su producto.

La gastrificación es una bomba de cuya onda expansiva no se salvan los barrios ni la periferia: hace años que las zonas de extrarradio y los hogares de rentas más bajas están dominados por las principales cadenas de comida rápida. Incluso las nuevas urbanizaciones, relucientes, homogéneas y ubicadas en mitad de ninguna parte, empiezan muchas veces con un Mc Donald’s y una gasolinera. A esto se suma que “quienes quieren llevar adelante un proyecto y no pueden, o han sido expulsados del centro, van a probar a las periferias, donde los locales aún están más baratos. De alguna manera, van sustituyendo al tejido tradicional y se convierten en agentes gentrificadores también en lo gastronómico”, explica Bravo.

Hasta las propuestas gastronómicas que buscan diferenciarse de esa uniformidad acaban pareciéndose entre sí. En las grandes ciudades, los movimientos boho chic, retro, under, vintage, cool, disruptivos y alternativos también parecen fotocopiados. Panaderías de masa madre, cafés de especialidad, baretos canallitas y malotes, o sitios viejípsters remozados para la ocasión pueden servir como muestra: hasta para rebelarnos somos poco originales.

El confort de la uniformidad ante la incertidumbre

La homogeneidad tiene algo inquietante y tranquilizador a la vez: puede que nos espante como concepto, pero nos transmite sensaciones conocidas. Esto le gusta a nuestro cerebro, que aprecia la familiaridad; por eso la buscamos y hasta la agradecemos secretamente algunas veces. Saber exactamente qué nos vamos a encontrar rebaja nuestra ansiedad, sobre todo, cuando andamos carentes de certezas.

Volvamos a la comida: los platos tradicionales son, sobre todo, variables. Da igual que sigas paso a paso la receta de lentejas que ha pasado de generación en generación en tu familia: el resultado se parece a aquellas que comías en casa de tu abuela, pero no es el mismo. No lo puedes replicar. Ahí está la gracia, pero también el riesgo. Frente a esta variabilidad, la industria alimentaria nos ofrece estandarización. Ingredientes definidos, cantidades exactas y procesos reproducibles: en su propuesta, todos los parámetros están controlados para evitar sorpresas; y esa uniformidad se convierte en una ventaja, un bálsamo frente a la zozobra, aunque sea algo en apariencia tan nimio como el sabor del menú del día.

El sociólogo George Ritzer definió la macdonalización de la sociedad como el proceso por el que las dinámicas de los restaurantes de comida rápida se han extendido a muchos ámbitos de la vida. Para Ritzer, estos establecimientos se definen por cuatro parámetros: la eficiencia (mejor resultado con menor esfuerzo), la calculabilidad (todo está medido), la previsibilidad (sabemos lo que vamos a recibir) y el control: el resultado debe ser reproducible independientemente de la persona que lo produzca.

Esto ocurre con la alimentación —queremos que la hamburguesa esté buena y que siempre sepa igual— y llega a ámbitos tan dispares como la educación, la sanidad o el urbanismo. Se consolida porque resulta eficaz, pero también porque nosotros mismos hemos aprendido a valorar y demandar esa eficiencia, esa previsibilidad y ese control. No buscamos la emoción del descubrimiento, sino el confort de lo conocido.

El cansancio de elegir

Tomar decisiones consume energía. ¿Sientes que no llegas a todo, que la vida va demasiado deprisa, que tu trabajo es extenuante? ¿Se te acumulan las tareas pendientes, los mensajes sin contestar, los planes aplazados? ¿Te agobia esta “economía de la experiencia” en la que todo debe ser memorable? Cuando tenemos rutinas exigentes y, además, nos movemos en un ambiente atiborrado de opciones, lo normal es acabar buscando un atajo (y ahí es donde acecha la uniformidad).

Viajar miles de kilómetros para acabar comiendo en el mismo restaurante que hay en nuestra ciudad nos aleja de conocer la gastronomía local, pero nos da la seguridad de acertar sin tener que pensar en nada. Las ciudades, convertidas en marcas o experiencias™, no solo reflejan esta tendencia; también la alimentan. “Se quieren convertir en productos para consumo compulsivo y por eso hay que facilitar la experiencia al cliente; perdón, al turista”, dice Bravo. “Por eso cada vez se parecen más a esos trayectos por los aeropuertos en los que todo es igual en todas partes y así no tenemos que pensar”.

También repetimos cuando estamos en casa, donde comemos los mismos platos, compramos las mismas marcas y buscamos los mismos sabores. Así evitamos tomar decisiones y, con ello, eludimos el cansancio mental que supone enfrentarse a decenas de opciones. Este proceso tiene un nombre: fatiga de elección; un concepto que describe cómo la calidad de nuestras decisiones puede deteriorarse después de enfrentarnos a muchas elecciones consecutivas.

No hablamos de unas pocas decisiones: a lo largo del día tomamos miles y, si nos centramos únicamente en la alimentación, nos enfrentamos a cientos de microdecisiones. A medida que las acumulamos, nuestras elecciones tienden a volverse más impulsivas: elegimos por defecto, disminuye nuestro autocontrol y aumenta nuestra susceptibilidad a influencias externas como el marketing o el precio. Por eso si una cadena de restaurantes o un producto del supermercado son accesibles, asequibles, estandarizados y sin sorpresas, tienen más posibilidades de ser elegidos, simplemente, porque reducen nuestra carga cognitiva.

Lo ideal, claro, sería tomar cada decisión de forma analítica, como un proceso racional. Pero el agotamiento de elección hace que acabemos en un modo automático que está determinado por nuestros hábitos, impulsos y preferencias inmediatas, por la disponibilidad de alimentos o por los sesgos que tengamos. También por el adiestramiento de nuestros paladares, cada vez más habituados a texturas, presentaciones y sabores diseñados para gustar, enganchar y eclipsar todo lo que no esté potenciado

El secuestro de los paladares y las cocinas

En este contexto es evidente que hay propuestas alimentarias que salen favorecidas, ya hablemos de restaurantes o de lineales en los supermercados. Lo que no requiere de planificación, es asequible y accesible, ocupa los espacios de forma estridente y tiene un marketing arrollador lleva las de ganar, simplemente, porque requiere de un menor esfuerzo cognitivo. Si, además, está hecho para activar nuestros mecanismos de recompensa —como sucede con los alimentos insanos en general—, elegir algo distinto se transforma casi en un ejercicio de resistencia.

El mercado conoce nuestro cansancio y sus efectos. De ahí, las nuevas ofertas alimentarias (y nuevas formas de consumo) tendentes a la simplificación de las decisiones, del tipo de productos y del gusto. Véase el negocio al alza de la comida preparada de los supermercados que ha crecido un 49 % desde 2022.

Nadie —salvo la industria— dijo que una elección alimentaria fuera fácil, y en un entorno diseñado para que algunos alimentos destaquen entre todos los demás, la elección insana, cómoda (o ambas) es, simplemente, la más sencilla. Una buenísima noticia para los vendedores de ultraprocesados y un mal augurio para nuestra salud, nuestra independencia y nuestra economía. Como dice Pedro Bravo, el problema no es sólo que sea todo igual, sino que además pertenece a cada vez menos gente.

Beatriz Robles, Laura Caorsi, «‘Gastrificación’, la invasión de las mismas comidas y restaurantes en todas partes», El País, 14.10.26

martes, 13 de octubre de 2026

Sin palabras 25

Anuncio de piso en venta de 132 m2 en Madrid, barrio Recoletos, distrito Salamanca, inmobiliaria Cristina Oliveira, Centro Comercial El Encinar, Alcobendas, foto: Antonio Erena, 11.10.26

lunes, 12 de octubre de 2026

Venatoria 15

Francisco de Goya, Cazador con su perro en un paisaje, Cuaderno F (c. 1812-20), c. p.
Fuente: Fundación Goya en Aragón (página web)

sábado, 3 de octubre de 2026

Aniversarios 74

Torcuato Ruiz del Peral, San Francisco de Asís (1740-70, detalle), iglesia de la Asunción, La Zubia, exposición "Torcuato Ruiz del Peral. El otoño del Barroco", Museo de Bellas Artes, Granada, foto: Antonio Erena, 22.11.24

jueves, 1 de octubre de 2026

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Rompeolas

La Puerta del Sol de Madrid ayer, martes, 29 de septiembre, foto: Samuel Sánchez
MADRID
A la memoria de EMILIANO BARRAL. 
I

¡Madrid, Madrid! ¡qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas. 

Madrid, 7 de noviembre de 1936. 

Antonio Machado, Abel Martín. Cancionero de Juan de Mairena. Prosas Varias, Losada, Buenos Aires, 1943 (en la página web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).