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| Una escena de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), película ambientada en 2026 |
Actuación de robots en la Gala de Año Nuevo de la Televisión Central de China 2026 (vídeo)
“Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”,
ha advertido esta semana Matt Shumer. Este prestigioso programador que trabaja
con la inteligencia artificial (IA) acaba de publicar un artículo titulado Algo
grande está sucediendo en el que advierte sobre las amenazas de los nuevos
modelos de IA para millones de puestos de trabajo de cuello blanco a lo largo
de todo el mundo. Su ensayo se ha viralizado con más de 80 millones de visitas
desde el martes.
“La razón por la que tanta gente del sector está dando la
voz de alarma ahora mismo es porque esto ya nos ha pasado", explica
Shumer, quien relata cómo las empresas de IA están despidiendo a informáticos y
desarrolladores porque las herramientas que ellos crearon ya se están
programando a sí mismas para hacerse más inteligentes. “No estamos haciendo
predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y
les advertimos que son los siguientes”, apunta.
El artículo de Shumer coincide con una semana de
agitación en Wall Street. Los inversores han castigado a compañías que se van a
ver más afectadas por la irrupción de esta tecnología. Empresas de software,
videojuegos o desarrolladores informáticos han recibido un serio correctivo en
Bolsa al difundirse las altas capacidades de los nuevos modelos de IA y el
riesgo que supone para millones de empleos. Los expertos aseguran que un niño
podrá dar instrucciones para crear un videojuego a medida. Y proliferan
programas de idiomas creados por personas con escasos conocimientos
informáticos.
Pero los inversores también ven cómo la automatización
está lista para saltar a otros sectores no tan evidentes como la logística,
aseguradoras o consultoras. Con un par de órdenes se podrá crear un programa de
planificación fiscal o un bot de atención al cliente que supere la interacción
humana.
“El rápido progreso de las herramientas de IA alimenta el
temor generalizado de una disrupción en las industrias más expuestas a la
difusión de esta tecnología dentro de la economía del conocimiento, en
particular en los modelos de negocio que no requieren un uso intensivo de capital,
con las empresas de software a la cabeza”, explica Yves Bonzon, responsable de
inversiones del banco suizo Julius Baer. “Las preocupaciones de los inversores
sobre el impacto disruptivo de la IA siguen pesando sobre las acciones
estadounidenses, desde los corredores de seguros y los servicios inmobiliarios
hasta la logística”, explica el banco de inversión suizo UBS, que adopta, no
obstante, un tono optimista para los inversores: “Aunque está por ver el
impacto global en estas industrias y en las empresas individuales, consideramos
[este proceso] una validación del potencial de monetización de la IA. Los
avances subrayan su naturaleza transformadora”.
“Esto es diferente a todas las oleadas de automatización
anteriores, y necesito que entiendan por qué”, avanza Shumer en un relato
inquietante que ha encontrado eco en varios ejecutivos del sector. “La IA no
reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo
cognitivo. Mejora en todo simultáneamente. Cuando las fábricas se automatizaron,
un trabajador despedido pudo capacitarse para trabajar como oficinista. Cuando
internet irrumpió en el comercio minorista, los trabajadores se trasladaron a
la logística o los servicios. Pero la IA no deja un hueco conveniente para
ocupar. Sea cual sea el objetivo de la capacitación, también está mejorando en
eso”, añade.
Las voces de alarma arrecian al tiempo que las grandes
tecnológicas redoblan sus apuestas por una tecnología disruptiva. Solamente
durante 2026, las cuatro grandes tecnológicas globales, Alphabet, Amazon, Meta
y Microsoft, planean invertir más de 650.000 millones en IA. Es la mayor
cantidad invertida en un solo año en cualquier otro desarrollo tecnológico; ni
la expansión del ferrocarril a finales del siglo XIX, los programas de la NASA
para conquistar el espacio o la burbuja de las puntocom de principios del siglo
XXI consumieron tantos recursos en tan poco tiempo.
Estos colosos tecnológicos, que manejan un presupuesto
mayor que el de algunos países, están lanzados en una alocada carrera para
desarrollar la IA. Necesitan entrenar sus modelos informáticos con miles de
ordenadores montados con microprocesadores de última generación. Los reúnen en
unas naves gigantescas, los centros de datos, con cientos de servidores para
que el sistema siga aprendiendo. Y requieren de plantas especiales de
suministro de energía para asegurar su enorme consumo.
Schumer dibuja un panorama estremecedor. Explica cómo en
los últimos años las mejoras en los modelos cognitivos creados por algoritmos
han logrado avances exponenciales. Pero las últimas versiones de OpenAI,
creador del popular ChatGPT, o Anthopic, que desarrolla el modelo Claude, “no
son mejoras graduales. Es algo completamente diferente”, advierte.
“La IA no es un sustituto de trabajos humanos
específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”,
sostiene Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa fundada por
antiguos investigadores de OpenAI. Amodei publicó hace un par de semanas un
inquietante artículo, La adolescencia de la tecnología. Cómo afrontar y superar
los riesgos de la IA potente, sobre los riesgos que provocará una tecnología de
este calibre o la IA general (IAG), aquella que podrá pensar por sí misma. Este
ejecutivo calcula que la mitad de todos los trabajos de cuello blanco en el
mundo van a desaparecer en el plazo de entre uno y cinco años. Tras analizar en
el artículo las consecuencias de esta revolución, concluye: “El shock a corto
plazo tendrá una magnitud sin precedentes”.
Esta semana la empresa ha alcanzado una valoración de
380.000 millones de dólares, después de la última ronda de financiación en la
que logró fondos por 30.000 millones. Anthropic se ha posicionado como una de
las compañías tecnológicas más concernidas por la seguridad. Asegura que su
modelo está entrenado siguiendo principios éticos para evitar la manipulación y
el engaño.
Esta semana ha anunciado la creación de una SPAC, una
herramienta de cotización bursátil, dotada con 20 millones de dólares, para
promover la transparencia y seguridad en los modelos de inteligencia
artificial. La empresa Public First busca influir en los legisladores para
establecer una regulación y barreras en la IA que impidan los abusos. En
realidad, su estrategia es contra su rival OpenAI, que utiliza tácticas más
agresivas.
El ensayo de Shumer coincide también con la renuncia de
dos ejecutivos de OpenAI y Anthropic, alertando de la profundidad de los
cambios que se le vienen al mundo encima, no solo a nivel laboral. “El mundo
está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una
serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este preciso momento”,
escribió Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA que abandonó
Anthropic para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”.
Sharma ha trabajado en un área para tratar de garantizar
la seguridad de la IA para combatir los riesgos del bioterrorismo asistido por
IA e investigar “cómo los asistentes de IA podrían hacernos menos humanos”. Y
dice que abandona con un cierto sentimiento de resignación.
El miércoles, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI, el
creador del popular ChatGPT, publicó un artículo en The New York Times
alertando sobre sus dudas respecto a la nueva práctica de que las empresas de
IA ofrezcan publicidad. Hitzig, doctora de Economía en Harvard, escribió: “Tengo
serias reservas sobre la estrategia de OpenAI”. Al día siguiente presentó su
renuncia. En el artículo explica cómo muchas personas emplean las herramientas
de IA como terapeutas, para confesar sus emociones o para charlar. El sistema
logra una ventaja a la hora de ofrecer publicidad y Hitzig observa problemas
éticos.
También existen riesgos de seguridad. Amodei pone el
ejemplo de un nuevo país integrado por los 50 millones de mentes más brillantes
del mundo. Piensan de 10 a 100 veces más rápido que cualquier humano. Nunca
duermen. Pueden usar internet, controlar robots, dirigir experimentos y operar
cualquier cosa con una interfaz digital. El experto advierte de que supondría
“la amenaza a la seguridad nacional más grave que hemos enfrentado en un siglo,
posiblemente nunca”.
«El terremoto de la última versión de la IA alarma a los
expertos: “El mundo está en peligro”», El País, Jesús Sérvulo González, 14.02.26