lunes, 29 de junio de 2026

San Pedro y san Pablo


Bernardo de Mora el Joven, San Pedro y San Pablo (detalles, 1701-02, destruidos en la Guerra Civil), Alcalá la Real, tarjetas postales, fotos: F. Suárez, fuente: Todocolección

jueves, 25 de junio de 2026

Calles 17

Rúa Álvaro Cunqueiro, Mondoñedo, foto: Antonio Erena, 24.06.26

Escribió Juan Cueto en febrero de 1982, al año de la muerte de Álvaro Cunqueiro: “Mondoñedo ya no existe”. Todo había sido un espejismo literario “que se desploma cuando falta el narrador”. Ahora, continuaba Cueto, Mondoñedo “solo es ciudad de carne y hueso, piedra y cementerio, ferias de San Lucas y relojeros”.

Pero el Mondoñedo que le dio música a Cunqueiro, ese Macondo gallego tan vivo o tan ficticio como el país literario de García Márquez, con la misma intensidad que el Comala de Rulfo, ese Mondoñedo está metido en los huesos más secretos de la región inventada por su ilustre habitante.

Desde el cementerio donde yace hasta la casa que daba a la selva, y a la selva de su escritura, ahí está Cunqueiro, mirando con sus gafas grandes sobre la nariz ganchuda, sus manos apoyadas en el bastón con el que combatió los males de su precipitada vejez.

Ya no existe Mondoñedo con Cunqueiro. Pero Cunqueiro es una república aparte. Él es Mondoñedo, fue ciudad, valle, una selva literaria. Está, se aparece en las paredes que han dejado pasar el tiempo para convertirse en émulos de los paisajes finales de su amado Turner.

Las calles ya no acogen a Cunqueiro, aunque su nombre —y sus gafas— esté en todas partes, pero por aquí camina su literatura, se posa en la selva y en el musgo y da tanto gusto leerla como a él le dio escribirla. Está la casa natal y está la casa vital, donde pasó años mirando la selva.

Está la acera de sus paseos, el musgo; el hijo, César, que fue notario, y ahora es lingüista, narrador y poeta, dice que su padre lo llevaba por el pueblo, le hablaba de lo que pasaba en el país y más allá; era divertido y ocurrente, pero no llevaba consigo el equipaje de lo que luego se le ocurría en su escritorio iluminado por una de las imaginaciones más fértiles de la literatura del siglo XX.

En un recodo, mientras el hijo recuerda esos paseos, hay una puerta abierta a la nada, y detrás, bosque. Le digo que ahí su padre hubiera encontrado el espacio para mil leyendas. “No te quepa duda”. Lo boscoso, el misterio, el musgo que (dice Luis Cochón, profesor, escritor, cunqueiriano muy ilustre, que viene con nosotros) es la sustancia misma de la obra del autor de El hombre que se parecía a Orestes, te salen aquí al encuentro como si el propio Cunqueiro estuviera conduciendo aún el paisaje que se encontró de niño.

Otro César, el poeta César Antonio Molina, que seleccionó textos suyos y escribió mucho sobre Cunqueiro, al que se le debe la insistencia que durante años mantuvo vivo en librerías la obra diversa de su paisano, me había avisado: vete al cementerio. No te pierdas, me dijo, ese mundo que lo despidió, esa lápida. Ahora ese cementerio es un camposanto romántico en uno de cuyos nichos, arriba, está Cunqueiro diciendo que si alguien quisiera hacerle elogio, en la tumba tendría que poner “Aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más”. Y eso dice, en gallego, una lápida que le da sentido a lo que ocurre alrededor, el silencio que habita su obra llena de resonancias marinas y de oquedades de la tierra.

Mondoñedo ya no existe o es otro sin Cunqueiro. Hay que buscarlo en las piedras y en los libros. César y Luis me señalan las paredes, que se parecen a las que el pintor José Hernández vio en los alrededores de la casa de Juan Rulfo, en Jalapa (México), o en aquellas nubes oscuras de Turner. Y para celebrar el Mondoñedo al que miraba Cunqueiro apuntan al musgo de los tejados. “Ver esas flores amarillas en la primavera sobre la pizarra es un espectáculo maravilloso”. Este hombre que nos sirve un refresco lo vio pasear por esta calle que se llamó como el dictador gallego y que ahora tiene el nombre de Alfonso VII, vete a saber por qué. Él sabe que Cunqueiro era “buena persona; la pena es que se marchó”. Pero está en todas partes. Ahora las tartas, hasta las recetas de cocina (y nunca escribió una receta, dice el hijo), llevan su nombre. Era, dice Luis, un vecino raro, apreciado por la gente. “Él decía que podía entrar hasta la cocina en todas las casas de Mondoñedo”. Y aquí, decía Álvaro, “hasta los locos me llaman de tú”.

Aparte de su estudio, donde la imaginación era más importante que los libros, hay un espacio real, e ideal, en el que se forjó la imponente recreación del mundo que acometió Cunqueiro y que recibe, entre otros, el nombre ficticio de Mondoñedo. Es, me señala Luis Cochón, la explanada del seminario, donde estuvo el mercado, esa conjunción de latines que escuchaba el escritor al tiempo que oía la voz de la calle. “De esa combinación entre la sabiduría y el sabor popular está hecha su obra”. “As tristes ruas, a ancha praza, a casa…”. Ahí escribía, pero el mundo era la selva, a su amparo nació la obra que ahora da sentido a la existencia de Mondoñedo, la ciudad “rica en pan, en aguas y en latín”.

Le pregunté también a César Morán, poeta y músico, que escribió una tesis sobre Cunqueiro y que fue el último que lo entrevistó, qué es el escritor en relación con Mondoñedo. “Un árbol, un árbol de la selva. Mondoñedo es una paráfrasis de Cunqueiro”. El paraíso que nunca perdió. La melancolía y la alegría. Se consideraba, dice el hijo César, caminando ante la catedral, “feo, católico y sentimental, como Bradomín”. Un hombre que no soportaba la pedantería y que era capaz de pasear y leer al mismo tiempo. Al final de su vida, atacado por una diabetes que no quiso mirarse, abrazó la vida. “Si tengo que comer lechugas, prefiero morir”. Para él no había tiempo futuro: todo estaba en tiempo presente, esa puerta que da paso a la oscuridad podía llevarlo a inventar una historia que relacionara lo medieval con la camelia que veía nacer en ese instante. Era, comenta Luis, “una mezcla de saberes sacerdotales y la cultura del mercado”. Y tiene razón Cueto: sin Cunqueiro, Mondoñedo no sería la ficción literaria que construyó este hombre de nariz ganchuda y ojos melancólicos. ¿Y si volviera ahora, Luis, reconocería su ciudad? “Como la palma de la mano. El mismo musgo en los tejados. La misma historia”. Y escribe pausadamente, en lo blanco de la mancheta de EL PAÍS, esta frase que él recuerda de Cunqueiro: “Yo hubiera querido escribir la historia de mi ciudad como hizo Thomas Mann en Los Buddenbrook”.

Juan Cruz, "Mondoñedo es Cunqueiro", Pueblos con autor, El País, 01.09.13

martes, 23 de junio de 2026

miércoles, 17 de junio de 2026

Darwinismo

Conejo de monte (Oryctolagus cuniculus) junto al Encinar de los Reyes, Alcobendas, foto: Antonio Erena, 16.06.26
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Las ciudades parecen remodelar el comportamiento de quienes las habitan. Una idea que, de acuerdo con una reciente investigación, incluye a diversas especies de animales. Se trata de un amplio análisis internacional que acaba de reunir décadas de estudios sobre fauna urbana y concluye que los animales que viven en estos entornos son, en promedio, más audaces, más agresivos, más activos y más exploradores que sus congéneres de ambientes naturales.

La revisión científica, basada en 81 estudios y 279 comparaciones conductuales, es la síntesis cuantitativa más extensa sobre cómo la urbanización altera el comportamiento animal a escala global. Acaba de ser publicada en el Journal of Animal Ecology, la revista de la Sociedad Ecológica Británica, y abarca aves, mamíferos, reptiles, anfibios e insectos.

De acuerdo con los investigadores Tracy T. Burkhard, Ana Charmantier y Ned A. Dochtermann, las ciudades podrían estar actuando como un gigantesco filtro evolutivo que favorece determinados tipos de personalidad.

La bióloga Burkhard, profesora asistente en el Lewis & Clark College, Estados Unidos, y primera autora de la investigación, explica que lo que el estudio defiende es que, debido a que identificaron respuestas similares, independientemente de la especie y del lugar del mundo, “las ciudades están creando un conjunto de condiciones ambientales parecidas para los animales”.

Según esta investigadora, las urbes cuentan con un contexto ecológico similar: fragmentación de hábitats, aumento de temperaturas, contaminación, ruido y nuevas fuentes de alimento. En este entorno, apunta, “determinados comportamientos tienen ventaja”. “Ya sea porque solo los animales más atrevidos pueden sobrevivir allí o porque incluso para entrar en esas ciudades hay que ser suficientemente valiente”, subraya.

Más urbanos, más audaces

La señal predominante encontrada por los investigadores fue el aumento de la audacia. En biología, explica Burkhard, la audacia se define como una mayor disposición a asumir riesgos. Por ejemplo, un pájaro que tolera mejor la proximidad humana puede acceder a comida en plazas y terrazas. Un roedor más atrevido puede aprovechar residuos urbanos. Un lagarto menos temeroso puede sobrevivir en superficies artificiales calientes y expuestas, ejemplifica la investigadora.

Desde hace años, subraya el estudio, ecólogos urbanos sospechan que las urbes favorecen a las especies más flexibles. Pero hasta ahora no contaban con una evaluación global capaz de cuantificar el fenómeno entre especies y continentes.

Sin embargo, los expertos advierten de que casi tres cuartas partes de los datos procedían de aves. Los mamíferos estuvieron mucho menos representados, y anfibios, reptiles e insectos apenas contaban con unas pocas observaciones. Eso, denuncian, resulta especialmente problemático para estos grupos, organismos extremadamente sensibles a la temperatura y a los cambios ambientales urbanos. “Muchos anfibios y reptiles dependen completamente de la temperatura para procesos biológicos fundamentales”, explica Burkhard. “Es muy posible que estén respondiendo de manera aún más extrema de lo que estamos observando en aves”.

Además, Europa y Norteamérica concentran la mayor parte de los datos, mientras que regiones con enorme biodiversidad, como gran parte de África o América Latina, apenas aparecen representadas. “Nos falta mucha información sobre diferentes partes del mundo y sobre muchos tipos de especies”, afirma la bióloga.

En esa línea, la bióloga Zaida Ortega, especialista que no participó en la investigación, considera que “hay un sesgo importante hacia ciudades del norte global y occidentales”. “De haber diferencias entre ciudades, es posible que estos efectos se deban a características comunes de los entornos urbanos, como la contaminación y el ruido”, apunta esta profesora de Biodiversidad en la Universidad de León.

Un mundo diseñado para ciertas especies

El trabajo también refuerza la idea de que la urbanización no afecta por igual a toda la biodiversidad. Las ciudades favorecen a determinadas especies mientras expulsan a otras. Palomas, gorriones, ratas, zorros urbanos o mapaches parecen adaptarse gracias a comportamientos flexibles y tolerancia al ser humano. En cambio, otras especies más sensibles al ruido van desapareciendo progresivamente.

Los investigadores describen este proceso como un filtrado ambiental. Aquí las condiciones urbanas actúan como un tamiz que deja pasar solo a ciertos perfiles. El resultado, apuntan, podría ser una homogenización biológica de las ciudades del mundo. Aunque estén separadas por miles de kilómetros, muchas urbes terminan albergando animales con comportamientos parecidos.

Para Ortega, lo que han hecho hasta el momento ha sido mostrar el fenómeno, pero no identificar sus causas. “Tendrán que hacerse estudios futuros para dilucidar si es por adaptación evolutiva o por respuesta flexible al entorno urbano”, apunta.

La experta comenta que los estudios experimentales podrían confirmar si efectivamente las ciudades podrían estar actuando como una fuerza de selección que favorece determinadas personalidades animales. “Se me ocurre que pudiera testarse con insectos, como las moscas de la fruta, que tienen tiempos de generación rápido y conocemos muy bien su genética, cogiendo poblaciones silvestres y criándolas en condiciones urbanas, para verificar si los cambios, según van pasando las generaciones, son evolutivos y cómo se producen”, sostiene.

Ortega explica que, si llegan individuos con perfiles variados, pero sobreviven o se reproducen mejor los más audaces o exploradores, eso indica una selección natural dentro del ambiente urbano; y, si esos rasgos son heredables y aumentan generación tras generación, podríamos hablar de adaptación evolutiva.

El factor luz

Un componente urbano que preocupa a los investigadores es la contaminación lumínica. Si bien el metaanálisis no evaluó específicamente el efecto de la luz artificial nocturna, Burkhard considera que su influencia modifica el comportamiento de la fauna, un hecho que ha sido documentado ampliamente. Las noches más brillantes e iluminadas han modificado el horario en el que los pájaros cantan y las tortugas marinas no encuentran el camino al mar por la iluminación costera. La luz artificial ha alterado patrones de la actividad diaria, como estos, pero también la producción hormonal e incluso los propios genes.

La bióloga recuerda que muchas aves migratorias utilizan las estrellas y la luna para orientarse, y que las luces urbanas alteran esas rutas. “Estamos cambiando prácticamente todo en el ambiente”, resume. “La luz, la temperatura, incluso cómo huele el entorno”.

Para Ortega, mejorar la coexistencia entre humanos y animales en las ciudades es todavía una tarea pendiente: “Además de por esos seres, debemos hacerlo por nosotros. Está demostrado que la presencia de muchas especies en las ciudades aporta bienestar psicológico a las personas”.

«Las ciudades modifican la personalidad de los animales: “Solo los más atrevidos sobreviven”», Selva Vargas Reátegui, El País, 13.06.26

lunes, 15 de junio de 2026

sábado, 13 de junio de 2026

San Antonio bendito (3)

Diego de Mora, San Antonio de Padua con el Niño Jesús (basílica de la Virgen de las Angustias), exposición "José de Mora. El barroco espiritual", catedral de Granada, foto: Antonio Erena, 18.12.25

martes, 9 de junio de 2026

viernes, 5 de junio de 2026

Música popular 223

Alaska y los Pegamoides (de izq. a der. Nacho Canut, Ana Curra, Carlos Berlanga, Eduardo Benavente y Alaska), foto: Domingo J. Casas

¿Qué piensas de los insectos,
las hormigas, los ciempiés,
las abejas, las termitas,
arañas y parotets?

¿Qué piensas de los insectos?
¿Qué haces cuando los ves?
Dime si sales corriendo
o los tratas de coger.

Me vigilan por las noches,
por el día me persiguen
y no sé qué hacer...
¡no sé qué hacer!

¿Qué piensas de los insectos?
Todos con ojos compuestos,
siempre alerta, siempre atentos
nos espían en silencio.

¿Qué piensas de los insectos,
que se comen a sus muertos,
que te suben por el cuello,
que se arrastran por el suelo?

Me vigilan por las noches,
por el día me persiguen
y no sé qué hacer...
¡no sé qué hacer!

Nacho Canut y Carlos Berlanga, ¿Qué piensas de los insectos? (parotets: libélulas en valenciano)

domingo, 24 de mayo de 2026