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| Hornacina del Cristo de la Amargura, calle San Bartolomé / plazoleta del Vinagre, Jaén, foto: Antonio Erena, 13.12.25 |
En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es
cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo. Acaricio cada historia de sus
sombras, pues más de una vez he creído ver la luz de Belén en el ninfeo donde,
tiempo atrás, habitó aquel que convirtió mi amor en sierpe.
No sé qué tendrá este tiempo que tanto incita al recuerdo. A
mí me obliga a abandonar Valparaíso y recorrer callejas. Calles tristes, calles
de duendes sin rumbo, como yo. Calles donde habitan las almas perdidas.
Y, el andar por estas calles, trae a mi memoria el recuerdo
desgastado de aquel extraño amigo. Hace ya tantos años… Nunca, en ningún cielo,
pudo verse más dolor que en el cielo de sus ojos.
Su nombre jamás le importó a nadie. Mucho menos, acaso que su sonrisa: era tan sincera… Vivía en una
pequeña plazoleta que presidía una magnífica escultura de un tal Constantino
Unghetti. Un artista que debió ser muy famoso, por las cosas tan bonitas que
hacía. A los pies de su casa, se hallaba una de sus obras: un zagal acompañado
de ese gran amigo del hombre, el perro. A él le gustaba mirarla cuando la noche
y el silencio caían por las calles. Siempre le contaron que, antaño, aquella
plazuela estuvo llena de bullicio. El Colegio de San Agustín desbordaba de
risas y alboroto los días que, a pesar de todo, se sucedían monótonos.
Su vida, a los ojos de todos, era bastante vacía. Pero a él
no le importaba que murmuraran. Se hacía llamar “el buscador de estrellas”,
pues era su obsesión diaria, recoger todas las estrellas posibles de la calle,
alardeando de su belleza. Todos se reían de aquella hazaña pues nunca lograron
que se las enseñara. Eso provocó que las burlas de todos cayeran sobre él. Sin
embargo, no parecía importarle.
Sus momentos de calma transcurrían envueltos con el olor a
azahar de la plaza de San Bartolomé. Las horas muertas se deslizaban entre sus
dedos, casi siempre con arañazos. Cuando las viejas entraban en la iglesia, él
corría presto a advertirlas de que miraran sus ojos, los ojos de aquel Cristo
Expirante. Ojos llenos de sufrimiento. Y, a la vez, ojos llenos de luz. Un
tormento que daba refugio en sus noches. “No hay mejor guía ni camino que su
mirada mirando al cielo, rogando al cielo, suplicando al cielo… que acabe este
dolor”.
Justo al lado de la Hermandad del Trabajo había una taberna.
Casi haciendo esquina con Josefa Sevillanos. Calle que miraba de reojo pues
allí vivió su gran amor, aquella mujer que un día le abandonó. Y los recuerdos
se amontonaban en su mente por las muchas horas que pasaba allí, frente a la
taberna. Esperando que el alcohol pariera su milagro. Algunas veces, si ellos
tardaban mucho en salir, se recostaba en algún portal de la calle Las Palmas
mientras el tiempo pasaba y mientras observaba sus dedos: habían nacido para
recoger estrellas, dijeran lo que dijeran los demás. En sus manos, es donde
mejor descansaban las estrellas del cielo jaenés.
A las claras, comenzaba siempre el bullicio. Y era la señal
de que el alcohol había consumado el milagro que sus dedos esperaban. Los
hombres salían con su ebriedad a cuestas y comenzaban las discusiones, las
amenazas y los golpes. Las botellas rotas sembraban en la calle un camino
inescrutable de cristales rotos. Él quedaba un rato más, hasta que los demás se
marchaban. En silencio, mirando desde la calleja. Luego, recorría el
sendero andado. Tras él, la calle
quedaba limpia. Y, entonces, se dirigía hacia el Campillejo del Vinagre para
hablar, a solas, frente al Cristo de la Amargura, que cada día, amaneciendo,
escuchaba el Padrenuestro más sincero del mundo, desde su hermosa hornacina.
Cuando el sol se colaba por la espadaña de San Bartolomé, él ya estaba de
regreso a casa. Y, mientras las campanas volteaban llamando a la primera misa
de la mañana, él ya se encontraba durmiendo, soñando con sus estrellas y con
las calles llenas de esperanza.
Sin embargo, una vez, a las claras, los borrachos volvieron
al lugar de los hechos para seguir con sus peleas y le encontraron recostado
sobre el suelo.
—Pero, ¿qué hace éste?
—Estoy recogiendo estrellas, dijo él.
—¿Qué dices “sooo tonto”? ¡Si son cristales de botellas!
—¡No!. ¡Son estrellas!
Las burlas no se hicieron esperar. Entre risas y achuchones,
le pedían que enseñara sus estrellas, mientras las carcajadas clavaban una
lanza infame en el Cristo de la Amargura, que desde lejos, sentía caer sus
lágrimas. Le empujaban, le empujaban sin piedad. Hasta que, a la fuerza,
sacaron una de sus manos de los bolsillos de su abrigo. La mano delgada,
huesuda, estaba cubierta de sangre y la sangre se deslizaba. Por querer retener
a sus estrellas, las había apretado fuerte entre sus manos, para que no las
encontraran, para que no se escaparan…
Al ver la sangre correr, los hombres se asustaron, no
pudiendo evitar que los agentes del orden se personaran en el lugar al ser
informados de los gritos. Sin embargo, no hubo detenciones. En realidad, no
había ocurrido nada. Se quedaron a solas con él y que les contara lo que había
ocurrido. Sin faltar a la verdad, dijo que nada, que él solo estaba recogiendo
estrellas. Pero se negó a enseñárselas. Ellos se armaron de paciencia y le
preguntaron dónde vivía, pues le acompañarían a casa.
A la altura de San Bartolomé se empezó a tambalear. Su único
pensamiento era volverse y correr hasta el Campillejo del Vinagre pues el
Cristo de la Amargura esperaba un Padrenuestro… y sus palabras. Los agentes le
sujetaron. La quietud de los naranjos lanzaba un perfume que embriagada. Él,
inconscientemente, sacó una de sus manos de los bolsillos. Los hombres vieron
que sangraba. Y, para curarle las heridas, uno de ellos metió sus manos en el
agua de la fuente. Y la sangre se diluía, como si fuera un tul de rosas
macabras.
Registraron sus bolsillos y sacaron trozos de cristales
rotos, ensangrentados… que también tiraron en la taza. Y, al disiparse la
sangre, ahora, a las claras, que casi los primeros rayos del sol acariciaban la
espadaña. Y la luz se impuso en los trozos, sobre el reflejo del agua…
brillaban… más que las estrellas brillaban. Él sonrió levemente. Los agentes
estaban confundidos, sin saber qué decir. Más aún, cuando llegó una vieja casi sin aliento a la plaza asegurando que al
pasar por el Campillejo, al Cristo de la Amargura, le brotaban lágrimas.
Mari Ángeles Solís, "Estrellas cautivas",
ExtraJaén, Diario Jaén, 02.01.26

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