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miércoles, 6 de mayo de 2026

Cimborrio

Luna llena sobre el cimborrio de la catedral (Juan de Aranda Salazar, c. 1653), calle Madre de Dios, Jaén, óleo realizado por el autor con Chat GPT sobre foto propia de 01.05.26

domingo, 26 de abril de 2026

Profesiones 7 (pastor)

Anónimo, Nuestra Señora de la Cabeza (s. XVII), Real Academia de San Fernando, Madrid, inv. AC-00100
Leyenda: «Milagrosa Efigie de Nra. Señora de la Ca[be]za de Sierra / morena. El Emmo. S[r]. Carl. Borja con[ce]dio cien di[a]s de Indulg[A]. / rezando una Salve delante de [es]ta Di[v]in[a] Señora». (El texto debe referirse al cardenal Carlos de Borja y Centellas, 1663-1733, quien fue abad de Alcalá la Real).

Estando un pobre pastor
en el rebaño con sus ovejas
una campana sintió
y con fatiga logró dar con ella.
Era Juan de Rivas
natural de Colomera
se le apareció la Virgen
en el hueco de una piedra.
Sin parar de contemplar
él se creía que era un ensueño
y aunque temblando su voz
estas palabras le iba diciendo.
Pues dime quién eres
que se me espeluzna el vello
si eres obra del Señor
si eres ser que ha bajado del Cielo.
La Virgen por convencerlo
le sanó un brazo que tenía enfermo
y como pago al favor
a Juan de Rivas dio este mandamiento.
Anda ve a Andújar
y dile al Ayuntamiento
que me hagan una ermita
en lo alto de este cerro.

«Aparición de la Virgen de la Cabeza» (letra de la canción popular de Andújar), en María Dolores de Torres (Lola Torres), Cancionero Popular de Jaén, IEG, 1972, p. 441.

lunes, 13 de abril de 2026

Locus amoenus 20

El río Eliche a su paso por Madroñales, Los Villares de Jaén, óleo sobre lienzo hecho por el autor con ChatGPT sobre foto propia de 18.03.26
   ¿Ves, hermosa, la fuente que bullendo
el céfiro menea blandamente?
Amor la agita: mira su corriente
hacia el amado arroyo huir riendo.
   Mira volar la abeja susurrante
en torno de las violas olorosas,
y su néctar le ofrecen amorosas,
zagala; que es la flor también amante.
   ¿No escuchas gorgear los ruiseñores,
de aguda flecha el tierno pecho heridos,
y en melodiosos trinos no aprendidos
explicar sus dulcísimos amores?
   ¿No ves las palomillas amorosas
exhalar sus arrullos inflamados?
¿Los pichones no ves enamorados
responder en querellas cariñosas?
   Todo es amor; la alegre primavera,
al universo nueva vida dando,
naturaleza yerta va inflamando,
que Enero con su escarcha entorpeciera.
   Y tú, por más que lo rehuyas dura,
has de rendir a Amor el cuello erguido,
que todo se avasalla ¡ay! a Cupido:
tal es la ley eterna de natura.

Abate Marchena, «Odas, VIII, La primavera», en Obras Literarias de D. José Marchena (El abate Marchena), Tomo I, ed. Marcelino Menéndez Pelayo, Sevilla, 1892.

jueves, 2 de abril de 2026

Jueves Santo 2026

Jerónimo Quijano (atrib.), Santa Cena (c. 1520), Catedral de Jaén, en la exposición "Jaén entre la Edad Media y la Modernidad", Baños del Naranjo, Jaén, foto: Antonio Erena, 13.12.25

lunes, 30 de marzo de 2026

jueves, 19 de marzo de 2026

Brumas 13

Jabalcuz desde el cortijo de Zorrilla, Torredelcampo, en primer término un rodal de varillas de san José (Asphodelus ramosus), foto: Antonio Erena 19.03.26

miércoles, 11 de marzo de 2026

Venatoria 14

Manuel Alcázar y Ruiz (Albacete, 1858 - Madrid, 1914), Perdices acudiendo al reclamo, Real Academia de San Fernando, N.º Inventario L-295
   El celo de la perdiz es el preludio de la primavera; no hay nada tan agradable como presenciar en el campo los poéticos crepúsculos, escuchando oculto entre chaparros, el valiente ¡cuchichí! ¡cuchichí! de la enamorada perdiz; muy joven era yo cuando empecé esta caza, vulgarmente denominada del «cuco»; debuté en las hermosas dehesas de mi padre político, el señor vizconde de Begíjar[1]; generalmente me daban a cazar los peores pájaros que tenían, no se fiaban de entregarme los superiores, por temor de que les hiciera, como novato, alguna «mala faena» y se echaran a perder; sabido es, que en la caza con reclamo un mal tiro descompone un pájaro bueno, así como los buenos tiros arreglan los resabiados o mal tirados. Llegó a ser tal mi afición y puse tanto esmero en aprender, que en un solo año me hice gran «cuquillero», como decía mi suegro; ya no tenían los concurrentes, en la época de caza, inconveniente alguno en que alternara sacando a cazar los buenos pájaros, los medianos y hasta los pollos para que les hiciera buenos tiros e irlos educando; según decían tenía bastante suerte, pero no creo que fuera esto sólo debido a mi buen resultado en dicha caza, a los malos ratos que me daba; yo ponía de mi parte más que el reclamo: jamás hacía un puesto sin haber visto antes las perdices; unas veces me colocaba en sus querencias, otras en las subidas a sus dormitorios y pude observar, por experiencia, que en todas las cazas, pero en ésta sobre las demás, el hombre tiene que poner de su parte bastante inteligencia para el logro de buenos éxitos; esto lo confirma el que en algunas ocasiones, con un mediano pájaro que casi no cantaba, me colocaba en un rebozo donde las perdices se habían dado y con un par de reclamos, al momento las tenía en plaza; tiraba y ¡claro! el pájaro, al tirarle, se enardecía y hacía un buen puesto, con esperanza de tirarle dos o más tiros.
   La primera condición que el reclamo de perdiz ha de tener, es la de ser de «salida»: esto es, levantar el campo y después, aunque no sea gran cosa de «músico», que reciba bien y al ver las perdices en plaza, no bregue y las espante, que no deje de «decirles» hasta que la perdiz esté en la jurisdicción del tiro del puesto y a la vista siempre del reclamo; pues tirar un pájaro que el reclamo no le «diga» y no le vea, es un tiro malísimo: más vale que se quede sin tirar que hacerlo en esas condiciones; el cazador de reclamo debe «cazar el pájaro»: ésta es su misión, no «ir por carne»; tampoco debe salir el cazador cuando tire; y si yerra, no correr detrás de la perdiz que se va herida, esto sorprende el reclamo y le disgusta bastante.
   Al salir del puesto, concluido que haya sido éste, debe apercibir al pájaro, bien tosiendo o haciendo algún ruido que no sea muy extraño y al irse a él para taparlo con la sayuela o cobija, se halagará con palabras o haciéndole castañuelas con los dedos: esto lo tranquiliza y no se botan ni se hacen bregadores a la presencia del amo.

Feliciano del Río Muñoz-Cobo, «Memorias de un cazador. De la perdiz, Arjona, 1914», en Patria: órgano provincial de la Unión Patriótica, Jaén, 25.01.1930, pág. 5 (actualización y nota: Antonio Erena).


[1] Alonso de Contreras y Aranda, II vizconde.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Ayer y hoy 44

"Estación de Torredonjimeno (Jaén) a mediados de los 80", foto: José Manuel García, en El Ferrocarril en Andalucía, página de Facebook, 29.01.26
La antigua estación de Torredonjimeno, hoy, foto: Antonio Erena, 03.03.26
"Camino Natural Vía Verde del Aceite", en Vías Verdes, página web de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles

viernes, 20 de febrero de 2026

Primer Viernes de Cuaresma 2026

Hornacina del Cristo de la Amargura, calle San Bartolomé / plazoleta del Vinagre, Jaén, foto: Antonio Erena, 13.12.25
En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo. Acaricio cada historia de sus sombras, pues más de una vez he creído ver la luz de Belén en el ninfeo donde, tiempo atrás, habitó aquel que convirtió mi amor en sierpe.
 
No sé qué tendrá este tiempo que tanto incita al recuerdo. A mí me obliga a abandonar Valparaíso y recorrer callejas. Calles tristes, calles de duendes sin rumbo, como yo. Calles donde habitan las almas perdidas.
 
Y, el andar por estas calles, trae a mi memoria el recuerdo desgastado de aquel extraño amigo. Hace ya tantos años… Nunca, en ningún cielo, pudo verse más dolor que en el cielo de sus ojos.
 
Su nombre jamás le importó a nadie. Mucho menos, acaso  que su sonrisa: era tan sincera… Vivía en una pequeña plazoleta que presidía una magnífica escultura de un tal Constantino Unghetti. Un artista que debió ser muy famoso, por las cosas tan bonitas que hacía. A los pies de su casa, se hallaba una de sus obras: un zagal acompañado de ese gran amigo del hombre, el perro. A él le gustaba mirarla cuando la noche y el silencio caían por las calles. Siempre le contaron que, antaño, aquella plazuela estuvo llena de bullicio. El Colegio de San Agustín desbordaba de risas y alboroto los días que, a pesar de todo, se sucedían monótonos.
 
Su vida, a los ojos de todos, era bastante vacía. Pero a él no le importaba que murmuraran. Se hacía llamar “el buscador de estrellas”, pues era su obsesión diaria, recoger todas las estrellas posibles de la calle, alardeando de su belleza. Todos se reían de aquella hazaña pues nunca lograron que se las enseñara. Eso provocó que las burlas de todos cayeran sobre él. Sin embargo, no parecía importarle.
 
Sus momentos de calma transcurrían envueltos con el olor a azahar de la plaza de San Bartolomé. Las horas muertas se deslizaban entre sus dedos, casi siempre con arañazos. Cuando las viejas entraban en la iglesia, él corría presto a advertirlas de que miraran sus ojos, los ojos de aquel Cristo Expirante. Ojos llenos de sufrimiento. Y, a la vez, ojos llenos de luz. Un tormento que daba refugio en sus noches. “No hay mejor guía ni camino que su mirada mirando al cielo, rogando al cielo, suplicando al cielo… que acabe este dolor”.
 
Justo al lado de la Hermandad del Trabajo había una taberna. Casi haciendo esquina con Josefa Sevillanos. Calle que miraba de reojo pues allí vivió su gran amor, aquella mujer que un día le abandonó. Y los recuerdos se amontonaban en su mente por las muchas horas que pasaba allí, frente a la taberna. Esperando que el alcohol pariera su milagro. Algunas veces, si ellos tardaban mucho en salir, se recostaba en algún portal de la calle Las Palmas mientras el tiempo pasaba y mientras observaba sus dedos: habían nacido para recoger estrellas, dijeran lo que dijeran los demás. En sus manos, es donde mejor descansaban las estrellas del cielo jaenés.
 
A las claras, comenzaba siempre el bullicio. Y era la señal de que el alcohol había consumado el milagro que sus dedos esperaban. Los hombres salían con su ebriedad a cuestas y comenzaban las discusiones, las amenazas y los golpes. Las botellas rotas sembraban en la calle un camino inescrutable de cristales rotos. Él quedaba un rato más, hasta que los demás se marchaban. En silencio, mirando desde la calleja. Luego, recorría el sendero  andado. Tras él, la calle quedaba limpia. Y, entonces, se dirigía hacia el Campillejo del Vinagre para hablar, a solas, frente al Cristo de la Amargura, que cada día, amaneciendo, escuchaba el Padrenuestro más sincero del mundo, desde su hermosa hornacina. Cuando el sol se colaba por la espadaña de San Bartolomé, él ya estaba de regreso a casa. Y, mientras las campanas volteaban llamando a la primera misa de la mañana, él ya se encontraba durmiendo, soñando con sus estrellas y con las calles llenas de esperanza.
 
Sin embargo, una vez, a las claras, los borrachos volvieron al lugar de los hechos para seguir con sus peleas y le encontraron recostado sobre el suelo.
 
—Pero, ¿qué hace éste?
 
—Estoy recogiendo estrellas, dijo él.
 
—¿Qué dices “sooo tonto”? ¡Si son cristales de botellas!
 
—¡No!. ¡Son estrellas!
 
Las burlas no se hicieron esperar. Entre risas y achuchones, le pedían que enseñara sus estrellas, mientras las carcajadas clavaban una lanza infame en el Cristo de la Amargura, que desde lejos, sentía caer sus lágrimas. Le empujaban, le empujaban sin piedad. Hasta que, a la fuerza, sacaron una de sus manos de los bolsillos de su abrigo. La mano delgada, huesuda, estaba cubierta de sangre y la sangre se deslizaba. Por querer retener a sus estrellas, las había apretado fuerte entre sus manos, para que no las encontraran, para que no se escaparan…
 
Al ver la sangre correr, los hombres se asustaron, no pudiendo evitar que los agentes del orden se personaran en el lugar al ser informados de los gritos. Sin embargo, no hubo detenciones. En realidad, no había ocurrido nada. Se quedaron a solas con él y que les contara lo que había ocurrido. Sin faltar a la verdad, dijo que nada, que él solo estaba recogiendo estrellas. Pero se negó a enseñárselas. Ellos se armaron de paciencia y le preguntaron dónde vivía, pues le acompañarían a casa.
 
A la altura de San Bartolomé se empezó a tambalear. Su único pensamiento era volverse y correr hasta el Campillejo del Vinagre pues el Cristo de la Amargura esperaba un Padrenuestro… y sus palabras. Los agentes le sujetaron. La quietud de los naranjos lanzaba un perfume que embriagada. Él, inconscientemente, sacó una de sus manos de los bolsillos. Los hombres vieron que sangraba. Y, para curarle las heridas, uno de ellos metió sus manos en el agua de la fuente. Y la sangre se diluía, como si fuera un tul de rosas macabras.
 
Registraron sus bolsillos y sacaron trozos de cristales rotos, ensangrentados… que también tiraron en la taza. Y, al disiparse la sangre, ahora, a las claras, que casi los primeros rayos del sol acariciaban la espadaña. Y la luz se impuso en los trozos, sobre el reflejo del agua… brillaban… más que las estrellas brillaban. Él sonrió levemente. Los agentes estaban confundidos, sin saber qué decir. Más aún, cuando llegó una vieja  casi sin aliento a la plaza asegurando que al pasar por el Campillejo, al Cristo de la Amargura, le brotaban lágrimas.
 
Mari Ángeles Solís, "Estrellas cautivas", ExtraJaén, Diario Jaén, 02.01.26

viernes, 13 de febrero de 2026

Música popular 217

John Paul Young (Glasgow, 21.06.1950), fuente: ebay


¡Oh tú, ruidoso precursor de aguas
que desde el Neveral, lanzando quejas,
el pueblo corres derribando tejas,
capas batiendo y levantando enaguas!
 
Tú has dado el cese a mantos y paraguas,
tú eres el “bú” de niños v de viejas,
tú avisas bien cuando los soplos dejas
del dios lisiado las ardientes fraguas.
 
¡Arrecia más aún!, brama y aúlla,
llene el espacio tu bramido ronco,
que, cuando alegre yo mi lecho mulla
 
y cuando en él me tumbe como un tronco,
hemos de ver, ¡pardiez!, con tanta bulla,
si roncas tanto tú como yo ronco.
 
Antonio Almedros Aguilar, "Al viento de Jaén. Soneto", en Alfonso Sancho Sáez, Almendros Aguilar, una vida y una obra en el Jaén del siglo XIX, IEG, 1981, pág. 283, publicado en la revista de Madrid La Ilustración Española e Hispanoamericana del 22 de noviembre de 1895, pág. 299, y en el periódico de Jaén El Pueblo Católico del 10 de diciembre de 1895.

viernes, 16 de enero de 2026

Bailando 15 (corro)

Baile en corro, viñeta en el manuscrito de La ciudad de Dios de San Agustín, traducción de Raoul de Presles, t. II, lib. XI a XX (1475-1500), Biblioteca Municipal de Nantes. Ms 181, f. 21r (detalle), en BnF Gallica (página web)
Para la fiesta de San Anton se llevaba á la yglesia quatro achas de cera, las quales ardían delante de un altar de la capilla de Santo Anton en dos candeleros de palo, á la víspera de la vigilia y otro dia de la fiesta á todas las horas; y como luego venia la fiesta de Santa Maria de la Purificación, para esta fiesta daba la yglesia mayor al señor Condestable y á la señora Condesa y á Doña Guiomar Carrillo y á las otras señoras candelas blancas, salvo que las que daban á él y á la señora Condesa eran mayores que las otras, y ponían en ellas sus armas para la procesión, y en este dia el señor Condestable con todas las señoras iba á nona, porque este dia es el primero dia de nona y hay perdones.

                                           *****

Y desque la dicha Señora nació, todo el dia y toda la noche nunca las campanas cesaron de repicar de la dicha ciudad, que no parecia sino que todo el estruendo é alegría del mundo estaba dentro de ella; é desque vino la noche el Comendador de Montizon, hermano del dicho Señor, del un cabo con fasta dozientos cavalleros christianos, y de la otra parte el asistente Fernando de Villafañe con otros dozientos cavalleros moriscos con barbas postizas y tiznadas, con muchas  trompetas y atavales, y añafiles, con muchas antorchas y faraones, andovieron corriendo, y dando gritos por todas las calles, y vinieron delante de la posada del señor Condestable, estando él con otros muchos cavalleros alto en la torre de ella mirando, y alli escaramuzando un rato y faziendo muchos juegos de guerra. Y esto fecho descavalgaron y entraron en palacio do tantas serian las gentes y danzas, y corros y bayles y juegos y momos y personages y de tantas maneras, que no se daban lugar unos á otros, y todos andaban como locos de plazer. Los cuales plazeres, alegrías, corros y juegos duraron y fueron continuados de su propia voluntad de la gente por ocho dias continuos ó mas, que otra cosa no se facia ni trataba, ni veriades por la dicha ciudad sino plazeres y fiestas y juegos y alegrías de muchas maneras.

«Relacion de los fechos del mui magnifico é mas virtuoso señor el señor don Miguel Lucas, mui digno condestable de Castilla», ed. Pascual de Gayangos, Memorial Histórico Español, Academia de la Historia, Madrid, 1855, págs. 168-169 y 263.