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| Juan de Valdés Leal, In ictu oculi, exposición "Arte y misericordia. La Santa Caridad de Sevilla", Museo de Bellas Artes de Sevilla, foto: Antonio Erena, 12.05.26 |
Me acuerdo de
aquella cabeza de la diosa leona cada vez que tengo miedo de que una desgracia
sin remedio irrumpa en las vidas de las personas que quiero, o desbarate de
golpe una normalidad que cada día siento más frágil. La frontera entre la
lucidez y el trastorno puede ser tan estrecha, y tan ambigua, como la que
separa lo cotidiano de lo inaudito, la calma del horror. También la pesadumbre
y la alegría pueden estar más conectadas entre sí de lo que muchas veces nos da
a entender nuestro desaliento. Agazapada en los escenarios usuales de la vida,
la leona Sekmet da un salto de relámpago y degüella a su presa indefensa de una
dentellada. Y lo hace sin motivo, sin un propósito moral, sin el menor interés
en la inocencia o la culpabilidad de la víctima, con la crueldad impasible de
los grandes depredadores y de los fenómenos excepcionales de la naturaleza. En
1755, después de la catástrofe sucesiva del terremoto, el tsunami, el gran incendio de Lisboa, Voltaire
conjeturó que no era verosímil creer en un Dios que administraba el mundo a
través de una providencia justiciera: qué culpa tendrían que pagar los millares
de ahogados anónimos, los sepultados, los consumidos por el fuego.
Hay pensamientos y
sensaciones que no sabemos bien si las produce la lucidez o el trastorno, o una
mezcla de los dos para la que no tenemos nombre. Una conciencia afligida o
debilitada tiende a percibir que la realidad en torno suyo es más insegura y
amenazante de lo que parece. El suelo que pisas es una delgada lámina de hielo.
El mundo a tu alrededor es de una complejidad que de un momento a otro puede
quedar desbaratada por el caos. El autobús enorme que se acerca a toda
velocidad a la acera en la que tú aguardas o al paso de cebra que empiezas a
pisar puede no detenerse a tiempo. Las personas digamos normales viven con la
convicción inquebrantable de que los accidentes y las desgracias, si bien
existen, les suceden exclusivamente a otros, casi todos ellos desconocidos. Esa
visión sin duda insensata de las cosas ayuda sin embargo a circular
razonablemente por la vida, al aliviar el presentimiento de un horror posible
del que solo nosotros estaríamos exentos. Gente anónima muere por centenares en avalanchas de
glaciares que se derrumban por las laderas del Himalaya, en
terremotos que se abaten sobre barriadas de hacinamiento y miseria. Incluso los
desastres más cercanos afectan con preferencia a otros. El espanto parece
inseparable del alivio. Creerse particularmente a salvo es una ensoñación
extendida y persuasiva de la que solo lo despierta a uno, cuando ya no hay
remedio, la dentellada o el zarpazo, el aliento de fuego de la leona Sekmet en
la nuca.
El trastorno, el
malestar profundo que puebla de amenazas y sombras la vida diaria, puede que
sea a veces una forma de lucidez. Las sombras andan por dentro, pero también
estar fuera, y ser bien reales. Una persona de mente frágil rehúye por instinto
los lugares contemporáneos en los que se congregan las multitudes y las
máquinas, los estruendos de la velocidad, las complejidades formidables del
funcionamiento tecnológico del mundo. Yo sé que hay épocas de mi vida en las
que no puedo aventurarme solo —y con frecuencia ni siquiera acompañado— en un gran aeropuerto, o en una de esas
estaciones de tren que son cada vez más parecidas a aeropuertos. Los ecos de la
megafonía en bóvedas de metal y hormigón me asustan porque no comprendo lo que
dicen esas voces. Al bajar por las escaleras mecánicas he tenido la sensación
de que tras el último peldaño se abriría un gran foso que nos engulliría a
todos con nuestros teléfonos y nuestras maletas de ruedas. En los controles de
seguridad cada uno de nosotros, idéntico a los demás, era un maniquí o un
monigote en una cadena de montaje. Desde la altura de una pasarela he visto
bajo mis pies haces de trenes moviéndose adheridos los unos a los otros como
cables o tuberías en las tripas de una maquinaria gigante. La omnipresencia de
las pantallas repitiendo imágenes publicitarias tan circulares como
pensamientos obsesivos me ha forzado a cerrar los ojos o a fijarlos en un libro
para apaciguar el vértigo.
Una pastilla puede
servir de alivio. Se pueden mitigar las turbulencias de la imaginación, pero
quizás no al precio de anestesiar la realidad. Los peligros que amedrentan a la
persona frágil o de sensibilidad extrema también amenazan a quien se cree a
salvo de ellos. El conductor beodo o gamberro que se lleva por delante a una
abuela en un paso de cebra puede acabar igual de fácilmente con la vida de un
joven en la plenitud de sus reflejos. Los ancianos, los niños, los animales,
las personas de alma atribulada de cualquier edad, son los sensores muy
especializados que perciben lo que la mayoría prefiere no ver: lo desquiciado,
lo desmedido del mundo, la avidez del crecimiento cuantitativo y la
acumulación, la multiplicación de todo, al precio que sea, al límite del
derrumbe: el delirio del crecimiento ilimitado en un planeta donde los recursos
esenciales son muy limitados, las temperaturas cada vez más altas, las calamidades
naturales más frecuentes. Como hace solo unos meses en Adamuz, o
hace dos años en las inundaciones de Valencia, expertos de todo tipo se apresuran a analizar las
causas del nuevo desastre ferroviario, mientras los familiares
buscan y lloran a los muertos, y los carroñeros de la política se van afilando
con deleite los colmillos. Le digo a mi amigo ingeniero que quizás algo que ocurre
es que hay demasiados trenes discurriendo por las mismas vías, y como los
ingenieros creen que no hay problema que no pueda resolver la ingeniería,
incluso cuando se trata de problemas creados por ingenierías anteriores, mi
amigo me dice: “Más aviones despegan y aterrizan a cada momento, y nunca pasa
nada. Con mejores sistemas de control todo se resuelve”.
Ellos sabrán.
Nosotros sabemos que ni la más sofisticada automatización evita un solo error
calamitoso de un controlador aéreo, y que los pilotos denuncian un estado
general de ansiedad y agotamiento: demasiados vuelos, complicaciones,
informaciones instantáneas que el cerebro humano no puede asimilar. Escribió
hace poco Timothy Garton Ash que solo un desastre de la gravedad
de la bomba de Hiroshima forzará a los gobiernos y a las comunidades
científicas a establecer un control efectivo de la inteligencia artificial,
antes de que destruya la civilización tal como la conocemos. Pasarán días,
semanas, y no tardaremos mucho en leer de nuevo cifras triunfales sobre aumento
de viajeros, de trenes, de vuelos, de turistas, de ocupaciones hoteleras, sobre
la urgencia de ampliar estaciones y aeropuertos, de abrir la competencia
saludable a nuevas compañías, de construir trenes más veloces. Quizás no sea en
las mentes propensas al desamparo y a la angustia donde haya que buscar los
peores síntomas de la locura.
Antonio Muñoz Molina, «Una dentellada de desgracia», El País, 31.10.26

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