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martes, 10 de junio de 2025

Calles 16

Olivo, rotonda en la Avenida de Europa (el Vadillo), Martos, foto: Antonio Erena, 24.05.25

Empiezan a florecer los almendros. La mamá perdiz apeona seguida de sus perdigones, ufana, cruza la carretera y se pierde entre los olivos. El olivo es uno de los objetos de deseo de mis amigos cañizarenses. Cavar olivos, estallar olivos, escamondar, limpiar olivos, varear olivos con varas de brezo, recoger olivos. Se pasan el día entre olivos. No creo que lo que obtengan de ese trajín sea mucho, pero manda el respeto sacramental al árbol sagrado. «Hazme pobre en madera —dice el proverbio marroquí—, te haré rico en aceite. Acaríciame, no me pegues, si quieres otra vez mis frutos. Pódame mucho, abóname bien, si no, deja que otro lo haga». Estamos en el planeta olivo. Para Unamuno el mundo se parte en dos. La línea divisoria pasa por el río Loira. «Al sur de la frontera viven hombres pequeños y morenos que cocinan con aceite de oliva y son dioses. Al norte habitan hombres rubios que cocinan con mantequilla y son esquimales».

El olivo es el árbol mágico de estos y otros campos. Ocho olivos quedan en Getsemaní, que yo los he visto y contado. Son del tiempo de Cristo. ¿Cómo explicar esa sacralidad, esa carnalidad que une al olivarero, al campesino con ese árbol totémico, delicado, modesto y sublime? Llevo años oyendo hablar del olivo como ser vivo. Veo como miman los olivos, los limpian, los podan, los cuidan. Es el símbolo mediterráneo cantado por Sófocles, el árbol de los dioses. Es más una civilización que un árbol. Cuenta el Génesis que la paloma, agotada del largo vuelo, llegó hasta el Arca de Noé con una rama de olivo en su pico. Nos anunció de esta manera que habían descendido las aguas del diluvio universal. Fue el primer árbol que brotó después de la cólera de Dios, el primero que floreció para celebrar la nueva alianza entre el cielo y la tierra, el reino de la paz. «El tiempo de la paz universal se acerca —escribe Shakespeare en Antonio y Cleopatra—. Para probar que ese será un día de prosperidad, todos los rincones del mundo mostrarán la rama de olivo».

No tiene el olivo la grandeza de la haya o la majestad del roble o del arce, sus hojas son vulgares y sus frutos menos espectaculares que los de la higuera o la palmera datilera, pero éste es el árbol del Mediterráneo, de Andalucía o del Oriente Próximo. Es alimento, perfume, ungüento para los más diversos males, para la salud y la belleza, para alimentar el fuego del hogar. El aceite servía para bruñir las estatuas de los dioses, las ramas del olivo para coronar a sus vencedores de las Olimpiadas.

Ha sido el árbol pintado por Van Gogh o Renoir, cantado por Homero, por Sófocles hace veinticinco siglos: «Aquí crece un árbol bendito, un árbol ignorado en Asia, un árbol indomable, un árbol inmortal, alimento de nuestras vidas, el olivo son hojas de plata». Se lee en el libro XXIII de la Odisea por boca de Ulises: «En medio del recinto, un olivo generoso esparcía su follaje, y su tronco era como un grueso pilar: en torno a él levanté los muros de nuestra cámara, y cuando la hube provisto de una puerta de madera maciza y sin grietas, despojé al olivo de sus frondas, cepillé el tronco hasta la raíz y luego, una vez que lo hube encuadrado y pulido, enclavijé el lecho contra él».

Su color era el de los ojos de Atenea. Sus semillas se plantaban en el camino de las conquistas, grácil pero resistente a los siglos y a las inversiones. Se cuenta que volvió a florecer el día siguiente del incendio de Atenas por los persas. El helenista francés Lacarriere ve en el olivo la exigencia de «la paciencia y la imaginación». Es el árbol sapiens, de la sabiduría griega, de los amorosos cuidados, de la lenta maduración, de la longevidad.

Manuel Leguineche, La felicidad de la tierra, Alfaguara, 1999, págs. 313-316.

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jueves, 6 de febrero de 2025

Casas 26

Casa de los Gramáticos, Brihuega, que fue del periodista y escritor Manuel Leguineche, foto: Antonio Erena, 02.02.25
El temor al atocinamiento ha planeado sobre los intelectuales que eligieron vivir en el campo o en las pequeñas ciudades donde cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído o cada soplo una lengua. Nada más llegar a Salamanca, Unamuno escribió a un amigo para informarle que si a los dos años de estar ahí se enteraba de que jugaba al tresillo a diario, daba durante una o dos horas vueltas a la plaza y echaba la siesta, le considerase un hombre perdido; pero que si pasado ese tiempo, seguía estudiando, meditando, escribiendo y peleando en pelea pública por la cultura, le considerase allí mucho mejor que en Madrid. Y así ha sido. También a Josep Pla le preocupa sentirse «satisfecho, saturado, catalogado». A Unamuno le parece que las ciudades despersonalizan, desindividualizan. Acepta la vida del pueblo con sus inconvenientes, a los hombres con sus flaquezas. El mejor modo de conocerse para el rector de la Universidad de Salamanca es «chocar, entraña contra entraña, es decir, roca contra roca con un semejante». Se deja llevar por el amor a la paradoja. Conoce a dos hombres que se ven a diario y no se saludan, pero en el fondo se sienten uno atraído por el otro. «Cada uno de ellos es la más constante preocupación del otro. Las más fuertes atracciones son las que toman la apariencia del odio». A don Miguel le atraía la vida provinciana «porque en ella es más fácil descubrir por debajo de una aparente calma la tragedia. Y tanto como odio la comedia, amo la tragedia. Y sobre todo, la tragicomedia». Jules Renard lo tradujo así: «Huir a un pueblo para convertirlo en el centro del mundo». Hacer lo que a uno le da la gana es bueno para la salud. «La felicidad —escribe Kafka— es comprender que el suelo sobre el que te has detenido no puede ser mayor que la extensión cubierta por tus pies».

Estamos como quien dice atemorizados ante la idea de quién llamará a la puerta: el catastro, Hacienda, el agente del Ayuntamiento con una multa, un impuesto, la policía…

Josep Pla, a través de su tío Eduardo, advierte en La calle estrecha sobre los peligros de la vida provinciana, la angustia del tedio, el narcisismo al que se llega a través de la soledad, del ambiente de campanario: «No vayas al café — recomienda— no juegues a cartas. No frecuentes tertulias estúpidas alimentadas por chismorreos pornográficos o insignificantes anécdotas políticas. Si lo haces quedarás asfixiado por el ambiente. Todo lo verás a través de esa atmósfera en una escala infinitamente pequeña. El ambiente pueblerino satisface porque es cómodo, fácil, asequible, porque todo se halla el alcance de la mano. Pero la misma insignificancia de las cosas lo convierte en un soporífero. Uno termina confundiendo a Napoleón con la cabeza de los vigilantes nocturnos y a Mr Churchill con el oficial de secretaría». En fin, que intoxicado de tonterías «las ilusiones se desvanecen, la voluntad se agota, se pierde el sentido del humor y el de la paciencia».

Si eso ocurre es que te has equivocado de pueblo. Hoy las conversaciones de tertulias están plagadas de comadreos, de referencias televisivas. En cambio en un pueblo como Cañizar, apenas si se habla de Isabel Preysler. Interesa más lo más próximo. Se valoran la falta de pretenciosidad, las pequeñas y apasionadas cosas, el ardor con el que cada testarudo defiende sus tesis y sus manías. A esta misma hora en un salón literario se ponen a caldo unos a otros. Si te gusta el campo, la taberna será la caja de resonancia de lo que ha ocurrido en el campo. ¿Es que eso no enriquece? No existe ningún ser humano que esté totalmente desprovisto de interés, creía Pla. Esa originalidad, esa diferencia, esa receptividad y humanidad son las que habrás de aprovechar. Para lo demás está la tele:

                                                        Somos entre tanto felices
                                                        Seven o’clock.
                                                        Todo es bar y delicia oscura
                                                        ¡Televisión!
                                                                                   (Jorge Guillén)

 Manuel Leguineche, La felicidad de la tierra, Alfaguara, 1999, págs. 35-37.