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Plaza de Isabel II y Teatro Real, Madrid, foto: Antonio Erena, 17.12.24 |
Tenía dos opciones: intentar
explicarle la Santísima Trinidad a un niño de tres años o pasar por alto lo que
acababa de ocurrir y decirle “¡mira, un perro con abrigo!”, táctica que utilizo
cuando no me conviene el cariz que está tomando alguna situación. Opté por la
primera y, como bien pude, le expliqué que Jesús era el hijo de Dios y Dios
encarnado, pero él seguía poniendo pegas. Su argumento final fue que Cristo no
podía ser Dios porque era un bebé, y comprendí que el germen de su arrianismo
igual no era la incomprensión de la Santísima Trinidad sino que Dios pudiera
andar por ahí en pañales. Para mi hijo, que le cuenta a todo el que se preste a
escucharle que él ya va al colegio y que su seño se llama
Nerea, los bebés son el escalón más bajo de la sociedad, así que, ¿cómo iba a
ser Dios uno de ellos?
Esa misma tarde leí una columna de Sergio C.
Fanjul en la que exponía dos cuestiones: cómo el capitalismo ha
fagocitado el sentido de la Navidad y las consecuencias de la secularización en
las generaciones más jóvenes. “Nunca imaginé que iba a requerir tanto esfuerzo
que mi hija conociese la antes ubicua figura de Cristo. Más bien pensaba que
tendría que protegerla del adoctrinamiento”, confesaba, en la línea de otro artículo en el que
Sergio del Molino contaba: “Nunca pensé que me fuera a
preocupar algo así, pero sin una cierta familiaridad con el catolicismo (...)
casi toda la cultura occidental se vuelve incomprensible”. Cabe preguntarles
qué solución proponen. Si es la del laicismo ―relegar la educación religiosa al
ámbito privado―, la brecha cultural entre clases se acrecentará, pues, en una
sociedad secularizada como la nuestra, sólo los hijos de las clases ilustradas
acabarán sabiendo decodificar su propia cultura.
Pero, volviendo a la columna
navideña de Fanjul, en ella no daba el paso de relacionar la propuesta
económica del liberalismo ―el hedonismo consumista― con la antropológica ―la
muerte de Dios, el laicismo, el desencantamiento del mundo―. No sólo los mercaderes
han expulsado a Cristo de su cumpleaños; también lo han hecho quienes se
empeñan en borrar su nombre y su huella, los de los belenes laicos y el felices
fiestas en nombre de la inclusión, que no parecen plantearse que para integrar
a alguien a una cultura antes hay que tenerla.
Fanjul no tiene fe, pero eso no le impide entristecerse al observar que casi nadie se acuerda de Cristo en Navidad. Y yo, que no es que empezara a creer en Dios sino a dejar de negar su existencia hace unos años, tengo que decirle que no se preocupe. Que no somos pocos los que, como canta Pablo Martínez, estos días celebramos ese escándalo para los poderosos que es que Dios anduviera en pañales. Que no naciera en un palacio lleno de oro sino en un pesebre. Que se presentara ante nosotros sin cetro, con la fragilidad y la ternura de un recién nacido, señalándonos así el camino. No somos pocos y he de confesarles, aunque los datos me contradigan, que creo que cada día seremos más. Porque es del frío de donde surge la necesidad de una lumbre. Feliz Navidad.
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