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lunes, 27 de marzo de 2023

Osio

Lorenzo Coullaut Valera, Monumento al obispo Osio (1926), Córdoba
Foto: Antonio Erena, 9.03.23
Con más individuación trató Zósimo el punto de la conversión de Constantino en su Libro 2, Capítulo 685, donde dice que, no hallando Constantino modo entre los sacerdotes gentiles para purificar sus manchas por las muertes dadas a su hijo el césar Crispo y a su mujer Fausta, había venido a Roma un egipcio español (esto es, sabio o mago) quien le informó de que la (p. m. 111) ley y religión de los cristianos tenía virtud para borrar cuantos delitos se hubiesen cometido; y, aceptando el emperador la propuesta del egipcio, mudó de religión haciéndose cristiano: egiptius quidam ex Hispania Roman veniens, etc. Habla aquí Zósimo, como pagano, que sintió mal de la conversión de Constantino; pero la noticia que nos da de que fue español el que le instruyó en nuestros misterios y dogmas, junto con lo que queda referido de la familiaridad y aprecio de Constantino a Osio, son manifiesto testimonio de que Osio fue el catequista y maestro del gran Constantino en los misterios y enseñanza de nuestra santa fe; y que, si de este principio se siguió su conversión y los singulares bienes que hizo a la religión cristiana con la paz y acrecentamiento de la Iglesia, todo fue y es debido a Dios, origen y fontal de todo bien, como lo confesamos; pero es inmortal gloria de nuestra España y en especial de nuestra Andalucía el que diese a la Iglesia un héroe tan grande, capaz de desempeñar las divinas disposiciones.
Fr. Juan Lendínez, Augusta Gemela Ilustrada, cap. 20 (fragmento), transcripción: Antonio Erena

sábado, 31 de diciembre de 2016

Año Cervantes y 17


Lorenzo Coullaut Valera, Placa commemorativa de la 1ª edición de El Quijote en el lugar de la imprenta de Juan de la Cuesta (actual Sociedad Cervantina), calle Atocha, 87, Madrid
Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
Llegando a nosotros dijo:
-¡Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:
-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
-Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
Tornéle a abrazar, volvióseme ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Prólogo