| Manuel Alcázar y Ruiz (Albacete, 1858 - Madrid, 1914), Perdices acudiendo al reclamo, Real Academia de San Fernando, N.º Inventario L-295 |
El celo de la perdiz es el preludio de la primavera; no hay nada
tan agradable como presenciar en el campo los poéticos crepúsculos, escuchando
oculto entre chaparros, el valiente ¡cuchichí! ¡cuchichí! de la enamorada perdiz;
muy joven era yo cuando empecé esta caza, vulgarmente denominada del «cuco»; debuté
en las hermosas dehesas de mi padre político, el señor vizconde de Begíjar[1];
generalmente me daban a cazar los peores pájaros que tenían, no se fiaban de
entregarme los superiores, por temor de que les hiciera, como novato, alguna «mala
faena» y se echaran a perder; sabido es, que en la caza con reclamo un mal tiro
descompone un pájaro bueno, así como los buenos tiros arreglan los resabiados o
mal tirados. Llegó a ser tal mi afición y puse tanto esmero en aprender, que en
un solo año me hice gran «cuquillero», como decía mi suegro; ya no tenían los
concurrentes, en la época de caza, inconveniente alguno en que alternara
sacando a cazar los buenos pájaros, los medianos y hasta los pollos para que les
hiciera buenos tiros e irlos educando; según decían tenía bastante suerte, pero
no creo que fuera esto sólo debido a mi buen resultado en dicha caza, a los
malos ratos que me daba; yo ponía de mi parte más que el reclamo: jamás hacía un
puesto sin haber visto antes las perdices; unas veces me colocaba en sus
querencias, otras en las subidas a sus dormitorios y pude observar, por
experiencia, que en todas las cazas, pero en ésta sobre las demás, el hombre
tiene que poner de su parte bastante inteligencia para el logro de buenos éxitos;
esto lo confirma el que en algunas ocasiones, con un mediano pájaro que casi no
cantaba, me colocaba en un rebozo donde las perdices se habían dado y con un
par de reclamos, al momento las tenía en plaza; tiraba y ¡claro! el pájaro, al tirarle,
se enardecía y hacía un buen puesto, con esperanza de tirarle dos o más tiros.
La primera condición
que el reclamo de perdiz ha de tener, es la de ser de «salida»: esto es,
levantar el campo y después, aunque no sea gran cosa de «músico», que reciba bien
y al ver las perdices en plaza, no bregue y las espante, que no deje de «decirles»
hasta que la perdiz esté en la jurisdicción del tiro del puesto y a la vista
siempre del reclamo; pues tirar un pájaro que el reclamo no le «diga» y no le
vea, es un tiro malísimo: más vale que se quede sin tirar que hacerlo en esas condiciones;
el cazador de reclamo debe «cazar el pájaro»: ésta es su misión, no «ir por
carne»; tampoco debe salir el cazador cuando tire; y si yerra, no correr detrás
de la perdiz que se va herida, esto sorprende el reclamo y le disgusta
bastante.
Al salir del
puesto, concluido que haya sido éste, debe apercibir al pájaro, bien tosiendo o
haciendo algún ruido que no sea muy extraño y al irse a él para taparlo con la sayuela
o cobija, se halagará con palabras o haciéndole castañuelas con los dedos: esto
lo tranquiliza y no se botan ni se hacen bregadores a la presencia del amo.
Feliciano del Río Muñoz-Cobo, «Memorias de un cazador. De la
perdiz, Arjona, 1914», en Patria: órgano
provincial de la Unión Patriótica, Jaén, 25.01.1930, pág. 5 (actualización
y nota: Antonio Erena).
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