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lunes, 25 de noviembre de 2024

Excéntricos 35

Felicidad Blanc (Madrid, 03.02.1913 - San Sebastián, 30.10.1990) en la finca familiar de Castrillo de las Piedras, León, fuente: El Mundo, 19.09.24
Felicidad Blanc en el parque del Retiro, Madrid, foto: José Sánchez Martínez, 31.12.1976, Archivo ABC
Mi siglo fue el XIX, todavía en mi niñez se percibía su resplandor, quizás en el sonido de los cascos de los caballos o en la música triste de aquel ciego que tocaba el violín en la esquina de la calle. Por eso en mi vida todo fue un continuo volver hacia atrás, un temor de crecer, te alejarse de aquello. «Ahora voy a estudiar, pero luego soñaré un rato»: esta facilidad para el ensueño me acompañaría siempre. Me salvaría a veces.
En los años de la guerra me refugié en la literatura, convertí en héroes a los que habían escrito aquellos libros y los busqué después como el último refugio. De muy cerca viví lo que ellos eran y, salvo raras excepciones, sólo encontré desilusión.
Pero el siglo XX con su mecánica, la pasión por el dinero, la muerte de tantos ideales, me hizo comprender que nada de lo que yo era o de lo que soy tenía ya valor.
Ahora que las conversaciones se apagan y que la rapidez en aumento nos arrasa a todos, recuerdo mis ensueños de adolescente, las horas brillantes en que todo parecía tan fácil de alcanzar.
Felicidad Blanc, Espejo de sombras, Librería Editorial Argos, 1977, p. 245.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Ayer y hoy 37 - Casas 23

Casa Panero, Astorga (a la izquierda), fotografía incluida en Leopoldo Panero, Canto personal. Carta abierta a Pablo Neruda, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1953
Casa Panero, Astorga, foto: Antonio Erena, 30.08.24

Estamos siempre solos
LEOPOLDO PANERO

Fue primero el aletazo sordo, la grieta sin remedio
abriéndose una tarde, el alarido animal,
las innecesarias comprobaciones repetidas, el rostro desencajado bajo las sábanas
y la última bocanada de sangre y las moscas en la noche de agosto.
Todo el lógico andamiaje, la ilusoria permanencia de lo que tenemos,
desplomándose con estrépito, lo mismo
que la tierra y las piedras sobre la caja de madera.
Después y tanto tiempo, la tenaz indagación,
las soluciones a deshora: «Si hubiera sido en otra parte…», «Quizás otro médico»,
y el terco recordar, el minucioso tacto de los lugares o los libros,
de la corbata preferida o lo que ahora pensaría si nos viese.
Por las noches a la luz del insomnio o la amargura
el roce aún vivo de otra piel, el eco persistente de sus palabras.
Agotadora lucha, inútil, contra el tiempo,
reuniendo rotos gestos, tardes inalcanzables,
para negar lo que sabíamos, para dar forma al espeso vacío incomprensible.
Y hoy, sin embargo, cuatro años después, qué difícil,
entre endulzadas figuraciones, entre imágenes de pintados colores,
entre sueños, encontrar lo que fuera simple realidad,
reconstruir el apagado brillo de unos ojos, el calor de unas manos,
el sonido de su voz verdadera.
Sí, triste es la muerte, pero más triste aún es su derrota
y ahora miras atrás y ya no tienes lágrimas,
y buscas donde habitaste y es tan solo una sombra,
una mancha borrándose, un papel en el agua.

Juan Luis Panero, «Al llegar el cuarto aniversario», en A través del tiempo, 1968