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miércoles, 18 de mayo de 2022

Rucio

José Moreno Carbonero, El encuentro del rucio, Museo del Prado

Mientras esto pasaba, vieron venir por el camino donde ellos iban a un hombre caballero sobre un jumento, y cuando llegó cerca les pareció que era gitano; pero Sancho Panza, que doquiera que vía asnos se le iban los ojos y el alma, apenas hubo visto al hombre cuando conoció que era Ginés de Pasamonte, y por el hilo del gitano sacó el ovillo de su asno, como era la verdad, pues era el rucio sobre que Pasamonte venía; el cual, por no ser conocido y por vender el asno, se había puesto en traje de gitano, cuya lengua y otras muchas sabía hablar como si fueran naturales suyas. Viole Sancho y conociole, y apenas le hubo visto y conocido, cuando a grandes voces le dijo:

 

—¡Ah, ladrón Ginesillo! ¡Deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo! ¡Huye, puto; auséntate, ladrón, y desampara lo que no es tuyo!

 

No fueran menester tantas palabras ni baldones, porque a la primera saltó Ginés y, tomando un trote que parecía carrera, en un punto se ausentó y alejó de todos. Sancho llegó a su rucio y, abrazándole, le dijo:

 

—¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío?

 

Y con esto le besaba y acariciaba como si fuera persona. El asno callaba y se dejaba besar y acariciar de Sancho sin responderle palabra alguna. Llegaron todos y diéronle el parabién del hallazgo del rucio, especialmente don Quijote, el cual le dijo que no por eso anulaba la póliza de los tres pollinos. Sancho se lo agradeció.


Cervantes, Don Quijote, Primera Parte, Cap. XXX (fragmento, según la edición revisada de Madrid, 1605)

lunes, 28 de noviembre de 2016

Año Cervantes 16 - Gastromanía 10

José Moreno Carbonero, El festín de Sancho Panza en la ínsula Barataria
Mesa y mantel para don Quijote y Sancho en el siglo XXI, El País
¡Viva el despelote!, Pepe Nevado

Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer de anascote batanado, con unas tocas blancas de delgado canequí, tan luengas, que solo el ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que a venir frisada descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de Martos.

Don Quijote, Segunda Parte, Cap. XXXVIII, "Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida" (fragmento)