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miércoles, 5 de febrero de 2025

Pasajes 9

Portales del Césped
Callejas de los Lucios
Portales de Chapero
Fotos: Antonio Erena, Brihuega, 02.02.25

El viajero piensa que a su amigo el viejo le pasa como a Brihuega —que antes, ¡había que verla!—, y como a todo el mundo y a todas las cosas. El viajero, que hoy prefiere no entristecerse, se levanta, se despide del viejo y tira hacia adelante, por la cuesta abajo. Pasa unos soportales —vigas de madera, como columnas, y un adoquín de piedra, de base— y llega hasta un tenducho abigarrado, vario, tentador, que parece puesto por el Patronato del Turismo.
   El dueño es un viejo zorro, bizco, retaco, maleado, que sabe muy bien dónde le aprieta el zapato. Habla de todo y sobre todo y se las da de poeta y hombre cultivado.
   —Sea usted bienvenido a la casa Portillo.
   —Muchas gracias.
   —La casa Portillo es una casa muy seria.
   —No lo dudo.
   El hombre habla con grandes aspavientos, dando gritos, arrugando la cara, levantando los brazos.
   —Yo soy el célebre cicerone que enseña la población.
   —Muy bien.
   —Aquí son todos muy ignorantes, no saben distinguir.
   —Hombre, habrá de todo.
   —No, señor; no hay de nada. Aquí son todos muy ignorantes, no saben distinguir.
   —Bueno, bueno.
   —Mi nombre es Julio Vacas, aunque me llaman Portillo. En este pueblo cada hijo de vecino tiene su apodo, aquí no se libra nadie. Aquí tenemos un Capazorras, un Tamarón y un Quemado. Aquí hay un Chapitel, un Costelero, un Pincha y un Caganidos. Aquí hay un Monafrita y un Cabezón, un Mahoma y un Padre Eterno, un Caldo y Agua y un Caracuesta, un Chil y Huevo y un Cabrito Ahumado, un Fraysevino, un Insurrecto, un Píoloco y un Mancobolo, un Taconeo, un Futiqui y un Pilatos; aquí, señor mío, no nos privamos de nada.
   —Ya veo, ya.
   —Y a todos juntos nos dicen bufones y borrachos los de los pueblos de al lado.
 
Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria, IV, Brihuega (fragmento).

martes, 4 de febrero de 2025

Calles 15

Callejas de los Lucios
Callejón del Ciego
Costanilla de Asenjos
Portales de Chapero
Calle de Camilo José Cela
Calles de Brihuega, fotos: Antonio Erena, 02.02.25
   La carretera describe una gran curva, y después de pasar el cruce, el viajero se encuentra de golpe ante Brihuega, que está en un hoyo. Del cruce salen dos carreteras, además de la que camina el viajero; la de la izquierda, que va a Utande, y la de la derecha, que va a Algora, otra vez en la carretera general.
   Para bajar a Brihuega hay un atajo por el que se corta bastante. El viajero tira por el atajo, lleno de piedras, que parece el cauce seco de una torrentera. A algo más de la mitad del camino se encuentra con un pastorcito que está sentado sobre una piedra, al lado de un muro partido en pedazos, de un muro que no acota nada.
   —Niño, ¿cómo se llama esta bajada?
   El niño no contesta.
   —Oye, que te estoy hablando. Digo que cómo se llama esta bajada.
   El niño está azarado y no sabe lo que hacer. Mira para los pies del viajero, se pone colorado hasta las orejas y se pasa una mano por la rodilla. Después. con un hilo de voz, se decide a contestar:
   —No tiene nombre.
   El viajero da unas perras al niño. El niño, al principio, no quería cogerlas.
   Desde el atajo, Brihuega tiene muy buen aire, con sus murallas y la vieja fábrica de paños, grande y redonda como una plaza de toros. Por detrás del pueblo corre el Tajuña, con sus orillas frondosas y su vega verde.
   Brihuega tiene un color gris azulado, como de humo de cigarro puro. Parece una ciudad antigua, con mucha piedra, con casas bien construidas y árboles corpulentos. La decoración ha cambiado de repente, parece como si se hubiera descorrido un telón.
Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria, III, Del Henares al Tajuña (fragmento).

martes, 30 de abril de 2024

Casas 20

Fachada interior de can Esclòp (casa Esclopea), Es Bòrdes (Las Bordas), Valle de Arán, foto: Antonio Erena, c. 1990
     Más allá de la Artigueta y su cienaguilla, y dejando a mano derecha el sendero del bosque de Bericaube, que devuelve al caminante a Viella, el viajero, sin pasar el puente de Tourreles, toma por el arriate que va por la cuesta abajo de estribor del río y se llega, a la hora de almorzar y, ¡ay!, también al tiempo que lo deja sin almorzar— a Les Bordes. El río Jueu nace en el pedregal que nombran Güells del Jueu, al pie de la cresta de Pumero; las aguas vienen, perdidas y bajo tierra como topos, desde el Forat d’Aigualluts, en la vertiente de la Maladeta. Esto de la hidrografía es ciencia hermética y medio mágica, que no siempre se descifra con facilidad. La artiga de Lin, o vallonada del Jueu, es quizás la más exuberante y frondosa de todas las artigas aranesas; también la que guarda mayor misterio y poesía. La artiga de Lin se hunde hasta el lago Pumero y el pico de la Forcanada; al sur —y por encima de todos los demás— se recorta la silueta de los montes Malditos, a cuya primer ladera puede pasarse por el senderillo de cabras del coll de los Araneses.
     Les Bordes, a la izquierda del Garona y sobre su repecho, es un pueblo moribundo que ha perdido hasta la memoria de su pasado y aún no tan lejano bienestar pastoril. Hay pueblos que parecen enfermos crónicos, caseríos que semejan fantasmas, y aldeas (y hasta ciudades) que fingen el doloroso gesto del pájaro herido que no puede volar. Les Bordes es paraje que se quemó demasiado deprisa, lugar que envejeció ganándole por la mano el tiempo. Al viajero, Les Bordes se le antoja un pueblo deshabitado o habitado por muertos (tampoco muy históricos ni famosos). Por aquí anduvieron las políticas piedras del Castell-Lleó, el baluarte del legal señor de horca y cuchillo; de él no quedan sino dos lápidas: una gótica, sepulcral y confusa, al lado de la iglesia; y la otra, conmemorativa de algo y no demasiado antigua (del XVI), que luce su orfandad en la ventana de una casa. Les Bordes no fue, en su origen, sino el escenario de las bordas en las que guardaban el ganado los vecinos de Benós y de Begós, al otro lado del Garona. Al viajero se le ocurre que llamar, pomposamente, Les Bordes de Castell-Lleó a estas parideras queda un poco excesivo y rimbombante.
     Al viajero y a su amigo Llir [1], en Les Bordes, les costó Dios y ayuda convencerse de que no habrían de encontrar nada, ni caliente ni frío, para comer. Después de patearse el pueblo, sin suerte y de un lado al otro, en busca de una fonda o de algo que se le pareciese, el viajero con la gazuza cantándole polkas en la panza, se dio de manos a bruces con dos gitanas jovencitas vendedoras de toallas y de cortes de traje, más garridas y bien plantadas que misericordiosas, y con más ganas de cachondeo de la que los hambrientos suelen aguantar.

Camilo José Cela, «Mont-Corbizón y, al final, la raya de Francia» (fragmento), en Viaje al Pirineo de Lérida, 1965, incluido en Judíos, moros y cristianos y otros escritos de viaje, ed. DeBolsillo, 2021.

[1] El perro que acompaña al viajero (nota del autor del blog).

lunes, 25 de marzo de 2024

Lunes Santo 2024

Jóvenes esperando la procesión
Foto: Antonio Erena, Cabra, 24.03.24
   Temprano aún, el vagabundo se mete por Cabra, en su río y al pie de su sierra, la de los montes de trágicos nombres: cerro Lóbrego, cerro de la Horca, cerro de la Camorra. Quizá fuera en la loma que dicen Torre del Puerto donde apuñalaron al mocito del Romance sonámbulo:

Compadre, vengo sangrando

desde los puertos de Cabra.

…………………

¿No ves la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

   En la sierra, a espaldas de la cortada de Camarena y a una legua cumplida de la ciudad, está la sima de Cabra, a la que Casildea de Vandalia, que era muy caprichosa, mandó bajar al caballero del Bosque para que le contase lo que había en sus profundidades. Esta cueva tiene muy ilustre prosapia literaria, y son varios y muy nombrados los autores que la mencionan: por ejemplo, Juan de Padilla, el Cartujano, en Los doze triumphos de los doze Apóstoles; Gonzalo Gómez de Luque, en Celidón de Iberia; Vélez de Guevara, en El diablo cojuelo, y Cervantes, en el Quijote y en El celoso extremeño, entre otros de menor mérito y fama más escasa.
   El vagabundo, que no es ni un científico ni un deportista, no bajó a la sima de Cabra, pero, por quien lo hizo, pudo saber que en sus negras honduras no había más que ranas y, para eso, asustadizas, minúsculas y de ningún lucimiento.
   Cabra es pueblo que florece, violentamente blanco, en el vallecico que forman los cerros de Villa Vieja y de San Juan —que fueron collaciones en el siglo XVI—, con el castillo en uno y, en el otro, la ermita.
   El vagabundo, que no tenía por qué haber entrado por la ventana, se cuela en Cabra por la puerta; un arco enjalbegado bajo el que canta su rumor la fuente. Cabra tiene muy buenas y numerosas aguas; la ciudad bebe de la que cae de la fuente del Río, que no se seca nunca y que tiene caudal para regar la huerta, para llegar a cada casa, para formar el río y para dar y tomar. En la huerta de Cabra nacen el árbol frutal y la dulce batata, el haba tierna y la lechuga fresca, la rica alverja y el nutricio alverjón y el sabroso y socorrido garbanzo. Donde la huerta acaba, comienza el olivar. Por estos andurriales, el Cid Campeador derrotó a los moros granadinos e mesole una pieça de la barva al conde don García Ordóñez, que hacía la guerra con ellos. En término de Monturque hay una cortijada de cien almas que se llama Cid-Toledo. En el río Cabra se pescan bogas de las dos especies: las que dicen del río —como si las otras fueran del monte— y las genileñas, que son más finas y plateadas. Por el monte corren las liebres y los conejos y vuelan las perdices, las codornices, las tórtolas y el zorzal, que es primo del tordillo.
   Cabra es ciudad en la que sus mujeres, bellas como pocas, tienen una rara obsesión que llegó a preocupar al vagabundo: la de la limpieza. Las mujeres de Cabra, no contentas con andar con el cubo de cal durante toda su vida de un lado para otro, sacan brillo a los guijarros de la calle frotándolos con aceite. El blancor y el aseo son, quizá, los dos más nobles monumentos de Cabra, el caserío más pulcro que el vagabundo haya pisado —¡y con qué miedo!— jamás.
   En Cabra nació don Juan Valera —colega, aunque más ilustre, del vagabundo—, probablemente el mejor prosista de todo el XIX español, al lado de Larra, tan distinto. Cabra —la ciudad— y la vecina Doña Mencía —Villabermeja— llenan muy deleitosas páginas de la dilatada obra de don Juan Valera.
   El vagabundo, después de almorzar en el parador de Ordóñez, salió por donde entrara para meterse, poco más allá del río y hacia el norte, por el camino de Montilla. En Moriles, a lo que se ve, el vagabundo no había escarmentado.

Camilo José Cela, «15. Hasta los puertos de Cabra» (fragmento), Primer viaje andaluz, Notas de un vagabundaje. Por Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y sus tierras, 1959.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Ríos 3

Cascada del río Cifuentes en Trillo
Foto: José Joaquín Quesada, 25.09.22
     Al llegar a Trillo el paisaje es aún más feraz. La vegetación crece al apoyo del agua, y los árboles suben, airosos como en Brihuega. Esta tierra, con agua, parece una tierra muy buena; hasta se ve algún que otro castaño, de vez en cuando. A la entrada del pueblo hay una casa muy arreglada, toda cubierta de flores; en ella vive, ya viejo y retirado, cultivando sus rosales y sus claveles y trabajando su huerta, un veterano alpinista que se llama Schmidt. Schmidt, que piensa construirse una casa enfrente de la cascada del Cifuentes, poco antes de caer en el Tajo, fue un montañero famoso; en la sierra de Guadalajara hay un camino que lleva su nombre.
     La cascada de[l] Cifuentes es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora. Sus márgenes están rodeadas de pájaros que se pasan el día silbando. El sitio para hacer una casa es muy bonito, incluso demasiado bonito.
     El viajero busca un sitio para pasar la noche, deja su equipaje y se va a dar una vuelta por el pueblo. Desde el puente ve correr el Tajo, sucio, terroso, con las márgenes imprecisas. En sus orillas, unos pescadores de caña con aire de campesinos o de muleros, con traje de pana, faja negra y camisa con botón en el cuello, esperan pacientemente a que pique alguna trucha. Poco más abajo, unas mujeres lavan la ropa.
 
Sobre la cascada
canta el ruiseñor.
A orillas del Tajo
pesca el labrador.
En la tierna huerta
labra el pescador.
Granan los geranios
sobre albo verdor.
Los árboles tienen
aire de señor.
Desde Trillo huele
el mundo a otro olor.
 
Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria (fragmento), Plaza & Janés, 2002, pp. 114-115.