Mostrando entradas con la etiqueta Reliquias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reliquias. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de septiembre de 2024

Reliquias

Relicario de San Cosme y San Damián, Monasterio de Ntra. Sra. de la Piedad, Torredonjimeno, foto: Puche (en IV Centenario del patronazgo de San Cosme y San Damián sobre la ciudad de Torredonjimeno (1580-1980), Gráficas Santo Reino, Jaén 1980, s/p)
I
Lo mismo que dos luceros
brillantes de santidad,
lucen sobre nuestro cielo
san Cosme y san Damián.
Sus dos almas generosas
la misma fragancia dan,
como si fueran rosas
nacidas de un rosal.
 
Estribillo
San Cosme y san Damián:
Torredonjimeno os ama
y con fervor os proclama
patronos de la ciudad.
Vuestro amparo celestial
nos ayude a buen vivir
y santamente morir,
san Cosme y san Damián.
 
II
Cuando a san Cosme se reza
se reza a san Damián,
porque los dos son pareja
de la misma santidad,
y en su gracia milagrosa
tienen el perfume igual,
lo mismo que las dos rosas
nacidas de un rosal.
 
José María Gallo Moya, Himno a san Cosme y san Damián (con música de Eloy Bares Vizcaíno)

jueves, 5 de mayo de 2022

Amadores

José Romero Benítez, San Amador de Martos, catedral de Jaén
Foto: Zarateman (Wikipedia)
«San Amador o Amatre de Auxerre, Obispo», en Vidas Santas (blogspot, entrada del 1.05.2013)

Nació Amador en Tucci, de padres cristianos, en el siglo IX de la venida de Cristo (tiempo en que España estaba dominada de los moros). Ignórase como se llamaron sus padres, pero sabemos por el santo historiador de su martirio que tuvo otros hermanos; y como en Córdoba florecían los estudios y letras sagradas entre los cristianos, especialmente en los monasterios, y el santo, joven, se inclinaba a cultivar sus potencias con la instrucción de las ciencias, pasó a la corte siguiéndole sus hermanos y padre. Y aplicado al estudio aprovechó mucho no sólo en la literatura, sino en descubrir grandes fondos de prudencia y honestidad, por lo que inclinándose a vida casta y al servicio de las iglesias fue ordenado en los grados eclesiásticos hasta subir al honor de presbítero.

Vivían al mismo tiempo en Córdoba otros varones ilustres, fervorosos en fe y cristiandad, desprendidos del [175] siglo y enamorados de los bienes eternos; y, como cada ave busca a su semejante, con éstos se acompañaba Amador para volar con su ejemplo a las alturas. Los amigos más íntimos que tuvo fueron un hermano de san Pablo Diácono y pariente de san Eulogio que se llamaba Luis, y un monje cuyo nombre era Pedro. Estos tres, uniéndose como ascuas inflamadas en el amor de Dios, se encendían más y más cada día en el fuego de nuestra sagrada religión contra las sombras del mahometanismo; y, cuando ya el celo de la casa de Dios no los permitía callar ni estar encerrados en las suyas, salieron confederados al público para anunciar las verdades del Evangelio contra la superstición de Mahoma.

Presentáronse voluntariamente al juez de los enemigos de la fe. Y en vista de que Amador era sacerdote y que san Eulogio lo pone en primer lugar, no hay duda que éste fuese el que llevó la mano y voz, haciendo en nombre de sus hermanos la solemne y heroica confesión de la fe que les movía a desengañar a los que iban fuera del camino de la verdad que es Cristo nuestro Señor, publicando sus misterios divinos sin miedo de padecer cuantos tormentos sugiriese el enemigo a sus aliados y manifestando los engaños del Corán y de Mahoma, su perverso compositor. Y que en contestación y defensa de nuestra santa ley y sus verdades estaban prontos a dar la vida por Cristo. Así se cumplió. Porque [176] al oír el tirano juez en nuestros santos la misma confesión que habían hecho poco antes otros a quienes había martirizado, y no pudiendo tolerar manifestasen la inmundicia y abominaciones de su falso profeta Mahoma, mandó que sin detención fuesen degollados. Lo que entendido por los santos con singular júbilo de sus almas y empleando sus labios en divinas alabanzas, se ejecutó con la sentencia en sus sagradas gargantas, recibiendo el golpe del alfanje con constancia invencible. Fue su glorioso triunfo en el día último del mes de abril, corriendo entonces la era de 893, año de 855, y reinando Mahomad, hijo de Abderramán II. Y en el mismo día celebra el Martirologio Romano su memoria y reza de ellos Córdoba, por haber sido ilustrada con la sangre gloriosamente derramada por estos tres campeones.

El obispado de Jaén celebra con rito doble a san Amador, por caer en su recinto la patria de este sacerdote santo, pero eligió para su festividad el día 5 de mayo, por estar introducido antecedentemente otro culto en dicho día último de abril. La villa de Martos, gloriosa madre y patria de san Amador, le tiene elegido por uno de sus patronos. Y como a tal le tiene dedicado templo, que hoy es iglesia parroquial con título de Santa Ana y San Amador. Y en ella se celebran anualmente dos solemnes festividades: la una en el día del martirio, [177] a costa y con asistencia de su muy ilustre ayuntamiento. Y la otra, en el expresado día 5, a devoción de la muy noble cofradía que a su nombre está congregada en su iglesia. Disfrutando esta dichosa villa la protección de este su glorioso hijo con muchos y repetidos beneficios y milagros con que corresponde a la devoción de sus paisanos.

En ninguna parte se sabe haya carne o hueso de este glorioso santo; y, aunque en esta villa se venera un hueso con título y denominación de san Amador, es de aquellos que llamamos bautizados, que se traen de la ciudad de Roma para premiar la devoción cristiana. Su sagrado cuerpo fue arrojado con los de sus compañeros al río Guadalquivir, no habiendo querido Dios dar indicios del sitio en que yacía el cuerpo de su digno ministro, según escribe su historiador san Eulogio. Creyendo persevere en tumba de cristal por no ser digno el mundo de tratarlo; pero desde el profundo del elemento cristalino, no olvida este gigante de la gracia a los que con fe le invocan y desde allí clama mejor y más sonora su voz que aquéllos que refiere Job: Gigantes gemunt sub aquis (Job, 26). Alcanzando a sus devotos la divina piedad como en todas sus tribulaciones lo experimenta esta villa ilustre.

Fray Juan Lendínez, Augusta Gemela Ilustrada, Capítulo 30, «Trata del glorioso martirio de san Amador y del destierro del abad Sansón a Tucci» (fragmento), manuscrito, 1778. Transcripción: Antonio Erena.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ostensión

Catedral de Jaén, capilla Mayor o del Santo Rostro (la caja fuerte y la urna del Santo Rostro abiertas y vacías al presidir la reliquia la fiesta religiosa con motivo del día de la Asunción de la Virgen, titular del templo); en primer término, la Virgen de la Antigua, preparada para su procesión claustral, foto: Antonio Erena (15.08.17)

PARADISO, XXXI, 108

     Diodoro Sículo refiere la historia de un dios despedazado y disperso. ¿Quién, al andar por el crepúsculo o al trazar una fecha de su pasado, no sintió alguna vez que se había perdido en una cosa infinita?
     Los hombres han perdido una cara, una cara irrecuperable, y todos querrían ser aquel peregrino (soñado en el empíreo, bajo la Rosa) que en Roma ve el sudario de la Verónica y murmura con fe: “Jesucristo, Dios Mío, Dios verdadero, ¿así era, pues, tu cara?”
     Una cara de piedra hay en un camino y una inscripción que dice: El Verdadero Retrato de la Santa Cara del Dios de Jaén; si realmente supiéramos cómo fue, sería nuestra clave de las parábolas y sabríamos si el hijo del carpintero fue también el Hijo de Dios.
     Pablo la vio como una luz que lo derribó; Juan, como el sol cuando resplandece en su fuerza; Teresa de Jesús, muchas veces, bañada en luz tranquila, y no pudo jamás precisar el color de los ojos.
     Perdimos esos rasgos, como puede perderse un número mágico, hecho de cifras habituales; como se pierde para siempre una imagen en el calidoscopio. Podemos verlos e ignorarlos. El perfil de un judío en el subterráneo es tal vez el de Cristo; las manos que nos dan unas monedas en una ventanilla tal vez repiten las que unos soldados, un día, clavaron en la cruz.
     Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró, para que Dios sea todos.
     Quién sabe si esta noche no la veremos en los laberintos del sueño y no lo sabremos mañana.

Jorge Luis Borges, El hacedor