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martes, 6 de enero de 2026

Revelación

Maestro de Covarrubias, Tríptico de la adoración de los Reyes Magos, finales s. XV - principios s. XVI, colegiata de San Cosme y San Damián, Covarrubias, fuente: Santa María la Real (página web)
El tríptico en Flemish Art in Spain (página web)

viernes, 7 de marzo de 2025

Primer Viernes de Cuaresma 2025

Luisa Roldán, la Roldana, Jesús Nazareno (c. 1700, las manos de Federico Coullaut-Valera), retablo mayor del monasterio de clarisas de Jesús Nazareno, Sisante, foto: Antonio Erena, 14.02.25
   Fue natural de la ciudad de Sevilla, fue hija y discípulo de Pedro Roldán, escultor eminente, pasó a Madrid; donde hizo una Imagen de Jesús Nazareno, del tamaño del natural, de tan extremada belleza, y afecto compasivo al mismo tiempo, que fue el pasmo y la admiración de toda la Corte, y tal fue el estupor que me causó al verla, que me pareció irreverencia no mirarla de rodillas, porque verdaderamente se me representaba, ser su mismo Original; y después de haberle estado admirando y examinando gran rato, nos fuimos a sentar [el autor y Luis Antonio de los Arcos, viudo de la artista]; y volviendo a mirarle, le dije al amigo, que si no cubría su Majestad, no me sentaría. ¡Tanto era el respeto y la reverencia que causaba! Que aseguro, me faltan palabras para significarlo; pues no sólo la expresión que he dicho de la cabeza, sino las manos y los pies, estaban tan divinamente ejecutados, y con algunas gotas de sangre que corrían, que todo parecía el mismo natural. A este soberano Portento, acompañó otra Efigie de su Madre Santísima Dolorosa, no menos admirable; y son colocados en la Villa de Sisante en la Mancha, junto a San Clemente, y en un Convento de Religiosas Descalzas, con el título de Jesús Nazareno. Murió en esta Corte, 1704, y apenas a los 50 de su edad.

Antonio Palomino, Las vidas de los pintores y estatuarios eminentes…, «211. Doña LUISA ROLDÁN, eminente escultora», Londres, Henry Woodfall, 1744, págs. 171-172 (actualización: Antonio Erena).

sábado, 2 de noviembre de 2024

Memento mori

Taller de los Raxis, Angelito con máscara de calavera (Memento mori), retablo Mayor, iglesia de la Asunción, Priego de Córdoba, fuente: El Día de Córdoba (diario online), 31.10.22
¿Cuándo vendrá la muerte? No sabemos.
¿El cómo y el lugar? Ni en conjetura.
¿El detener su curso? ¡Qué locura!
Sólo es cierto y de fe que fallecemos.

Pues, ¿cómo la amenaza no tememos
del criador de toda criatura?
Deseche la maldad nuestra cordura
y el viaje del alma preparemos.

La muerte, aunque parece que se esconde,
cada momento nos está acechando;
dejémosla que siga y que nos ronde.

Ella va y viene, y nos está esperando,
y ya que nos oculta cómo y dónde,
estemos prontos para siempre y cuándo.

Diego de Torres Villarroel, ¿Cuándo vendrá la muerte?

jueves, 26 de septiembre de 2024

martes, 23 de abril de 2024

Sant Jordi

Anónimo, San Jorge matando al dragón (c. 1430-1450), Museo Nacional de Arte de Cataluña
San Jorge matando el dragón en 3D

Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de hombres vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas con que cubrían alguna cosa que debajo estaba: estaban empinadas y tendidas y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los que comían y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:

—Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entalladura que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

—Si sois servidos —respondió don Quijote—, holgaría de verlas, pues imágines que con tanto recato se llevan sin duda deben de ser buenas.

—¡Y cómo si lo son! —dijo otro—. Si no, dígalo lo que cuesta, que en verdad que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y porque vea vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced y verla ha por vista de ojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:

—Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.

Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:

—Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

—No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo don Quijote:

—Este sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía:

—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.

No había más imágines, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban:

—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.

—Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres así de la figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágines y, despidiéndose de don Quijote, siguieron su viaje.

Quedó Sancho de nuevo, como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni suceso que no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria…

Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo LVIII (fragmento), ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 1998.

miércoles, 18 de octubre de 2023

Evangelistas

Gil de Siloé (atrib.), detalle de los evangelistas del Retablo de Nuestra Señora de la Buena Mañana, iglesia de San Gil, Burgos, fotos: Antonio Erena, 11.08.22

martes, 10 de abril de 2018

miércoles, 27 de abril de 2016

Caos

Maestro Bartolomé, Cahos
UAMA, tabla procedente del retablo mayor de la catedral de Ciudad Rodrigo

APOLOGÍA Y PETICIÓN

¿Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno,
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
puede y debe salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.

Quiero creer que no hay tales demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia.
Son ellos quienes han vendido al hombre,
los que le han vertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

  Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
 Que sea el hombre el dueño de su historia.

                                            Jaime Gil de Biedma, Moralidades, 1966

"Fracaso general de los partidos", El Mundo, 27.04.16