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lunes, 30 de marzo de 2026

martes, 27 de mayo de 2025

Desolación 24

Paseo de la Constitución, Baeza, el pasado mes de enero, fuente diario Ideal, 17.01.25
En unos minutos y sin demasiado esfuerzo —los dos tenían experiencia en trabajos de construcción— talaron lo que había crecido con extrema lentitud durante dos siglos, al ritmo solemne de los procesos de la naturaleza, con la paciencia gradual con la que crecen y se edifican las obras más valiosas, las naturales y las humanas, los bosques y las catedrales, los arrecifes de coral, las ciudades crecidas orgánicamente sin que nadie las haya planificado, las formas civilizadas de convivencia.

En la bella Baeza, que forma con Úbeda un espejismo doble de clasicismo italiano en medio de los olivares de Jaén, un ayuntamiento regentado por bárbaros decretó hace unos meses la tala de los árboles enormes que daban sombra y vida al paseo de la Constitución. La tala no se hizo de noche ni fue anónima, y, sin embargo, los concejales arboricidas no corren el menor peligro de ser acusados ante un tribunal. Dejan desierto y pelado un paisaje que uno lleva viendo toda la vida y están talando al mismo tiempo este momento presente y el recuerdo.

Antonio Muñoz Molina, «Como el árbol talado» (fragmentos), El País, 24.05.25

* * *

Al día siguiente quedé con mi amiga para tomar café en el Bombay después de comer. Nos gustaba ese sitio en la calle Real, bajo la imponente torre de las campanas de la catedral, uno de los contados de la capital al que no había alcanzado la moda de los cristales biselados y las cerámicas estridentes. Así aprovechábamos para entrar al templo, sin que en cada ocasión dejara de sorprendernos la atmósfera mágica de sus perfectas proporciones, en especial las de su sacristía y sala capitular, dos de los espacios más elegantes de la arquitectura española. No mucho más restaba que ver en la muy noble y leal ciudad, ignorada por sus vecinos y arrasada con método por los alcaldes de sus últimos cien años. En este periodo se había destruido lo que se tardó dos mil años en moldear: habían caído iglesias, conventos, palacios, teatros, casas populares, calles y plazas enteras; hasta el ambiente era distinto, abandonados los barrios históricos y desplazada la gente del casco antiguo hasta las partes modernas, trazadas al azar, sembradas de bloques de pisos cada uno de una clase, sin orden ni concierto. Cuando algunas voces se alzaban, las de los aguafiestas de siempre, ya era demasiado tarde. Pero lo mismo había sucedido con la mayoría de las ciudades y los pueblos de la provincia, siempre en la cola de las estadísticas. No éramos genios de la conservación. Sólo las pocas que habían sabido proteger su patrimonio empezaban a gozar de los beneficios del turismo y de un prestigio que ya traspasaba las fronteras, después de la reciente declaración de dos de ellas, las más representativas, como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Antonio Erena Camacho, El secreto del escultor, Gráficas La Paz, Torredonjimeno, 2012, p. 52. 

martes, 30 de mayo de 2023

martes, 13 de diciembre de 2022

Pasajes 6

Galería Rey Fernando III, Baeza, foto: Carmen Aguayo (6.12.22)
Parecidos razonables 7 (anterior entrada del blog)

Del pasado efímero

Este hombre del casino provinciano,
que vio a Carancha recibir un día,
tiene mustia la tez, el pelo cano,
ojos velados por melancolía;
bajo el bigote gris, labios de hastío
y una triste expresión, que no es tristeza,
sino algo más y menos: el vacío
del mundo en la oquedad de su cabeza.
Aún luce de corinto terciopelo
chaqueta y pantalón abotinado,
y un cordobés color de caramelo,
pulido y torneado.
Tres veces heredó; tres ha perdido
al monte su caudal; dos ha enviudado.
Solo se anima ante el azar prohibido,
sobre el verde tapete reclinado,
o al evocar la tarde de un torero,
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
la hazaña de un gallardo bandolero
o la proeza de un matón, sangrienta.
Bosteza de política banales
dicterios al gobierno reaccionario,
y augura que vendrán los liberales,
cual torna la cigüeña al campanario.
Un poco labrador, del cielo aguarda
y al cielo teme; alguna vez suspira
pensando en su olivar, y al cielo mira
con ojo inquieto si la lluvia tarda.
Lo demás, taciturno, hipocondriaco,
prisionero en la Arcadia del presente,
le aburre; solo el humo del tabaco
simula algunas sombras en su frente.
Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana
no es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la cabeza cana.

Antonio Machado, «Del pasado efímero», Campos de Castilla (1917), (en Poesías completas, Madrid, Espasa-Calpe, 1936)

jueves, 16 de abril de 2020

Habas (contadas)

Lámina botánica del haba (Vicia faba L.)
Ilustración: José Vicente Santamaría
Abril, anterior entrada del blog

   CXXVIII

   Heme aquí ya, profesor
de lenguas vivas (ayer
maestro de gay-saber,
aprendiz de ruiseñor),
en un pueblo húmedo y frío,
destartalado y sombrío,
entre andaluz y manchego.
Invierno. Cerca del fuego.
Fuera llueve un agua fina,
que ora se trueca en neblina,
ora se torna aguanieve.
Fantástico labrador,
pienso en los campos. ¡Señor
qué bien haces! Llueve, llueve
tu agua constante y menuda
sobre alcaceles y habares,
tu agua muda,
en viñedos y olivares.
Te bendecirán conmigo
los sembradores del trigo;
los que viven de coger
la aceituna;
los que esperan la fortuna
de comer;
los que hogaño,
como antaño,
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año.
¡Llueve, llueve; tu neblina
que se torne en aguanieve,
y otra vez en agua fina!
¡Llueve, Señor, llueve, llueve!
   En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal
—la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal—,
sueño y medito.
Clarea
el reloj arrinconado,
y su tic-tic, olvidado
por repetido, golpea.
Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído.
Tic-tic, tic-tic... Siempre igual,
monótono y aburrido.
Tic-tic, tic-tic, el latido
de un corazón de metal.
En estos pueblos, ¿se escucha
el latir del tiempo? No.
En estos pueblos se lucha
sin tregua con el reló,
con esa monotonía
que mide un tiempo vacío.
Pero ¿tu hora es la mía?
¿Tu tiempo, reloj, el mío?
(Tic-tic, tic-tic...) Era un día
(Tic-tic, tic-tic) que pasó,
y lo que yo más quería
la muerte se lo llevó.
   Lejos suena un clamoreo
de campanas...
Arrecia el repiqueteo
de la lluvia en las ventanas.
Fantástico labrador,
vuelvo a mis campos. ¡Señor,
cuánto te bendecirán
los sembradores del pan!
Señor, ¿no es tu lluvia ley,
en los campos que ara el buey,
y en los palacios del rey?
¡Oh, agua buena, deja vida
en tu huida!
¡Oh, tú, que vas gota a gota,
fuente a fuente y río a río,
como este tiempo de hastío
corriendo a la mar remota,
en cuanto quiere nacer,
cuanto espera
florecer
al sol de la primavera,
sé piadosa,
que mañana
serás espiga temprana,
prado verde, carne rosa,
y más: razón y locura
y amargura
de querer y no poder
creer, creer y creer!
   Anochece;
el hilo de la bombilla
se enrojece,
luego brilla,
resplandece
poco más que una cerilla.
Dios sabe dónde andarán
mis gafas... entre librotes
revistas y papelotes,
¿quién las encuentra?... Aquí están.
Libros nuevos. Abro uno
de Unamuno.
¡Oh, el dilecto,
predilecto
de esta España que se agita,
porque nace o resucita!
Siempre te ha sido, ¡oh Rector
de Salamanca!, leal
este humilde profesor
de un instituto rural.
Esa tu filosofía
que llamas diletantesca,
voltaria y funambulesca,
gran don Miguel, es la mía.
Agua del buen manantial,
siempre viva,
fugitiva;
poesía, cosa cordial.
¿Constructora?
—No hay cimiento
ni en el alma ni en el viento—.
Bogadora,
marinera,
hacia la mar sin ribera.
Enrique Bergson: Los datos
inmediatos
de la conciencia. ¿Esto es
otro embeleco francés?
Este Bergson es un tuno;
¿verdad, maestro Unamuno?
Bergson no da como aquel
Immanuel
el volatín inmortal;
este endiablado judío
ha hallado el libre albedrío
dentro de su mechinal.
No está mal;
cada sabio, su problema,
y cada loco, su tema.
Algo importa
que en la vida mala y corta
que llevamos
libres o siervos seamos:
mas, si vamos
a la mar,
lo mismo nos ha de dar.
¡Oh, estos pueblos! Reflexiones,
lecturas y acotaciones
pronto dan en lo que son:
bostezos de Salomón.
¿Todo es
soledad de soledades.
vanidad de vanidades,
que dijo el Eclesiastés?
Mi paraguas, mi sombrero,
mi gabán...El aguacero
amaina...Vámonos, pues.
   Es de noche. Se platica
al fondo de una botica.
—Yo no sé,
don José,
cómo son los liberales
tan perros, tan inmorales.
—¡Oh, tranquilícese usté!
Pasados los carnavales,
vendrán los conservadores,
buenos administradores
de su casa.
Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno
que perdure,
ni mal que cien años dure.
—Tras estos tiempos vendrán
otros tiempos y otros y otros,
y lo mismo que nosotros
otros se jorobarán.
Así es la vida, don Juan.
—Es verdad, así es la vida.
—La cebada está crecida.
—Con estas lluvias...
Y van
las habas que es un primor.
—Cierto; para marzo, en flor.
Pero la escarcha, los hielos...
—Y, además, los olivares
están pidiendo a los cielos
aguas a torrentes.
—A mares.
¡Las fatigas, los sudores
que pasan los labradores!
En otro tiempo...
Llovía
también cuando Dios quería.
—Hasta mañana, señores.
   Tic-tic, tic-tic... Ya pasó
un día como otro día,
dice la monotonía
del reloj.
   Sobre mi mesa Los datos
de la conciencia, inmediatos.
No está mal
este yo fundamental,
contingente y libre, a ratos,
creativo, original;
este yo que vive y siente
dentro la carne mortal
¡ay! por saltar impaciente
las bardas de su corral.

                          Baeza, 1913

Antonio Machado, «Poema de un día, Meditaciones rurales», de Campos de Castilla

viernes, 5 de abril de 2019

lunes, 10 de diciembre de 2018

Brumas 5

Vista del valle del Guadalquivir y Sierra Mágina desde el paseo del Obispo de Baeza, foto: Antonio Erena, 7.12.18

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

Antonio Machado, CXVIII, «Caminos»,
de Campos de Castilla (versión de 1917)

martes, 10 de abril de 2018

viernes, 23 de marzo de 2018

Soledad

Gaspar Becerra (diseño) y Simón de Baena y Gaspar de Hoyos (escultura y pintura), Ntra. Sra. de la Soledad (c. 1568), colegiata de San Isidro, procedente del convento de la Victoria de Madrid, modelo de las dolorosas españolas (destruida en la Guerra Civil), foto: Archivo Moreno

martes, 13 de septiembre de 2016

Blanco y negro

Viggo Mortensen como Alatriste (a la izquierda) en su duelo con Malatesta (fotograma de la película Alatriste de Agustín Díaz Yanes, 2006, escena rodada en la calle San Juan de Ávila de Baeza con la iglesia de Santa Cruz al fondo)
Viggo Mortensen y el esfuerzo de escuchar a Donald Trump, Gregorio Belinchón

martes, 26 de abril de 2016

Grandes fastos - Perritos II

Bartolomé González, La reina doña Margarita de Austria, Museo del Prado
A LOS TÚMULOS QUE HICIERON LAS CIUDADES DE JAÉN, ÉCIJA Y BAEZA
EN LAS HONRAS DE LA REINA DOÑA MARGARITA DE AUSTRIA

Oh bien haya Jaén, que en lienzo prieto
de luces mil de sebo salpicado
su túmbulo paró, y de pie quebrado
en dos antiguas trovas sin conceto.

Écija se ha esmerado, yo os prometo,
que en vultos de papel y pan mascado
gastó gran suma, aunque no han acabado
entre catorce abades un soneto.

Todo es obras de araña con Baeza,
donde, fiel vasallo, el Regimiento
pinos corta, bayetas solicita:

hallaron dos, y toman una pieza
para el tumbo real o monimento.
¡Nunca muriera doña Margarita!


                                           Luis de Góngora y Argote