jueves, 29 de septiembre de 2022

Quijotes y Sanchos 1

Hotel El Puerto, Puerto Lápice
Foto: Antonio Erena (05.09.22)

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.

Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:

—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre «Machuca», y así él como sus decendientes se llamaron desde aquel día en adelante «Vargas y Machuca». Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

Cervantes, Don Quijote, Primera Parte, Capítulo VIII (fragmento).

Año Cervantes 10 (anterior entrada del blog)

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Parecidos razonables 26

Piranesi, Vista, en la vía del Corso, del palacio de la Academia (palacio Mancini)
Fuente: Wikipedia
Madrid, Ministerio de Hacienda, imprenta Hauser y Menet, tarjeta postal, 1901
Fuente: Memoria de Madrid (página web)

lunes, 26 de septiembre de 2022

Ríos 3

Cascada del río Cifuentes en Trillo
Foto: José Joaquín Quesada, 25.09.22
     Al llegar a Trillo el paisaje es aún más feraz. La vegetación crece al apoyo del agua, y los árboles suben, airosos como en Brihuega. Esta tierra, con agua, parece una tierra muy buena; hasta se ve algún que otro castaño, de vez en cuando. A la entrada del pueblo hay una casa muy arreglada, toda cubierta de flores; en ella vive, ya viejo y retirado, cultivando sus rosales y sus claveles y trabajando su huerta, un veterano alpinista que se llama Schmidt. Schmidt, que piensa construirse una casa enfrente de la cascada del Cifuentes, poco antes de caer en el Tajo, fue un montañero famoso; en la sierra de Guadalajara hay un camino que lleva su nombre.
     La cascada de[l] Cifuentes es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora. Sus márgenes están rodeadas de pájaros que se pasan el día silbando. El sitio para hacer una casa es muy bonito, incluso demasiado bonito.
     El viajero busca un sitio para pasar la noche, deja su equipaje y se va a dar una vuelta por el pueblo. Desde el puente ve correr el Tajo, sucio, terroso, con las márgenes imprecisas. En sus orillas, unos pescadores de caña con aire de campesinos o de muleros, con traje de pana, faja negra y camisa con botón en el cuello, esperan pacientemente a que pique alguna trucha. Poco más abajo, unas mujeres lavan la ropa.
 
Sobre la cascada
canta el ruiseñor.
A orillas del Tajo
pesca el labrador.
En la tierna huerta
labra el pescador.
Granan los geranios
sobre albo verdor.
Los árboles tienen
aire de señor.
Desde Trillo huele
el mundo a otro olor.
 
Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria (fragmento), Plaza & Janés, 2002, pp. 114-115.

martes, 20 de septiembre de 2022

Necesidad

Ensinar os ignorantes (Enseñar a los ignorantes, 1760),
panel de azulejos de la serie de las Obras de Misericordia,
 iglesia de la Misericordia, Tavira
Foto: Antonio Erena, 20.07.22

lunes, 19 de septiembre de 2022

Partida

La reina Isabel II montando al pony Fern en Windsor
Fuente: Twitter, The Royal Family (@RoyalFamily), 31.05.20
I grieve and dare not show my discontent,
I love and yet am forced to seem to hate,
I do, yet dare not say I ever meant,
I seem stark mute but inwardly do prate,
I am and not, I freeze and yet am burned,
Since from myself another self I turned.
 
My care is like my shadow in the sun,
Follows me flying, flies when I pursue it,
Stands and lies by me, doth what I have done;
His too familiar care doth make me rue it,
No means I find to rid him from my breast,
Till by the end of things it be supprest.
 
Some gentler passion slide into my mind,
For I am soft and made of melting snow;
Or be more cruel, love, and so be kind,
Let me or float or sink, be high or low,
Or let me live with some more sweet content,
Or die and so forget what love ere meant.

 
Me apeno y no me atrevo a mostrar mi descontento;
amo y, sin embargo, me veo obligada a fingir que odio;
hago, pero no me atrevo a decir lo que siempre quise decir;
parezco completamente muda, pero murmuro por dentro;
soy y no soy, me hielo y sin embargo me quemo
desde que de mí misma en otra me convertí.
 
Mi preocupación es como mi sombra al sol:
volando me sigue, vuela cuando la persigo,
permanece y yace a mi lado, hace lo que yo he hecho;
su inquietud demasiado familiar me hace arrepentirme,
no encuentro ningún medio para librarla de mi pecho
hasta que al final de todo sea suprimida.
 
Una pasión más suave se desliza en mi mente,
pues soy suave y estoy hecha de nieve derretida;
o sé más cruel, amor, y sé amable,
déjame o flotar o hundirme, subir o bajar,
o déjame vivir con un más dulce contento,
o morir y así olvidar lo que significaba el amor.
 
Isabel I de Inglaterra, A la partida de Monsieur (On Monsieur’s Departure), 1582 (trad.: Antonio Erena)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Gastromanía 35

Fuente granadina con higos
Foto: Antonio Erena, 14.09.22
Se van los años cada vez más breves,
con rosas primavera, con los trigos
el verano, el otoño con los higos
y el negro invierno con las blancas nieves.
 
Según hacia tu ocaso más te mueves
más raudos van, de tu vivir testigos
que te arrancan, cual fieros enemigos,
al reposo. Si allá en las horas leves
 
de mocedad marchaban en tortuga,
hoy descubres la ley que nos aflige
de gravedad, a tu primer arruga;
 
más cerca de la tierra se te exige
que corras más y no queda otra fuga
que ir a parar donde el destino fije.
 
Miguel de Unamuno, «Los sonetos de Bilbao, XVII - La ley de la gravedad»,
Rosario de Sonetos Líricos, Imprenta Española, Madrid, 1911

lunes, 12 de septiembre de 2022

Obituarios 51

Javier Marías en su casa de Madrid, foto: Gianfranco Tripodo, The New York Times, 1.08.2019
Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará un momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de lo que ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco lo cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba por asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada.

Javier Marías, Corazón tan blanco (fragmento).

La pandemia no ha terminado, y a diario nos llegan noticias de conocidos infectados. Pero como en España los estultos gobernantes y buena parte de la población han decidido que sí, que el virus ya es agua pasada, quizá no esté de más echar la vista atrás e intentar recordar cómo era el mundo anterior al covid. Una ojeada somera indica que todas las sandeces y cursilerías que en su día se soltaron y escribieron — “Saldremos mejores”, “Se nos brinda la oportunidad de reflexionar y elegir prioridades”, etc— han resultado ser, amén de sandias y cursis, enteramente falsas o erróneas. Da más bien la impresión de que casi todo el mundo, con los políticos a la cabeza una vez más, hubiera estado aguardando ansiosamente para volver a sus majaderías sin alterar una coma. Las televisiones emiten los mismos programas zafios y vejatorios, los informativos siguen siendo infames, la publicidad más abyecta que nunca —y ya es decir—, los líderes continúan a pedradas y haciendo gala de inepcia y vacuidad, las gentes han reanudado sus viejas costumbres de viajar sin ton ni son en abominables cruceros e infinitos vuelos contaminantes, de hacer fotos de platos o de sí mismas y acudir en masa a todo (porque “hay que ir”) aunque no les interese lo más mínimo; las riadas de turistas han regresado para dolor de nuestras ciudades, paisajes y playas, la afición a opinar de cuanto se ignora permanece inalterable en las tertulias como en las redes, la mala baba es omnipresente sin que preocupe el daño que pueda infligirse, la mayoría lo busca con ahínco; la capacidad de raciocinio, lejos de mejorar, ha empeorado: sólo faltaba una plaga para avivar las teorías conspiratorias y el mal agüero; los bancos han aprovechado para cerrar sucursales y despedir a empleados, la Administración para convertir cualquier gestión en un laberinto sin salida, las compañías eléctricas para sacarles los higadillos a los ciudadanos modestos; la llamada “solidaridad” ha pasado a ser una mera palabra en boca de sinvergüenzas demagógicos. A mi parecer, en suma, no hemos salido de la pandemia, pero somos iguales o peores.

Hay una invasión de Putin que nos procura pesadillas pero en el fondo nos trae sin cuidado: aquí lo que de verdad importa es la Semana Santa, la Feria de Sevilla, los sanisidros, los sanfermines, el próximo puente y los 200.000 festejos populares que se avecinan con el buen tiempo. Y por supuesto las vacaciones de agosto, para las que se calientan ya los motores de las escapaditas, las cervecitas, las playitas, las paellitas, las gambitas, los bañitos, las siestecitas y los aperitivitos.

Y sin embargo… ¿No tienen la sensación de que cuanto fue anterior al virus está increíblemente lejos, mucho más que los dos años que han transcurrido? Aún es más, ¿no la tienen de que los meses de confinamiento forzoso pertenecen a otra época, tan distante que se recuerda brumosa? ¿Y los aplausos a los sanitarios desde los balcones? ¿Y Trump, que todavía gobernaba cuando se inició la peste? ¿No les parece que hace siglos de la investidura de Sánchez y del (políticamente) fenecido Iglesias? ¿Que el actual Gobierno, lejos de los dos años y medio que lleva en el poder, acumula en él más de un lustro? ¿Quién se acuerda de Iván Redondo, González Laya o Celaá, que tanto dieron que hablar (para mal)? ¿Quién de Cospedal o Sáenz de Santamaría? Es imposible que hace sólo tres años ellas y su jefe cortaran el bacalao. ¿Quién de la criminal incompetencia de Albert Rivera, que de haber sido menos vano podría ser Vicepresidente aún hoy? ¿Quién de Torra y de su afición a llamar “hienas” a los españoles y a los catalanes no fanáticos?

Todo continúa invariable, más o menos. Yo pienso, en cambio, que se rompió el hilo de la continuidad de nuestras vidas, por mucho que finjamos haberlas reanudado exactamente donde las dejamos el 15 de marzo de 2020. Que todavía vivimos en estado de shock y de incredulidad, artificialmente anestesiados y desmemoriados, intentando pasar por alto lo que nos ha ocurrido. Si los casi 200 asesinados en los atentados de 2004 supusieron un trauma insuperable durante mucho tiempo, ¿cómo no vamos a estar estupefactos y horrorizados por la muerte —no violenta, algo es algo— de las 100.000 o más personas víctimas del virus? ¿Qué país puede encajar eso tan alegre y frívolamente como aparentamos haberlo digerido nosotros? Qué digo “digerido”: arrinconado, arrumbado, borrado, negado. Me temo que los únicos que lo tienen presente a estas joviales alturas son los familiares de los difuntos y los admirables médicos, enfermeras y demás personal sanitario, sobreexplotados, que tantas agonías presenciaron, tantos combates entre la vida y la muerte, tanto horror y agotamiento e incertidumbre padecieron un día interminable tras otro, y que en número no escaso perdieron la salud o la vida por cuidar y salvar a sus pacientes, aunque algunos se lo pagaran con exigencias y desplantes —”Para eso están ustedes, para curarnos si enfermamos”—. Me pregunto con qué desolación ven ellos los actuales desenfrenos y farras, ahora que creemos que todo ha pasado, cuando en realidad no ha pasado.

Javier Marías, «Como si no hubiera pasado», El País Semanal, 29.05.22

viernes, 9 de septiembre de 2022

Obituarios 50

Cecil Beaton, La reina Isabel II el día de su coronación
(Queen Elizabeth II on her Coronation Day), 2.06.1953, The Royal Collection

jueves, 8 de septiembre de 2022

Coplas

Diego de Mora, Virgen de la Aurora, Montejícar (desaparecida)
Fuente: Conservación Restauración Imaginería Salvador Guzmán Moral (blogspot)
Consolación y Aurora (anteriores entradas del blog)

¡Levántate ya
y verás una rosa encarnada
y un lirio morado
al pie del altar!
 
Y no hay que dudar
que por chica que sea la Hostia
esta Dios entero
sin faltarle na.
 
Llega, pecador,
a la mesa de la Eucaristía
donde te convida
nuestro Salvador.
 
Juan Montijano Chica, Estribillos de las coplas del Rosario de la Aurora de Torredonjimeno, Historia de la Ibérica Tosiria. La actual Torredonjimeno, Madrid, 1983, pág. 201.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

martes, 6 de septiembre de 2022

Horizonte

Atardecer en los molinos de Consuegra
Foto: José Joaquín Quesada, 4.09.22
                        Horizonte

En una tarde clara y amplia como el hastío,
cuando su lanza tórrida blande el viejo verano,
copiaban el fantasma de un triste sueño mío
mil sombras en teoría y enhiestas sobre el llano.
La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
era un cristal de llamas, que al infinito viejo
iba arrojando el triste soñar en la llanura...
Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
repercutir lejana en el sangriento ocaso,
y aun más allá, la alegre canción de un alba pura.

Antonio Machado, «Horizonte», de Soledades (1903)

jueves, 1 de septiembre de 2022

Vuelta

Vista del pantano del Víboras con el castillo al fondo, foto: Joaquín Marchal, 29.08.22

Heureux qui comme Ulysse, a fait un beau voyage,
Ou comme cestui-là qui conquit la toison,
Et puis est retourné, plein d’usage et raison,
Vivre entre ses parents le reste de son âge !

Quand reverrai-je, hélas, de mon petit village
Fumer la cheminée, et en quelle saison
Reverrai-je le clos de ma pauvre maison,
Qui m’est une province, et beaucoup davantage ?

Plus me plaît le séjour qu’ont bâti mes aïeux,
Que des palais romains le front audacieux,
Plus que le marbre dur me plaît l’ardoise fine :

Plus mon Loir gaulois, que le Tibre latin,
Plus mon petit Liré, que le mont Palatin,
Et plus que l’air marin la douceur angevine.
 
¡Feliz quien, como Ulises, ha hecho un hermoso viaje,
o como aquel que conquistó el toisón
y luego volvió, lleno de experiencia y razón,
a vivir con sus padres el resto de sus días!
 
¿Cuándo volveré a ver, ¡ay!, de mi pequeña aldea
humear la chimenea, y en qué estación
volveré a ver el patio de mi pobre casa,
que es para mí una provincia y mucho más?
 
Más me gusta la morada que construyeron mis ancestros
que de los palacios romanos la fachada atrevida,
más que el mármol duro me gusta la pizarra fina;
 
más mi Loira galo que el Tíber latino,
más mi pequeño Liré que el monte Palatino,
y más que el aire del mar, la dulzura angevina.

Joaquim du Bellay, «¡Feliz quien, como Ulises…!» («Heureux qui, comme Ulysse…!»),
de Los lamentos (Les Regrets, XXXI, 1558), trad.: Antonio Erena

lunes, 1 de agosto de 2022

¡Hasta pronto!

Preocupados por tenerlo todo el día en casa, amorrado a las pantallas y bajo el palio del aire acondicionado, convencimos a nuestro hijo de que se apuntara a un campamento urbano con sus amigas. El plan nos parecía inmejorable: un día entero entre juegos y a remojo en la piscina en compañía de sus cuates. Tan solo era una semana, para entretener la espera antes de irnos a la playa, pero ni eso aguantó. Parafraseando sin querer a un amigo mío a la vuelta de un campamento de su infancia, dijo: “Me ha encantado, no quiero volver nunca más”.

¿Qué falló?, nos preguntamos sus padres, mientras echábamos a suertes a quién le tocaba apagarle la videoconsola y sugerirle otra actividad analógica con la que entretenerse. ¿Qué pudo disgustarle? No eran la piscina ni la compañía, ciertamente. Tenían que ser, por fuerza, los horarios y la programación. El campamento marcaba un tiempo para jugar y otro para remojar. Como dice el Eclesiastés, todo tiene su hora bajo el cielo. Diversión dentro de un orden: no te bañarás cuando te apetezca, sino cuando lo establezca el programa (aunque entonces prefieras otra cosa). La esencia del campamento es el control del reloj. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, los monitores pautan cada minuto, de forma que la expresión “tiempo libre” deviene paradoja. ¿Qué tiempo libre es ese que se somete a la dictadura de una hoja de cálculo? Allí no había vacaciones, sino una prolongación del colegio por otros medios.

 “En la playa y con honores / enterramos los relojes, / funeral por el despertador”, cantan Vetusta Morla en Tour de Francia, una evocación finísima y elegante de los veranos eternos de la infancia de quienes ahora calzamos cuarenta y pico. No hay vacaciones con relojes. El campamento urbano al que apuntamos al hijo no solo le obligaba a madrugar a la misma hora que el colegio, sino que le impedía alcanzar ese estado alterado de conciencia en el que uno es incapaz de dilucidar si es jueves por la tarde o recordar si ya ha comido.

La experiencia de mi hijo y los versos de Juanma Latorre, letrista de Tour de Francia, agrandan la conciencia de lo que hemos perdido. Desde que soy autónomo, no tengo vacaciones como tales (pagadas y con la tranquilidad de saber que te guardan la silla en la oficina). Tan solo dejo de trabajar —y de facturar— unas semanas. Soy en verdad afortunado, me apasiona lo que hago (la coartada del entusiasmo, me reprocharía la filósofa Remedios Zafra) y no me hago trampas al solitario. Podría vivir otra vida, pero escogí esta y me rasco su sarna con gusto. No podría perdonarme, sin embargo, que las vacaciones de mi hijo fueran menguantes. Se han escrito bibliotecas enteras sobre cómo el tiempo del ocio se ha convertido en negocio y hay muchos trabajos que exigen una conexión ininterrumpida, pero muy pocos pensadores se han ocupado del efecto que esto tiene en los niños, obligados a seguir el ritmo de unos padres que caminan dando traspiés de tanto revisar el correo de la oficina en el móvil mientras van a la playa.

Mi hijo pudo excusarse y quedarse en casa, huyendo de la tiranía del tiempo del campamento y apelando a unos padres complacientes que le consienten todo, pero muchos de sus compañeros no pueden porque sus padres los han apuntado allí para poder trabajar. No tienen abuelos ni un pueblo donde echarse a perder, y cuando termina el colegio se ven solos en una ciudad tórrida, sin más alternativa que alargar la rutina escolar sin asignaturas. Están bien atendidos y son privilegiados por disfrutar de un campamento que cuesta un dinero que pocos pueden permitirse. Hay otros chavales más pobres que se mueren del asco de formas más incómodas, pero los niños no están versados en la desigualdad social: solo sienten que el reloj sigue dirigiendo sus vidas, exactamente igual que un martes de febrero, y que eso tan celebrado llamado vacaciones es una ficción.

Vivimos en un mundo adultocéntrico (perdón por el palabro), donde todo se mide por los efectos que los fenómenos sociales tienen en los adultos. Esto incluye los debates sobre la maternidad, centrados en la figura de la madre y pocas veces en la del hijo. Un ejemplo extremo está en la forma de narrar la violencia de género, donde se habla de la categoría vicaria cuando un padre mata a sus hijos para subrayar que el objeto último de esa violencia es la madre adulta y no los niños muertos. Sin llegar tan lejos, basta recordar la crueldad inmisericorde con la que se trató a los niños durante el confinamiento y cómo los colegios fueron el último reducto de las mascarillas, cuando ya nadie las llevaba. Los niños son el furgón de cola de una sociedad que los ha expulsado de las calles y las plazas, donde ya no juegan a la pelota ni se pierden explorando la ciudad, y por eso lo que les sucede expresa mucho mejor lo que sufrimos todos. Los cambios sociales se manifiestan en ellos de una forma más elocuente.

Presionados por unos padres desbordados, los cursos escolares terminan cada vez más tarde y empiezan cada vez más pronto, dejando aquellos tres meses de estío en apenas dos. Los cuadernos escolares de repaso, que antaño eran un castigo para alumnos torpes, se han generalizado en forma de tareas, fichas y lecturas que cada profesor deja a sus alumnos en la plataforma digital del colegio, para que no desconecten del aprendizaje, y el ocio de muchos sitios de vacaciones es ahora activo, es decir, milimetrado, evaluado y controlado, y hasta los juegos han de ser didácticos y provechosos o no ser. Perder el tiempo, dejar que los relojes se derritan al sol como en el cuadro de Dalí, y atontarse al vaivén de la indolencia son pecados seculares de una época que ha contagiado a los niños su histeria hiperactiva.

Hoy es imposible ese verano eterno en el que el zumbido de las moscas se mezclaba con la locución de la etapa del Tour en una tele puesta con el volumen bajo, para permitir la siesta en penumbra en la casa del pueblo, en el camping o en el apartamento playero. La estructura familiar, social y laboral ha cambiado tanto con respecto a los años ochenta y noventa del siglo XX (y no hace falta recurrir a las tesis de Feria, de Ana Iris Simón, para constatarlo) que a veces recordamos aquellas vacaciones no tanto como un latigazo de nostalgia, sino como pellizcos de incredulidad. La familia extensa (abuelos y primos en los pueblos), que las madres no trabajasen fuera de casa y un sentido fuerte de la comunidad que permitía una vida infantil callejera y despreocupada eran el fermento de una mitología estival casi extinguida: la canción del verano, la institución de los rodríguez, las ciudades vacías y una sensación de pereza y relajación de las costumbres que ya no se disfrutan en casi ningún sitio.

Dice Rosa Belmonte que aquella España era uno de los mejores países para ser pobre, porque había placeres sencillos al alcance de muchos que no entendían de diferencias de clase. Los veranos eternos eran unos potentes igualadores sociales. Millones de recuerdos de infancia se confunden en esa memoria compartida evocada por la canción de Juanma Latorre que, poco a poco, se ha ido fragmentando, como la audiencia del Tour, que ahora se pierde en Netflix. El sueño de la igualdad social en España se rompió el día que alguien llamó tinto de verano al vino con gaseosa. Cuando se popularizó esa forma comercial de legitimar un refresco que se bebía sin complejos ni señas de identidad, las vacaciones perdieron su carácter de experiencia nacional y empezaron su declive. Con vino con gaseosa, el verano era una comunión social, incluso socialdemócrata. Con tinto de verano es una experiencia individual, un sálvese quien pueda neoliberal.

Cerrar todos a la vez por vacaciones, dejando de guardia solo a los servicios básicos, a los camareros, a los músicos que tocan de pueblo en pueblo y tal vez a un par de becarios que den una noticia en los periódicos, sería una hermosa forma de recuperar un sentido de tiempo vivido en común. Imaginar algo así es imposible en una época donde los algoritmos inventan un mundo ficticio a la carta para cada persona, los ciudadanos se han rebajado a la categoría de clientes y los propósitos colectivos se han sustituido por el instinto de supervivencia a corto plazo. Tal vez si echamos un ojo a esos niños con reloj, preocupados por llegar a tiempo a las clases de surf y de inglés a las que los hemos apuntado en la playa para que no se pasen el día holgazaneando, comprendamos que les estamos negando la nostalgia de su futuro. Ninguno de esos niños sin vacaciones escribirá unos versos como los de Vetusta Morla ni los cantará en un estadio sintiéndose parte de una patria común. Quizá no nos lo perdonen nunca.

Sergio del Molino, «La patria robada: cuando la única contrarreloj de las vacaciones era la del Tour», El País, 31.07.22

sábado, 30 de julio de 2022

Fotogramas 147

Mi calle, Edgar Neville (1960)
Mi calle, película completa en Rtve (hasta el 28.08.22)
«El Madrid de Edgar Neville» en Madrid Film Office

Con más frecuencia de la que parece, el refugio que deparan las artes adquiere una consistencia literal. En el verano tórrido, en el calor seco y extremo de Madrid, animado con eficacia aterradora por la costumbre municipal de las obras superfluas, los cuadros de Carlos García-Alix en el Círculo de Bellas Artes ofrecen un respiro de aire helado y quietud, una huida invernal. En París, en una visita a casa de un coleccionista, Gian Lorenzo Bernini se quedó mirando unos paisajes tardíos de Poussin y, descolgando uno para acercarlo a una ventana y verlo con mejor luz, hizo un elogio extraordinario: “¡Qué silencio!”. Vengo del calor, del ruido del tráfico, del aire enturbiado de dióxido de carbono y polvo del desierto, de las zanjas municipales como trincheras, del tableteo bélico de las taladradoras. En esta sala grande y de bien calculada penumbra del Círculo hay un silencio fragante como de iglesia a media mañana, y en él los cuadros se vuelven más visibles e irradian su propio silencio hacia el espectador solitario, el fugitivo del verano y del fragor de la ciudad, que siente el deseo de internarse en esos caminos como entre desfiladeros de árboles desnudos, en las espesuras de verde casi negro de los bosques de coníferas, en esos paisajes de una pálida luz boreal en los que el aire tiene un filo helado de cuchillo y las hojas y las ramas tiesas por el frío crujen bajo las pisadas, en el suelo endurecido.

Antonio Muñoz Molina, «Invierno en verano», Babelia (16.07.22, fragmento)