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miércoles, 14 de octubre de 2026

Establecimientos 37 - Gastromanía 54

Mantequería Bermejo, calle Zaragoza, 2, Madrid, foto: Antonio Erena, 14.10.26
Recorres el centro de una ciudad cualquiera en busca de un sitio donde comer. Nunca habías pisado esas calles, pero el ambiente te resulta familiar. Quizás sean las firmas de ropa que ya conoces de memoria, la publicidad de los refrescos de siempre salpicando las marquesinas o las cadenas de comida rápida que vas encontrando a tu paso. Quizás sean los restaurantes que, desde fuera, se adivinan “para turistas”, o que te cuesta encontrar una cafetería o un bar que no utilice la palabra auténtico como un reclamo vacío.

Lo cierto es que, mientras caminas, los déjà vu te pisan los talones: otro decorado, mismas sensaciones. Otro parque temático para adultos donde predomina una oferta gastronómica reconocible, homogénea y plana. Dice Pedro Bravo en su ensayo Antes todo esto era ciudad (Debate, 2026) que “las mires por donde las mires, las vivas por donde las vivas, las ciudades son cada vez más parecidas”. En consecuencia, la comida que ofrecen, también. Pero ¿dónde se nota más esta tendencia?

De las gominolas pirata a los restaurantes sin cocina

“[El escritor y filósofo] Mark Fisher dejó escrito que el modelo Starbucks le parecía la expresión de cómo el capitalismo funcionaba con el mismo nivel de uniformización que el comunismo. Si siguiera en pie, no sé si sobreviviría a los cafés de especialidad”, responde el autor. Y enseña otros cromos repetidos, como los comercios de gominolas con ambientación pirata, las tiendas de turrones de Alicante que brotan en cualquier lugar de la geografía española, los pasteles de Belém que se venden en los centros históricos de Málaga o Sevilla, los sitios de street food oriental, los dispensadores de bocatas de jamón ibérico y trozos de pizza, las hamburguesas —aplastadas o no— y todas las cadenas de comida rápida internacional.

La lista de ejemplos es larga, y el fenómeno va mucho más allá del fast food global, con su ejército estridente de pizzas y hamburguesas, o de la replicación más evidente, como los conos de papel con virutas de jamón o los sándwiches de franquicia. También se ve en los restaurantes que aparentan ser singulares y no lo son, porque muchos de los platos que sirven han sido elaborados en grandes cocinas de proveedores externos. Tradicionalísimas albóndigas, carrilleras o croquetas son algunos ejemplos de alimentos de quinta gama, esos que ya vienen preparados y envasados y solo requieren un sencillo proceso final, como un golpe de horno o una fritura, para emplatar y llevar a la mesa.

Esto no significa que sean productos de mala calidad; solo muestra que la diversidad de ingredientes, sabores y propuestas es más aparente que real. En España, alrededor de un 30% de los bares y restaurantes independientes incluyen platos de quinta gama en su carta, una cifra que se duplica en las áreas de alta presión turística, como el centro de las ciudades, donde tres restaurantes distintos pueden servir las mismas albóndigas caseras. Sí, platos de los que cabría esperar matices y diferencias, como la merluza en salsa, el estofado de la casa o la tarta de la abuela, salen muchas veces de la misma cocina industrial. Como los souvenirs en los que pone el nombre de un país y su bandera, o que reproducen sus escenas costumbristas: parecen diferentes, pero están hechos de los mismos materiales y fabricados en el mismo lugar.

Instagram y la onda expansiva de la gastrificación

El turista feliz lo aguanta casi todo, hasta las versiones más infames de los platos típicos, pero la homogeneización de la comida y el gusto no es solo cosa de turistas ni de zonas tensionadas. La gastrificación —es decir, la estandarización e industrialización de la oferta culinaria que desplaza progresivamente la cocina casera o tradicional— también afecta a la gente en su propia ciudad. Y supera, por mucho, la decepción al descubrir que la ensalada que hemos pedido en un restaurante es la misma ensalada de bolsa que compramos en el supermercado.

“La uniformización puede ser, como explica Kyle Chayka en Mundo Filtro (Gatopardo Ediciones, 2024), consecuencia de los algoritmos de redes sociales”, apunta Pedro Bravo. “Es decir, puesto que esos mecanismos de selección de lo que vemos nos ofrecen una visión homogénea y reducida de la realidad, vendida como diversa y particular, a todos nos entran unas ganas locas de montar un café de especialidad o un delivery de ramen y de decorarlo exactamente igual que todos los que hay apelotonados por el resto del mundo”. A su vez, proliferan los establecimientos que nacen con la intención de ser virales, ya sea por su estética como por su producto.

La gastrificación es una bomba de cuya onda expansiva no se salvan los barrios ni la periferia: hace años que las zonas de extrarradio y los hogares de rentas más bajas están dominados por las principales cadenas de comida rápida. Incluso las nuevas urbanizaciones, relucientes, homogéneas y ubicadas en mitad de ninguna parte, empiezan muchas veces con un Mc Donald’s y una gasolinera. A esto se suma que “quienes quieren llevar adelante un proyecto y no pueden, o han sido expulsados del centro, van a probar a las periferias, donde los locales aún están más baratos. De alguna manera, van sustituyendo al tejido tradicional y se convierten en agentes gentrificadores también en lo gastronómico”, explica Bravo.

Hasta las propuestas gastronómicas que buscan diferenciarse de esa uniformidad acaban pareciéndose entre sí. En las grandes ciudades, los movimientos boho chic, retro, under, vintage, cool, disruptivos y alternativos también parecen fotocopiados. Panaderías de masa madre, cafés de especialidad, baretos canallitas y malotes, o sitios viejípsters remozados para la ocasión pueden servir como muestra: hasta para rebelarnos somos poco originales.

El confort de la uniformidad ante la incertidumbre

La homogeneidad tiene algo inquietante y tranquilizador a la vez: puede que nos espante como concepto, pero nos transmite sensaciones conocidas. Esto le gusta a nuestro cerebro, que aprecia la familiaridad; por eso la buscamos y hasta la agradecemos secretamente algunas veces. Saber exactamente qué nos vamos a encontrar rebaja nuestra ansiedad, sobre todo, cuando andamos carentes de certezas.

Volvamos a la comida: los platos tradicionales son, sobre todo, variables. Da igual que sigas paso a paso la receta de lentejas que ha pasado de generación en generación en tu familia: el resultado se parece a aquellas que comías en casa de tu abuela, pero no es el mismo. No lo puedes replicar. Ahí está la gracia, pero también el riesgo. Frente a esta variabilidad, la industria alimentaria nos ofrece estandarización. Ingredientes definidos, cantidades exactas y procesos reproducibles: en su propuesta, todos los parámetros están controlados para evitar sorpresas; y esa uniformidad se convierte en una ventaja, un bálsamo frente a la zozobra, aunque sea algo en apariencia tan nimio como el sabor del menú del día.

El sociólogo George Ritzer definió la macdonalización de la sociedad como el proceso por el que las dinámicas de los restaurantes de comida rápida se han extendido a muchos ámbitos de la vida. Para Ritzer, estos establecimientos se definen por cuatro parámetros: la eficiencia (mejor resultado con menor esfuerzo), la calculabilidad (todo está medido), la previsibilidad (sabemos lo que vamos a recibir) y el control: el resultado debe ser reproducible independientemente de la persona que lo produzca.

Esto ocurre con la alimentación —queremos que la hamburguesa esté buena y que siempre sepa igual— y llega a ámbitos tan dispares como la educación, la sanidad o el urbanismo. Se consolida porque resulta eficaz, pero también porque nosotros mismos hemos aprendido a valorar y demandar esa eficiencia, esa previsibilidad y ese control. No buscamos la emoción del descubrimiento, sino el confort de lo conocido.

El cansancio de elegir

Tomar decisiones consume energía. ¿Sientes que no llegas a todo, que la vida va demasiado deprisa, que tu trabajo es extenuante? ¿Se te acumulan las tareas pendientes, los mensajes sin contestar, los planes aplazados? ¿Te agobia esta “economía de la experiencia” en la que todo debe ser memorable? Cuando tenemos rutinas exigentes y, además, nos movemos en un ambiente atiborrado de opciones, lo normal es acabar buscando un atajo (y ahí es donde acecha la uniformidad).

Viajar miles de kilómetros para acabar comiendo en el mismo restaurante que hay en nuestra ciudad nos aleja de conocer la gastronomía local, pero nos da la seguridad de acertar sin tener que pensar en nada. Las ciudades, convertidas en marcas o experiencias™, no solo reflejan esta tendencia; también la alimentan. “Se quieren convertir en productos para consumo compulsivo y por eso hay que facilitar la experiencia al cliente; perdón, al turista”, dice Bravo. “Por eso cada vez se parecen más a esos trayectos por los aeropuertos en los que todo es igual en todas partes y así no tenemos que pensar”.

También repetimos cuando estamos en casa, donde comemos los mismos platos, compramos las mismas marcas y buscamos los mismos sabores. Así evitamos tomar decisiones y, con ello, eludimos el cansancio mental que supone enfrentarse a decenas de opciones. Este proceso tiene un nombre: fatiga de elección; un concepto que describe cómo la calidad de nuestras decisiones puede deteriorarse después de enfrentarnos a muchas elecciones consecutivas.

No hablamos de unas pocas decisiones: a lo largo del día tomamos miles y, si nos centramos únicamente en la alimentación, nos enfrentamos a cientos de microdecisiones. A medida que las acumulamos, nuestras elecciones tienden a volverse más impulsivas: elegimos por defecto, disminuye nuestro autocontrol y aumenta nuestra susceptibilidad a influencias externas como el marketing o el precio. Por eso si una cadena de restaurantes o un producto del supermercado son accesibles, asequibles, estandarizados y sin sorpresas, tienen más posibilidades de ser elegidos, simplemente, porque reducen nuestra carga cognitiva.

Lo ideal, claro, sería tomar cada decisión de forma analítica, como un proceso racional. Pero el agotamiento de elección hace que acabemos en un modo automático que está determinado por nuestros hábitos, impulsos y preferencias inmediatas, por la disponibilidad de alimentos o por los sesgos que tengamos. También por el adiestramiento de nuestros paladares, cada vez más habituados a texturas, presentaciones y sabores diseñados para gustar, enganchar y eclipsar todo lo que no esté potenciado

El secuestro de los paladares y las cocinas

En este contexto es evidente que hay propuestas alimentarias que salen favorecidas, ya hablemos de restaurantes o de lineales en los supermercados. Lo que no requiere de planificación, es asequible y accesible, ocupa los espacios de forma estridente y tiene un marketing arrollador lleva las de ganar, simplemente, porque requiere de un menor esfuerzo cognitivo. Si, además, está hecho para activar nuestros mecanismos de recompensa —como sucede con los alimentos insanos en general—, elegir algo distinto se transforma casi en un ejercicio de resistencia.

El mercado conoce nuestro cansancio y sus efectos. De ahí, las nuevas ofertas alimentarias (y nuevas formas de consumo) tendentes a la simplificación de las decisiones, del tipo de productos y del gusto. Véase el negocio al alza de la comida preparada de los supermercados que ha crecido un 49 % desde 2022.

Nadie —salvo la industria— dijo que una elección alimentaria fuera fácil, y en un entorno diseñado para que algunos alimentos destaquen entre todos los demás, la elección insana, cómoda (o ambas) es, simplemente, la más sencilla. Una buenísima noticia para los vendedores de ultraprocesados y un mal augurio para nuestra salud, nuestra independencia y nuestra economía. Como dice Pedro Bravo, el problema no es sólo que sea todo igual, sino que además pertenece a cada vez menos gente.

Beatriz Robles, Laura Caorsi, «‘Gastrificación’, la invasión de las mismas comidas y restaurantes en todas partes», El País, 14.10.26

martes, 13 de octubre de 2026

Sin palabras 25

Anuncio de piso en venta de 132 m2 en Madrid, barrio Recoletos, distrito Salamanca, inmobiliaria Cristina Oliveira, Centro Comercial El Encinar, Alcobendas, foto: Antonio Erena, 11.10.26

martes, 31 de marzo de 2026

Martes Santo 2026 - Ayer y hoy 46

Escaparate de la tienda de Hilario Lara, calle Rabadán, 5, Torredonjimeno, año 1998, fuente: "Torredonjimeno en mi memoria", Facebook
Cochera en la antigua tienda de Hilario Lara, calle Rabadán, 5, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 31.03.26

lunes, 6 de octubre de 2025

Gastromanía 48

Picatostes en agua sal, foto: Antonio Erena, 06.10.25
Lo que en Jaén no tiene pero, como decirse suele, son los alimentos. Son tan baratos como nutritivos. El pan es excelente; y si este pan se moja en agua de sal, y después se fríe con aceite en una sartén formando lo que los inteligentes llamamos picatostes constituye un manjar muy delicado, aunque un tanto manchoso. Los bizcochos son excelentes, basta decirte que son mejores que los de Calatayud [1]. Las yemas más exquisitas que las de la calle de Majaderitos [2], y sobre todo la mitad más baratas; la carne de oveja, no te admires, riquísima; la merluza a pedir de boca, las sardinas excelentes; la fruta delicadísima; así es que en esta ciudad hay también gordos y gordas; pero aquí las gordas no son como en Madrid, aquí son muy amables, y si yo hubiera permanecido más tiempo en Jaén hubiera podido abandonar mi carrera de viajero-curioso y emprender la de viajero-especulador, enseñándome por las provincias como un fenómeno de robustez por cuatro cuartos.

El Amigo Ausente (Antonio Almendros Aguilar), «Carta de un amigo que está de viaje a otro que está en Madrid. Andalucía siglo XIX», en El Guadalbullón, periódico cientifico, agricola, literario e industrial, Jaén, Tomo II, Núm. 7.º, 01.04.1847, p. 105 (actualización y notas: Antonio Erena).

[1] Los de la famosa Pastelería Micheto, fundada en 1770.
[2] La antigua calle Angosta de Majaderitos en Madrid, actual calle de Cádiz, conocida desde antiguo por sus comercios de varias clases, como la Confitería de Pérez, existente en 1853.

lunes, 16 de junio de 2025

martes, 21 de enero de 2025

Desubicación

Fotografía antigua de la torre de Boabdil de Porcuna (el coche un Rolls Royce 20/25), pizzería Apadana, calle Pradillo, 6, Madrid, foto: Antonio Erena, 20.01.25
CAPÍTULO IV 
QUE EL REY MAHOMAD BOABDIL FUE PRESO

Los ánimos de los cristianos en breve se conhortaron de la gran tristeza y lloro que les causó aquel desastre, por otro mayor daño que hicieron en los moros, con que su atrevimiento se enfrenó. Peleaban entre sí los dos reyes moros Albohacen [Muley Hacén] y Boabdil con grande pertinacia y porfía; solamente concordaban en el odio implacable y deseo que tenían de hacer mal a los cristianos. Ponían la esperanza de aventajarse contra la parcialidad contraria en perseguir y hacer daño a los nuestros, y por esta vía ganar las voluntades y favor del pueblo. Por esto y por la victoria susodicha que ganó su padre, Boabdil en competencia se resolvió de acometer por otra parte las tierras de cristianos. Juntó un buen número de gente de a caballo y de a pie, así de los suyos como de la parcialidad contraria; hizo entrada por la parte de Écija; llevaba intento y esperanza de apoderarse de Lucena, villa más grande y rica que fuerte. Dióle este consejo Alatar, su suegro, persona que de muy bajo suelo, tanto, que fue mercero, a lo menos esto significa su nombre, por su gran esfuerzo pasó por todos los grados de la milicia y llegó a aquella honra de tener por yerno al rey, además de las muy grandes riquezas que había llegado; y estaba acostumbrado a hacer presas en tierra de cristianos, en particular en la campiña de Lucena.

Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, que era señor de aquel pueblo, junto con otros lugares que por allí tenía, luego que supo lo que los moros pretendían, advirtió a su tío el conde de Cabra del peligro que corría. A causa del estrago pasado quedaba muy poca gente de a caballo por aquella comarca, fuera de que los moradores de Lucena estaban amedrentados, y los muros no eran bastantes para resistir a los bárbaros. Llegaron los moros a 21 de abril [de 1483]. El alcaide recogió los moradores a la parte mas alta del lugar. Fortificó otrosí con pertrechos, guarneció con soldados, que llegó hasta doscientos de a caballo y ochocientos de a pie de los lugares comarcanos, lo más bajo de la villa, por entender que los moros acometerían por aquella parte. Fue mucho el esfuerzo de los soldados, tanto, que los enemigos perdieron la esperanza de ganar la villa; mas por alguna gente que perdieron en el combate y otros que les hirieron, en venganza volvieron su rabia contra los olivares.

Demás de esto, Amete, abencerraje, con trescientos de a caballo dio la tala a la campiña de Montilla. Tenía éste con el alcaide de Lucena Diego de Córdoba conocimiento y familiaridad a causa que los años pasados los abencerrajes echados de Granada, estuvieron en Córdoba mucho tiempo. Hecho pues lo que le encomendaron, vuelto a Lucena, convidó al alcaide para tener habla con él, con intento, debajo de color de amistad, de ponerle asechanzas y engañarle. Un engaño fue burlado con otro. Dio esperanza el alcaide de rendir el pueblo; con que entretuvo al enemigo hasta tanto que llegase el conde de Cabra. Como el bárbaro supo que se acercaba, alzados sus reales, comenzó a retirarse la vuelta de su tierra con la presa, que era muy grande. Los cercados, avisados de lo que pasaba, salieron de la villa, acometieron a la retaguardia para impedirles el camino y entretenerlos.

Entre tanto, como llegase el conde de Cabra, se determinó cargar a los enemigos, que iban turbados con el miedo, revueltos entre sí y sin ordenanza. Apenas los venideros creerán esto, que con ser los moros diez tantos en número, no pudieron sufrir la primera vista de los contrarios. Dios les quitó el entendimiento; y la fama, como de ordinario acontece, de que el número de los nuestros era mucho mayor los hizo atemorizar. Está un arroyo legua y media de Lucena en el mismo camino real de Loja; las riberas frescas con muchos fresnos, sauces y tarais, y a la sazón por las lluvias del verano llevaba mucha agua; la gente de a pie, pasado el arroyo, se pusieron en huida sin otro ningún cuidado más de llevar la presa delante; la gente de a caballo, aunque atemorizada por la misma causa, hizo rostro. El rey bárbaro procuró animarlos, díjoles: «¿Dónde vais, soldados?¿Qué furor os ha cegado los entendimientos? ¿Por ventura estáis olvidados que estos son los mismos que poco ha fueron vencidos por menor número de los nuestros? Tendréis pues vos y ellos en esta pelea los ánimos que suelen tener los vencedores y vencidos. Mirad por la honra, por vos mismos y por lo que dirá la fama. ¿Pensáis que a las manos entorpecidas pondrán en salvo los pies?» Poco aprovecharon estas palabras.

Marcharon a prisa los cristianos; acometió por el un costado don Alonso de Aguilar, que desde Antequera con cuarenta de a caballo y algunos pocos peones mezclados acudió a la fama del peligro. Los bárbaros, sea que sospechasen que el número era mayor, o lo que yo más creo, por haberlos amedrentado Dios, dieron las espaldas y se pusieron en huida. El rey se apeó de un caballo blanco en que iba aquel día, procuró esconderse entre los árboles y matas de aquel arroyo con deseo de escapar si pudiese. Halláronle allí tres peones, y él mismo porque no le matasen, dio aviso de quién era. Así le prendieron, y el alcaide, que seguía el alcance, le mandó llevar a Lucena. El estrago que hicieron los nuestros hasta la noche en los que huían fue tal, que mataron más de mil de a caballo, y entre ellos al mismo Alatar, viejo de noventa años, y como cuatro mil peones, parte quedaron muertos, parte presos; juntamente les quitaron la presa.

Con el aviso de esta victoria los reyes, que a la sazón se hallaban en Madrid, acordaron partir entre sí los negocios, que eran muy grandes. La reina doña Isabel fue a la raya de Navarra para apresurar lo del casamiento de su hijo, por el gran deseo que tenían de impedir a los franceses la entrada en España y la posesión del reino de Navarra. El rey don Fernando se partió al Andalucía para cuidar de la guerra. Salió de Madrid a 28 de abril; llegado a Córdoba, se trató de hacer la guerra con mayores fuerzas y apercibimientos que antes, en especial que los moros por la prisión del rey Chiquito se tornaron a unir debajo de su rey Albohacen, que volvió al señorío de Granada, dado que muchos de los ciudadanos, aunque sin cabeza, todavía perseveraban en su primera afición, personas a quien ofendía la vejez, crueldad y avaricia de aquel rey.

Juntaron los nuestros a toda diligencia seis mil de a caballo y hasta cuarenta mil infantes; con este ejército volvieron a la guerra, iba por su caudillo el mismo rey don Fernando; hizo destruir los arrabales de Íllora, y tomó por fuerza y echó por el suelo a Tajara, pueblo cerca de Granada, en cuya batería don Enrique Enríquez, tío del rey y mayordomo de la casa real, fue herido, y para curarle le enviaron a Alhama. Después de esto llegaron a la vega de Granada, en que hicieron grande destrozo, quemaron y talaron todo lo que hallaban, y para mayor seguridad de los gastadores, asentaron los reales en un puesto fuerte, desde donde los enviaban guarnecidos de soldados y con escolta a hacer daño en los campos comarcanos, con tanto menor peligro suyo y mayor perjuicio de los enemigos.

El rey Albohacen, por no fiarse de los ciudadanos, no se atrevió a salir de la ciudad, sólo algunos pocos soldados se mostraban por los campos con intento de prender a los que se desmandasen y pelear a su ventaja. Envió otrosí aquel rey desde Granada sus embajadores; prometía si le entregaban a Boabdil, su hijo, que daría en trueque al conde de Cifuentes y otros nueve de los más principales cautivos que tenía; otras condiciones ofrecía para hacer confederación, pero insolentes y demasiadas. Era de su natural feroz, y ensoberbecíale más la victoria que poco antes ganara. El rey don Fernando rechazó las condiciones, ca decía no ser venido para recibir leyes, sino para darlas, y que no había que tratar de paz en tanto que no dejaba las armas.

Los nuestros eran aficionados a Boabdil; el favor y la misericordia tienen a las veces ímpetus vehementes. El marqués de Cádiz y otros no cesaban de persuadir al rey que le pusiese en libertad; que por este medio sustentase los bandos y parcialidades entre aquella gente, cosa muy perjudicial para ellos y muy a propósito para nuestros intentos. Acabadas pues las talas y puesta guarnición en Alhama, y por cabeza don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, con orden, no sólo de defender el pueblo, sino también de hacer salidas y robar las tierras comarcanas, el rey don Fernando volvió a Córdoba. Allí por su mandado trajeron el rey preso del castillo de Porcuna, pueblo que los antiguos llamaron Obulco. Como él se vio en presencia del rey, hincó la rodilla y pidióle la mano para besarla. Abrazóle el rey y hablóle con mucha cortesía. Parecióle era justo tenerle respeto y honrarle como a rey, dado que fuese bárbaro y su prisionero. Trataron de concertarse; finalmente, se hizo con estas condiciones: que Boabdil diese en rehenes a su hijo mayor con otros doce hijos de los más principales moros para seguridad que no faltaría en la devoción, obediencia y homenaje del rey de Castilla; mandáronle otrosí que pagase cada un año doce mil escudos de tributo, y viniese a las Cortes del reino cuando fuese avisado; demás de esto, que por espacio de cinco años pusiese en libertad cuatrocientos esclavos cristianos. Con esto le otorgaron libertad y licencia de quedarse en su secta y le enviaron a su tierra.

Padre Juan de Mariana, Historia General de España, Tomo III, ed. Javier Martínez Romeo a partir de la de 1780, págs. 237-239.