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miércoles, 29 de noviembre de 2023

Carrusel

Iluminación navideña en la plaza de Castilla, Madrid, foto: Antonio Erena, 27.11.23
Pandemia 1 (anterior entrada del blog)
Gardel y Discépolo, Yira, yira (grabación coloreada)

Cuando la suerte, qu'es grela,
fallando y fallando,
te largue parao;
cuando estés bien en la vía,
sin rumbo, desesperao;
cuando no tengas ni fe,
ni yerba de ayer,
secándose al sol;
cuando rajes los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar,
la indiferencia del mundo,
que es sordo y es mudo,
recién sentirás.
 
Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa,
yira, yira...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda
ni una mano, ni un favor.
 
Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao;
cuando te dejen tirao,
después de cinchar,
lo mismo que a mí;
cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar,
te acordarás de este otario,
que un día, cansado,
se puso a ladrar.
 
Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa,
yira, yira...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda
ni una mano, ni un favor.
 
Enrique Santos Discépolo, Yira, yira (1929)

martes, 7 de junio de 2022

Espacios 1

Madrid, plaza de Colón / calle Génova / paseo de Recoletos
Fotos: Antonio Erena (06.06.22 y 05.10.24)
«Pandemia 1», anterior entrada del blog
«Pormishuevismo» en Oficina Periferia (página web)

No todos los acontecimientos culturales han sufrido los efectos destructivos de la pandemia. Acabo de enterarme de que se está levantando en la ya atroz plaza de Colón una menina gigante que medirá 10 metros de altura y pesará 1.300 kilos, una estructura de aluminio “decorada con lentejuelas y bolas de plata acompañadas de diamantes de plástico translúcido, creación del reconocido diseñador de moda Andrés Sardá”, según asegura no sin entusiasmo un comunicado del Ayuntamiento. Madrid es una ciudad en la que abundan los museos excepcionales y en la que viven y trabajan artistas de mucho talento, pero sus instituciones municipales y regionales llevan muchos años concentrándose en la propagación del horror. Aún me acuerdo de la chispeante estatua de La Violetera que estuvo plantada en la esquina de Alcalá con la Gran Vía, infamando con su vacua cursilería la memoria de una bella canción, y a diario tengo la desdicha de cruzar la duradera pesadilla de la plaza de Felipe II, en la que se logró la hazaña de cubrir un aparcamiento subterráneo con un espacio tan baldío como otro aparcamiento. La plaza de Felipe II hay que atravesarla sin levantar la vista del suelo, a fin de no encontrarse con esa especie de dolmen inexplicable y esa escultura que demuestran que las parodias y las falsificaciones más baratas de Dalí las perpetró el propio Dalí. Aunque quizás el dolmen daliniano tenga la ventaja de distraer los ojos de la fachada del antes llamado Palacio de los Deportes, ahora bautizado en un idioma extraño como WiZink Center.

Pero aquí no acaban los peligros visuales, porque si uno huye de Felipe II puede encontrarse, en la esquina de Goya y Alcalá, un pavoroso cabezón de don Francisco de Goya, que, a diferencia de Dalí, no tuvo culpa de nada. Es un cabezón que conjuga la estética de la rotonda de tráfico y una propensión escultórica a lo mostrenco que al menos desde el Valle de los Caídos ha sido muy cultivada por esa derecha mesetaria que gobierna Madrid. Los teatros y los cines languidecen en este desastre sanitario que no acaba, y que las autoridades regionales hacen todo lo posible por agravar con su mezcla tóxica de chulería y de incompetencia, las salas de música no levantan cabeza, las librerías resisten como pueden, las pocas galerías de arte que aún quedan sobreviven de milagro: en medio de esta desolación, lo único que resplandece y prolifera, invulnerable a la crisis, son esas meninas que multiplican su espanto por las aceras y las plazas como zombis o replicantes, como clones degenerados de un modelo que inventó hace ya muchos años Manolo Valdés. Es como en esas películas en que una sustancia o una criatura híbrida creada en un laboratorio escapa de él y se multiplica sin control, y amenaza con invadir una ciudad entera, un planeta. Las meninas como hongos enormes de alegres colores nos acechan en cualquier esquina de Madrid, y un público antes sobre todo turístico y ahora local se abraza a ellas o las elige como fondo para sus selfis, añadiendo así su propia creatividad a la de los diversos artistas y celebridades que han contribuido a personalizarlas, como es apropiado decir ahora. Las autoridades municipales participaron con entusiasmo visible en la presentación de la campaña, y, no contentas con repetir y ampliar el despliegue de los últimos años, han completado lo que ellos llamarán sin duda su “apuesta cultural” con esa nueva menina gigantesca, la de los 10 metros, las 37.000 bombillas, las lentejuelas y bolas de plata acompañadas de diamantes de plástico translúcido.

Belicismo ideológico

La plaza de Colón es sin duda el sitio adecuado, y no solo por la inmensa bandera que ya ondea allí desde los tiempos patrióticos de José María Aznar, ni por la querencia que la derecha y la extrema derecha llevan mostrando hacia ella como escenario de su belicismo ideológico. La plaza de Castilla logra un grado semejante de espanto urbano, con su boca de túnel, su monumento franquista a Calvo Sotelo, la aguja monumental del arquitecto Calatrava, las dos torres inclinadas que despiertan tantos recuerdos entrañables de la economía del pelotazo financiero. La plaza de Castilla es un espacio urbano tan depravado como la de Colón, igual de hostil a la escala y a la presencia humana. Pero esta última está en el corazón mismo de la ciudad, y en su gran vacío tiranizado por el tráfico se levantaron hasta finales de los sesenta hermosos edificios condenados a la piqueta por la codicia y la ignorancia, por una barbarie municipal que desdichadamente no terminó con la dictadura: en esa plaza, a un lado de la calle de Génova, estuvo el palacio de Medinaceli; al otro, la casa donde vivió muchos años Pérez Galdós, justo donde están ahora esas torres coronadas por una especie de montera como de Miami Beach.

Madrid está llena de gente disconforme, inventiva, moderna, cultivada, activista: pero su destino cívico es el de un derechismo rancio volcado en la promoción del ladrillo y del coche privado, en un oscurantismo que tiene su traducción estética en la vulgaridad, y su consigna política, en la beligerancia contra las nuevas expectativas de vitalidad urbana y empeño ambiental que están cobrando forma en otras capitales de Europa y de América, y en la misma España. En todas ellas la pandemia ha acelerado la adopción de formas de movilidad saludables y sostenibles, de espacios propicios para los caminantes, de carriles bien conectados y seguros para los ciclistas. En Londres, en París, en Bogotá, los gobiernos municipales son núcleos activos de debate y puesta en práctica de ideas sobre un modelo de ciudad habitable, gestionada con la participación vecinal, rescatada del sometimiento a los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches privados, empeñada en políticas ambientales que mitiguen en lo posible el cambio climático o, al menos, a estas alturas, ayuden a sobreponerse a sus peores efectos. Me he movido en bicicleta por unas cuantas ciudades, incluida Nueva York, y ninguna es tan peligrosa y tan hostil para los ciclistas como Madrid. Circular en bicicleta, como ir a pie, es cada vez más una afirmación política: un activismo concreto en la humanización de la ciudad. Quizás por eso el Ayuntamiento hace lo posible por sabotearlo. No hacía ninguna falta el suplicio añadido de las meninas como zombis, de la menina gigante y luminosa alzándose en la noche como en una de esas pesadillas que se han vuelto tan frecuentes con la pandemia.

Antonio Muñoz Molina, «Madrid zombie», Babelia (6.11.20)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Puerta

Instalación frente a una de las puertas de entrada al claustro del convento de Santo Domingo de Jaén,
portada y claustro obra de Eufrasio López de Rojas, Noche Jahenciana, 23.09.17, foto: Antonio Erena

lunes, 1 de agosto de 2016

Premonición 1

Plaza de Castilla, Madrid, 01.08.16, foto: Antonio Erena
Por una de esas casualidades de la vida que de pronto cobran un valor pedagógico, en los mismos días en que se celebraba el congreso de arquitectura de Barcelona yo tuve que pasar varias veces bajo las torres que antes se llamaban de KIO, al final del paseo de la Castellana y casi de Madrid, y cada vez que veía delante de mí su pretenciosa brutalidad me acordaba de la canonización de la figura del arquitecto que estaba sucediendo en Barcelona, de los actos de sumisión multitudinaria e incondicional a las estrellas internacionales del oficio de los que daba cuenta cada mañana el periódico. Y sé que la arquitectura, como todo, se ha convertido en el coto vedado de los expertos, de modo que emitir sobre ella una opinión de aficionado o de usuario encierra casi tanto peligro como opinar sobre arte si no se es crítico de arte, o de libros para niños si no se es experto en pedagogía y en literatura infantil, pero no creo que deba ofenderse nadie si digo que el estrellato de los arquitectos me parece al menos tan hortera como el de los tenores de ópera o el de los actores de Hollywood, una tergiversación de los valores más nobles de un oficio, caricaturizados en espectáculo y en publicidad. No importa mucho la arquitectura: como en la pintura, como en el cine más comercial o en los recitales de ópera, lo que importa sobre todo es la cara, la firma, la pose, la comunión de las almas con una sustancia indiscutible de modernidad. Luis Fernández-Galiano, que sabe tanto de arquitectura y sabe además explicarla con tanta afición y claridad, ha sugerido estos días que muchas de las personas que se hacinaban durante el congreso para ver de cerca a los arquitectos podrían haber dedicado un esfuerzo más fértil a mirar los mejores edificios de Barcelona, que es una ciudad tan espléndida de arquitecturas desde los tiempos del gótico, tan poblada de obras maestras singulares de esa clase de edificios que en apariencia no resaltan pero que constituyen la prosa diaria del espacio de una ciudad, su rostro usual y verdadero, un juego de monotonías y diferencias, de colores de tejados y líneas de balcones, un cierto equilibrio entre las formas de las casas y las tonalidades de la luz, entre las calles y la vida.
Pero ya digo que importa mucho más el arquitecto que la arquitectura, la firma que la obra, el reportaje de fotografías sofisticadas en una revista que la realidad vulgar del edificio. La glorificación del arquitecto es un episodio en las supersticiones canonizadoras del artista y del genio a lo largo del siglo XX. Desde el momento en que alguien alcanza el estatuto de genio todo le está permitido, y todo lo que firme contendrá los rasgos indiscutibles de la genialidad, que en ocasiones guardarán notorias semejanzas con los del descaro. El genio como pura escenificación paródica de sí mismo y como espantapájaros ante el que se rinde el más selecto papanatismo universal es Salvador Dalí, pero también puede serlo cualquiera que haya convertido su nombre en una marca y su oficio en un producto comercial: decenas de miles de personas aguantan en Londres bajo la lluvia y el frío para escuchar a Plácido Domingo, a Pavarotti y a Carreras cantando Clavelitos; los multimillonarios más tremendos se mueren por atesorar gordos y gordas de Botero; las sociedades anónimas más poderosas del mundo, así como los municipios y los gobiernos autónomos españoles -que no suelen reparar en gastos, a condición de que sean superfluos-, pagan cualquier precio por tener un edificio firmado por las estrellas absolutas de la arquitectura. Para el aficionado indocto, las noticias sobre los grandes concursos y encargos internacionales se acaban pareciendo a la actualidad tediosa de los faraonismos de la ópera: siempre los mismos nombres en todas partes, las mismas celebridades hipertrofiadas, inmunes a la distancia y a la fatiga de los viajes intercontinentales. En la España delirante y despilfarradora de los años ochenta, no había alcalde pedáneo ni presidente de cabildo que no quisiera engalanar su mandato con un recital de Pavarotti, con una estatua de Botero o con un edificio tan colosal como fuera posible firmado por Sáenz de Oiza, por Rafael Moneo, por Normar Foster o Phillip Johnson.
Pasando estos días atrás junto a las ex torres KIO, que se ciernen de pronto sobre la perspectiva del paseo de la Castellana con una insolencia amenazadora, con una gravitación de cataclismo y desgracia, yo me acordaba del entusiasmo con que Phillip Johnson viajó en los años treinta por la Alemania nazi, y sentía la calidad física de dominación y soberbia, de tiranía visual y espacial, que sólo puede tener la arquitectura. En la pintura, en la música, los caprichos, las vanaglorias o las irresponsabilidades del genio no afectan a casi nadie, y desde luego no de manera irreparable. En literatura, un libro mal escrito es un contratiempo del que cualquiera puede prescindir en la segunda página, y ni siquiera la peor de todas las novelas ha logrado dañar la belleza de una ciudad. La arquitectura, sin embargo, no puede ser más que de todos, y afecta tanto a nuestras vidas que en ella la arrogancia y el capricho siempre son tiránicos, y la irresponsabilidad siempre es dañina, o directamente catastrófica.
Yo sospecho que algunos arquitectos están tan envanecidos con su propio talento y con la reverencia de sus fieles que no aceptan la intromisión en sus obras de las vidas, los trabajos y los deseos de la gente común del mismo modo que hay músicos a los que parece ofender el juicio del público, y literatos que sólo dicen sentir interés por las opiniones de unos cuantos elegidos. En los mejores edificios, como en los mejores libros, se intuye siempre un punto de deferencia, una especie de veladura del talento, que aspira en el fondo a desaparecer de la obra, a dejar que ésta se haga soluble en las cosas, en una ciudad o un paisaje, en la imaginación de un lector.
Pasando bajo el grosero colosalismo de las torres de Johnson, yo pensaba que representaban exactamente lo contrario de lo que más me gusta, tanto en la vida como en el arte, en la arquitectura y en la literatura: no son más que un monumento desaforado a la soberbia, a la doble soberbia impúdica del genio y del dinero.

Antonio Muñoz Molina, Torres de soberbia, El País, 10.07.1996