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miércoles, 18 de enero de 2023

Triples 26

El 10º Panchen Lama, Mao Tse-Tung y el 14º Dalai Lama en Pekín, 11.09.1954, fuente: Wikipedia Commons
    También los hombres consagraban mucho tiempo a sus vestiduras. Los más bellos brocados azafrán y oro llenaban sus guardarropas, pues el rango gobernaba el más pequeño detalle de su apariencia y el derecho a usar ciertas prendas, objetos y adminículos, como cuchillos y bolsas con dinero. Tampoco la forma del traje era la misma para todos, y este protocolo afectaba incluso al equipo del caballo. Un señor no vacilaba en gastarse dos mil dólares en una silla con aplicaciones de oro, o en unos arneses adornados de marfil y turquesas, si su posición en la completa jerarquía gubernamental requería tales extravagancias.
     En la capital del Tíbet residían dos mil cuatrocientos de los más diestros artesanos de Newar forjando gargantillas, tabaqueras y sables de adorno, así como las bonitas lamparillas de manteca en forma de cáliz, que se utilizan como ofrenda a las divinidades.
     Pero el mayor poder y riqueza del Tíbet se hallaba en manos de los monjes, que eran los habitantes más influyentes de Lhasa.

Michel Peissel, Los khambas, guerrilleros del Tíbet, Editorial Juventud, Segunda edición, abril 1973, p. 117.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Fuentes 4

La fuente de Don Sancho en el camino de la Celada, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 14.10.22
Casulla llamada de don Sancho de Aragón, exposición «Alfonso X, el legado de un rey precursor», museo de Santa Cruz, Toledo, foto: Antonio Erena, 02.06.22
… pero sucedió otra nueva desgracia. Ésta fue que don Sancho, arzobispo de Toledo, con el triste aviso de esta jornada, juntado que hubo toda la caballería que pudo en Toledo, Madrid, Guadalajara y Talavera, se partió a gran prisa para el Andalucía. Los moros de Granada talaban los campos de Jaén, robaban los ganados, mataban y cautivaban hombres, ponían fuego a los poblados; finalmente, no perdonaban a cosa ninguna que pudiese dañar su furor y saña. A éstos, pues, procuró de acometer el arzobispo con mayor osadía que consejo: hervíale la sangre con la mocedad, deseaba imitar la valentía del rey, su padre, y pretendía quitar a los moros la presa que llevaban. Y dado que los más cuerdos eran de parecer que debían de esperar a don Lope de Haro, que sabían marchaba a toda furia, y que en breve llegaría con buen escuadrón de gente, no era justo ni acertado acometer con tan poca gente todo el ejército enemigo; pero prevaleció el parecer de aquellos que decían, si le esperaban, a juicio de todos sería suya la gloria de la victoria. So color de honra buscaron su daño: trabada la batalla, que se dio cerca de Martos, a los 21 de octubre [de 1275], fácilmente fueron los fieles vencidos, así por ser menos en número como por ser soldados nuevos, y los moros muy ejercitados en el arte militar. La huida fue vergonzosa, los muertos pocos para victoria tan señalada. Prendieron al arzobispo don Sancho, y comoquiera que hubiese diferencia entre los bárbaros sobre de cuál de los reyes sería aquella presa y estuviesen a punto de venir a las manos, Atar, señor de Málaga, con la espada desnuda le pasó de parte a parte, diciendo: «No es justo que sobre la cabeza de este perro haya contienda entre caballeros tan principales». Muerto que fue, le cortaron la cabeza y la mano izquierda, en que tenía el anillo pontifical. Este estrago fue tanto de mayor compasión y lástima, que pudieran los bárbaros ser destruidos en aquella pelea, si los nuestros tuvieran un poco de paciencia y no fueran tan amigos de su honra; porque don Lope de Haro sobrevino poco después, y con su propio escuadrón volvió a la pelea, y con maravillosa osadía forzó a los moros a retirarse, pero no pudo vencerlos a causa de la oscuridad de la noche, que sobrevino. El cuerpo, mano y cabeza del arzobispo don Sancho, todo rescatado a precio de mucho oro, enterraron en la Capilla Real de Toledo, título de Santa Cruz, en que estaban sepultados el emperador don Alonso y su hijo don Sancho el Deseado.

Padre Juan de Mariana, Historia General de España, Libro Decimocuarto, Capítulo Primero (fragmento), en Biblioteca de Autores Españoles, Obras del Padre Juan de Mariana, Tomo I, Rivadeneyra, Madrid, 1854, p. 401 (actualización: Antonio Erena).

miércoles, 3 de julio de 2019

Perritos 28

Jean-Étienne Liotard, Retrato de María Federica van Reede-Athlone a los siete años de edad
Museo J. Paul Getty, Los Ángeles

jueves, 23 de noviembre de 2017

Traje

Pedro Rodríguez de la Torre, ¿Alcanzará?, Museo de Jaén
En Jaén es donde he visto más trajes nacionales y pintorescos: los hombres, en su mayoría, llevan calzones de pana azul, adornados con botones de filigrana de plata, y polainas de Ronda, historiadas con mil calados, agujetas y arabescos, de un cuero más obscuro. La suprema elegancia consiste en no abrocharse más que los botones de arriba y los de abajo, de modo que se vea la pantorrilla. Completan el atavío, que se parece mucho al de los antiguos bandidos italianos, anchas fajas de seda roja o amarilla, una chaquetilla de paño con alamares, un manta azul o café y un sombrero puntiagudo de anchas alas, adornado de terciopelo y madroños de seda. Otros llevaban lo que se llama vestido de cazador, todo de piel de gamo color avellana y pana verde.

Algunas mujeres del pueblo llevaban capas coloradas, salpicadas con lentejuelas escarlata, que eran una nota viva entre la multitud. El traje extraño, el cutis tostado, los ojos brillantes, la energía de las fisonomías, la actitud impasible y calmosa de aquellos majos —más numerosos allí que en ninguna otra parte—, dan a la población de Jaén un aspecto más africano que europeo; ilusión a la que contribuye el clima abrasador, la blancura deslumbradora de las casas —todas ellas enjalbegadas con cal, a la moda árabe—, el tono leonado de la tierra y el azul inalterable del cielo. En España hay un dicho sobre Jaén: "Ciudad fea, mala gente", que ningún pintor encontrará justo. Allí como aquí, para la mayoría de las personas, una ciudad bonita es una ciudad tirada a cordel, provista de un buen número de reverberos y de burgueses.

Teófilo Gautier, Viaje por España, Tomo II, Capítulo XI (fragmento), Colección Universal, 1920, trad. Enrique de Mesa.