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martes, 28 de octubre de 2025

Alúas

Hormiga de ala (Camponotus sylvaticus, macho, las que se usaban para cazar eran las hembras), foto: Antonio Erena, Jaén, 27.10.25
27. Otrosí, que ninguno pueda cavar ni cave en los ejidos de esta villa para sacar aludas ni otra cosa alguna, así hombres como muchachos, so pena de doce maravedís aplicados al dicho almotacén.

Juan María de la Obra Sierra, «Ordenanzas Municipales de Torredonjimeno, 1538», en Salvador Hernández Armenteros, El arca del agua, Madara Editoras, Torredonjimeno, 2025, pág. 438 (actualización: Antonio Erena).

domingo, 22 de diciembre de 2024

Navidad 2024 1

Cena de Navidad 1979 en el colegio mayor Cardenal Cisneros, Granada; de izquierda a derecha y de arriba a abajo: Gustavo de Castro, Esteban Iglesias (+), Luis Carlos Contreras, Francisco de la Torre, Román Iglesias, Alonso Contreras (+), Pichi Villalta, Antonio Erena, Jesús Pérez, Antonio Pineda, Carlos Chamorro, Jesús Caballero (+) y Rogelio Gadeo

martes, 3 de enero de 2023

Calles 8

Calle de la Nave, Valencia, a la izquierda la Universidad y a la derecha el Colegio de Corpus Christi
Foto: Antonio Erena, 16.11.22

lunes, 3 de octubre de 2022

Estudiante

Estudiante de medicina con calavera, fuente: Invaluable (página web)
No fue por su virtud un San Antonio
ni las aulas honró como Nebrija;
mas para hacer papel, y no de lija,
parece que estudió con el demonio.

Da de buenas costumbres testimonio
según cuentan un padre y una hija,
y no se hace función que no dirija
ni sin él se dispone matrimonio.

Mezcla de cenobita y calavera,
sabe el Foblás y el Kempis de memoria,
va por la calle a pie como cualquiera.

Conserva en un arcón su ejecutoria,
da la mano al magnate y al hortera,
y sueña con el juicio de la historia.
                                  
                                    Madrid, 1867
 
Manuel del Palacio, Cien sonetos políticos, filosóficos,
biográficos, amorosos, tristes y alegres, «Semblanzas XV»,
Imprenta de T. Fortanet, Madrid, 1870, p. 175.

miércoles, 22 de junio de 2022

Desolación 18

Gregorio Carnicero, La Gramática (1753 - 1761), Museo del Prado
«Duras críticas al mejor alumno de Madrid por elegir una carrera sin salida profesional», Canarias te Quiero (diario online, 18.06.22)

Mi hermano es ingeniero y presume de tal. Es un hombre de provecho, con la cabeza sentada y un trabajo importante en una gran empresa. Por eso, imitando el gesto del magnate del puro del Monopoly, se burla de mí diciéndome que un trabajo como el mío, que se puede hacer en pijama, no es un trabajo. Faltarse al respeto es privilegio de hermanos. A los forasteros no les consiento esas bromas, y los amigos no me las consienten ni a mí mismo. Me reprochan que me califique de juntaletras o diletante. Regalas munición a los enemigos, me dicen.

Que uno rechace definirse con solemnidad no significa que no se tome en serio o que no asuma el desprecio que las letras y las artes despiertan en una sociedad esquizofrénica, que lo mismo se postra ante los dioses de Netflix que se burla de quienes quieren ser actores. El letraherido asimila de entrada la hostilidad del mundo, y a veces se defiende de ella ironizando sobre sí mismo, pero hay momentos en que ni eso basta.

Gabriel Plaza es el mejor alumno de la EvAU de Madrid. Cuando confesó en la SER que iba a estudiar Filología Clásica, se vio impelido a explicarse, improvisando tres frases sobre el éxito y la felicidad que nadie le habría reclamado si estudiara Medicina o Ingeniería. Lo peor vino después, cuando miles de hienas furiosas saltaron de la charca de las redes sociales y lo forraron a insultos. Cómo se le ocurría estudiar algo tan inútil y condenarse a ser un maestrillo. La burricie general ha inhibido a Gabriel, que ha declinado dar más entrevistas.

Para la mayoría de los españoles, la ambición sigue teniendo forma de chalé y coche nuevo. Destacar en la lingüística no requiere, al parecer, ni esfuerzo ni talento, y el reconocimiento intelectual es propio de pringados. Quienes piensan así no creen en la democracia. Tienen una mentalidad sumisa y clasista, según la cual, las bellas letras, el arte y el pensamiento son manías de aristócratas y rentistas, ocupaciones impropias de muchachotes de barrio. Eso sí, cuando Gabriel gane el Cervantes o el Princesa de Asturias serán los primeros en aplaudir y en presumir de ser sus compatriotas, socializando sus triunfos, como se apropian de los del Real Madrid aunque no jueguen en el equipo. Los demócratas, en cambio, ya estamos orgullosos de Gabriel hoy, pues su elección libre es una victoria nacional y la constatación de que no vivimos en una tiranía elitista.

Sergio del Molino, «La ambición de Gabriel», El País (22.06.22)

lunes, 25 de octubre de 2021

Calles 5

Tranvía en la calle Escuelas, Granada
Fuente: Junta de Andalucía (página web)

Ayer y hoy 27 (entrada anterior del blog)

"No puede haber civilización sin ciudades", escribe Saul Bellow, "pero hay ciudades sin civilización". Él se refiere a Chicago, la ciudad de los terribles inviernos sin misericordia de la gran Depresión; yo leo la novela en la que vienen esas palabras, The Adventures of Augie March, una mañana de agosto, en Madrid, sentado al fresco de los plátanos y los magnolios gigantes del paseo del Prado, que es una de las islas más indudables de civilización que pueden encontrarse en una ciudad europea, y por donde paso tantas veces camino de algunas de las instituciones más civilizadas que conozco: el Museo del Prado, la Real Academia, el Thyssen, el Botánico, el Reina Sofía, las librerías de viejo de la cuesta de Moyano, sin olvidar el añadido más reciente, la extraordinaria sede de la Fundación La Caixa, con su jardín vertical y sus viejos muros de ladrillo como suspendidos en el aire, una nave industrial de hace un siglo levantada sin peso en la ciudad del presente.

Uno de los rasgos de la civilización es que siempre es más frágil de lo que parece y siempre está amenazada. Un poco más arriba del paseo del Prado y del de Recoletos se abrió en la ciudad en los primeros años setenta el cráter imperdonable de la plaza de Colón, que no es una plaza sino un descampado sin alma de torres especulativas y tráfico como de autopista, con algo de urbanismo apocalíptico suramericano. En el paseo del Prado y en Recoletos se puede caminar siempre al amparo de los árboles: en Colón uno se ve arrojado a una intemperie de sol homicida o de vientos invernales, arreado en manadas para cruzar a toda prisa los pasos de cebra. La llamada plaza de Colón es una muestra infame de lo que estaban haciendo con las ciudades los planificadores, los teóricos del urbanismo y los grandes expertos en los años sesenta y setenta, cuando la capitulación institucional ante los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches aún se revestía con la máscara conveniente de la modernidad, del progreso implacable. Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino resultaba ser una gran trama de autopistas. Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se habían integrado sin quebranto en el tejido de las ciudades y habían contribuido a su expansión orgánica: las líneas de metro y de tranvías permitían el nacimiento de nuevos vecindarios hechos a la medida de los pasos humanos; los tranvías circulaban con la misma eficacia por las calles sinuosas de los cascos antiguos y por las perspectivas despejadas en las que las ciudades se abrían al campo. Cuando yo llegué a Granada, en 1974, acababan de clausurarse las líneas de tranvías, que comunicaban el centro de la ciudad con la Vega del Genil y con las estribaciones de Sierra Nevada. En Granada todavía quedan nostálgicos del tranvía de la Sierra, construido por un ingeniero ilustrado que se llamaba Santa Cruz, al que fusilaron los matarifes falangistas en el verano de 1936. Uno tomaba el tranvía en una acera arbolada de la ciudad y subía en él por la orilla del Genil hasta las laderas colosales del Veleta.

Los terribles expertos dictaminaron que cualquier obstáculo que se interpusiera a la circulación de los coches merecía acabar en los mismos basureros de la Historia a los que según Trotski estaban condenados quienes se resistieran a la revolución soviética. Para el advenimiento de la nueva civilización las ciudades resultaban un enojoso obstáculo. No sólo estaban hechas de calles estrechas y de edificios vulgares agregados a lo largo de épocas diversas: también estaban habitadas. Y la gente que las habitaba vivía y trabajaba en un desorden que sacaba de quicio a los entendidos, partidarios de que cada cosa se hiciera racionalmente en su sitio, de acuerdo con los planes utópicos que ellos mismos diseñaban, llenos de preocupación paternal por el bienestar de ese populacho, pero poco amigos de observar de cerca cómo eran sus vidas. El remedio contra los males, desde luego verdaderos, del hacinamiento y la pobreza, era el derribo, y tras él la autopista y la imposición del coche. A la destrucción de los barrios populares de Nueva York el planificador urbano Robert Moses le daba un nombre inapelable, aunque también involuntariamente siniestro: "La guadaña del progreso".

En los primeros años cincuenta la guadaña del progreso se disponía a llevarse por delante algunos de los lugares más civilizados de Manhattan: una autopista de diez carriles iba a atravesar el Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side. Uno nunca llega a saber de verdad lo precaria que es la civilización, lo peligroso que es dar nada por supuesto: para agradecer de corazón la delicia de pasear por Washington Square, distraerse mirando a los músicos o a los saltimbanquis callejeros o a los jugadores de ajedrez, sentarse en el césped y distinguir las primeras torres de la Quinta Avenida por encima de las copas de los árboles, conviene tener presente que todo eso estuvo a punto de ser destruido hace ahora cincuenta años, porque justo por ese lugar Robert Moses había decretado que pasaría otra autopista. La guadaña del progreso no actúa por capricho: si el tráfico ha de fluir a tanta velocidad como sea posible a través de la isla, lo racional, lo inevitable, es abrirle paso.

Washington Square no fue salvada por ningún arquitecto. Ningún experto en urbanismo alzó entonces su voz contra lo que hoy nos parece un delito inconcebible. Washington Square existe ahora gracias a una mujer, Jane Jacobs, tan poco experta en nada que ni siquiera tenía un título universitario. Vivía cerca, en la calle Hudson, en el corazón del Village, y llevaba a sus hijos a jugar a la plaza. Sus primeras camaradas en la sublevación urbana fueron las madres de los amigos de sus hijos, "unas cuantas locas con carritos de niños", según dijo Robert Moses, con la furia despectiva de los grandes expertos cuando alguien sin más cualificación que el sentido común se atreve a llevarles la contraria. En 1961, cuando Washington Square y las calles del Village ya no corrían peligro gracias al movimiento de rebeldía iniciado por ella, Jane Jacobs escribió su hermoso manifiesto en defensa de las ciudades caminadas y vividas, The Death and Life of Great American Cities. Murió el año pasado, una anciana diminuta y bravía comprometida hasta el final en la defensa de esa forma frágil y necesaria de vida en común que es la civilización y que no puede existir sin las ciudades. Un libro recién salido -Wrestling with Moses, de Anthony Flint- cuenta la crónica de su rebelión y conmemora su legado. En el corazón desventrado de Madrid, lleno de zanjas y de máquinas empeñadas en obras demenciales por culpa de un alcalde ebrio de megalomanía y de despilfarro que ahora amenaza insensatamente el paseo del Prado, yo me acuerdo de Jane Jacobs y me pregunto melancólicamente si sería posible aquí una rebelión como la suya, un levantamiento cívico que salve a Madrid de expertos y de políticos y de especuladores y le permita ser una ciudad civilizada.

Antonio Muñoz Molina, "Ciudades sin civilización", Babelia, El País, 22.08.09

miércoles, 23 de enero de 2019

Silueta

Ferrer Lerín visita la exposición antológica "Ferrer Lerín. Un experimento" (Rectorado de la Universidad de Málaga, 4.10.18 al 4.01.19) dentro del reportaje dedicado a la misma emitido en el programa Tesis (Andalucía TV, 19.01.19), foto: Antonio Erena
"Ferrer Lerín. Un experimento", página web de la UMA

Este es el embustero que a veces imita el ladrido del perro.
Este es el rey de la leña podrida y de los huesos de médula atinada.
Esta es la madre de figura capciosa que mece imprecisa la impudente alimaña.
Esta es la mujer de facciones morenas que cruza ligera las colinas cansadas.

Son cadáveres dispuestos al alba en atroces posturas,
reptantes longitudes que todo lo envenenan, valles asustados.
Padres convertidos en ogros de antro, septenarios ciegos,
parejas contrarias, visionarios pulcros en arte maduro,
reos aquejados de un rural siseo, cundió la costumbre de negar el uso
de suaves nodrizas, ¡serpientes, no hijos! proclamó el soldado,
taciturno hirsuto, mendigo de hierba que engrasa el ganado.

Núbiles obreras, de hábil maleficio, quemaron el lienzo,
vieron al enano que modela el barro, a Cruel, a Guisado,
a Sesenta Inviernos, a las Pestilencia –cuñadas enormes-
y a las Moribundo –primas elocuentes- forzar la sintaxis
que inclusivas hordas –amazonas bulbos-
vierten en el Húmedo. Pasmada montura,
nadar nunca pudo.

Francisco Ferrer Lerín, Furor censal, de su libro Hiela sangre

jueves, 19 de abril de 2018

Ayer y hoy 22

El rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Javier Ramos, el pasado 21 de marzo
en rueda de prensa en el campus de Móstoles, fuente: EFE
Miguel de Unamuno en su despacho del rectorado de la Universidad de Salamanca

jueves, 28 de diciembre de 2017

martes, 10 de mayo de 2016

Formación

Francisco de Goya, San Francisco de Borja asistiendo a un moribundo impenitente
Capilla de San Francisco de Borja, Catedral de Valencia
El mal