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miércoles, 17 de junio de 2026

Darwinismo

Conejo de monte (Oryctolagus cuniculus) junto al Encinar de los Reyes, Alcobendas, foto: Antonio Erena, 16.06.26
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Las ciudades parecen remodelar el comportamiento de quienes las habitan. Una idea que, de acuerdo con una reciente investigación, incluye a diversas especies de animales. Se trata de un amplio análisis internacional que acaba de reunir décadas de estudios sobre fauna urbana y concluye que los animales que viven en estos entornos son, en promedio, más audaces, más agresivos, más activos y más exploradores que sus congéneres de ambientes naturales.

La revisión científica, basada en 81 estudios y 279 comparaciones conductuales, es la síntesis cuantitativa más extensa sobre cómo la urbanización altera el comportamiento animal a escala global. Acaba de ser publicada en el Journal of Animal Ecology, la revista de la Sociedad Ecológica Británica, y abarca aves, mamíferos, reptiles, anfibios e insectos.

De acuerdo con los investigadores Tracy T. Burkhard, Ana Charmantier y Ned A. Dochtermann, las ciudades podrían estar actuando como un gigantesco filtro evolutivo que favorece determinados tipos de personalidad.

La bióloga Burkhard, profesora asistente en el Lewis & Clark College, Estados Unidos, y primera autora de la investigación, explica que lo que el estudio defiende es que, debido a que identificaron respuestas similares, independientemente de la especie y del lugar del mundo, “las ciudades están creando un conjunto de condiciones ambientales parecidas para los animales”.

Según esta investigadora, las urbes cuentan con un contexto ecológico similar: fragmentación de hábitats, aumento de temperaturas, contaminación, ruido y nuevas fuentes de alimento. En este entorno, apunta, “determinados comportamientos tienen ventaja”. “Ya sea porque solo los animales más atrevidos pueden sobrevivir allí o porque incluso para entrar en esas ciudades hay que ser suficientemente valiente”, subraya.

Más urbanos, más audaces

La señal predominante encontrada por los investigadores fue el aumento de la audacia. En biología, explica Burkhard, la audacia se define como una mayor disposición a asumir riesgos. Por ejemplo, un pájaro que tolera mejor la proximidad humana puede acceder a comida en plazas y terrazas. Un roedor más atrevido puede aprovechar residuos urbanos. Un lagarto menos temeroso puede sobrevivir en superficies artificiales calientes y expuestas, ejemplifica la investigadora.

Desde hace años, subraya el estudio, ecólogos urbanos sospechan que las urbes favorecen a las especies más flexibles. Pero hasta ahora no contaban con una evaluación global capaz de cuantificar el fenómeno entre especies y continentes.

Sin embargo, los expertos advierten de que casi tres cuartas partes de los datos procedían de aves. Los mamíferos estuvieron mucho menos representados, y anfibios, reptiles e insectos apenas contaban con unas pocas observaciones. Eso, denuncian, resulta especialmente problemático para estos grupos, organismos extremadamente sensibles a la temperatura y a los cambios ambientales urbanos. “Muchos anfibios y reptiles dependen completamente de la temperatura para procesos biológicos fundamentales”, explica Burkhard. “Es muy posible que estén respondiendo de manera aún más extrema de lo que estamos observando en aves”.

Además, Europa y Norteamérica concentran la mayor parte de los datos, mientras que regiones con enorme biodiversidad, como gran parte de África o América Latina, apenas aparecen representadas. “Nos falta mucha información sobre diferentes partes del mundo y sobre muchos tipos de especies”, afirma la bióloga.

En esa línea, la bióloga Zaida Ortega, especialista que no participó en la investigación, considera que “hay un sesgo importante hacia ciudades del norte global y occidentales”. “De haber diferencias entre ciudades, es posible que estos efectos se deban a características comunes de los entornos urbanos, como la contaminación y el ruido”, apunta esta profesora de Biodiversidad en la Universidad de León.

Un mundo diseñado para ciertas especies

El trabajo también refuerza la idea de que la urbanización no afecta por igual a toda la biodiversidad. Las ciudades favorecen a determinadas especies mientras expulsan a otras. Palomas, gorriones, ratas, zorros urbanos o mapaches parecen adaptarse gracias a comportamientos flexibles y tolerancia al ser humano. En cambio, otras especies más sensibles al ruido van desapareciendo progresivamente.

Los investigadores describen este proceso como un filtrado ambiental. Aquí las condiciones urbanas actúan como un tamiz que deja pasar solo a ciertos perfiles. El resultado, apuntan, podría ser una homogenización biológica de las ciudades del mundo. Aunque estén separadas por miles de kilómetros, muchas urbes terminan albergando animales con comportamientos parecidos.

Para Ortega, lo que han hecho hasta el momento ha sido mostrar el fenómeno, pero no identificar sus causas. “Tendrán que hacerse estudios futuros para dilucidar si es por adaptación evolutiva o por respuesta flexible al entorno urbano”, apunta.

La experta comenta que los estudios experimentales podrían confirmar si efectivamente las ciudades podrían estar actuando como una fuerza de selección que favorece determinadas personalidades animales. “Se me ocurre que pudiera testarse con insectos, como las moscas de la fruta, que tienen tiempos de generación rápido y conocemos muy bien su genética, cogiendo poblaciones silvestres y criándolas en condiciones urbanas, para verificar si los cambios, según van pasando las generaciones, son evolutivos y cómo se producen”, sostiene.

Ortega explica que, si llegan individuos con perfiles variados, pero sobreviven o se reproducen mejor los más audaces o exploradores, eso indica una selección natural dentro del ambiente urbano; y, si esos rasgos son heredables y aumentan generación tras generación, podríamos hablar de adaptación evolutiva.

El factor luz

Un componente urbano que preocupa a los investigadores es la contaminación lumínica. Si bien el metaanálisis no evaluó específicamente el efecto de la luz artificial nocturna, Burkhard considera que su influencia modifica el comportamiento de la fauna, un hecho que ha sido documentado ampliamente. Las noches más brillantes e iluminadas han modificado el horario en el que los pájaros cantan y las tortugas marinas no encuentran el camino al mar por la iluminación costera. La luz artificial ha alterado patrones de la actividad diaria, como estos, pero también la producción hormonal e incluso los propios genes.

La bióloga recuerda que muchas aves migratorias utilizan las estrellas y la luna para orientarse, y que las luces urbanas alteran esas rutas. “Estamos cambiando prácticamente todo en el ambiente”, resume. “La luz, la temperatura, incluso cómo huele el entorno”.

Para Ortega, mejorar la coexistencia entre humanos y animales en las ciudades es todavía una tarea pendiente: “Además de por esos seres, debemos hacerlo por nosotros. Está demostrado que la presencia de muchas especies en las ciudades aporta bienestar psicológico a las personas”.

«Las ciudades modifican la personalidad de los animales: “Solo los más atrevidos sobreviven”», Selva Vargas Reátegui, El País, 13.06.26

martes, 3 de junio de 2025

Venatoria 9

Juan Manuel Varela Simó, Conejo (Oryctolagus cuniculus), c. 1990-2010, Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid

El primer censo del conejo de monte en la península Ibérica muestra una bajada generalizada del 18% con datos tomados entre 2009 y 2022, pero con importantes fluctuaciones dependiendo de las áreas. En las zonas forestales y en los montes la especie está en caída libre con una disminución del 57,75%, mientras que en las agrícolas esta cifra se reduce al 10%, pero con una tendencia al alza en los últimos años. Los cambios en los usos del suelo, con la desaparición del paisaje tradicional en mosaico, y las enfermedades son los factores que se vinculan al descenso de estas poblaciones. El trabajo, realizado dentro del proyecto europeo Life Iberconejo, incluye un mapa que muestra la densidad de población de estos animales. Una información que es “vital para la toma de decisiones partiendo del estado de la especie, clave en los paisajes mediterráneos", indican los autores del estudio.

Mapa que muestra la abundancia del conejo. Life Iberconejo

El conteo se ha realizado con los datos de capturas cinegéticas, además de con exploraciones de campo en Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Portugal, los territorios participantes en el proyecto.

El mapa muestra esta doble cara del conejo de monte, sus fluctuaciones de un lugar a otro. Su densidad es alta principalmente en cuatro grandes zonas españolas asociadas a medios agrícolas —las mesetas sur y norte, y los valles del Ebro y Guadalquivir—. Allí se concentra el conflicto con la agricultura. “Son áreas en las que hay explosiones de conejos que provocan daños graves porque tienen comida y pocos depredadores, y los cazadores no dan abasto en algunas de ellas”, explica Ramón Pérez de Ayala, director del proyecto Life y miembro de la organización conservacionista WWF.

No ocurre lo mismo en las zonas con predominio del monte mediterráneo, como Sierra Morena, las sierras extremeñas o gran parte de Portugal, donde debería cumplir su papel ecológico como especie presa y donde su caza genera beneficios socioeconómicos. Allí el declive es acusado y evidencia la razón por la que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo ha catalogado en peligro de extinción. El mapa que refleja todos estos datos de abundancia, está elaborado con una resolución de 2 x 2 kilómetros en toda la península Ibérica, “alcanzando un nivel de detalle sin precedentes a escala nacional”, sostienen los autores.

Dieta favorita del lince y el águila imperial

La caída de este animal es muy relevante debido a su importancia ecológica y socioeconómica. Se le considera “un ingeniero de los ecosistemas”, señalan los autores del mapa, por su capacidad para modelar el entorno y ser presa de más de 40 especies de mamíferos y aves en el monte mediterráneo. El lince y el águila imperial dependen por completo de esta especie, y es muy importante para el buitre negro o el águila perdicera. A ellos se unen múltiples depredadores: desde el zorro, hasta serpientes que se comen a los gazapos, pasando por el jabalí que puede acabar con todas las crías de una madriguera en sus primeras semanas de vida.

Para elaborar el mapa de distribución de la especie, investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC - CSIC, UCLM, JCCM) han desarrollado un modelo matemático que integra diversas fuentes de datos: la situación poblacional a gran escala —las estadísticas cinegéticas de animales cazados—, datos a escala regional y local — conteos de conejos o de indicios de su presencia sobre el terreno, respectivamente —, e información sobre las características del hábitat.

El trabajo ha partido de un acuerdo entre todos los agentes implicados en la gestión de la especie, incluido el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y el Instituto de Conservação da Natureza e das Florestas (ICNF) de Portugal. Esta colaboración, que también incluyó a entidades científicas, conservacionistas, cinegéticas y agrarias, ha permitido estandarizar las metodologías de seguimiento del conejo de monte y coordinar la recogida de datos en el territorio, puntualizan desde el proyecto. Solo de esta forma se pueden obtener “resultados fiables y comparables a escala ibérica”, concretan.

“Los montes españoles pierden el 60% de los conejos”, Esther Sánchez, El País, 02.06.25

lunes, 17 de octubre de 2022

Acerolo

Acerolo (Crataegus azarolus), cortijo de Pulido, Torredelcampo
Foto: Antonio Erena, 14.10.22
ARTÍCULO XV

Del plantío del acerolo

231. Este árbol se cría en montañas y entre peñascos y piedras, y lleva el fruto muy encarnado y amarillo; cuyo grano contiene unos huesecillos tiernos apareados los más [o de dos en dos]. Necesita que se le alivie [o limpie] cada año (y aun en todo el árbol se suele hacer esta operación) deshojándole con herramientas de figura de uña, tersa afilada y cortante, la cual si dejase dentro de las ramas algún orín, las malograría marchitándolas. No conviene a este árbol en manera alguna ninguna especie de estiércol. Una de las enfermedades que suelen sobrevenirle es la de ponérsele todas o parte de sus hojas muy amarillas, marchitas y malparadas, y asimismo la de desprendérseles el fruto; cuyos vicios se corrigen (si es hortense) con excavarle alrededor y henchirle la excava de otra tierra de montaña o de terreno duro con mezcla de guijo o arena. Pero si fuere trasplantado al huerto del monte o sitio en que se crio, se le pondrá alrededor tierra del mismo paraje, respecto a que con ella se repara; o si criado en el huerto puesto de semilla y trasplantado en otro semejante, o de un lugar en otro del mismo, se hubiere debilitado, su remedio será fortalecerle con rocíos de agua caliente y sangre, y con traerle tierra del suelo donde se sembró y de donde se trasplantó; lo cual es necesario repetírselo algunas veces, cavándole alrededor y henchiéndole la excava y acogombrándole bien el tronco con la tierra en que estuvo primero, dejando pasar diez días de una operación a otra.
 
El Libro de Agricultura de Al Awan, Volumen I, ed. José Ignacio Cubero Salmerón, Junta de Andalucía, 2003, p. 281.

martes, 21 de junio de 2022

martes, 14 de junio de 2022

Camama

Centro comercial Plaza Norte 2, San Sebastián de los Reyes, Madrid
Foto: Antonio Erena (9.06.22)
Todo el mundo sabe
que eres versallesco
pero de camama;
y en tocante a fresco
más que el Guadarrama.

Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw,
«Las Chicas de Madrí» (fragmento), La Chulapona

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ENTREVISTA AL PALEOANTROPÓLOGO JUAN LUIS ARSUAGA

“La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado”

Adeline Marcos, El País, 31.05.2019

Las excavaciones en el yacimiento de Atapuerca en Burgos comenzaron a finales de los años setenta. En 1982 se incorporó el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954), que codirige la Fundación Atapuerca junto a Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro, además de ser director científico del Museo de la Evolución Humana en Burgos. Poco después, comenzarían a descubrirse restos fósiles humanos que arrojarían luz sobre la historia de la humanidad.

En la actualidad cientos de miles de personas visitan cada año el yacimiento y el museo, que según Arsuaga proporciona modernidad e identidad “de la buena”. “El centro es un buen ejemplo de cómo hacer las cosas”, declara.

Además del descubrimiento de fósiles, el científico se siente especialmente orgulloso de su participación en la creación del parque nacional de la Sierra de Guadarrama en Madrid en 2013. “Es lo más importante que he hecho en toda mi vida, incluso más que descubrir fósiles”, revela.

Junto a la publicación de su último libro Vida, la gran historia, el investigador ha sido nombrado recientemente presidente de la Fundación Gadea Ciencia con un objetivo: “Que la fundación se convierta en algo útil para la sociedad”. Pero para el paleoantropólogo, su cargo más importante es el de docente en la Universidad Complutense de Madrid.

Pregunta. ¿Se imaginó en algún momento qué hallazgos podrían producirse en Atapuerca?

Respuesta. No se podía imaginar y, de hecho, cada año sorprende. Lo mejor que puede ocurrir en un proyecto científico es que te sorprenda. Si no lo hace es que ya ha agotado sus potenciales.

P. ¿Y qué es lo que más le ha sorprendido a lo largo de estos años?

R. El hallazgo de tantos fósiles humanos es obviamente lo más importante en mi trabajo, pero en estos años han ocurrido cosas en Atapuerca y en la ciencia, como los análisis genéticos, con los que nadie contaba y ni siquiera imaginaba. Ahora tenemos estudios de ADN de hace 400.000 años. Ha sido una sorpresa para todo el mundo. En Atapuerca lo más importante ha sido el gran número de hallazgos de restos humanos, que aparecen más que en ningún otro sitio, aún más que en el resto de sitios juntos.

P. ¿Por qué se eligió el yacimiento de Atapuerca?

R. Es una historia que se parece a cualquier otra en el mundo de la ciencia. Uno tantea diferentes posibilidades, explora líneas, vías, algunas parecen más interesantes y ahí se pone más esfuerzo, se progresa y se obtienen resultados. Entonces se invierte más. La historia de Atapuerca no es el resultado de una intuición genial. En realidad Atapuerca no empezó a dar resultados hasta el año 1992, cuando se hizo el primer gran hallazgo. Pero los comienzos fueron muy duros, como lo son para un astrónomo, un biólogo molecular o un botánico. Al principio es una rueda que gira muy despacio. La ciencia tiene un método común. No hay tanta diferencia entre estudiar terremotos y buscar fósiles. Consiste en explorar lo desconocido y nadie sabe cómo hacerlo.

P. A pesar de trabajar con lo desconocido, ¿piensan en lo que sí podrían descubrir?

R. No, pero excavamos donde ya sabemos lo que hay. Estos yacimientos son para obtener más de lo mismo. Y luego está lo desconocido. Hay mundos nuevos que son los fascinantes y los ya conocidos que todavía se pueden conocer mejor. En Atapuerca tenemos eso, los mundos ya conocidos y otros que no conocemos bien.

P. Pero luego hay hallazgos, como el de una mandíbula en Israel que reescriben lo que ya sabíamos…

R. Bueno, no hay que hacerles tanto caso a los autores… Hay que matizar. A veces me preocupa cuando se dice que un hallazgo obliga a reescribir la evolución humana. Sería un desastre. Es como si antes no hubiéramos sabido nada. Si descubriéramos una nueva ciudad romana, ¿cambiaría todo lo que sabíamos sobre los romanos? ¡Hombre, no, estaría bueno! Se iluminan ciertas épocas o momentos de la evolución humana, pero sin pasarse.

P. Aunque habrá veces que sí sea el caso…

R. Sí, es verdad que a veces se producen descubrimientos que no cambian lo que ya se sabía, pero que amplían el conocimiento. Por ejemplo, en el año 1994 se pensaba que Europa había sido poblada hace medio millón de años, pero ese mismo año encontramos fósiles humanos en gran abundancia de hace 900.000 años. Es decir, 400.000 años más antiguos. Eso es como llegar a un continente desconocido, pero el descubrimiento de América no cambió Asia o Europa, simplemente añadió algo. La ciencia crece.

P. En cuanto a la pieza de maxilar hallada en Israel, su descubrimiento fue suficiente para determinar que el Homo sapiens salió antes de África. ¿Cómo es posible?

R. Es como encontrarse un reloj en un templo azteca. ¿Qué dirías? Esto es muy fuerte. Solo un reloj lo cambia todo. ¿Cómo pueden saber que hacían tecnología avanzada? Hombre, si hacían relojes… Hay casos que son obvios. Hay noticias que obligan a revisar muchas cosas. En realidad no aparecen relojes, sino perfeccionamientos o ampliaciones de lo que sabemos. En contra de lo que se piensa, la ciencia es sumamente cautelosa y conservadora. Las publicaciones científicas son muy sobrias.

P. ¿Por qué nos atrae tanto la antropología?

R. Porque nos interesan nuestros orígenes. Solo hay dos explicaciones: la religión y la ciencia. La gente quiere saber de dónde viene y por qué estamos aquí. Se suele decir que las tres preguntas de la filosofía vasca reflejan al ser humano: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? y ¿Adónde vamos a ir a comer? Pero además tenemos preocupaciones intelectuales: ¿qué hacemos aquí? ¿Qué nos ha creado? Hay quien busca una explicación religiosa, mística o extraterrestre, pero todo el mundo necesita saber por qué está aquí. Esa pregunta, inherente al humano, es la más importante que uno se puede hacer. Una vez que solucionas el tema de la comida, lo siguiente es eso [risas]. Los niños que nazcan en los próximos milenios van a hacerse la misma pregunta.

P. Y en realidad nunca se contestará del todo… ¿o sí?

R. La religión da una explicación falsa y los científicos lo explicamos. La felicidad personal de cada uno se la busca cada cual. Pero si quieres saber de dónde venimos, yo te lo explico. Si quieres saber por qué estamos aquí, yo te lo explico…

P. No sé si preguntárselo [risas]... ¿Por qué estamos aquí?

R. Mi nuevo libro va justamente sobre eso. La evolución, desde el origen del cosmos hasta el origen de la vida, pasa por diferentes umbrales: la aparición de la Tierra, la vida en ella, las células complejas, la conciencia, la mente simbólica, el pensamiento abstracto, etcétera. Cada uno de esos pasos pudo o no haberse realizado. A lo mejor no era necesario que ocurrieran o quizá eran inevitables. La pregunta es si la historia de la vida y la historia humana tienen una dirección, una flecha. El propio lector, con la información que le doy, decide si cada paso es algo que tenía que suceder o pudo no haber ocurrido nunca.

P. ¿Así que el lector se responde a sí mismo?

R. Sí, le dejo que decida por sí mismo. El lector es tan inteligente que puede llegar a sus propias conclusiones. Así yo no me hago responsable de la filosofía de los demás. Yo aporto todas las informaciones sobre lo que han pensado los diferentes genios. Yo cuento lo que hay, doy mi opinión, y lo que han dicho los más listos sobre los diferentes pasos que nos han hecho llegar hasta aquí.

P. ¿Ahora mismo podría decirme a mí por qué estamos aquí?

R. Tú estás aquí porque tu padre y tu madre se acostaron una noche. Pero hay que buscar la explicación. Y eso está en el libro.

P. Pero cuanta más información tenemos, más complejo nos parece el mundo…

R. Es que es muy complejo y contradictorio… Los que intentan simplificar lo complejo son muy peligrosos. Si cogemos, por ejemplo, el código genético que tenemos, el ADN, ¿es el único posible? ¿Podrían existir otros códigos genéticos? ¿Por qué tenemos este y no otro que podría ser mejor? ¿Por qué no?

P. Hablando de ADN, me viene a la cabeza el hallazgo de Denny, la hija de una neandertal y un denisovano. Con estos descubrimientos siempre sale a debate una pregunta recurrente: ¿Podrían ser Homo sapiens, neandertales y denisovanos la misma especie?

R. No, no lo somos. Ahora mismo, ¿tú estás hablando en español o en árabe?

P. Español, que yo sepa.

R. ¿Sabes que la palabra alcalde viene de ‘al-qadi’, de origen árabe? Pero no por eso es árabe lo que hablamos. Que tengamos palabras de origen árabe no convierte el español en árabe. Que tengas un 2% de genes neandertales no te convierte en una neandertal. En biología, como en las lenguas, todas las poblaciones tienen algunos genes de otras especies. Como no nos creó un dios, es esperable que las especies absorban genes unas de otras. Solo un creacionista podría pensar que las especies son puras, separadas y que no tienen contacto con otras.

P. Esas tres especies vivieron a la vez, pero solo compartimos un pequeño porcentaje de genes. ¿Es eso lo que nos distingue?

R. Tenemos genes de todas partes. Mira los españoles. Tenemos un montón de genes africanos y de las estepas. Mira los osos de Cantabria. Tienen un 2% de genes de osos de las cavernas. Es como si dijeras que el español fue creado por Dios como una lengua distinta del francés. En ese caso sí sería sorprendente que tuviéramos una palabra en común. Dios no se repite. Pero los idiomas son un producto de la evolución lingüística y, teniendo en cuenta que somos vecinos, no me sorprende que digamos cruasán aunque no seamos franceses, sino españoles. Ese mismo razonamiento aplícalo a la biología.

P. ¿Qué hay de los análisis genéticos que se venden ahora para conocer nuestro origen? Yo por ejemplo, que soy francesa, no tengo nada francés. Esto le habrá pasado a mucha gente. ¿Cómo se lo explicaría a esas personas?

R. Es que lo francés no existe, es un concepto político. Realmente no existen el gen francés ni el vasco. Son en realidad diferentes proporciones o mezclas.

P. Si la gente lo supiera, ¿cree que afectaría a los nacionalismos?

R. En principio, no tendría por qué. Que tengamos genes distintos no debería cambiar nada. El nacionalismo actual es más cultural. ¿Sabías que el apellido más común de Cataluña es Fernández, por ejemplo? El nacionalismo renunció hace tiempo al componente biológico y ahora se basa en la cultura. Utilizan otros elementos para definir la identidad. Ya puestos, yo no soy nacionalista y mi familia es vasca y vascoparlante.

P. Centrándonos en España, ¿con qué obstáculos se enfrentan la antropología, la arqueología y la paleontología?

R. Como decía Groucho Marx, ¿comparado con qué? Si lo comparamos con Argelia, pues vamos bastante bien. Si lo comparamos con Francia o Italia, ya vamos bajando. Pero se ha progresado. Tenemos un patrimonio inmenso y lo tenemos que saber contar. Hay que invertir. Las instituciones deben saber que esto es una industria o un recurso económico, en todo caso. Esa es la lucha que tenemos. Hay trabajo que hacer.

P. En parte, conocer nuestro pasado nos hace entender y valorar más nuestro presente, ¿no cree?

R. Sí, y nos hace más felices, espero. Aprendemos, disfrutamos, vivimos otras vidas. Yo siempre digo que la vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado. Eso no puede ser. Esa vida no es humana. Tiene que haber algo más pero aquí, en esta vida. Y esa otra cosa se llama cultura. Es la música, la poesía, la naturaleza, la belleza… Es lo que hay que apreciar y disfrutar porque, si no, esto es una mierda.

P. Nuestros antepasados seguramente sabían apreciar mejor la vida...

R. Hombre, claro. No trabajaban toda la semana ni iban el sábado al supermercado.

P. ¿Qué hemos hecho mal entonces?

R. Alguna cosa hemos hecho mal, pero aún estamos a tiempo. Tenemos a Mozart. No está mal. Apreciar la belleza es una cuestión de educación y sensibilidad. Busque lo que es bello en la vida. Hay mucha belleza.

lunes, 6 de junio de 2022

Geometrías 1

Bóveda de la torre de la Cárcel, fortaleza de la Mota, Alcalá la Real
Foto: José Joaquín Quesada (5.06.22)
Soy el único hombre en la tierra y acaso no haya tierra ni hombre.
Acaso un dios me engaña.
Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.
Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.
He soñado la tarde y la mañana del primer día.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron Cartago.
He soñado a Lucano.
He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.
He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.
He soñado el amarillo, el azul y el rojo.
He soñado mi enfermiza niñez.
He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.
He soñado el inconcebible dolor.
He soñado mi espada.
He soñado a Elizabeth de Bohemia.
He soñado la duda y la certidumbre.
He soñado el día de ayer.
Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.
Acaso sueño haber soñado.
Siento un poco de frío, un poco de miedo.
Sobre el Danubio está la noche.
Seguiré soñando a Descartes y la fe de sus padres.

Jorge Luis Borges, «Descartes», de La cifra (1981)

jueves, 19 de mayo de 2022

Olivo

Lámina botánica del olivo (Olea europaea)
Köhler’s Medizinal Pflanzen, Vol. 2, 1890

Nos lleva el coche velozmente por la carretera y, entonces, aquí, en Jaén, a derecha e izquierda, olivos. Pero eso es nada más verlos. Y creo que vienen ocasiones en que hay que estar con ellos; es decir, intimar con ellos y conocerlos. ¿Por qué? ¿Para qué? El olivo es nuestro árbol, ejemplo vivo para todos los hombres de Jaén. De él podemos aprender mil cosas estupendas. Primera, a no ser espectaculares. ¿Conocen ustedes un árbol menos sensacional? Se achaparra y parece que hace todo lo posible por disimular su eficacia e incluso su belleza. El álamo —narciso junto al río— está muy ufano de su vertical empaque. Todas las acacias predican primaveras presentes o ausentes. Naranjos, melocotoneros, limoneros, están contentos —se les ve el júbilo vegetal, porque hay también júbilos vegetales— de su perfume y de su fruto. Y están satisfechos con razón. Pero yo advierto en el olivo algo único que me encanta. Miro y admiro en él no se qué abnegación. Diría que es un árbol ascético. Por supuesto, exige poquísimo. Hay olivos de secano, en la altura de las lomas, lejos de todo regato, que viven al amparo exclusivo de «lo que Dios quiere», del agua de la lluvia. Estos olivos predican ese «sea lo que Dios quiera», frase que, para mí, no implica ningún conformismo, sino que más bien me parece la expresión de una firme elegancia estética del ánimo. Porque, en el fondo, la elegancia es escepticismo. Escepticismo del bueno, porque conduce directamente a la esperanza. Lo contrario del optimismo, obtuso, de quienes creen que todo sucederá a la medida de nuestros deseos. Ese optimismo bobo conduce, al final, o a la necedad (si por casualidad vienen bien unas cuantas cosas), o al nihilismo (si luego las cosas no nos dan la razón).

[…]

Y pienso que caminar entre olivos da una fortaleza de ánimo. Árbol que reduce sus necesidades, que no pide seguridades, que no condiciona su fruto, su eficacia o su belleza a ningún paraje. Es decir, árbol generoso que otorga mucho y apenas reclama nada. Crece igual en la eminencia que en el llano; escala las laderas, se acerca a la vereda y al camino; se uniforma en ringleras cuya monotonía no empece su belleza. (A mí los olivares me recuerdan las estrofas de Berceo, de la «quaderna vía», que tan gratas le eran a Antonio Machado). Porque la belleza no siempre es bonita o pinturera. El olivo no es pinturero y, sin embargo, conforta contemplar el olivar. Infunde serenidad, paz…

No me deja contento pasar de largo ante el olivar. Quiero entrar en él, caminar pisando los terrones removidos, estar un rato descansando a la leve sombra del árbol…

Juan Pasquau, «De la imitación del olivo», Diario Jaén (31.01.1973)

martes, 12 de mayo de 2020

Coches 24

Facel Vega FV3B Coupé de 1958, modelo igual al del accidente mortal de Albert Camus, fuente: Classic Driver (página web)
Los buenos escritores ignoran si la peste es contagiosa. Pero suponen que sí. Y por eso, señores, opinan que ustedes deberían mandar abrir las ventanas del cuarto en el que visiten a un enfermo. Solo hay que recordar que la peste bien puede encontrarse en las calles e infectarlos de todos modos, estén o no las ventanas abiertas.
Los mismos escritores también les aconsejan que utilicen una máscara con gafas y se coloquen un paño mojado en vinagre bajo la nariz. Lleven una bolsita con todos los extractos recomendados en los libros: melisa, mejorana, menta, salvia, romero, azahar, albahaca, tomillo, serpol, lavanda, hoja de laurel, corteza de limonero y peladura de membrillo. Sería deseable que vistieran por completo de hule. Aun así, pueden hacerse ajustes. Pero no hay ajustes posibles en las indicaciones sobre las que están de acuerdo los buenos y los malos escritores. La primera es no tomarle el pulso a un enfermo sin antes mojarse los dedos en vinagre. Adivinarán el motivo. Pero acaso lo mejor sería abstenerse de hacerlo. Pues si el paciente tiene peste, no se le quitará con esa ceremonia. Y si ha salido indemne, no los habrá llamado. En tiempos de epidemia, cada cual se cuida el hígado solo, para evitar confusiones.
La segunda indicación es nunca mirar al enfermo a la cara, a fin de no ponerse en la trayectoria de su aliento. Por eso mismo, si, aun dudando de la utilidad del procedimiento, han abierto la ventana, sería bueno que no se pusieran en la corriente de aire, que puede acarrear al mismo tiempo el estertor del apestado.
Tampoco visiten a los pacientes estando en ayunas. No lo resistirían. Sin embargo, no coman de más. Perderían el ánimo. Y si, a pesar de todas las precauciones, les cae en la boca una gota de veneno, pues para ello no hay remedio, a menos que no traguen saliva durante toda la visita. Esta es la indicación más difícil de seguir.
Una vez observado, mal que bien, todo lo anterior, no deben creerse a salvo. Pues existen otras medidas muy necesarias para la protección del cuerpo, aun cuando atañen más bien a la disposición del alma. “Ningún individuo”, dice un autor antiguo, “puede permitirse tocar nada contaminado en un país donde reine la peste”. Eso está bien dicho. Y no existe rincón que no debamos purificar en nosotros, incluso en lo más secreto de nuestro corazón, para poner de nuestra parte las pocas oportunidades que queden. Eso es especialmente cierto en el caso de los médicos como ustedes, que están más cerca, si cabe, de la enfermedad, y resultan por ello aún más sospechosos. Tienen que predicar con el ejemplo.
Para empezar, nunca deben tener miedo. Se sabe de gente que llevó a cabo muy bien su oficio de soldado con miedo a los cañones. Pero lo cierto es que las balas matan por igual a valientes y medrosos. El azar incide en la guerra, pero muy poco en la peste. El miedo infecta la sangre y calienta los humores: lo dicen todos los libros. Así pues, predispone a quedar bajo la influencia de la enfermedad; y para que el cuerpo venza la infección, el alma tiene que ser fuerte. Por cierto, no hay peor miedo que el miedo al final postrero, pues el dolor es temporal. De ahí que ustedes, los médicos de la peste, deban plantar cara a la idea de la muerte y reconciliarse con ella, antes de entrar en el reino que la peste les prepara. Si salen vencedores en esto, lo serán en todo, y los verán sonreír en medio del terror. En conclusión, les hará falta una filosofía.
También tendrán que ser discretos en todo, lo que no quiere decir en absoluto ser castos, otra forma de exceso. Cultiven una alegría razonable a fin de que la pena no altere la fluidez de la sangre y la prepare para la descomposición. En este sentido, no hay nada como usar el vino en buena cantidad, para aligerar un poco el aire de pesadumbre que les llegue de la ciudad apestada.
En términos generales, observen la mesura, primer enemigo de la peste y regla natural de la humanidad. Némesis no era, como les contaron en el colegio, la diosa de la venganza, sino de la mesura. Y asestaba sus terribles golpes a los hombres solo cuando estos se habían entregado al desorden y el desenfreno. La peste procede del exceso. Es en sí misma un exceso e ignora la contención. Ténganlo presente si quieren combatirla con clarividencia. No le den la razón a Tucídides, que habla de la peste en Atenas y dice que los médicos no eran de ninguna ayuda porque, en principio, abordaban el mal sin conocerlo. La epidemia adora los cuchitriles secretos. Acérquenle la luz de la inteligencia y la equidad. En la práctica, verán que es más fácil que no tragarse la saliva.
Por último, tienen que ser capaces de controlarse. Y, por ejemplo, hacer que se respeten las normas que hayan elegido, como el bloqueo y la cuarentena. Un historiador de Provenza cuenta que, en el pasado, cuando un confinado lograba escapar, mandaban que le rompieran la cabeza. No desearán eso. Pero tampoco pasarán por alto el interés general. No harán excepciones a las normas durante todo el tiempo que estas sean útiles, ni siquiera cuando el corazón los apremie. Se les pide que olviden un poco quiénes son, sin olvidar jamás lo que se deben a ustedes mismos. Esa es la regla de un honor tranquilo.
Armados con estos remedios y virtudes, solo les restará hacer frente al cansancio y conservar la imaginación viva. No deben nunca, pero nunca, acostumbrarse a ver a los hombres morir como moscas, según ocurre en nuestras calles hoy, y según ha venido ocurriendo siempre, desde que la peste recibió su nombre en Atenas. No dejarán de conmoverse al ver las gargantas negras de las que habla Tucídides, que supuran un sudor sangriento y de las que la tos ronca arranca a duras penas escupitajos aislados, pequeños, salados y de color azafrán. No se moverán con familiaridad entre los cadáveres de los que se apartan incluso las aves de rapiña para huir de la infección. Y seguirán rebelándose contra la terrible confusión en la que perecen en soledad quienes niegan sus cuidados a los demás, mientras que mueren amontonados quienes se sacrifican; en la que el goce ya no recibe su aprobación natural, ni el mérito su orden; en la que se baila al borde de las tumbas; en la que el enamorado rechaza a la amada para no contagiarle su mal; en la que no carga con el peso del delito el delincuente, sino el animal expiatorio que se elige en pleno desconcierto de una hora de espanto.
El alma sosegada es la más firme. Ustedes se mantendrán firmes ante esa extraña tiranía. No servirán a una religión tan vieja como los cultos más antiguos. Esa mató a Pericles, que no quería más gloria que la de no causar el luto de ningún ciudadano, y no ha cesado de diezmar a los hombres y exigir el sacrificio de los niños desde aquel ilustre asesinato hasta el día en que descendió sobre nuestra ciudad inocente. Aunque esa religión procediera del cielo, deberíamos afirmar que el cielo es injusto. Si llegan ustedes a ese punto, no verán en ello motivo alguno de orgullo. Al contrario, deberán pensar con frecuencia en la propia ignorancia, para estar seguros de observar la mesura, única señora de las epidemias.
Ni que decir tiene, nada de esto es fácil. A pesar de las máscaras y las bolsitas, el vinagre y el hule; a pesar de la placidez del coraje y los firmes esfuerzos, llegará el día en que no soportarán la ciudad llena de moribundos, el gentío dando vueltas en las calles recalentadas y polvorientas, los gritos, la angustia sin futuro. Llegará el día en que querrán gritar de asco ante el miedo y el dolor de todos. Ese día, no podré hablarles de ningún remedio salvo la compasión, que es pariente de la ignorancia.

Albert Camus, «Exhortación a los médicos de la peste», Les Cahiers de la Pléiade, 1947; Obras completas II, Gallimard, 2006 (Bibliothèque de la Pléiade); versión publicada en El País Semanal, 10.05.20, traducción de Martín Schifino.

martes, 5 de mayo de 2020

Pandemia 4

Alonso de Freylas, Conocimiento, curación y preservación de la peste,
imprenta Fernando Díaz de Montoya, 1606, primer libro publicado en la ciudad de Jaén

martes, 29 de enero de 2019

Selección

Caricatura de Charles Darwin en el semanario inglés Vanity Fair de 30.09.1871
Texto del pie: Hombre del día Nº 33, "Selección natural"
Últimas noticias sobre Íñigo Errejón y Podemos en El Mundo

Tengamos también presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con condiciones físicas de vida, y, en consecuencia, qué infinitamente variadas diversidades de estructura serían útiles a cada ser en condiciones cambiantes de vida. Viendo que indudablemente se han presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede, pues, parecer improbable el que, del mismo modo, para cada ser, en la grande y compleja batalla de la vida, tengan que presentarse otras variaciones útiles en el transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, ¿podemos dudar –recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir– que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrían más probabilidades de sobrevivir y procrear su especie? Por el contrario, podemos estar seguros de que toda variación en el menor grado perjudicial tiene que ser rigurosamente destruida. A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados.

Charles Darwin, El origen de las especies por medio de la selección natural, Tomo I, Capítulo IV (fragmento), trad. Antonio de Zulueta

miércoles, 15 de noviembre de 2017

martes, 14 de febrero de 2017

Clones

Los dos candidatos a liderar el PS francés, Benoît Hamon y Manuel Valls,
en el debate final el pasado 25 de enero en París
Foto: Pool Reuters