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martes, 19 de diciembre de 2023

Desolación 20

Carmen Laffón, El Coto desde Sanlúcar I, Punta de Malandar (1979), Museo Reina Sofía
"Doñana pierde el prestigioso distintivo verde de la mayor organización ambiental del mundo por el declive de su biodiversidad y la mala gestión", Lucía Vallellano, Radio Huelva - Cadena Ser, 18.12.23
Carmen Laffón en el Museo Reina Sofía
Madame Tussauds Doñana (anterior entrada del blog)

NINA.- «¡Gentes! ¡Leones! ¡Aguilas y codornices!... ¡Ciervos astados! ¡Gansos! ¡Arañas! ¡Peces silenciosos que poblabais el agua! ¡Estrellas del mar y demás seres que el ojo humano no alcanza a ver!... ¡Vidas todas, vidas todas, en suma..., que girasteis sobre vuestro triste círculo y os apagasteis!... ¡Hace ya mil siglos que la tierra no contiene ni un solo ser vivo, y que esta pobre luna enciende en vano su farol!... ¡En el prado, ya no despiertan con un grito las grullas, ni se oye el chasquido del escarabajo en la arboleda de los tilos!... ¡Frío, frío!... ¡Vacío, vacío, vacío!... ¡Miedo, miedo, miedo!... (Pausa.) ¡Los cuerpos de los seres vivientes desaparecieron en lo vano, y la materia los transformó en piedra, en agua, en nubes..., mientras sus almas se unían hasta formar una sola!... ¡Esta alma total del universo..., soy yo!... ¡Yo!... ¡En mí vive el alma de Alejandro el Grande, de César, de Shakespeare, de Napoleón y de la última sanguijuela!... ¡En mí, la conciencia humana se unió al instinto de los animales y lo recuerda todo, todo, todo..., volviendo a revivir estas vidas!»... (Aparecen unos fuegos fatuos, semejantes a los que se ven en los pantanos.)

ARKADINA.- (En voz baja.) ¡Es algo decadente!

TREPLEV.- (Con acento suplicante y en tono de reproche.) ¡Mamá!

NINA.- ¡Soy una solitaria! ¡Solo una vez, cada cien años, abro la boca para hablar! ¡Mi voz resuena tristemente en el vacío y nadie me oye!... ¡Tampoco vosotras, pobres lucecitas, me oís!... ¡El putrefacto pantano os hace nacer en la madrugada, y vagáis hasta el amanecer sin pensamiento, sin voluntad y sin percibir el pulso de la vida!... ¡El padre de la escoria eterna..., el diablo, temiendo que renazca en vosotras la vida..., os troca a cada instante (como a las piedras y al agua) en átomos, y os mudáis sin cesar!... ¡Solo en toda la eternidad permanece inmutable…, inalterable un espíritu! (Pausa.) ¡Como un prisionero arrojado a un profundo y vacío pozo!... ¡Y yo no sé dónde estoy, ni lo que me espera!... ¡Lo único que no me ha sido revelado es que, en la lucha cruel y encarnizada con el diablo..., he de vencer y que, tras esto, materia y espíritu se fundirán en maravillosa armonía, comenzando el reinado de la libertad para el universo!... ¡Esto, sin embargo, no acaecerá hasta que, poco a poco, al cabo de una hilera de millares de años, la Luna, el claro Sirius y la Tierra se tornen en polvo!... ¡Entre tanto, todo será horror, horror!... (Pausa. Sobre el lago surgen dos puntos rojos.) ¡He aquí que ya se acerca mi poderoso adversario!... ¡Veo sus terribles ojos, color carmesí!»...

ARKADINA.- Huele a azufre. Tiene que oler así?

TREPLEV.- Sí.

ARKADINA.- (Riendo.) ¡Qué efecto más notable!

TREPLEV.- ¡Mamá!

NINA.- ¡Se aburre sin el hombre!...

POLINA ANDREEVNA.- (A DORN.) ¡Ya se ha quitado usted el sombrero! ¡Póngaselo, si no quiere coger frío!

ARKADINA.- El doctor se ha descubierto ante el diablo!... ¡El padre de la escoria eterna!

TREPLEV.- (Con súbito acaloramiento y fuerte voz.) ¡Se acabó el espectáculo! ¡Basta!... ¡Telón!

Chéjov, La gaviota, Acto Primero (fragmento), trad. E. Podgursky.

martes, 17 de octubre de 2023

Venatoria 2 - Lecturas 18

Juan Luis González-Ripoll, Narraciones de caza mayor en Cazorla, Everest, 1974 (en primer plano, Justo Cuadros Vilar, guarda mayor del Coto Nacional)
    Habíamos visto sus desmogues y eran extraordinarios, y don José María de la Cerda me había dicho:
    —Mira, Justo, que no se os pierda de vista este ciervo; cuando se mude de un sitio a otro que sepáis por donde anda, que vamos a procurar que lo mate el Caudillo.
    Pues ya nosotros, muy advertidos, con el interés del ciervo, le aprendimos las querencia, y los sitios por donde andaba y las ciervas que llevaba, y cuando acababa con una cuadrilla de hembras, porque ya no querían macho, pues se iba con otras, y si la querencia de estas era ir por otro sitio, allí se iba, y nosotros detrás. Iba cambiando de sitio, y nosotros lo íbamos siguiendo, siguiendo. Y le aprendimos hasta el berrido. Y como estaba cercana la venida del Caudillo, pues pusimos todo el interés en tenerle bien localizado.
    Por esos días ya la berrea iba muy avanzada, que esto era por el 20 de septiembre[1] y el ciervo estaba muy emperrado: había tomado muchas ciervas y estaba muy emperrado, y se estaba en el llano del pantano hasta que le calentaba el sol, y entonces se iba subiendo por las sombras y se metía buscando el frescor de la islilla, al pie de Cabeza de la Viña.
    Por eso, la idea que tenía don José María era poner al Caudillo al filo del Castillo antes de que amaneciese, y como el bicho pasaba la noche en el llano, al venir a recogerse, ahí lo mataba.
    Pero ocurrió que, con las idas y venidas de la gente de arreglar un puesto para que se pusiera el Caudillo, el ciervo se chanteó, y yo lo vi cómo se iba subiendo al Cerro del Almendral, cuando iba trasponiendo a meterse en el monte. Desde lejos lo estuve viendo con los prismáticos.
    Zapeado de aquel día, era muy raro que viniera al día siguiente, que era cuando tenía anunciada la llegada el Caudillo. Y yo no esperaba que volviera el ciervo, pero me dijeron que pusiera al Caudillo al pie del castillo, y así lo hice. Era muy de mañana e íbamos los dos solos, y yo llevaba los dos rifles, el catrecillo, la ropa de agua. Y estaba lloviznando y con neblinas. Y oíamos berrear al venado allí muy cerquita, que había muchos otros berreando también, pero el berrido del grande lo distinguía yo bien del de los demás.
    Se agarró a llover un poco fuerte, y luego se levantó aire, ya queriendo amanecer. Y empezaron los venados y las ciervas a retirarse buscando el monte, y el berrido del venado grande se oía cada vez más lejano, en dirección a la torreta de piedra que hay en la lomilla, junto al regajo, que hay allí unos robles muy grandes en la barranca.
    De manera que yo vi que aquello pintaba mal, y se lo dije al Caudillo:
    —Excelencia, aquí no hacemos nada. El bicho no viene aquí ya.
    —¿Y qué hacemos? —me preguntó.
    —Pues yo creo que el bicho se va a pegar a la solana —le dije—, y todavía quizá llegáramos a tiempo, porque él va con las hembras y se va entreteniendo, y a lo mejor llegábamos a tiempo antes de que salte a la carretera.
    Le pareció bien:
    —¡Ah!, pues vamos —dijo.
    Bajamos de allí, y al empezar a repechar le pregunté si quería que pidiera un caballo, porque y o tenía escondido al guarda en el Cerro del Almendral, y tenía convenido con él que si le hacía una seña con el pañuelo se viniera a nuestro encuentro y si le hacía dos señas se trajera un caballo. Total que le pregunté al Caudillo si quería un caballo, y él me preguntó si era muy lejos donde teníamos que ir.
    —No está lejos, excelencia —le dije—, un kilómetro o menos.
    —No pidas caballo, prefiero ir andando —me dijo.
    Le hice una seña al guarda y se vino para donde estábamos nosotros.
    Y se lo presenté al Caudillo y le dio la mano, y entonces yo le dije:
    —Corre, que el venado se ha volcado ahí como al nacimiento, a ver si le haces algún visaje y, como va con hembras, se entretiene en esas pinatadillas y nos da tiempo de llegar antes de que salte la carretera y se meta en la solana de la Paridera.
    Y esto ya era de día, pero al poquillo de amanecer, y el guarda echó delante trotando y nosotros nos fuimos detrás a paso más lento. Pero no habíamos andado cien metros cuando vimos al guarda asomarse a la lomilla y nos dijo por señas que el venado había traspuesto la cañada arriba hacia el collado. De manera que ya no había forma de cortarle, y salí con el Caudillo a la carretera y allí estaba toda la Plana Mayor.
    Bueno, conque a aguantar el chaparrón: si las cosas salen mal, ¿quién tiene la culpa?: Justo Cuadros. Conque ¡hale!, vengan quejas. Había un señor allí liado en una gabardina y la cogió conmigo: que si vaya fracaso, que si tal que si cual, que vaya caminata que le había metido al Caudillo, que no tiene usted perdón de Dios.
    Yo pensaba: «Este se cree que un venado es una vaca suiza que se lleva donde uno quiere». Y el Caudillo lo estaba oyendo, y, de pronto, se volvió a nosotros:
    —Bueno, Justo, ¿adónde hay que ir para matar el ciervo?
    Estábamos como a medio kilómetro de la Tinada de las Majaícas, esa paridera que se ve junto a la carretera en el kilómetro 30[2]. De modo que le dije al Caudillo:
    —Pues mire, excelencia, ¿ve aquel tejalillo, que es una tinada que decimos aquí?, pues trescientos metros por encima lo vamos a matar, porque allí tiene la cama y es muy probable que pase por allí. Que nos pongan un caballo para su excelencia.
    Le pareció bien. Y se formó un revuelo fenomenal: los caballos salieron trotando, el coche se puso al lado del Caudillo y salimos todos corriendo, y los de las boinas coloradas traspusieron detrás de nosotros en otro coche.
    Y en diez segundos estábamos en la tinada. Yo iba bastante confiado porque antes de arrancar el coche, en un descuidillo, me acerqué a mi primo Pedro Vilar, que tenía lo menos 12 o 14 guardas con él, y le dije:
    —Coge a toda la gente y me das un ganchillo por lo alto del collado, y si hubiera que traerlo cogido de un cuerno que asome el venado; que dé vista, por lo menos que lo vea el Caudillo.
    Llegamos a la tinada, y el Caudillo montó a caballo, y yo andando, y un guardia civil llevando otro caballo de la brida. Y subimos poco más de 300 metros. Y ya llegamos a un sitio que yo sabía que, si salíamos de allí y el bicho se había venido ligero, podíamos zapearlo, y le dije:
    —Excelencia, aquí era conveniente que se apeara.
    En seguida. No dio tiempo a que el civil le sujetara el estribo.
    De manera que le indiqué al guardia que se ocultara con los caballos en un vallejillo para que no hicieran visaje. Y el Caudillo y yo seguimos subiendo. Pero entonces me di cuenta de que venían detrás de nosotros lo menos seis u ocho guardias de esos de las boinas coloradas, que iban uno detrás de otro serpeando en fila india. Y venían 50 metros detrás de nosotros. «Éstos lo echan todo por alto», pensé. Y miré así al Caudillo, sin decir nada, pero él lo cogió en seguida:
    —¿Qué?, Justo.
    —Excelencia —le dije—, solos vamos mejor. Nos vamos a poner en un sitio muy reducido y la escolta nos va a estorbar.
    Se volvió un poco y les dijo:
    —¡Atrás! ¡Con los caballos!
    De manera que se metieron en el vallejo donde se había quedado el civil con los caballos y nosotros seguimos subiendo solos.
    Llegamos al sitio, que es como un poyato, que hace así como una cornisa y unos peñascos que nos cubrían por detrás, y por delante hacía una vaguada y subía una loma de pinos y monte, por donde yo esperaba que pasara el venado en busca del encame. Y saqué el hocino y corté unas ramas y las puse allí delante como pude para taparnos un poco. Le abrí el catrecillo y se sentó y yo arrimé una pedreceja y me senté a su lado. Y al poquillo de sentarme pasó por delante una reata de ciervas que iban careando tranquilas; y luego vimos un pitarro de cochinos y venados con sus ciervas. Pero pasaba el rato y ya llevábamos casi una hora, y el venado grande no asomaba. Y el sol ya alto, y yo todo era mirar para el collado con los prismáticos, y notaba que él empezaba a impacientarse.
    —¿Ves algo? —me preguntó.
    —No, excelencia. Pero hay que tener en cuenta que viene con hembras, la mañana está muy fresca y la mosca no ha empezado a actuar. Todo esto hace que se retrase.
    Y él me había preguntado que por dónde podía entrarnos.
    —Pues puede entrarnos por dos sitios: o por esas matas rubias que tenemos ahí enfrente, que son unos lentiscos que se han helado del invierno. Y también puede entrarnos, y es lo más fijo, por el filo del collado, entre el monte, y si baja por allí hay que tirarle antes de que se encame, que se mete al pie de la cuevecilla aquella y nos tiene aquí hasta la noche.
    Pasaba el rato y nada. Y el sol cada vez más alto. Y él me dijo:
    —Parece que tarda.
     —Pues sí, señor. Pero yo creo que acabará por venir. Y le dije esto porque yo confiaba en que mi primo me lo echara para abajo. Y si tardaba tanto era porque Pedro Vilar le había tomado las vueltas muy por alto, para evitar que se le fuera, y fue a cortarle dando la vuelta a un collado que está muy por encima de donde nosotros estábamos puestos, y si el venado no venía por su paso, Pedro me lo traería arreado, dando un ganchillo con sus guardas a todo el romeral aquel, sin hacer ruido ni nada: solamente apretando un poco al ciervo para nosotros.
    Y así fue: cuando el bicho se vio rodeado, tiró para abajo con sus hembras, y al llegar a lo alto del Castellón, se dejó atrás las ciervas y ellas tiraron para sus encames, y él se vino para donde tenía el suyo: al pie de la cuevecilla que teníamos frente a nosotros, a cien metros de donde estábamos puestos. Y hubo como una suspensión en el aire, y el sol pegó un linternazo en las lomas de enfrente, y en ese momento vi un cuerno relucir en lo alto del collado; y me cojo los prismáticos, y era el venado.
    —¡Ya está ahí! —le dije—. Por ahí viene; el filo abajo, por el collado.
    Yo deseando que él lo viera, por si no se ponía a tiro, por lo menos que lo hubiera visto. 
    Pues lo localizó con los prismáticos y lo clasificó de momento:
    —¡Uy, que hermoso es! ¡Qué ejemplar!
    Y el bicho, entre el monte, para abajo, para abajo. Yo le insistí:

    —Excelencia, no lo deje que se me meta en la cueva, que como se encame le oscurece ahí.
    Ya estaba con el rifle preparado, apoyado sobre la horquilla que yo le apañé, que como no se hincaba en la piedra se derringaba, y yo se la tenía sujeta con la mano. Y el bicho para abajo, y nada. Que no se ponía claro: se traslucía entre el monte, y cada vez más cerca de la cueva. Y no lo tiró. Y veo al venado que hace así dos veces con las manos y se replana allí, medio tapado por las ramas de un chaparro, y se tumbó.
    Pero se le veían dos rodalillos muy buenos por entre las ramas: el nacimiento del cuello, en las paletillas, y también se le veía bien el codillo. Dos sitios muy vitales. Pero el bicho estaba a más de 150 metros.
    —Sujétame bien la horquilla —me dijo— y fíjate si le doy.
    Como yo estaba pegado a él y tenía que sujetarle la horquilla con la mano derecha, tuve que pasar la izquierda por encima de su hombro y cogerme los prismáticos. Y él apuntando, apuntando. Sonó el tiro, y el retroceso me pegó en el brazo y me movió los prismáticos, de modo que yo no vi si le dio o no.
    Él, en seguida, pegó un cerrojazo y se quedó preparado, y yo en un segundo enderecé los prismáticos y vi como el bicho, al tiro, se tiró abajo entre el monte. Y yo mirando, mirando, y el animal quiso pasar un regajo, y al trepar la lomilla se cayó de culo, y le vi colorear toda la paletilla. Y el Caudillo mientras, con el rifle a pulso, buscando la ocasión de dispararle otra vez.
    —No siga apuntando, excelencia —le dije—, que lleva un tiro de muerte.
    —¡Ah! Pero ¿le he dado?
    —Sí, señor: lleva un tiro de pulmón que va echando sangre por la boca.
    Y el bicho allí entre el monte, y que no salía. Había unos clarillos entre los pinatos, que se veían muy bien las salidas, y el bicho no rompía, pero le veíamos de vez en cuando clarearse entre el monte, pero sin acabar de salir a lo limpio.
    Yo sabía que los guardas estaban agazapados en lo alto del collado y que Pedro Vilar nos estaba viendo con los prismáticos, de modo que le dije:
    —Si quiere su excelencia que nos desengañemos de cómo está el bicho, tengo unos guardas ahí arriba por si había que rastrear o bajar al ciervo. Si quiere su excelencia les hago una seña y que vengan a ver en qué condiciones está el bicho.
    —Sí, sí, llámalos; que vengan.
    Pues no hice ni más ni menos que echar mano al pañuelo, sin voces ni silbidos ni nada. Y ellos, que estaban atentos con los prismáticos, aunque estaban a un kilómetro de nosotros, pues la pillaron de momento, y Pedro me los enchufó a todos en ala y le asomaron al venado por arriba, para echarlo hacia los rasillos.
    Fue asomar los guardas a los puntales aquellos y ver al ciervo allí, que se caía, probaba a andar y se caía: daba un empellón, con el coraje, y se caía de culo. Y se levantaba.
    Y los guardas parecía que se habían vuelto locos:
    —¡Que se cae!
    —¡Que se levanta!
    Y hubo un momento en que se quedó atravesado en los rasillos, con la cabeza levantada, que parecía que iba a berrear, y las piernas apuntaladas que mal le sostenían de pie. Y entonces al Caudillo le dio lástima y, de su propia voluntad, me dio el rifle y me dijo:
    —Toma, Justo, anda, ve y lo rematas.
    Entonces sí me acordé yo de los de las boinas coloradas. No es que fuera lejos y yo no lo perdía de vista, pero tenía que dejarlo solo, y bajar todo el riscal, repechar y llegar adonde el bicho, y él mientras solo en lo alto del poyato aquel.
    Pero, en fin, salí trotando con el rifle y llegué rameando hasta donde estaba el ciervo, que ya se había tumbado, pero con la cabeza levantada y afirmándose todavía en las manos como si quisiera levantarse. Y me eché el rifle a la cara, pero como tenía la lente puesta y yo no había tirado con lente en mi vida y estaba a menos de 15 metros de él, pues lo que veía era unos matojos de pelos más gordos que dedos. Y lo que hice fue irme a la cabeza y desde allí correrme el cuello abajo hasta que me pareció que estaba en el codillo y entonces apreté el gatillo. El bicho abajo. Y me eché mano al cuchillo y acudieron todos los guardas.
    Corté unos cuantos pinatos para poner encima al ciervo, y les dije a los guardas:
    —Echad más pinatos aquí y que no se le roce el pelo, y lo sacáis a rastras hasta la tinada.
    Y me volví adonde estaba el Caudillo, que había seguido toda la operación con los prismáticos. Y cuando llegué a él, que no me había visto acercarme, le toqué el hombro y le dije:
    —¿Ve, excelencia, cómo se mataba?
    Yo estaba más emocionado que él. Me dio un abrazo y me dijo:
    —No cabe duda de que es el récord: nunca vi otro igual.
    Y vaya si lo era: el venado récord de España. Desde que se vienen homologando trofeos no se ha matado otro mejor. Ni después, tampoco.

[1] El día exacto de la cacería fue el 24 de septiembre de 1959, según consta en el Catálogo de Trofeos de Caza 2011 – 2017 (Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación., Madrid, 2022, p. 289), donde ocupa el puesto N.º 20 de los trofeos históricos de venado en terrenos abiertos (nota del autor del blog).
[2] De la carretera Cazorla-El Tranco (actual A-319), contado a partir del cruce con la de Vadillo Castril (JF-7091) (nota del autor del blog).

Juan Luis González-Ripoll, Narraciones de caza mayor en Cazorla, «El venado récord de España», Editorial Everest, 1974, pp. 213-219.

lunes, 24 de abril de 2023

Madame Tussauds Doñana

Juan Manuel Moreno Bonilla en Doñana, foto: Manuel Vidal, 15.10.19
Mondo brutto 20, anterior entrada del blog

Doñana delenda est. Todo suena como si Juanma Moreno imitase a Catón el Viejo, el senador romano, frugal pero empecinado, que acababa todos sus discursos con el lema Carthago delenda est. Ahora hay que destruir Doñana. Moreno lo intentó en 2022, con una propuesta parlamentaria que decayó. La reformuló hace unos días, firmándola con Vox.

Y tras los varapalos del Gobierno, la Comisión Europea y la Unesco, no la retira. Solo rectifica a medias: su consejero acude a Bruselas para “escuchar” a la Comisión. Este litigio acabará mal, sí o sí, para él y para su protector Núñez Feijóo, que se ha mojado a fondo en su defensa: solo admite la marcha atrás. Pues ampliar regadíos en el entorno del parque (legalizando pozos clandestinos) como propone, aunque no supone saquear directamente el acuífero del parque natural, lo socava. Pues “cualquier extracción que se haga, aunque esté a 30 kilómetros del corazón del parque nacional, tiene efectos sobre él”, certifica el director de la estación, Eloy Revilla.

El traspiés es ilustrativo. Aflora un negacionismo climático en el PP (¡en su ala moderada!), al atentar contra “el valor universal” del parque, la “excepcional diversidad del enclave” y al negarse al “cierre de pozos ilegales”, como le indicó la Unesco. Evidencia la dependencia de la derecha convencional respecto a su cisterna ideológica extremista, incluso si no la necesita.

Y desflora su reiterado intento de instrumentar a Europa en contra de los intereses españoles: atacó los fondos Next Generation; intentó socavar la reforma laboral que los viabilizaba; boicoteó la de las pensiones, que era otro requisito; acudió una y otra vez a Bruselas en misión antipatriótica... siempre abocada al fracaso. ¡Nostalgia de europeístas conservadores como Íñigo Méndez de Vigo, Marcelino Oreja o José María Gil-Robles!

El saqueo de Doñana es también contrario a la internalización de costes: los regalos a los agricultores incumplidores los ofrece la Junta; las multas las pagan de entrada todos los contribuyentes españoles, aunque luego puedan repercutirse a la causante. Y es el caso seguramente más importante en que la irresponsabilidad europea de una autonomía provoca que el Gobierno deba rectificarla, tras el intento de Canarias de saltarse una normativa arancelaria de la Unión, resuelto en 1989. No está mal, solo por intentar comprar unos cuantos votos de algunos agricultores desaprensivos.

Xavier Vidal-Folch, “Hay que destruir Doñana”, El País, 24.04.23

lunes, 7 de noviembre de 2022

Up & Down

 
La Virgen de la Cabeza sube a su santuario desde Andújar por el Camino Viejo
Foto: José Joaquín Quesada, 5.11.22
Yo no sé qué tiene mi Virgencita de la Cabeza
que de todas partes viene la gente sólo por verla.
Yo la contemplo, con aire entusiasmado,
a esa serrana que me tiene locamente enamorado.
¡Venga castañuelas, venga guitarras, venga alegría!
¡Móntate a mi grupa y vente conmigo a la romería!
Vamos cantando
en busca de una ilusión;
que muy cerca de los cielos
te voy a enseñar la ermita
donde se guarda el tesoro,
el que más quiero y adoro,
donde tengo el corazón.
 
Yo no sé qué tiene mi Virgencita de la Cabeza
que de todas partes viene la gente sólo por verla.
Yo la contemplo, con aire entusiasmado,
a esa serrana que me tiene locamente enamorado.
¡Venga castañuelas, venga guitarras, venga alegría!
¡Móntate a mi grupa y vente conmigo a la romería!
Y, entre romeros, a la cima llegarás;
y, entre vivas y saludos, gozarás;
y, con lágrimas en los ojos,
con tu boca cantarás:
 
«Al cerro subimos,
con grande fervor,
a ver a María,
la Madre de Dios.
Ave, ave, ave María;
ave, ave, ave María».
 
Letra de Joaquín Colodrero Ávalos para
Aires de romería, pasacalle de Emilio Díaz.

martes, 14 de junio de 2022

Camama

Centro comercial Plaza Norte 2, San Sebastián de los Reyes, Madrid
Foto: Antonio Erena (9.06.22)
Todo el mundo sabe
que eres versallesco
pero de camama;
y en tocante a fresco
más que el Guadarrama.

Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw,
«Las Chicas de Madrí» (fragmento), La Chulapona

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ENTREVISTA AL PALEOANTROPÓLOGO JUAN LUIS ARSUAGA

“La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado”

Adeline Marcos, El País, 31.05.2019

Las excavaciones en el yacimiento de Atapuerca en Burgos comenzaron a finales de los años setenta. En 1982 se incorporó el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954), que codirige la Fundación Atapuerca junto a Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro, además de ser director científico del Museo de la Evolución Humana en Burgos. Poco después, comenzarían a descubrirse restos fósiles humanos que arrojarían luz sobre la historia de la humanidad.

En la actualidad cientos de miles de personas visitan cada año el yacimiento y el museo, que según Arsuaga proporciona modernidad e identidad “de la buena”. “El centro es un buen ejemplo de cómo hacer las cosas”, declara.

Además del descubrimiento de fósiles, el científico se siente especialmente orgulloso de su participación en la creación del parque nacional de la Sierra de Guadarrama en Madrid en 2013. “Es lo más importante que he hecho en toda mi vida, incluso más que descubrir fósiles”, revela.

Junto a la publicación de su último libro Vida, la gran historia, el investigador ha sido nombrado recientemente presidente de la Fundación Gadea Ciencia con un objetivo: “Que la fundación se convierta en algo útil para la sociedad”. Pero para el paleoantropólogo, su cargo más importante es el de docente en la Universidad Complutense de Madrid.

Pregunta. ¿Se imaginó en algún momento qué hallazgos podrían producirse en Atapuerca?

Respuesta. No se podía imaginar y, de hecho, cada año sorprende. Lo mejor que puede ocurrir en un proyecto científico es que te sorprenda. Si no lo hace es que ya ha agotado sus potenciales.

P. ¿Y qué es lo que más le ha sorprendido a lo largo de estos años?

R. El hallazgo de tantos fósiles humanos es obviamente lo más importante en mi trabajo, pero en estos años han ocurrido cosas en Atapuerca y en la ciencia, como los análisis genéticos, con los que nadie contaba y ni siquiera imaginaba. Ahora tenemos estudios de ADN de hace 400.000 años. Ha sido una sorpresa para todo el mundo. En Atapuerca lo más importante ha sido el gran número de hallazgos de restos humanos, que aparecen más que en ningún otro sitio, aún más que en el resto de sitios juntos.

P. ¿Por qué se eligió el yacimiento de Atapuerca?

R. Es una historia que se parece a cualquier otra en el mundo de la ciencia. Uno tantea diferentes posibilidades, explora líneas, vías, algunas parecen más interesantes y ahí se pone más esfuerzo, se progresa y se obtienen resultados. Entonces se invierte más. La historia de Atapuerca no es el resultado de una intuición genial. En realidad Atapuerca no empezó a dar resultados hasta el año 1992, cuando se hizo el primer gran hallazgo. Pero los comienzos fueron muy duros, como lo son para un astrónomo, un biólogo molecular o un botánico. Al principio es una rueda que gira muy despacio. La ciencia tiene un método común. No hay tanta diferencia entre estudiar terremotos y buscar fósiles. Consiste en explorar lo desconocido y nadie sabe cómo hacerlo.

P. A pesar de trabajar con lo desconocido, ¿piensan en lo que sí podrían descubrir?

R. No, pero excavamos donde ya sabemos lo que hay. Estos yacimientos son para obtener más de lo mismo. Y luego está lo desconocido. Hay mundos nuevos que son los fascinantes y los ya conocidos que todavía se pueden conocer mejor. En Atapuerca tenemos eso, los mundos ya conocidos y otros que no conocemos bien.

P. Pero luego hay hallazgos, como el de una mandíbula en Israel que reescriben lo que ya sabíamos…

R. Bueno, no hay que hacerles tanto caso a los autores… Hay que matizar. A veces me preocupa cuando se dice que un hallazgo obliga a reescribir la evolución humana. Sería un desastre. Es como si antes no hubiéramos sabido nada. Si descubriéramos una nueva ciudad romana, ¿cambiaría todo lo que sabíamos sobre los romanos? ¡Hombre, no, estaría bueno! Se iluminan ciertas épocas o momentos de la evolución humana, pero sin pasarse.

P. Aunque habrá veces que sí sea el caso…

R. Sí, es verdad que a veces se producen descubrimientos que no cambian lo que ya se sabía, pero que amplían el conocimiento. Por ejemplo, en el año 1994 se pensaba que Europa había sido poblada hace medio millón de años, pero ese mismo año encontramos fósiles humanos en gran abundancia de hace 900.000 años. Es decir, 400.000 años más antiguos. Eso es como llegar a un continente desconocido, pero el descubrimiento de América no cambió Asia o Europa, simplemente añadió algo. La ciencia crece.

P. En cuanto a la pieza de maxilar hallada en Israel, su descubrimiento fue suficiente para determinar que el Homo sapiens salió antes de África. ¿Cómo es posible?

R. Es como encontrarse un reloj en un templo azteca. ¿Qué dirías? Esto es muy fuerte. Solo un reloj lo cambia todo. ¿Cómo pueden saber que hacían tecnología avanzada? Hombre, si hacían relojes… Hay casos que son obvios. Hay noticias que obligan a revisar muchas cosas. En realidad no aparecen relojes, sino perfeccionamientos o ampliaciones de lo que sabemos. En contra de lo que se piensa, la ciencia es sumamente cautelosa y conservadora. Las publicaciones científicas son muy sobrias.

P. ¿Por qué nos atrae tanto la antropología?

R. Porque nos interesan nuestros orígenes. Solo hay dos explicaciones: la religión y la ciencia. La gente quiere saber de dónde viene y por qué estamos aquí. Se suele decir que las tres preguntas de la filosofía vasca reflejan al ser humano: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? y ¿Adónde vamos a ir a comer? Pero además tenemos preocupaciones intelectuales: ¿qué hacemos aquí? ¿Qué nos ha creado? Hay quien busca una explicación religiosa, mística o extraterrestre, pero todo el mundo necesita saber por qué está aquí. Esa pregunta, inherente al humano, es la más importante que uno se puede hacer. Una vez que solucionas el tema de la comida, lo siguiente es eso [risas]. Los niños que nazcan en los próximos milenios van a hacerse la misma pregunta.

P. Y en realidad nunca se contestará del todo… ¿o sí?

R. La religión da una explicación falsa y los científicos lo explicamos. La felicidad personal de cada uno se la busca cada cual. Pero si quieres saber de dónde venimos, yo te lo explico. Si quieres saber por qué estamos aquí, yo te lo explico…

P. No sé si preguntárselo [risas]... ¿Por qué estamos aquí?

R. Mi nuevo libro va justamente sobre eso. La evolución, desde el origen del cosmos hasta el origen de la vida, pasa por diferentes umbrales: la aparición de la Tierra, la vida en ella, las células complejas, la conciencia, la mente simbólica, el pensamiento abstracto, etcétera. Cada uno de esos pasos pudo o no haberse realizado. A lo mejor no era necesario que ocurrieran o quizá eran inevitables. La pregunta es si la historia de la vida y la historia humana tienen una dirección, una flecha. El propio lector, con la información que le doy, decide si cada paso es algo que tenía que suceder o pudo no haber ocurrido nunca.

P. ¿Así que el lector se responde a sí mismo?

R. Sí, le dejo que decida por sí mismo. El lector es tan inteligente que puede llegar a sus propias conclusiones. Así yo no me hago responsable de la filosofía de los demás. Yo aporto todas las informaciones sobre lo que han pensado los diferentes genios. Yo cuento lo que hay, doy mi opinión, y lo que han dicho los más listos sobre los diferentes pasos que nos han hecho llegar hasta aquí.

P. ¿Ahora mismo podría decirme a mí por qué estamos aquí?

R. Tú estás aquí porque tu padre y tu madre se acostaron una noche. Pero hay que buscar la explicación. Y eso está en el libro.

P. Pero cuanta más información tenemos, más complejo nos parece el mundo…

R. Es que es muy complejo y contradictorio… Los que intentan simplificar lo complejo son muy peligrosos. Si cogemos, por ejemplo, el código genético que tenemos, el ADN, ¿es el único posible? ¿Podrían existir otros códigos genéticos? ¿Por qué tenemos este y no otro que podría ser mejor? ¿Por qué no?

P. Hablando de ADN, me viene a la cabeza el hallazgo de Denny, la hija de una neandertal y un denisovano. Con estos descubrimientos siempre sale a debate una pregunta recurrente: ¿Podrían ser Homo sapiens, neandertales y denisovanos la misma especie?

R. No, no lo somos. Ahora mismo, ¿tú estás hablando en español o en árabe?

P. Español, que yo sepa.

R. ¿Sabes que la palabra alcalde viene de ‘al-qadi’, de origen árabe? Pero no por eso es árabe lo que hablamos. Que tengamos palabras de origen árabe no convierte el español en árabe. Que tengas un 2% de genes neandertales no te convierte en una neandertal. En biología, como en las lenguas, todas las poblaciones tienen algunos genes de otras especies. Como no nos creó un dios, es esperable que las especies absorban genes unas de otras. Solo un creacionista podría pensar que las especies son puras, separadas y que no tienen contacto con otras.

P. Esas tres especies vivieron a la vez, pero solo compartimos un pequeño porcentaje de genes. ¿Es eso lo que nos distingue?

R. Tenemos genes de todas partes. Mira los españoles. Tenemos un montón de genes africanos y de las estepas. Mira los osos de Cantabria. Tienen un 2% de genes de osos de las cavernas. Es como si dijeras que el español fue creado por Dios como una lengua distinta del francés. En ese caso sí sería sorprendente que tuviéramos una palabra en común. Dios no se repite. Pero los idiomas son un producto de la evolución lingüística y, teniendo en cuenta que somos vecinos, no me sorprende que digamos cruasán aunque no seamos franceses, sino españoles. Ese mismo razonamiento aplícalo a la biología.

P. ¿Qué hay de los análisis genéticos que se venden ahora para conocer nuestro origen? Yo por ejemplo, que soy francesa, no tengo nada francés. Esto le habrá pasado a mucha gente. ¿Cómo se lo explicaría a esas personas?

R. Es que lo francés no existe, es un concepto político. Realmente no existen el gen francés ni el vasco. Son en realidad diferentes proporciones o mezclas.

P. Si la gente lo supiera, ¿cree que afectaría a los nacionalismos?

R. En principio, no tendría por qué. Que tengamos genes distintos no debería cambiar nada. El nacionalismo actual es más cultural. ¿Sabías que el apellido más común de Cataluña es Fernández, por ejemplo? El nacionalismo renunció hace tiempo al componente biológico y ahora se basa en la cultura. Utilizan otros elementos para definir la identidad. Ya puestos, yo no soy nacionalista y mi familia es vasca y vascoparlante.

P. Centrándonos en España, ¿con qué obstáculos se enfrentan la antropología, la arqueología y la paleontología?

R. Como decía Groucho Marx, ¿comparado con qué? Si lo comparamos con Argelia, pues vamos bastante bien. Si lo comparamos con Francia o Italia, ya vamos bajando. Pero se ha progresado. Tenemos un patrimonio inmenso y lo tenemos que saber contar. Hay que invertir. Las instituciones deben saber que esto es una industria o un recurso económico, en todo caso. Esa es la lucha que tenemos. Hay trabajo que hacer.

P. En parte, conocer nuestro pasado nos hace entender y valorar más nuestro presente, ¿no cree?

R. Sí, y nos hace más felices, espero. Aprendemos, disfrutamos, vivimos otras vidas. Yo siempre digo que la vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado. Eso no puede ser. Esa vida no es humana. Tiene que haber algo más pero aquí, en esta vida. Y esa otra cosa se llama cultura. Es la música, la poesía, la naturaleza, la belleza… Es lo que hay que apreciar y disfrutar porque, si no, esto es una mierda.

P. Nuestros antepasados seguramente sabían apreciar mejor la vida...

R. Hombre, claro. No trabajaban toda la semana ni iban el sábado al supermercado.

P. ¿Qué hemos hecho mal entonces?

R. Alguna cosa hemos hecho mal, pero aún estamos a tiempo. Tenemos a Mozart. No está mal. Apreciar la belleza es una cuestión de educación y sensibilidad. Busque lo que es bello en la vida. Hay mucha belleza.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Solitario

Luis Aldehuela, Monumento a Solitario, carretera Andújar-Puertollano, km 27
Foto: Antonio Erena (29.04.22)
No. Poblamos la sierra porque el hombre la teme y no la frecuenta. Porque es hostil a su débil fisiología y sus pobres sentidos adormilados. Porque significa para ellos un medio odioso, asfixiante en verano, gélido en el invierno y amenazador siempre.
Y al temer a la sierra, al rehuirla, nos la cede entera. Como es, con sus defectos y con su hermosura: violenta, peligrosa, despiadada, aunque fabulosamente bella…
El hombre se pierde, se desorienta en sus vericuetos de laberinto; se olvida incluso de que es inteligente cuando se encuentra cara a cara con la sierra. Quizá por eso la haya abandonado sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente, procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones, convirtiendo en páramos pelados sus laderas.
Pero, por hoy, es nuestra; aunque temporalmente y rifle en mano, se asomen a sus bordes, para aniquilarnos, unos pocos ejemplares humanos que no serían siquiera capaces de cruzar un horcajo en noche encapotada.
La sierra es nuestra aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyan artificiosamente la propiedad del suelo. Tan nuestra que, mientras algunos de los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella, comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus charcas fangosas.
¡Y a fe que es bonita!... Y a veces, hasta amable. Nuestros enemigos de dos pies ni la sienten ni la aman; pero si una mañana de primavera, con azuladas neblinas en los bajos y la salpicadura multicolor de las peonías en las vegas humildes o de las adelfas arropando el arroyo, bajaran a los barrancos que tanto evitan, se quedarían confusamente extasiados, abrirían bien los ojos atrofiados y dejarían de habitar en sus chozos mugrientos o en su sucias aglomeraciones de manada, malolientes a estiércol de gallina y a podridas verduras.
¡Cómo huele en cambio la sierra!... ¡A qué perfumes, honrados y gozosos de intemperie!... ¡Cómo vive y se agita de noche, cuando ellos duermen y los seres libres vagamos a nuestro antojo bajo las estrellas!

Jaime de Foxá, Solitario, 4.ª ed. septiembre de 1992, p. 50 (fragmento)

viernes, 29 de abril de 2022

La flor de la jara

Flor de la jara blanca (Cistus albidus), río Eliche, Los Villares
Foto: Antonio Erena (28.04.22)

Flor de la jara pringosa (Cistus ladanifer), Sierra Morena, Andújar
Foto: Antonio Erena (29.04.22)

lunes, 13 de noviembre de 2017

Locus amoenus 7

El puente de las Herrerías sobre el río Guadalquivir, cerca de su nacimiento
Fuente: loqueseocultabajoelsol.blogspot.com, 7.08
Ayer y hoy (y mañana) 6, anterior entrada del blog

Rey de los otros, río caudaloso,
que en fama claro, en ondas cristalino,
tosca guirnalda de robusto pino
ciñe tu frente, tu cabello undoso:

pues dejando tu nido cavernoso
de Segura en el monte más vecino
por el suelo andaluz tu real camino
tuerces soberbio, raudo y espumoso,

a mí, que de tus fértiles orillas
piso, aunque ilustremente enamorado,
tu noble arena con humilde planta,

dime si entre las rubias pastorcillas
has visto, que en tus aguas se han mirado,
beldad cual la de Clori, o gracia tanta.

              Luis de Góngora, Sonetos, XXII (1582)

¡Detente aquí, viajero! En estas peñas
nace el que es y será rey de los ríos,
entre pinos gigantes y bravíos,
que arrullan su nacer y ásperas breñas.

Él reflejó otro tiempo las enseñas,
las armas, los corceles y atavíos
de razas imperiosas, cuyos bríos
postráronse en sus márgenes risueñas.

Él se ensancha entre olivos y trigales,
cruza pueblos de hechizos y poesía
y al mar corre a rendirle sus cristales.

Mas, como lleva sal de Andalucía,
sus aguas vuelve a las del mar iguales,
para llegar más lejos todavía.

Y así van sus caudales,
triunfantes en el seno de las olas,
a las playas de América españolas.

             Joaquín y Serafín Álvarez Quintero,
Guadalquivir, En su nacimiento, en Cazorla

lunes, 31 de octubre de 2016

Ayer y hoy (y mañana) 6

Salto de los Órganos, río Borosa, sierra de Cazorla y Segura
El sur de España se desertizará si no se reducen las emisiones, Miguel Ángel Criado, El País
Paseo por el río Borosa (vídeo)

Encomienda su llanto á Guadalquivir en su nacimiento, para que le lleve a Lisi, donde va muy crecido

Aquí, en las altas Sierras de Segura
que se mezclan zafir con el del cielo,
en cuna naces, líquida, de yelo,
y bien con majestad en tanta altura.

Naces, Guadalquivir, de fuente pura,
donde tus cristales, leve el vuelo,
se retuerce corriente por el suelo,
después que se arrojó por peña dura.

Aquí el primer tributo en llanto envío
a tus raudales, porque a Lisi hermosa
mis lágrimas la ofrezcas, con que creces;

mas temo, como a verla llegas río,
que olvide tu corriente poderosa
el aumento, que arroyo me agradece.

Francisco de Quevedo, Parnaso Español (1648)

·····················································································

¡Oh Guadalquivir!
Te vi en Cazorla nacer;
hoy, en Sanlúcar morir.

Un borbollón de agua clara,
debajo de un pino verde,
eras tú, ¡qué bien sonabas!

Como yo, cerca del mar,
río de barro salobre,
¿sueñas con tu manantial?

Antonio Machado, Proverbios y cantares, LXXXVII