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miércoles, 22 de abril de 2026

Ayer y hoy 48

Francisco Ruiz (ensamblador) y Pedro de la Cuadra (escultura), Retablo mayor (c. 1623), convento de San Felipe de la Penitencia, Valladolid, fuente: Arte en Valladolid (blogspot), entrada del 24.08.11
Talleres de Arte Granda (adaptación y terminación e imagen de San Pedro), Luis Aldehuela (pintura), Retablo mayor (1965), iglesia de San Pedro, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 21.04.26

jueves, 18 de diciembre de 2025

Venatoria 13

Luis Aldehuela, Perdices, fuente: Alcalá Subastas, 19.06.25
Mi compadre Juan de Mata
fue a cazar en el invierno,
con la escopetilla al hombro
y la pólvora en un cuerno.

Al pasar por un arroyillo
tropezó con un palotillo,
y hizo la escopeta ¡pum!

Salieron las perdices
todas a revolotear,
y mi compadre Juan de Mata
no acertó ni a disparar.

Se le mojó la yesca,
se le mojó el mechero,
se le mojó la escopeta,
¡ay, pobre cazador!

Volvióse pa su casa
muy mohíno y cabizbajo,
diciendo entre dientes:
¡No vuelvo a cazar más pájaros!

«Mi compadre Juan de Mata», canción infantil de Jaén, su transcripción musical en María Dolores de Torres (Lola Torres), Cancionero Popular de Jaén, IEG, 1972, pág. 51.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Solitario

Luis Aldehuela, Monumento a Solitario, carretera Andújar-Puertollano, km 27
Foto: Antonio Erena (29.04.22)
No. Poblamos la sierra porque el hombre la teme y no la frecuenta. Porque es hostil a su débil fisiología y sus pobres sentidos adormilados. Porque significa para ellos un medio odioso, asfixiante en verano, gélido en el invierno y amenazador siempre.
Y al temer a la sierra, al rehuirla, nos la cede entera. Como es, con sus defectos y con su hermosura: violenta, peligrosa, despiadada, aunque fabulosamente bella…
El hombre se pierde, se desorienta en sus vericuetos de laberinto; se olvida incluso de que es inteligente cuando se encuentra cara a cara con la sierra. Quizá por eso la haya abandonado sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente, procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones, convirtiendo en páramos pelados sus laderas.
Pero, por hoy, es nuestra; aunque temporalmente y rifle en mano, se asomen a sus bordes, para aniquilarnos, unos pocos ejemplares humanos que no serían siquiera capaces de cruzar un horcajo en noche encapotada.
La sierra es nuestra aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyan artificiosamente la propiedad del suelo. Tan nuestra que, mientras algunos de los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella, comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus charcas fangosas.
¡Y a fe que es bonita!... Y a veces, hasta amable. Nuestros enemigos de dos pies ni la sienten ni la aman; pero si una mañana de primavera, con azuladas neblinas en los bajos y la salpicadura multicolor de las peonías en las vegas humildes o de las adelfas arropando el arroyo, bajaran a los barrancos que tanto evitan, se quedarían confusamente extasiados, abrirían bien los ojos atrofiados y dejarían de habitar en sus chozos mugrientos o en su sucias aglomeraciones de manada, malolientes a estiércol de gallina y a podridas verduras.
¡Cómo huele en cambio la sierra!... ¡A qué perfumes, honrados y gozosos de intemperie!... ¡Cómo vive y se agita de noche, cuando ellos duermen y los seres libres vagamos a nuestro antojo bajo las estrellas!

Jaime de Foxá, Solitario, 4.ª ed. septiembre de 1992, p. 50 (fragmento)

jueves, 12 de octubre de 2017

Agarre - Perritos 18

Luis Aldehuela, Agarre en el río, colección particular, Madrid, foto: Antonio Erena
La vida animal culmina en el miedo. Sortea el venado, certero, el obstáculo; con precisión milimétrica se enhebra raudo por el hueco entre dos troncos. Hocico al venteo, corvo hacia atrás el cuello, deja gravitar a su paso la regia astamenta que equilibra su acrobacia, como el balancín la del funámbulo. Gana espacio con prisa de meteoro. Su pezuña apenas toca la tierra; más bien —como dice Nietzsche del bailarín— se limita a reconocerla con la punta del pie; reconocerla para eliminarla, para dejársela atrás. De súbito, sobre el lomo de un jaro aparece al cazador el ciervo; lo ve sesgar el cielo con garbo de constelación, lanzando allá al dispararse los resortes de sus cabos finísimos. El brinco de corzo o venado —y más aún el de ciertos antílopes— es, acaso, el acontecimiento más bonito que se da en la Naturaleza. De nuevo gana el suelo a distancia, y acelera su fuga porque le andan ya en los jarretes resoplando los perros —los perros, fautores de todo este vértigo, que han transmitido al monte su genial frenesí y ahora, en pos de la pieza, con la lengua péndula, tendidos a todo su largo los cuerpos, galopan obsesos: podenco, alano, sabueso, lebrel.

José Ortega y Gasset, A “Veinte años de caza mayor” del conde de Yebes (prólogo, fragmento)