| Talleres de Arte Granda (adaptación y terminación e imagen de San Pedro), Luis Aldehuela (pintura), Retablo mayor (1965), iglesia de San Pedro, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 21.04.26 |
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miércoles, 22 de abril de 2026
Ayer y hoy 48
jueves, 18 de diciembre de 2025
Venatoria 13
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| Luis Aldehuela, Perdices, fuente: Alcalá Subastas, 19.06.25 |
fue a cazar en el invierno,
con la escopetilla al hombro
y la pólvora en un cuerno.
Se le mojó la yesca,
Al pasar por un arroyillo
tropezó con un palotillo,
y hizo la escopeta ¡pum!
Salieron las perdices
todas a revolotear,
y mi compadre Juan de Mata
no acertó ni a disparar.
todas a revolotear,
y mi compadre Juan de Mata
no acertó ni a disparar.
Se le mojó la yesca,
se le mojó el mechero,
se le mojó la escopeta,
¡ay, pobre cazador!
Volvióse pa su casa
muy mohíno y cabizbajo,
diciendo entre dientes:
¡No vuelvo a cazar más pájaros!
«Mi compadre Juan de Mata», canción infantil de Jaén, su transcripción musical en María Dolores de Torres (Lola Torres), Cancionero Popular de Jaén, IEG, 1972, pág. 51.
jueves, 20 de marzo de 2025
Desveda
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| Luis Aldehuela, Manada de lobos, fuente: Subastas Durán, 25.02.21 |
miércoles, 4 de mayo de 2022
Solitario
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| Luis Aldehuela, Monumento a Solitario, carretera Andújar-Puertollano, km 27 Foto: Antonio Erena (29.04.22) |
No. Poblamos la sierra
porque el hombre la teme y no la frecuenta. Porque es hostil a su débil
fisiología y sus pobres sentidos adormilados. Porque significa para ellos un
medio odioso, asfixiante en verano, gélido en el invierno y amenazador siempre.
Y al temer a la sierra,
al rehuirla, nos la cede entera. Como es, con sus defectos y con su hermosura:
violenta, peligrosa, despiadada, aunque fabulosamente bella…
El hombre se pierde, se
desorienta en sus vericuetos de laberinto; se olvida incluso de que es inteligente
cuando se encuentra cara a cara con la sierra. Quizá por eso la haya abandonado
sin discutirnos el derecho a habitarla. Por eso también, desgraciadamente,
procura vencerla y dominarla descuajando sus lomas, recortando sus manchones,
convirtiendo en páramos pelados sus laderas.
Pero, por hoy, es
nuestra; aunque temporalmente y rifle en mano, se asomen a sus bordes, para
aniquilarnos, unos pocos ejemplares humanos que no serían siquiera capaces de
cruzar un horcajo en noche encapotada.
La sierra es nuestra
aunque ellos en los libros gordos donde anotan sus cosas se distribuyan
artificiosamente la propiedad del suelo. Tan nuestra que, mientras algunos de
los que se dicen sus dueños apenas la conocen, nosotros vivimos en ella,
comemos de ella, sobre ella dormimos y en ella nacemos. Tan nuestra, que casi
somos tierra de su tierra a fuerza de hozar bajo su piel y revolcarnos en sus
charcas fangosas.
¡Y a fe que es bonita!...
Y a veces, hasta amable. Nuestros enemigos de dos pies ni la sienten ni la aman; pero si una mañana de primavera, con azuladas neblinas en los bajos y la
salpicadura multicolor de las peonías en las vegas humildes o de las adelfas
arropando el arroyo, bajaran a los barrancos que tanto evitan, se quedarían
confusamente extasiados, abrirían bien los ojos atrofiados y dejarían de
habitar en sus chozos mugrientos o en su sucias aglomeraciones de manada,
malolientes a estiércol de gallina y a podridas verduras.
¡Cómo huele en cambio
la sierra!... ¡A qué perfumes, honrados y gozosos de intemperie!... ¡Cómo vive
y se agita de noche, cuando ellos duermen y los seres libres vagamos a nuestro
antojo bajo las estrellas!
Jaime de Foxá, Solitario, 4.ª ed. septiembre de 1992,
p. 50 (fragmento)
jueves, 12 de octubre de 2017
Agarre - Perritos 18
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| Luis Aldehuela, Agarre en el río, colección particular, Madrid, foto: Antonio Erena |
La vida animal culmina en el
miedo. Sortea el venado, certero, el obstáculo; con precisión milimétrica se
enhebra raudo por el hueco entre dos troncos. Hocico al venteo, corvo hacia
atrás el cuello, deja gravitar a su paso la regia astamenta que equilibra su
acrobacia, como el balancín la del funámbulo. Gana espacio con prisa de
meteoro. Su pezuña apenas toca la tierra; más bien —como dice Nietzsche del
bailarín— se limita a reconocerla con la punta del pie; reconocerla para
eliminarla, para dejársela atrás. De súbito, sobre el lomo de un jaro aparece
al cazador el ciervo; lo ve sesgar el cielo con garbo de constelación, lanzando
allá al dispararse los resortes de sus cabos finísimos. El brinco de corzo o
venado —y más aún el de ciertos antílopes— es, acaso, el acontecimiento más
bonito que se da en la
Naturaleza. De nuevo gana el suelo a distancia, y acelera su
fuga porque le andan ya en los jarretes resoplando los perros —los perros,
fautores de todo este vértigo, que han transmitido al monte su genial frenesí y
ahora, en pos de la pieza, con la lengua péndula, tendidos a todo su largo los
cuerpos, galopan obsesos: podenco, alano, sabueso, lebrel.
José Ortega y Gasset, A “Veinte años de caza mayor” del conde de Yebes (prólogo, fragmento)
domingo, 30 de abril de 2017
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