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lunes, 16 de marzo de 2026

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Festón

Jarrón con festones (segunda mitad s. XVIII), plaza de Pamplona, jardín del Príncipe, Aranjuez, foto: Antonio Erena, 30.11.24
Del fértil seno de la madre España               
nace el altivo Tajo en breve cuna;                 
y, creciendo con rápida fortuna,                   
ceden los pinos a su adulta saña.                  
 
Si rompe cerros, si florestas baña,                
río es el Tajo; su corriente es una,                 
sea en la vega, anchísima laguna,                 
sea sierpe que enrosca la montaña.               
 
Miradle de Aranjuez en los vergeles,           
vedle desde la cántara extremeña;                
contempladle al llegar al Océano...               
 
Y así del alma, en cálidos rieles,                   
la idea brota, y rauda se despeña,                 
río caudal del pensamiento humano.
 
Antonio Ros de Olano, Progresión, en Poesías de Antonio Ros de Olano; con un prólogo de D. Pedro A. de Alarcón, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1886, fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

lunes, 2 de diciembre de 2024

Ayer y hoy 39

Santiago Rusiñol, Grupo de cipreses. Glorieta, IV, 1908, Meadows Museum, Dallas
Glorieta o cenador de Rusiñol, jardín del Príncipe, Aranjuez, foto: Antonio Erena, 30.11.24

jueves, 28 de noviembre de 2024

miércoles, 3 de julio de 2024

martes, 26 de abril de 2022

Nereidas

Fuente de las Nereidas en el claustro gótico del monasterio de Samos, foto: Antonio Erena (08.10.21)

Mientras avisan al padre prior de que andamos por aquí, y siendo quien soy, amigo de las fabulosas imaginaciones, me acerco al patio en que está la fuente de las Nereidas. No corre el agua desde las bocas de las ninfas, que la sequía impone su ley. Quizá le gusten al Padre Feijóo tanto como a mí. Fray Benito las imaginaba en su tiempo en el mar. «Cual nos las pintan los antiguos poetas, tal se hayan hoy en los mares, a reserva de la bocina de los tritones, cuyo eco no ha sido reconocido modernamente»... Ahí tenía el padre maestro en Samos, en la fuente que trajo fray Pedro de Vea, a las flores marinas, acaso Leyagore o Melite, las dulces... Si la fuente ésta, en vez de ser gracia barroca, fuese invención medieval, de los días de las famosas peregrinaciones, ¡qué de leyendas no hubiesen podido surgir en el camino! Y no sería la menor la que contase que las cuatro marinas, habiendo dejado la claridad del mar greco-latino por venir, orillas del Tenebroso arriba, a peregrinar a Santiago —remontando Ulla y Sar en un abril—, se habían retirado al regreso, por otros ríos subiendo, hasta este rincón, por el Miño al Neira, por el Neira al Samos. Y aquí hicieron largos ayunos y penitencias, que un monje puso en un códice miniado con pluma de ganso. Me detengo un rato largo rato contemplando las fabulosas oceánidas, y echo de menos, en el tranquilo patio, el canto del agua. ¡Dichosa sequía! Sólo hay una hora de agua al día, pero para los monjes, que no para la boca de estas damas griegas de larga cola. Y echo de menos las suaves, femeninas voces...

Álvaro Cunqueiro, «A visperas en Samos» (fragmento), en El pasajero en Galicia, Tusquets, 1989

miércoles, 1 de abril de 2020

Ayer y hoy 26

Dos turistas musulmanas pasan ante la estatua de don Pelayo, rey de Asturias (Domingo Martínez, 1750)
Plaza de Oriente, Madrid, foto: Antonio Erena Camacho (18.09.19)

martes, 31 de marzo de 2020

Casas 15 (confinados 1)

La granja de la familia Dickinson en Amherst, Massachusets, donde vivió Emily buena parte de su vida
Fuente: Museo Emily Dickinson (página web)
La vista desde mi ventana, Richard Ford, Babelia (27.03.20)

The soul selects her own society,
Then shuts the door;
On her divine majority
Obtrude no more.

Unmoved, she notes the chariot's pausing
At her low gate;
Unmoved, an emperor is kneeling
Upon her mat.

I've known her from an ample nation
Choose one;
Then close the valves of her attention
Like stone.


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El alma selecciona su propia sociedad,
luego cierra la puerta;
en su divina mayoría
no más intromisión.

Inmóvil, ella observa los carruajes parándose
ante su verja baja;
inmóvil, un emperador se arrodilla
sobre su estera.

Yo le he conocido a ella, de una vasta nación,
elegir a uno;
luego cerrar las valvas de su atención,
como piedra.

Emily Dickinson, Exclusion (Exclusión, 1862)
traducción: Antonio Erena

jueves, 16 de mayo de 2019

Cara y cruz

Miguel Blay, Monumento a Ramón de Mesonero Romanos, Jardines del Arquitecto Ribera, Madrid
Foto: Antonio Erena, 12.05.19 (vista anterior)
Miguel Blay, Monumento a Ramón de Mesonero Romanos, Jardines del Arquitecto Ribera, Madrid
Foto: Antonio Erena, 12.05.19 (vista posterior)
Madrid, una región partida en dos, Juan José Mateo, El País, 12.05.19

Por los años 1827 al 28, en pleno gobierno absoluto del señor Rey D. Fernando VII, y bajo la férula paternal de su gran visir D. Tadeo Francisco de Calomarde, nos reuníamos en grata compañía, los domingos por la mañana, en casa de D. José Gómez de la Cortina, hijo primogénito del conde del mismo título y hermano mayor del erudito bibliófilo, mi amigo, que después fue conocido por Marqués de Morante, todos o casi todos (que no llegaríamos seguramente a una docena) los jóvenes dados por irresistible vocación a conferir con las musas o a ensuciarnos las manos revolviendo códices y mamotretos; ocupaciones ambas que, atendidos los vientos reinantes a la sazón, tenían más de insensatas que de racionales y especuladoras.
Era, pues, la época en que, envueltas en una densa nube las letras y la ciencia, a impulsos de la ignorancia enaltecida, callaban de todo punto, sin tribuna, sin academias y liceos, sin Prensa periódica ni nada que pudiera dar lugar a polémicas o enseñanza. Una censura suspicaz e ignorante dificultaba la publicación de las obras del ingenio y prohibía y anatematizaba hasta las más renombradas de nuestro tesoro literario: los escritores de más valía, los hombres más insignes en las letras, hallábanse oscurecidos, presos o emigrados: los Quintana, Gallego, Saavedra, Martínez de la Rosa, Toreno, Gallardo, Villanueva y demás, eran sustituidos por autores ignorantes y baladíes, que empañaban la atmósfera literaria con sus producciones soporíferas, su desenfreno métrico, sus cantos de búho, sus absurdos escritos religiosos e históricos, sus novelas insípidas, de las cuales las más divertidas eran las que formaban la colección que, con el extraño título de Galería de espectros y sombras ensangrentadas, publicaba su autor D. Agustín Zaragoza y Godínez.
No es posible a cincuenta años de distancia formarse una idea, siquiera aproximada, de aquel silencio completo del ingenio, de aquel sueño de la cultura y vitalidad del pueblo de Cervantes y Lope, de Quevedo y Calderón.
En medio de esta oscura noche intelectual, a despecho de los rigores y suspicacia del Gobierno, y lo que era aún más sensible, de la indiferencia completa del público hacia las producciones del ingenio, no faltaban, sin embargo, algunos espíritus juveniles que, no satisfechos con la indigesta y vulgar instrucción que podían recibir en las aulas de San Isidro o de Doña María de Aragón, se lanzaban, ávidos de saber, a enriquecer sus conocimientos en el estudio privado de los archivos y bibliotecas, para adquirir una instrucción que por desgracia sólo les brindaba en perspectiva con los rigores de una persecución injusta o con la cama de un hospital.
Entre estos varios jóvenes, cuyos nombres fueron enaltecidos más adelante por sus trabajos literarios, recuerdo, además del amo de la casa, al distinguido diplomático D. Nicolás Ugalde y Mollinedo, que se ocupaba con aquel de traducir, ampliar y comentar la reciente Historia de la literatura Española, de Boutervek, que era lo más sustancial publicado hasta entonces en la materia; al sabio y modesto humanista D. José Mussó y Valiente, encargado, con Cortina, por el rey Fernando, de cuidar y dirigir la magnífica edición de las obras completas de Moratín, costeada por el mismo Monarca y estropeada por la censura; a Bretón de los Herreros y Gil y Zárate, que con sus primeras producciones dramáticas, habían conseguido galvanizar un tanto el cadáver del teatro español; a D. Rafael Húmara y Salamanca, discreto autor de muy lindas novelas; a D. José del Castillo y Ayensa, distinguido helenista, traductor de Píndaro; a D. Patricio de la Escosura, alférez de la Guardia Real de Artillería, que con la publicación de su novela El Conde de Candespina acababa de dar la primera prueba de su clarísimo ingenio; y más adelante a D. Mariano José de Larra, alumno de Medicina, a quien yo mismo presenté a Cortina a fin de que le recomendase al Rey para que fuese nombrado individuo de una Comisión facultativa que había de ir a Viena a estudiar el cólera; pero que en algunos folletos y poesías sueltas revelaba ya la travesura de aquel feliz ingenio, que tan alto había de colocar en adelante el pseudónimo de Fígaro; a D. Manuel de San Pelayo, excelente crítico, que escondía modestamente su vasta instrucción y sólidos trabajos literarios; a D. Enrique de Vedia, elegantísimo poeta y dueño de muchos conocimientos, el mismo que, después de seguir una brillante carrera administrativa, murió en Jerusalén, de cónsul general de España; a Serafín Calderón (el Solitario), que desde sus primeras producciones revelaba una feliz transmigración del talento y estilo de los Cervantes y Quevedos; al ingenioso Segovia, que llegó a hacer célebre, años después, su firma El Estudiante; al correcto y joven poeta Ventura de la Vega, en fin, que con sus magníficas octavas dirigidas al Rey, a su vuelta de Cataluña, acababa de recoger el cetro de nuestra lírica poesía.

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, Tomo II, Segunda Época, Capítulo II, 1827-1828, «La juventud literaria y política», I (fragmento)

martes, 16 de octubre de 2018

Senderos



Córdoba, jardines del palacio de Orive o de los Villalones, fotos: Antonio Erena (5.10.18)

En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta—simultáneamente—por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.

Jorge Luis Borges, "El jardín de senderos que se bifurcan", de Ficciones (fragmento)

lunes, 12 de marzo de 2018

Locus amoenus 10

Paseo de entrada en Las Ermitas, sierra de Córdoba, al fondo la iglesia de Ntra. Sra. de Belén
Foto: Antonio Erena (2.16)
Hay en mi alegre sierra
sobre las lomas,
unas casitas blancas
como palomas.

Le dan dulces esencias
los limoneros,
los verdes naranjales
y los romeros.

Allí, junto a las nubes,
la alondra trina;
allí tiende sus brazos
la cruz divina.

La vista arrebatada
vuela en su anhelo
del llano a las ermitas,
de ellas al cielo.

Allí olvidan las almas
sus desengaños;
allí cantan y rezan
los ermitaños.

El agua que allí se oculta
se precipita,
dicen los cordobeses
que está bendita.

Prestan a aquellos nidos
los querubes,
guirnaldas las estrellas,
mantos las nubes.

¡Muy alta está la cumbre,
la cruz muy alta!
¡Para llegar al cielo
cuán poco falta!

       Antonio Fernández Grilo,
Las Ermitas de la Sierra de Córdoba

domingo, 26 de junio de 2016

Histórica jornada

Isidro González Velázquez y otros, Palacete de la Moncloa
Foto: c. 1920
Rubén Amón, Españoles de sangre espesa
Pasión por Madrid, El antiguo palacete de la Moncloa (I)
Pasión por Madrid, El antiguo palacete de la Moncloa (II)


En un jardín te he soñado,
alto, Guiomar sobre el río,
jardín de un tiempo cerrado
con verjas de hierro frío.

Un ave insólita canta
en el almez, dulcemente,
junto al agua viva y santa,
toda sed y toda fuente.

En ese jardín, Guiomar,
el mutuo jardín que inventan
dos corazones al par,
se funden y complementan
nuestras horas. Los racimos
de un sueño -juntos estamos-
en limpia copa exprimimos,
y el doble cuento olvidamos.

                                                            Antonio Machado, Canciones a Guiomar, II (fragmento)