viernes, 22 de febrero de 2019

Aniversarios 36 - Exilios 6

Antonio Machado (26.07.1875-22.02.1939), retratado por Joaquín Sorolla (1917),
sala de lectura de la Hispanic Society of America (Nueva York)
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
Veía el horizonte cerrado por colinas
obscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aun van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna y su opulencia,
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,
pedía la conquista de los inmensos ríos
indianos a la corte, la madre de soldados,
guerreros y adalides que han de tornar, cargados
de plata y oro, a España, en regios galeones,
para la presa cuervos, para la lid leones.
Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles el amplio firmamento;
y si les llega en sueños, como un rumor distante,
clamor de mercaderes de muelles de Levante,
no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

El sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana
—ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.
Hacia el camino blanco está el mesón abierto
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

            Antonio Machado, «A orillas del Duero», Campos de Castilla, 1912

miércoles, 20 de febrero de 2019

martes, 19 de febrero de 2019

lunes, 11 de febrero de 2019

Ayer y hoy 23 - Calles 2

Madrid, Gran Vía, 27 (actual), 1941-42
De izq. a der.: Andrés Erena, José María Carazo, Patrocinio Erena, Amparo y Andrés Calabrús
Madrid, Gran Vía, 27
Foto: Antonio Erena, 4.02.19
Coches 18, anterior entrada del blog

miércoles, 30 de enero de 2019

Coches 20

El autor y su prima Meli R. Camacho en el Chevrolet Convertible Cabriolet 1931
("la Cacharreta") de su abuelo, Martos, 1962-63
Foto: Andrés Erena
Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz de la luna y al sueño, en la carretera desierta,
conduzco solo, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me fuerzo un poco para que me parezca,
que voy por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que voy sin haber Lisboa dejado o Sintra a la que llegar,
que voy, ¿y qué más habrá en ir sino no pararse pero ir?

Voy a pasar la noche a Sintra porque no puedo pasarla en Lisboa,
pero, cuando llegue a Sintra, me dará pena no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre,
esta angustia excesiva del espíritu por nada,
en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,
corre debajo de mí conmigo el automóvil que me han prestado.
Me sonrío del símbolo, cuando pienso en él, y al virar a la derecha.
¡En cuántas cosas que me han prestado voy por el mundo!
¡Cuántas cosas que me han prestado guío como mías!
¡Cuanto me han prestado, ay de mí, soy yo mismo!

A la izquierda la casucha -sí, la casucha- al borde la carretera.
A la derecha, el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que parecía hace poco proporcionarme libertad,
es ahora algo en lo que estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si estoy encerrado en ello,
que sólo domino si me incluyo en ello, si ello me incluye a mí.

A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta, más que modesta.
La vida allí debe ser feliz, sólo porque no es la mía.
si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha, soñará: ¡Ése sí que es feliz!
Tal vez para el niño que miraba por los cristales de la ventana del piso de arriba
me he convertido (con el automóvil prestado) en un sueño, en una hada real.
Tal vez para la muchacha que ha mirado, al oír el motor, por la ventana de la cocina
del piso bajo,
tengo algo de príncipe de todos los corazones de muchacha,
y me habría mirado de soslayo, a través de los cristales, hasta la curva en la que me he perdido
¿Dejaré sueños detrás de mí o es el automóvil el que los deja?
¿Yo, el conductor de un automóvil prestado, o el automóvil prestado que guío?

En la carretera de Sintra, a la luz de la luna, en la tristeza, ante los campos y la noche,
guiando desconsoladamente el Chevrolet prestado,
me pierdo en la carretera futura, desaparezco en la distancia que alcanzo,
y, con un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, acelero…
Pero mi corazón se ha quedado en el montón de piedras, del que me he desviado al verlo sin verlo,
a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra, cerca de medianoche, a la luz de la luna, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…

Fernando Pessoa, Álvaro de Campos, Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra (trad. Ángel Crespo)

martes, 29 de enero de 2019

Selección

Caricatura de Charles Darwin en el semanario inglés Vanity Fair de 30.09.1871
Texto del pie: Hombre del día Nº 33, "Selección natural"
Últimas noticias sobre Íñigo Errejón y Podemos en El Mundo

Tengamos también presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con condiciones físicas de vida, y, en consecuencia, qué infinitamente variadas diversidades de estructura serían útiles a cada ser en condiciones cambiantes de vida. Viendo que indudablemente se han presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede, pues, parecer improbable el que, del mismo modo, para cada ser, en la grande y compleja batalla de la vida, tengan que presentarse otras variaciones útiles en el transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, ¿podemos dudar –recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrían más probabilidades de sobrevivir y procrear su especie? Por el contrario, podemos estar seguros de que toda variación en el menor grado perjudicial tiene que ser rigurosamente destruida. A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados.

Charles Darwin, El origen de las especies por medio de la selección natural, Tomo I, Capítulo IV (fragmento), trad. Antonio de Zulueta

miércoles, 23 de enero de 2019

Silueta

Ferrer Lerín visita la exposición antológica 'Ferrer Lerín. Un experimento' (Rectorado de la Universidad de Málaga, 4.10.18 al 4.01.19) dentro del reportaje dedicado a la misma emitido en el programa Tesis (Andalucía TV, 19.01.19)
Foto: Antonio Erena
`Ferrer Lerín. Un experimento', página web de la UMA

Este es el embustero que a veces imita el ladrido del perro.
Este es el rey de la leña podrida y de los huesos de médula atinada.
Esta es la madre de figura capciosa que mece imprecisa la impudente alimaña.
Esta es la mujer de facciones morenas que cruza ligera las colinas cansadas.

Son cadáveres dispuestos al alba en atroces posturas,
reptantes longitudes que todo lo envenenan, valles asustados.
Padres convertidos en ogros de antro, septenarios ciegos,
parejas contrarias, visionarios pulcros en arte maduro,
reos aquejados de un rural siseo, cundió la costumbre de negar el uso
de suaves nodrizas, ¡serpientes, no hijos! proclamó el soldado,
taciturno hirsuto, mendigo de hierba que engrasa el ganado.

Núbiles obreras, de hábil maleficio, quemaron el lienzo,
vieron al enano que modela el barro, a Cruel, a Guisado,
a Sesenta Inviernos, a las Pestilencia –cuñadas enormes-
y a las Moribundo –primas elocuentes- forzar la sintaxis
que inclusivas hordas –amazonas bulbos-
vierten en el Húmedo. Pasmada montura,
nadar nunca pudo.

Francisco Ferrer Lerín, Furor censal, de su libro Hiela sangre

martes, 22 de enero de 2019

miércoles, 16 de enero de 2019

Casas 12

Rabadán 29, patio, amanecer
Foto: Concha Jiménez, 15.10.18
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Julio Cortázar, Casa tomada (inicio)