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| Casa de los Gramáticos, Brihuega, que fue del periodista y escritor Manuel Leguineche, foto: Antonio Erena, 02.02.25 |
El temor al atocinamiento ha planeado sobre los
intelectuales que eligieron vivir en el campo o en las pequeñas ciudades donde
cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído o cada soplo una lengua.
Nada más llegar a Salamanca, Unamuno escribió a un amigo para informarle que si
a los dos años de estar ahí se enteraba de que jugaba al tresillo a diario,
daba durante una o dos horas vueltas a la plaza y echaba la siesta, le
considerase un hombre perdido; pero que si pasado ese tiempo, seguía estudiando,
meditando, escribiendo y peleando en pelea pública por la cultura, le
considerase allí mucho mejor que en Madrid. Y así ha sido. También a Josep Pla
le preocupa sentirse «satisfecho, saturado, catalogado». A Unamuno le parece
que las ciudades despersonalizan, desindividualizan. Acepta la vida del pueblo
con sus inconvenientes, a los hombres con sus flaquezas. El mejor modo
de conocerse para el rector de la Universidad de Salamanca es «chocar, entraña
contra entraña, es decir, roca contra roca con un semejante». Se deja llevar
por el amor a la paradoja. Conoce a dos hombres que se ven a diario y no se
saludan, pero en el fondo se sienten uno atraído por el otro. «Cada uno de
ellos es la más constante preocupación del otro. Las más fuertes atracciones
son las que toman la apariencia del odio». A don Miguel le atraía la vida
provinciana «porque en ella es más fácil descubrir por debajo de una aparente
calma la tragedia. Y tanto como odio la comedia, amo la tragedia. Y sobre todo,
la tragicomedia». Jules Renard lo tradujo así: «Huir a un pueblo para
convertirlo en el centro del mundo». Hacer lo que a uno le da la gana es bueno
para la salud. «La felicidad —escribe Kafka— es comprender que el suelo sobre
el que te has detenido no puede ser mayor que la extensión cubierta por tus
pies».
Estamos como
quien dice atemorizados ante la idea de quién llamará a la puerta: el catastro,
Hacienda, el agente del Ayuntamiento con una multa, un impuesto, la policía…
Josep Pla, a
través de su tío Eduardo, advierte en La
calle estrecha sobre los peligros de la vida provinciana, la angustia
del tedio, el narcisismo al que se llega a través de la soledad, del ambiente
de campanario: «No vayas al café — recomienda— no juegues a cartas. No
frecuentes tertulias estúpidas alimentadas por chismorreos pornográficos o
insignificantes anécdotas políticas. Si lo haces quedarás asfixiado por el
ambiente. Todo lo verás a través de esa atmósfera en una escala infinitamente
pequeña. El ambiente pueblerino satisface porque es cómodo, fácil, asequible,
porque todo se halla el alcance de la mano. Pero la misma insignificancia de
las cosas lo convierte en un soporífero. Uno termina confundiendo a Napoleón
con la cabeza de los vigilantes nocturnos y a Mr Churchill con el oficial de
secretaría». En fin, que intoxicado de tonterías «las ilusiones se desvanecen,
la voluntad se agota, se pierde el sentido del humor y el de la paciencia».
Si eso ocurre es
que te has equivocado de pueblo. Hoy las conversaciones de tertulias están
plagadas de comadreos, de referencias televisivas. En cambio en un pueblo como
Cañizar, apenas si se habla de Isabel Preysler. Interesa más lo más próximo. Se
valoran la falta de pretenciosidad, las pequeñas y apasionadas cosas, el ardor
con el que cada testarudo defiende sus tesis y sus manías. A esta misma hora en
un salón literario se ponen a caldo unos a otros. Si te gusta el campo, la
taberna será la caja de resonancia de lo que ha ocurrido en el campo. ¿Es que
eso no enriquece? No existe ningún ser humano que esté totalmente desprovisto
de interés, creía Pla. Esa originalidad, esa diferencia, esa receptividad y
humanidad son las que habrás de aprovechar. Para lo demás está la tele:
Somos entre tanto felices
Seven o’clock.
Todo es bar y delicia oscura
¡Televisión!
(Jorge Guillén)
Manuel Leguineche, La
felicidad de la tierra, Alfaguara, 1999, págs. 35-37.