jueves, 21 de agosto de 2025

Twins 4

San Bonoso y San Maximiano (tomados erróneamente por San Servando y San Germán), Isbilya Subastas, 2019
Himno de los Santos Patronos de Arjona del maestro Bonoso Baena (YouTube)

Gloria, gloria
a Bonoso y Maximiano,
héroes invictos
de la ley de Dios.
 
Gloria en ellos 
al nombre de cristiano
que triunfo dieron
al morir los dos,
al morir los dos, 
al morir los dos.
 
Vivan los santos
patronos de Arjona,
cuyas banderas 
nos cubrieron al nacer.
 
Cantemos gozosos,
cantemos triunfantes 
y vivamos siempre 
en una misma fe.
 
Cantemos gozosos,
cantemos triunfantes 
y vivamos siempre 
en una misma fe.
 
Cristóbal Segovia Valero, "Himno de los Santos Patronos de Arjona", con música del maestro Bonoso Baena Córdoba, creado para el reestreno en 1913 de la obra teatral La comedia de los santos de 1828.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Aniversarios 82

Sombra humana grabada en la piedra de los escalones como consecuencia de la caída de la bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, fotografía: Yoshito Matsushige, fuente: El País, 06.08.25

Twins 3

Torcuato Ruiz del Peral, San Justo y San Pastor (1750), iglesia de los Santos Justo y Pastor, Granada, fotografías: Antonio Erena, exposición "Torcuato Ruiz del Peral. El otoño del barroco", Museo de Bellas Artes de Granada, 22.11.24
"Santos Justo y Pastor", en Memoria Hispánica, RAH

sábado, 26 de julio de 2025

Aniversarios 81

Antonio Machado (Sevilla, 26.07.1875 - Colliure, 22.02.1939) con su hermano Manuel (Sevilla, 29.08.1874 - Madrid, 19.01.1947), fuente: Pinterest
«Cronología de Antonio Machado», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
 
Antonio Machado, «XCVII. Retrato», de Campos de Castilla (1907-1917), en Poesías Completas, Selecciones Austral, Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1975, págs. 136-37.

sábado, 19 de julio de 2025

Aniversarios 80

Julio Cámara Romero (16.12.1942 - 19.07.2015) en el Teatro de la Ópera de Roma, antes del comienzo de la representación de El caballero de la rosa de Richard Strauss, foto: Antonio Erena 13.11.08
El caballero de la rosa de R. Strauss en la Ópera de Roma, 2008

jueves, 26 de junio de 2025

Twins 2

Vista de la entrada del parque municipal, Torredonjimeno, al fondo Jabalcuz y la Mella, años 60, fuente: Torredonjimeno en mi memoria (Facebook)

miércoles, 25 de junio de 2025

Miradas 29

Un grupo de armaos de la Macarena con el antiguo senatus llamado popularmente el Pájaro, foto: Nicolás Müller (1951), fuente: Fotos antiguas de la Semana Santa sevillana (Facebook)

CAPÍTULO 35. De los bienes espirituales sabrosos que distintamente pueden caer en la voluntad. Dice de cuántas maneras sean.
 
1. A cuatro géneros (de bienes) podemos reducir todos los que distintamente pueden dar gozo a la voluntad, conviene a saber: motivos, provocativos, directivos y perfectivos; de los cuales iremos diciendo por su orden, y primero, de los motivos, que son: imágenes y retratos (de Santos, oratorios y ceremonias.

2. Y cuanto a lo que toca a las imágenes y retratos), puede haber mucha vanidad y gozo vano, porque, siendo ellas tan importantes para el culto divino y tan necesarias para mover la voluntad a devoción, como la aprobación y uso que tiene de ellas nuestra Madre la Iglesia (muestra), (por lo cual siempre conviene que nos aprovechemos de ellas para despertar nuestra tibieza), hay muchas personas que ponen su gozo más en la pintura y ornato de ellas que no en lo que representan.

3. El uso de las imágenes para dos principales fines le ordenó la Iglesia, es a saber: para reverenciar a los Santos en ellas, y para mover la voluntad y despertar la devoción por ellas a ellos; y cuanto sirven de esto son provechosas y el uso de ellas necesario. Y, por eso, las que más al propio y vivo están sacadas y más mueven la voluntad a devoción, se han de escoger, poniendo los ojos en esto más que en el valor y curiosidad de la hechura y su ornato. Porque hay, como digo, algunas personas que miran más en la curiosidad de la imagen y valor de ella que en lo que representa; y la devoción interior, que espiritualmente han de enderezar al santo invisible, olvidando luego la imagen, que no sirve más que de motivo, la emplean en el ornato y curiosidad exterior, de manera que se agrade y deleite el sentido y se quede el amor y gozo de la voluntad en aquello. Lo cual totalmente impide al verdadero espíritu, que requiere aniquilación del afecto en todas las cosas particulares.

4. Esto se verá bien por el uso abominable que en estos nuestros tiempos usan algunas personas que, no teniendo ellas aborrecido el traje vano del mundo, adornan a las imágenes con el traje que la gente vana por tiempo va inventando para el cumplimiento de sus pasatiempos y vanidades, y del traje que en ellas es reprendido visten las imágenes, cosa que a ellas fue tan aborrecible, y lo es; procurando en esto el demonio y ellos en el canonizar sus vanidades, poniéndolas en los santos, no sin agraviarles mucho. Y de esta manera, la honesta y grave devoción del alma, que de sí echa y arroja toda vanidad y rastro de ella, ya se les queda en poco más que en ornato de muñecas, no sirviéndose algunos de las imágenes más que de unos ídolos en que tienen puesto su gozo. Y así, veréis algunas personas que no se hartan de añadir imagen a imagen, y que no sea sino de tal y tal suerte y (hechura, y que no estén puestas sino de tal o tal manera, de suerte) que deleite al sentido; y la devoción del corazón es muy poca; y tanto asimiento tienen en esto como Micas en sus ídolos o como Labán, que el uno salió de su casa dando voces porque se los llevaban (Jue. 18, 24), y el otro, habiendo ido mucho camino y muy enojado por ellos, trastornó todas las alhajas de Jacob, buscándolos (Gn. 31, 34).

5. La persona devota de veras en lo invisible principalmente pone su devoción, y pocas imágenes ha menester y de pocas usa, y de aquellas que más se conforman con lo divino que con lo humano, conformándolas a ellas y a sí en ellas con el traje del otro siglo y su condición, y no con este, porque no solamente no le mueve el apetito la figura de este siglo, pero aun no se acuerda por ella de él, teniendo delante los ojos cosa que a él se parezca. Ni (en) esas de que usa tiene asido el corazón, porque, si se las quitan, se pena muy poco; porque la viva imagen busca dentro de sí, que es Cristo crucificado, en el cual antes gusta de que todo se lo quiten y que todo le falte. Hasta los motivos y medios que llegan más a Dios, quitándoselos, queda quieto. Porque mayor perfección del alma es estar con tranquilidad y gozo en la privación de estos motivos que en la posesión con apetito y asimiento de ellos. Que, aunque es bueno gustar de tener aquellas imágenes que ayuden al alma a más devoción (por lo cual se ha de escoger la que más mueve), pero no es perfección estar tan asida a ellas que con propiedad las posea, de manera que, si se las quitaren, se entristezca.

6. Tenga por cierto el alma que, cuanto más asida con propiedad estuviere a la imagen o motivo, tanto menos subirá a Dios su devoción y oración; aunque es verdad que, por estar unas más al propio que otras y excitar más la devoción unas que otras, conviene aficionarse más a unas que a otras por esta causa sólo y no con la propiedad y asimiento que tengo dicho, de manera que lo que ha de llevar el espíritu volando por allí a Dios, olvidando luego eso y esotro, se lo coma todo el sentido, estando todo engolfado en el gozo de los instrumentos, que, habiéndome de servir sólo para ayuda de esto, ya por mi imperfección me sirve para estorbo, y no menos que el asimiento y propiedad de otra cualquiera cosa.
 
San Juan de la Cruz, La subida del Monte Carmelo (1579 - 1583), Libro Tercero, Cap. 35 (fragmento), edición online en Documenta Catholica Omnia.

martes, 24 de junio de 2025

Ayer y hoy 40 - Árboles 1

Juan Martínez Montañés, San Cristóbal con el Niño Jesús (1597-98, realizado con madera de pino de Segura según se estableció en su contrato), iglesia del Salvador, Sevilla, fuente: Sevilla, vida y leyenda (blogspot, entrada del 18.12.21)
Pie del pino Galapán (pino salgareño, Pinus nigra salzmannii), cañada de la Fuenfría, Santiago de la Espada, foto: Antonio Erena, 14.06.25
Al bosque me llevó mi fantasía,
y en su fondo erizado de retamas
hallé un gigante pino, cuyas ramas
eclipsaban la luz del mediodía.
 
Su viejo hendido tronco parecía
reptil informe de ásperas escamas,
y su copa volcán de verdes llamas
que sobre tierra y aire se extendía.
 
Bajo su dulce sombra reclinado
en los goces pensé de la existencia,
y en la felicidad que va a su lado:
 
recordé de los años la sentencia,
até al pino un cordón bien ensebado,
¡y no me estrangulé... por indolencia!

Manuel del Palacio, «Maldita pereza», de Cien sonetos políticos, filosóficos, biográficos, amorosos, tristes y alegres, Imprenta de T. Fortanet, Madrid, 1870.

miércoles, 18 de junio de 2025

Brumas 12

La altiplanicie de los Campos de Hernán Pelea (o Perea) desde el puerto de la Losa (carretera de Santiago de la Espada a Huéscar), foto: Antonio Erena, 15.06.25
De difuntos que no se podían enterrar hasta la primavera ha habido muchos casos. Me acuerdo del Tío Marcos, que se murió en un majal que tenía pasando Las Zarzas y allí lo tuvieron hasta el mes de mayo, que, por fin, pudieron sacarlo, terciado sobre un haz de leña, en una mula y darle sepultura en el cementerio de Bujaraiza.
Y lo mismo le pasó al Tío Feligrés, que ahí hasta tuvo que ver el Juzgado. Y esto pasó hace muchos años, lo menos treinta y cinco o cuarenta.
El Tío Feligrés tenía una cortijada que le decían «La Pinarilla», metida en lo hondo de los Campos de Hernán Pelea, que son unas navas muy extensas, sin árboles, todo llano, que forman como una meseta en lo alto de la sierra, y aquello está lo menos a 2.000 metros de altura, de modo que los inviernos son muy fríos y la nieve sube todo lo que quiere y no se quita hasta la primavera.
Ya aquello es un desierto, sólo para las monteses y para las víboras. Pero hasta hace unos cuarenta años se cultivaba todo y había muchos hatos de ganado por todas partes, que eran terrenos mancomunados de la Sociedad de Ganaderos de Santiago de la Espada.
El pasto de los Campos siempre ha sido muy apreciado por los ganaderos, porque son unos pastos muy finos y muy curados; que, por no haber árboles ni monte, nunca están sombreados y son pastos muy alimenticios y que dan unas carnes muy prietas, que daban mucho peso y las pagaban muy bien los marchantes; que, aunque el pasto no es muy abundante, allí más vale onza que libra.
Los campos de Hernán Pelea estaban muy repartidos entonces: casi todo eran propiedades pequeñas, de gentes que vivían en Santiago de la Espada o en la Puebla de don Fadrique, y cuando llegaba el tiempo de la sementera, iban allí a hacer las faenas y se guarecían en chozas o en cuevas, y luego se volvían a los pueblos, hasta que en verano volvían a recoger las cosechas.
Todavía se ven cuevas que tienen un cerramiento de piedras trabadas, pilladas con argamasa, y un ventanuco y una puertecica, y se ve que han sido apañadas, desde muy antiguo, para vivir allí las criaturas. Y se ven también restos de hornos de piedra, medio ahumados todavía, que se usaban para cocer el pan de centeno. También había cortijadas grandes: «La Tamarilla», «El Cortijo de la Mala Pata», «La Pinarilla», «El Cortijo de la Fuen Fría», «El Campo del Espino». Pero todo quiebra en la vida, y de aquello no queda nada.
En el cortijo de «La Pinarilla» vivía de siempre el Tío Feligrés, que era ya un viejo muy viejo, de más de ochenta años, muy trabajado y que había penado mucho para criar a sus hijos. Y vivía allí arriba siempre, en verano y en invierno, como habían vivido su padre y su abuelo antes que él: con su mujer y sus hijos, y sus nueras y sus yernos y sus nietos. Y tenía una ganadería grande de vacas y cabras blancas y ovejas de una casta muy fina, y también tenía yeguas de vientre para criar muletos.
En «La Pinarilla» había unas tinadas o parideras grandes para cobijar al ganado por las noches de invierno. Y las cabras se guardaban del frío de la noche en cuevas, que vivían como las monteses.
Pues una tarde, ya entre dos luces, salió el Tío Feligrés a buscar una yegua que andaba balduenda para llevarla a la tinada, y había mucha nieve y niebla en los campos, y la yegua, que andaba retozona, le dio que hacer para pillarla, y, ya al oscuro, volvió sola.
Al ver que no volvía el Tío Feligrés, la familia salió a buscarle, y le echaron voces, y anduvieron buscándole y buscándole, y ya era de noche cerrada, y la niebla se espesó más y no daban con él. Y entonces armaron una fogata grande para que el viejo la viera y pudiera orientarse si estaba perdido. Y no llegó. Y soltaron los perros para que le buscaran, y los perros volvieron solos. Y lo esperaron toda la noche, y como empezó a nevar más sobre los dos metros de nieve que ya había, todos sabían, sin decirlo, que estaba muerto.
Y muerto lo encontraron por la mañana. Y lo llevaron a la casa y lo lavaron y lo amortajaron con su ropa mejor, y lo pusieron sobre una mesa de pino en la sala y lo estuvieron velando.
Pero afuera no paraba de nevar sobre la nieve que ya había. Y pasaban los días y se fueron acostumbrando a ver al difunto allí puesto en la sala, y ya habían gastado todo el llanto en él y habían dicho mil veces todo lo que se podía decir de él, y no era posible llevarlo a enterrar a Santiago de la Espada: que había veinte kilómetros de llanura con dos metros de nieve y la que caía del cielo.
De manera que los nietos pequeños empezaron a jugar allí, al lado del muerto, y jugaban a entierros y a muertos; y los mayores, al principio, les regañaban, pero luego se fueron acostumbrando y les dejaban hacer.
Pasó una semana y otra, y el Tío Feligrés estaba como si hiciera media hora que se había muerto, pues en la sala, con la ventana entreabierta, aquello era una nevera, y ni olía mal ni dada.
Y como la sala estaba junto a la cocina, todos entraban y salían, y lo veían y echaban un suspiro y se salían. ¿Qué iban a hacer? Todo estaba dicho y llorado.
Un día, uno de los yernos sacó la baraja y se pusieron a jugar al truque. Ningún daño le hacían al muerto con jugar al truque. Y afuera no paraba de nevar. Y pasó la Navidad, y por Reyes uno de los hijos pensó que lo mejor era llevar al difunto a una camareta que había cerca de la casa, a veinte metros de la casa, y ponerlo allí hasta que se pudiera llevar a enterrar.
Y así lo hicieron.
Y los vivos siguieron jugando al truque y metiendo leños de enebro en la candela. Y ya nadie hablaba del muerto, porque todo lo que se podía decir estaba dicho.
Por fin, llegó la primavera y pudieron mandar recado a Santiago de lo que había pasado, y como la muerte no había sido natural, el Juzgado mandó decir que lo dejaran quieto hasta que fueran ellos a levantar el cadáver.
Pasaron más días, hasta que una mañana se presentó el Juzgado y la Iglesia en «La Pinarilla», y los pillaron a todos jugando a las cartas. Fueron a ver el cadáver, y encontraron que los gatos le habían comido la cara. Y, al verlo, el juez torció el hocico y los quería llevar a todos a la cárcel por abandono del cadáver. Pero el cura, finalmente, como los conocía y sabía que eran personas de bien, convenció al juez para que no hubiera castigos. Pero el juez dispuso que se buscara a los gatos que le habían roído la cara, que eran cuatro o cinco gatos medio cimarrones. Y como habían comido del muerto, mandó que los mataran y los llevaran a Santiago para enterrarlos junto al difunto.
Y resultó un entierro muy sonado, que iba el Tío Feligrés en su caja de pino pintada de negro, y detrás, en un cajoncete, los cinco gatos que habían comido de él.

Juan Luis González-Ripoll, “El entierro del Tío Feligrés”, Narraciones de caza mayor en Cazorla, Everest, 1974.

lunes, 16 de junio de 2025

jueves, 12 de junio de 2025

Primavera 10

Tomás Yepes, Florero sobre un pedestal en un fondo de paisaje, pájaros y fruteros con peras y cerezas, Museo de Bellas Artes de Valencia (adquirido en 2025 en Subastas Fernando Durán), fuente: Ars Magazine (página web)

martes, 10 de junio de 2025

Calles 16

Olivo, rotonda en la Avenida de Europa (el Vadillo), Martos, foto: Antonio Erena, 24.05.25

Empiezan a florecer los almendros. La mamá perdiz apeona seguida de sus perdigones, ufana, cruza la carretera y se pierde entre los olivos. El olivo es uno de los objetos de deseo de mis amigos cañizarenses. Cavar olivos, estallar olivos, escamondar, limpiar olivos, varear olivos con varas de brezo, recoger olivos. Se pasan el día entre olivos. No creo que lo que obtengan de ese trajín sea mucho, pero manda el respeto sacramental al árbol sagrado. «Hazme pobre en madera —dice el proverbio marroquí—, te haré rico en aceite. Acaríciame, no me pegues, si quieres otra vez mis frutos. Pódame mucho, abóname bien, si no, deja que otro lo haga». Estamos en el planeta olivo. Para Unamuno el mundo se parte en dos. La línea divisoria pasa por el río Loira. «Al sur de la frontera viven hombres pequeños y morenos que cocinan con aceite de oliva y son dioses. Al norte habitan hombres rubios que cocinan con mantequilla y son esquimales».

El olivo es el árbol mágico de estos y otros campos. Ocho olivos quedan en Getsemaní, que yo los he visto y contado. Son del tiempo de Cristo. ¿Cómo explicar esa sacralidad, esa carnalidad que une al olivarero, al campesino con ese árbol totémico, delicado, modesto y sublime? Llevo años oyendo hablar del olivo como ser vivo. Veo como miman los olivos, los limpian, los podan, los cuidan. Es el símbolo mediterráneo cantado por Sófocles, el árbol de los dioses. Es más una civilización que un árbol. Cuenta el Génesis que la paloma, agotada del largo vuelo, llegó hasta el Arca de Noé con una rama de olivo en su pico. Nos anunció de esta manera que habían descendido las aguas del diluvio universal. Fue el primer árbol que brotó después de la cólera de Dios, el primero que floreció para celebrar la nueva alianza entre el cielo y la tierra, el reino de la paz. «El tiempo de la paz universal se acerca —escribe Shakespeare en Antonio y Cleopatra—. Para probar que ese será un día de prosperidad, todos los rincones del mundo mostrarán la rama de olivo».

No tiene el olivo la grandeza de la haya o la majestad del roble o del arce, sus hojas son vulgares y sus frutos menos espectaculares que los de la higuera o la palmera datilera, pero éste es el árbol del Mediterráneo, de Andalucía o del Oriente Próximo. Es alimento, perfume, ungüento para los más diversos males, para la salud y la belleza, para alimentar el fuego del hogar. El aceite servía para bruñir las estatuas de los dioses, las ramas del olivo para coronar a sus vencedores de las Olimpiadas.

Ha sido el árbol pintado por Van Gogh o Renoir, cantado por Homero, por Sófocles hace veinticinco siglos: «Aquí crece un árbol bendito, un árbol ignorado en Asia, un árbol indomable, un árbol inmortal, alimento de nuestras vidas, el olivo son hojas de plata». Se lee en el libro XXIII de la Odisea por boca de Ulises: «En medio del recinto, un olivo generoso esparcía su follaje, y su tronco era como un grueso pilar: en torno a él levanté los muros de nuestra cámara, y cuando la hube provisto de una puerta de madera maciza y sin grietas, despojé al olivo de sus frondas, cepillé el tronco hasta la raíz y luego, una vez que lo hube encuadrado y pulido, enclavijé el lecho contra él».

Su color era el de los ojos de Atenea. Sus semillas se plantaban en el camino de las conquistas, grácil pero resistente a los siglos y a las inversiones. Se cuenta que volvió a florecer el día siguiente del incendio de Atenas por los persas. El helenista francés Lacarriere ve en el olivo la exigencia de «la paciencia y la imaginación». Es el árbol sapiens, de la sabiduría griega, de los amorosos cuidados, de la lenta maduración, de la longevidad.

Manuel Leguineche, La felicidad de la tierra, Alfaguara, 1999, págs. 313-316.

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