viernes, 10 de abril de 2020

Viernes Santo 2020

Joaquín Romero Murube (primero a la derecha) en el traslado de la Virgen de la Soledad
a la parroquia de San Jerónimo (Sevilla, 28.01.1965), fuente: Pasión en Sevilla
Viernes Santo. El alma y el cuerpo están cansados de tanto esplendor. ¿Queda aún otro paso? Sí. Nuestra Señora de la Soledad. Es la última. Sale de San Lorenzo, del barrio más puro de Sevilla. Es una hermandad pobre, humilde. La Virgen va transida de dolor, del dolor de la soledad, el dolor más real y aparente de todos los dolores. En el ambiente está ya plasmado el tedio de la fiesta y la Soledad pasa un poco entre el dormitar de todos. Va casi sola en su dolor. Silencio, fin, agotamiento. Los hermanos de la Soledad lloramos está soledad en que camina nuestra Virgen. Las sillas se apilan informes, contra las aceras. No nos miran. Por entre la sombra y el silencio de las calles vamos con Nuestra Virgen de la Soledad en soledad. ¡Bendita sea!

Joaquín Romero Murube, «La Soledad», de Sevilla en los labios.

miércoles, 8 de abril de 2020

Miércoles Santo 2020

El paso de la Virgen de las Angustias (Torcuato Ruiz del Peral, 1750)
delante de la puerta del Vino de la Alhambra en su procesión del Sábado Santo
Foto: Pepe Torres (2015)
«El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.
A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.
O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.
El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá una vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y antiespectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile.
Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón. En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los “soldaos” romanos para ensayar. Los “soldaos” no eran cofradía, como los jacarandosos “armaos” de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: “porón..., ¡chas!”, y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los “soldaos” romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: “Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias”, dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.
Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con el tatachín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía.
Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.
Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.
El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.
La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue oscura y sin expresión...; sin expresión, no, que en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el palacio de Carlos V, que sostienen el duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual.
Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman “los tíos turistas”, para ésos no está abierta el alma de la ciudad».

Federico García Lorca, Pregón (alocución radiofónica) de la Semana Santa granadina, Unión Radio (Madrid, abril 1936)

martes, 7 de abril de 2020

Martes Santo 2020

Córdoba, la cuesta del Bailío
Foto: José Luis Sarralde (Guías Viajar, página web)
Jerusalén del patio y la calleja
si Roma del nivel y la plomada;
meditación en bulto levantada
si llama que en la alberca se refleja;

en andas de ciprés y plata vieja
va la cal de su tarde, ya morada,
gozando, padeciendo la afilada
vacilación de cirios que la aqueja.

Santa Inés en su calle; y en su huerto
la albahaca que sostiene el Martes Santo
de tu Plaza Mayor de los Dolores.

Con ojeras de ver el cielo abierto
transcurre de su dolor a su quebranto
la gente de los ojos almanzores.

                                       Rafael Porlán, A Córdoba

lunes, 6 de abril de 2020

Lunes Santo 2020

El Cristo de las Misericordias o del Bambú (atrib. Salvador de Cuéllar, segunda mitad s. XVI) pasa delante de la catedral de Jaén, foto: Antonio Erena, 18.04.11
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Blas de Otero, «Hombre», Ángel fieramente humano (1950)

viernes, 3 de abril de 2020

Dolores 2020

La Virgen de los Dolores de Córdoba (Juan Prieto, 1719)
Fuente: Wikipedia
Por los muros de cal y madreselva
ya despierta en abril. Por aquel aire
musical y estrellado. Por aquella
vacilante penumbra de los cirios
y la luna de Córdoba. Sus calles.

Errante su dolor como un aroma
de violetas heridas en el alba.
Soledad y silencio. Sus puñales
refulgentes, vivísimos, clavados
en su transido corazón de Madre…

(Plata desnuda o cálida, entrañable
orfebrería de manos, sostenidas
en lágrimas, vigilias o plegarias,
alzándose infinitas tal humana
pleamar de sufrimiento cada día).

Por esquinas de Córdoba y sangrantes
callejuelas teñidas de crepúsculo…
¡Dolorosa del pálido quebranto
en su divina faz transverberada
por el misterio de la primavera!

Mario López, «Virgen de los Dolores (Córdoba)»,
Museo simbólico (1982) 

jueves, 2 de abril de 2020

Parecidos razonables 24

Mujer padaung (jirafa), Chiang Mai, Tailandia (11.02.15)
Fuente:  Descubriendo el mundo (madoum.wordpress.com)
Cayetana Álvarez de Toledo
Foto tomada el 16.03.19, fuente: Wikipedia

miércoles, 1 de abril de 2020

Ayer y hoy 26

Dos turistas musulmanas pasan ante la estatua de don Pelayo, rey de Asturias (Domingo Martínez, 1750)
Plaza de Oriente, Madrid, foto: Antonio Erena Camacho (18.09.19)

martes, 31 de marzo de 2020

Casas 15 (confinados 1)

La granja de la familia Dickinson en Amherst, Massachusets, donde vivió Emily buena parte de su vida
Fuente: Museo Emily Dickinson (página web)
La vista desde mi ventana, Richard Ford, Babelia (27.03.20)

The soul selects her own society,
Then shuts the door;
On her divine majority
Obtrude no more.

Unmoved, she notes the chariot's pausing
At her low gate;
Unmoved, an emperor is kneeling
Upon her mat.

I've known her from an ample nation
Choose one;
Then close the valves of her attention
Like stone.


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El alma selecciona su propia sociedad,
luego cierra la puerta;
en su divina mayoría
no más intromisión.

Inmóvil, ella observa los carruajes parándose
ante su verja baja;
inmóvil, un emperador se arrodilla
sobre su estera.

Yo le he conocido a ella, de una vasta nación,
elegir a uno;
luego cerrar las valvas de su atención,
como piedra.

Emily Dickinson, Exclusion (Exclusión, 1862)
traducción: Antonio Erena

viernes, 20 de marzo de 2020

Música popular 96

De izq. a der.: Miguel Matamoros, Siro Rodríguez y  Rafael Cueto, el Trío Matamoros
Fuente: blog Calle Heredia
Son De la Loma, Miguel Matamoros (audio)

Era una cocainómana consuetudinaria
que le entregó su alma a la voluptuosidad
para vivir gozando una vida imaginaria
y no sufrir viviendo una vida de verdad.

La conocí una noche de lúbricos placeres
en una burda infecta de un trágico arrabal,
ella era la elegida entre todas las mujeres
sensuales y lascivas del dios del bacanal.

No quiero más cocaína,
no me quiero envenenar.
Yo quiero vivir, Celina,
sufriendo la vida real.

No quiero coca que me sofoco,
a mí la coca, mamá, me pone loco.

Que es gozar un sufrimiento,
el sufrimiento es el goce;
cuando más grande es el goce
mayor será el sufrimiento.

martes, 17 de marzo de 2020

Último atardecer

Vista de la campiña de Torredonjimeno desde el cortijo de Valero o del Prior, foto: Antonio Erena, 12.03.20
Siempre me asomo al viso
desde donde columbro
la campiña a lo lejos.

Olivares y olivos
y cortijos de nombres
que han estado de siempre
sonando en mis oídos.

                                    José Antonio Muñoz Rojas
                                               ¡Y esta casa tan bella! (fragmento)

miércoles, 25 de diciembre de 2019