Mostrando entradas con la etiqueta Matrimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Matrimonio. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de octubre de 2025

Excéntricos 38

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 10.01.1956), foto: Victoria Iglesias (2018)
Salir a la calle ha sido como entrar en un mar con oleaje. Quién es él entre la gente que lo esquiva apresurada, se pregunta. Soy un hombre anciano que pasea a su perra, se responde. Tal vez no sea en rigor un anciano, aunque sin duda lo es para los jóvenes con los que algunas noches se cruza, grupos testosterónicos que parecían haber desaparecido del mapa y han vuelto más temibles que antes. A veces los une el fútbol, otras, como el viernes pasado, el Cara al Sol no tan improvisado en la esquina de su casa: mismo corte de pelo, misma vestimenta, musculación hormonada, esa férrea voluntad de algunos hombres de parecerse unos a otros. Él es el hombre solo, aturdido y temeroso, sin más propósito que comprar un periódico. Ya en sí este es el inicio de una historia anacrónica. Pasea a una cachorrilla atolondrada. Sujeta con fuerza la correa porque los autobuses recorren la calle a una velocidad inusitada, acercan tanto las ruedas a la acera que siente un escalofrío al pensar que podrían llevársela por delante. Decía Buñuel en sus memorias que de la vida eterna solo esperaba poder salir cada veinte años de su tumba, comprar el periódico, ver cómo estaba el mundo y regresar al sueño eterno. Qué pensaría Buñuel de este mundo precipitado que él atraviesa ahora con el mismo propósito: asomarse a unas páginas para luego volver a refugiarse en casa. Qué pensaría su padre, se pregunta, si levantara la cabeza esta mañana y observara atónito a toda esta gente que se le cruza sin mantener un mínimo contacto visual porque anda sumergida en una pantalla. ¿Sabría aquel hombre del campo ponerle un nombre apropiado a esta extrañeza? Hace tiempo que se siente fuera de época, pero no lo dice, ni lo escribe, porque teme afianzar una misantropía que lo recluya y lo induzca a rehuir a la multitud. ¿No acusan con frecuencia a los hombres de edad, de la suya, de ser iracundos? Él no se ve como una amenaza para nadie, es que no tendría fuerzas para serlo, muy al contrario, siente que ya no ocupa casi espacio, como si se fuera poco a poco desvaneciéndose. Se acobarda cuando ocupan la acera estas nuevas hordas de varones enormes, el renovado furor de motoristas que atraviesan la ciudad dejando a su paso una estela de ruido o al sentir el estruendo de esos coches deportivos tan en boga que arañan el asfalto y son alquilados por un día para asustar a los hombres de pobres propósitos como él: comprar el periódico, pasear a su perra, seguir una rutina que lo aferre a la vida, contrarrestar su creciente invisibilidad. No hay vida sin ambición, dicen, y se pregunta cuál es la suya. Refugiarse en su cuarto de juegos, como cuando era niño; los juegos son prácticamente los mismos. No ha cambiado nada en él, los mismos miedos, las mismas fantasías. Qué fracaso de aprendizaje, piensa cuando se entrega a pensamientos negros. Echa de menos la presencia de su padre en la huerta, aunque ya no tiene ni edad para ser huérfano. Aun así, la vida no lo ha tratado mal, se dice, al fin y al cabo, cuántos pueden entregarse a tareas solitarias y lanzar luego aviones de papel por la ventana para dar cuenta al mundo de su existencia: “¡Sigo aquí!”. A menudo se encuentra con un viejo en una silla de ruedas empujada por una chica de acento dulce. El viejo tiende la mano para acariciar a la perra y él se la sube al regazo. La perrilla le devuelve algo de la memoria perdida. Ignorado perro de la dicha, escribió Onetti. “Mejores que las personas”, murmura el viejo antes de emprender uno de sus últimos paseos.

Soy el hombre al que le van cerrando kioscos, piensa, el hombre de la Edad del Papel, y paseo a mi tercera perra. Soy el protagonista de un cuento del siglo XX. Y entonces, al alzar la vista, la ve. Tan suya. Avanza hacia él y al acercarse lo agarra fuerte por los hombros como si quisiera sacarlo del agua. Él no sabe si es una aparición del pasado o del futuro, pero de pronto se siente a salvo.

Elvira Lindo, «Sentirse a salvo», El País, 19.10.25

jueves, 24 de mayo de 2018

Excéntricos 17 - Perritos 23

Giuseppe Tomasi con su mujer y dos perros, 1940
Foto: Mondadori Portfolio
Don Fabrizio no se tomó la molestia de explicarlo; se sumió en sus pensamientos. ¿Dinero? Ciertamente que Concetta tendría una dote. Pero la fortuna de los Salina había de dividirse en siete partes, en partes no iguales, de las cuales las de las muchachas sería la mínima. ¿Y qué? Tancredi necesitaba algo más: de Maria Santa Pau, por ejemplo, con los cuatro feudos ya suyos y todos aquellos tíos sacerdotes y ahorrativos; de una de las chicas Sutera, tan feíllas, pero tan ricas. El amor. Evidentemente, el amor. Fuego y llamas durante un año, cenizas durante treinta. Él sabía lo que era el amor... Y Tancredi, ante quien las mujeres caerían como fruta madura...

De repente sintió frío. El agua que tenía en el cuerpo se evaporaba y la piel de los brazos estaba helada. Las puntas de los dedos se le arrugaban. ¡Y qué cantidad de penosas conversaciones en perspectiva! Había que evitar...

—Tengo que vestirme, padre. Le ruego que diga a Concetta que no estoy molesto, pero que volveremos a hablar de todo esto cuando estemos seguros de que no se trata sólo de fantasías de una muchacha romántica. Hasta ahora, padre.

Se levantó y pasó al cuarto-tocador. Desde la vecina iglesia parroquial llegaba lúgubre el tañido de campanas de un funeral. Alguien había muerto en Donnafugata, algún cuerpo fatigado que no había resistido el gran dolor del verano siciliano, que le habían faltado las fuerzas para esperar la lluvia.

«Dios lo haya perdonado —pensó el príncipe, mientras se pasaba la loción por las patillas—. Ahora se cisca en hijas, dotes y carreras políticas.» Esta efímera identificación con un difunto desconocido fue suficiente para calmarlo.

«Mientras hay muerte hay esperanza», pensó. Luego se encontró ridículo por haber llegado a tal estado de depresión por el hecho de que su hija quería casarse. «Ce sont leurs afaires, après tout», pensó en francés como hacía cuando sus meditaciones se empeñaban en ser desvergonzadas.

Sentóse en una butaca y se adormeció.

Giuseppe Tomasi, El gatopardoCapítulo Segundo, Conversación en el baño (fragmento)