martes, 30 de abril de 2024

Casas 20

Fachada interior de can Esclòp (casa Esclopea), Es Bòrdes (Las Bordas), Valle de Arán, foto: Antonio Erena, c. 1990
     Más allá de la Artigueta y su cienaguilla, y dejando a mano derecha el sendero del bosque de Bericaube, que devuelve al caminante a Viella, el viajero, sin pasar el puente de Tourreles, toma por el arriate que va por la cuesta abajo de estribor del río y se llega, a la hora de almorzar y, ¡ay!, también al tiempo que lo deja sin almorzar— a Les Bordes. El río Jueu nace en el pedregal que nombran Güells del Jueu, al pie de la cresta de Pumero; las aguas vienen, perdidas y bajo tierra como topos, desde el Forat d’Aigualluts, en la vertiente de la Maladeta. Esto de la hidrografía es ciencia hermética y medio mágica, que no siempre se descifra con facilidad. La artiga de Lin, o vallonada del Jueu, es quizás la más exuberante y frondosa de todas las artigas aranesas; también la que guarda mayor misterio y poesía. La artiga de Lin se hunde hasta el lago Pumero y el pico de la Forcanada; al sur —y por encima de todos los demás— se recorta la silueta de los montes Malditos, a cuya primer ladera puede pasarse por el senderillo de cabras del coll de los Araneses.
     Les Bordes, a la izquierda del Garona y sobre su repecho, es un pueblo moribundo que ha perdido hasta la memoria de su pasado y aún no tan lejano bienestar pastoril. Hay pueblos que parecen enfermos crónicos, caseríos que semejan fantasmas, y aldeas (y hasta ciudades) que fingen el doloroso gesto del pájaro herido que no puede volar. Les Bordes es paraje que se quemó demasiado deprisa, lugar que envejeció ganándole por la mano el tiempo. Al viajero, Les Bordes se le antoja un pueblo deshabitado o habitado por muertos (tampoco muy históricos ni famosos). Por aquí anduvieron las políticas piedras del Castell-Lleó, el baluarte del legal señor de horca y cuchillo; de él no quedan sino dos lápidas: una gótica, sepulcral y confusa, al lado de la iglesia; y la otra, conmemorativa de algo y no demasiado antigua (del XVI), que luce su orfandad en la ventana de una casa. Les Bordes no fue, en su origen, sino el escenario de las bordas en las que guardaban el ganado los vecinos de Benós y de Begós, al otro lado del Garona. Al viajero se le ocurre que llamar, pomposamente, Les Bordes de Castell-Lleó a estas parideras queda un poco excesivo y rimbombante.
     Al viajero y a su amigo Llir [1], en Les Bordes, les costó Dios y ayuda convencerse de que no habrían de encontrar nada, ni caliente ni frío, para comer. Después de patearse el pueblo, sin suerte y de un lado al otro, en busca de una fonda o de algo que se le pareciese, el viajero con la gazuza cantándole polkas en la panza, se dio de manos a bruces con dos gitanas jovencitas vendedoras de toallas y de cortes de traje, más garridas y bien plantadas que misericordiosas, y con más ganas de cachondeo de la que los hambrientos suelen aguantar.

Camilo José Cela, «Mont-Corbizón y, al final, la raya de Francia» (fragmento), en Viaje al Pirineo de Lérida, 1965, incluido en Judíos, moros y cristianos y otros escritos de viaje, ed. DeBolsillo, 2021.

[1] El perro que acompaña al viajero (nota del autor del blog).

jueves, 25 de abril de 2024

martes, 23 de abril de 2024

Sant Jordi

Anónimo, San Jorge matando al dragón (c. 1430-1450), Museo Nacional de Arte de Cataluña
San Jorge matando el dragón en 3D

Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de hombres vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas con que cubrían alguna cosa que debajo estaba: estaban empinadas y tendidas y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los que comían y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:

—Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entalladura que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

—Si sois servidos —respondió don Quijote—, holgaría de verlas, pues imágines que con tanto recato se llevan sin duda deben de ser buenas.

—¡Y cómo si lo son! —dijo otro—. Si no, dígalo lo que cuesta, que en verdad que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y porque vea vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced y verla ha por vista de ojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:

—Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.

Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:

—Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

—No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo don Quijote:

—Este sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía:

—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.

No había más imágines, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban:

—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.

—Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres así de la figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágines y, despidiéndose de don Quijote, siguieron su viaje.

Quedó Sancho de nuevo, como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni suceso que no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria…

Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo LVIII (fragmento), ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 1998.

lunes, 22 de abril de 2024

Quijotes y Sanchos 2

Asador Alfonso VIII, Alcaraz, foto: Antonio Erena, 02.03.24

—Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen. Solo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias como de la cena y camas.

—Luego ¿venta es esta? —replicó don Quijote.

—Y muy honrada —respondió el ventero.

—Engañado he vivido hasta aquí —respondió don Quijote—, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra.

 

—Poco tengo yo que ver en eso —respondió el ventero—. Págueseme lo que se me debe y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.

 

—Vos sois un sandio y mal hostalero —respondió don Quijote.

Y poniendo piernas a Rocinante y terciando su lanzón se salió de la venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho.

 

El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo que pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría, porque, siendo él escudero de caballero andante como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero y amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida, porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.

Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera Parte, capítulo XVII (fragmento), ed. del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, 1998.

jueves, 18 de abril de 2024

Cartelas

Juan de Aranda Salazar (diseño) y Martín de Ximena Jurado (texto latino), primera cartela (derecha) en el exterior del santuario de las Sagradas Reliquias (1644), Arjona, foto: Antonio Erena, 18.04.24
A LOS SANTOS BONOSO Y MAXIMIANO MARTIRIZADOS POR PUBLIO DACIANO, PREFECTO DE LAS ESPAÑAS, CUYOS CUERPOS FUERON REVESTIDOS UNA NOCHE EN ESTE LUGAR CON CELESTIAL RESPLANDOR Y SEPULTADOS CON SIGILO, Y POR ÚLTIMO EN EL PRESENTE SIGLO, ILUMINADOS CON MILAGROSOS, FRECUENTES Y BRILLANTES FULGORES QUE MOSTRABAN EN EL AIRE SIGNOS TRIUNFALES DE CRUCES, Y POR DIVINA INSPIRACIÓN ENCONTRADOS DESPUÉS DE MIL TRESCIENTOS VEINTE AÑOS. POR ESTOS Y OTROS DONES AUGUSTÍSIMOS Y DIVINÍSIMOS, ANTE LOS CUALES SE SUSPENDE LA MENTE HUMANA, EL EMINENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO DON BALTASAR DE MOSCOSO Y SANDOVAL, PRESBÍTERO CARDENAL DE LA SANTA IGLESIA ROMANA DEL TÍTULO DE LA SANTA CRUZ DE JERUSALÉN, EN EL AÑO 25 DE SU EPISCOPADO DE JAÉN, POR VOTO DE SUS HIJOS A AQUELLOS A QUIENES SE DEBEN MAYORES Y MÁS AUGUSTOS DONES, PARA ALABANZA, HONOR Y JUSTA VENERACIÓN Y PARA MEMORIA DE ELLOS, CON GRAN PIEDAD, ERIGIÓ TEMPLO Y ALTARES, CON DEDICACIÓN DEL OBSEQUIO EN EL AÑO DE CRISTO DE 1644 Y 24 DEL REINADO DE FELIPE IV REY DE LAS ESPAÑAS. EL SENADO Y EL PUEBLO DEL MUNICIPIO ALBENSE URGAVONENSE ARJONENSE DEDICÓ ESTA PIEDRA.

Juan de Aranda Salazar (diseño) y Martín de Ximena Jurado (texto), segunda cartela (izquierda) en el exterior del santuario de las Sagradas Reliquias (1644), Arjona, foto: Antonio Erena, 18.04.24
A LOS BIENAVENTURADOS DEL DIOS ÓPTIMO MÁXIMO, SANTÍSIMOS Y TRIUNFADORES DE LA IMPÍA REBELIÓN DEL PREFECTO ROMANO DE SEVILLA, EN LA GUERRA CIVIL DE ANDALUCÍA, MILITANDO BAJO LAS BANDERAS DE LOS EMPERADORES, CUANDO APENAS HABÍAN SALIDO DE LA PUBERTAD, Y ADEMÁS TRIUNFADORES DEL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS Y DE LOS MISMOS EMPERADORES DIOCLECIANO Y MAXIMIANO, EN LA DÉCIMA PERSECUCIÓN GENERAL CONTRA LA IGLESIA DE DIOS, BAJO EL PODER DEL PREFECTO DE LAS ESPAÑAS, PUBLIO DACIANO, EL 21 DE AGOSTO POR EL AÑO DE CRISTO DE 308, A LAS TRES DE LA TARDE, SIENDO BONOSO DE 20 AÑOS Y MAXIMIANO, SU HERMANO, DE 18 AÑOS DE EDAD, FUERON CORTADAS SUS CABEZAS, VENCIENDO GLORIOSAMENTE POR LA FE DE CRISTO, DESPUÉS DE SUFRIR RIGUROSA PRISIÓN Y ATORMENTADOS CON SED CONTINUA EN LA MITAD DEL ESTÍO Y CON EL SUPLICIO DE LA TRÓCLEA. Y EN ESTE MISMO SITIO Y LUGAR, DONDE SE CREE QUE ALCANZARON LA PALMA DEL MARTIRIO, SUS CUERPOS SAGRADOS, QUE YA HABÍAN SIDO NEGADOS POR EL PRESIDENTE A LOS PADRES DE LOS MÁRTIRES, NATURALES DE LA COLONIA ILITURGI FORO JULIO, HOY LLAMADA ANDÚJAR, EN SECRETO SEPULTADOS POR CIERTOS SOLDADOS CRISTIANOS QUE SALIERON DE ESTE ALCÁZAR NOCTURNOS Y CAUTELOSOS, AL VER DICHOS CUERPOS REVESTIDOS DE UN RESPLANDOR ESPECIAL. EL MUNICIPIO ALBENSE URGAVONENSE A SUS INDULGENTÍSIMOS PATRONOS DEDICÓ TEMPLO Y ALTARES Y ESTA PIEDRA E INSCRIPCIÓN POR DECRETO DE LOS DECURIONES.

Textos traducidos en la obra de Isabel Castro Latorre y Juan Eslava Galán, Los Mártires de Arjona, Instituto de Estudios Giennenses, Diputación Provincial de Jaén, 2022, págs. 376-378.

miércoles, 17 de abril de 2024

Silencio (2)

José López Arjona (Torredonjimeno, 1910 - 2005), Cartujo leyendo (lápiz, clarión y carboncillo sobre papel continuo, c. 1945, c. p.), foto: Antonio Erena, 16.04.24
Silencio, anterior entrada del blog

La palabra ruido aparece muy pronto en Don Quijote de la Mancha. Aludiendo en primera persona a su amarga experiencia de la cárcel, Cervantes dice que en ella “toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación”. Viejo soldado que había conocido el fragor de las explosiones y los gritos en la batalla de Lepanto, cautivo en Argel durante cinco años, huésped frecuente de las terribles ventas y posadas de los caminos de Castilla y Andalucía, Cervantes era una de esas personas de disposición sosegada que se vio casi siempre acosado por los tristes ruidos del mundo. Por eso celebra tantas veces en su literatura el silencio, y lo califica repetidamente de maravilloso, un refugio y un antídoto contra las estridencias y las cacofonías de una realidad inhóspita. En uno de los capítulos más misteriosos de la Segunda Parte, cuando don Quijote y Sancho se encuentran acogidos en la casa de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo que disfrutan más los dos, además del buen trato y la comida abundante, es el “maravilloso silencio” que reina en ella. Es el silencio lo que prevalece en ese capítulo en el que no hay ninguna peripecia: inventado casi él solo el arte de la novela, Cervantes inventa también esa novela en la que no ocurre casi nada, salvo lo más difícil de contar, que es el fluir cotidiano de la vida, sin tramoya de argumento ni de golpes de efecto, como en una historia de Flaubert o de Chéjov, o en una página de diario de Josep Pla.

Amar el silencio y el sosiego es un grave inconveniente para quien vive en España. He conocido a japoneses que se indignan contra ese lugar común tan repetido y al parecer tan infundado de que España es el país más ruidoso del mundo después de Japón. Si yo escribiera mi autobiografía, un hilo narrativo constante sería tal vez el de la búsqueda y la pérdida del silencio, la huida del “mundanal ruido” del poema de Fray Luis, quien por cierto también padeció la cárcel, y durante más tiempo y con más rigor que Cervantes. “Con ruido no veo”, dice Juan Ramón Jiménez, otro fugitivo del mundo en busca del silencio. En una etapa de ese viaje, hace ya muchos años, recalé con mi familia en un pequeño chalet adosado en la sierra de Madrid, imaginando veranos de holganza y de laboriosidad sin agobio, en torno a ese simple paraíso personal que uno desea siempre, un escritorio junto a una ventana, con una puerta entornada pero nunca cerrada, un lugar tan favorable al ensimismamiento del trabajo y la lectura como a la contemplación de la belleza exterior y a los rumores de la vida familiar, que en esa época tenían aún el timbre agudo de las voces infantiles. Instalé mi escritorio de madera simple, la estantería para los libros, el ordenador voluminoso de entonces, la repisa para el equipo de música. El primer día en una nueva casa es como la primera página de un cuaderno en blanco donde se irá escribiendo la vida. Por la ventana entraba un fresco de mañana de julio, traspasado por silbidos de golondrinas, y una luz temprana tamizada por la copa de un gran castaño. Al fondo de una llanura punteada de encinares se veía la ladera lejana y las torres y los muros severos de El Escorial.

Justo en el momento en que me recreaba con el preludio del trabajo estalló como un temblor que sacudía las paredes y el suelo, y que se convirtió en una vibración rítmica y machacona, como una máquina gigante, como sonaría la sala de máquinas de un transatlántico. El ruido formidable venía del otro lado de mi estantería recién instalada, todavía olorosa a madera, del chalet al que estaba tan estrechamente adherido el nuestro. Dejé en suspenso en el escritorio la tarea ya imposible y fui a hablar con los vecinos. Nada más abrirse la puerta de al lado vino como una tromba el estruendo multiplicado de aquella maquinaria formidable. La dueña de la casa me informó, con amabilidad y resignación, de que en su hijo adolescente se había despertado la vocación de DJ, y ella y su marido le habían hecho, no sin sacrificio, el regalo de un equipo completo de música electrónica. Frotándose las manos con un gesto de apuro, la señora me prometió que intentaría convencer al chico de que limitara las horas de estudio y ensayo, y sugirió que quizás podrían hacer ella y su marido el esfuerzo de insonorizar la pared que separaba su casa de la nuestra. Nos marchamos al cabo de poco tiempo, todavía más lejos, a otra casa en un lugar más agreste, junto a un pinar de donde venía el sonido hondo y rítmico de un pájaro carpintero.

He vivido en un segundo piso donde a las dos o las tres de la madrugada temblaban las patas de la cama por las ondas sonoras de un “bar de ambiente” que tenía el llamativo nombre de “VERY VERY BOY’S”. He leído en el periódico manifiestos firmados por escritores —muchos de ellos residentes en urbanizaciones lujosas de las afueras— que protestaban contra las limitaciones del horario nocturno de los bares, mientras en mi casa del centro de Madrid no era posible dormir ni casi vivir durante los multitudinarios botellones de los fines de semana. He escalado por los senderos de la Sierra oyendo el viento y oliendo a romero y he tenido que hacerme a un lado para que no me atropellara una fila de bárbaros saltando en moto como una patrulla de Mad Max. En Granada, durante la fiesta del Día de la Cruz, que en los primeros noventa proliferó durante una semana entera, he vivido bajo el asedio de altavoces de chiringuitos que emitían atronadoramente sevillanas de día y de noche, sorteando con dificultad las montañas de basura y los ríos de vómitos y orines que dejaban los participantes en la juerga. Cuando era niño, en Semana Santa, después de varios días atronado por tambores y trompetas, me aliviaba contemplar el paso sigiloso, a la luz de los hachones encendidos, de la Cofradía del Silencio.

Quizás en España hay todavía más razones para el exilio acústico que para el político. Franz Kafka le dice a su amada Milena Jesenska en una carta: “Un silencio como el que yo necesito no existe en el mundo”. En una crónica de Nacho Sánchez desde Almería he leído la historia de Rocío Quero, una mujer que se marchó de Sevilla buscando quietud y silencio en la austeridad admirable del Cabo de Gata, a un paso del parque natural y del mar, en una urbanización que se llama El Toyo. Rocío Quero, que en una foto del periódico tiene un aire afable y enérgico, el pelo rubio despeinado por el viento del mar, vive a quince minutos de su trabajo, y también muy cerca de Almería. Le gusta dar largos paseos en bicicleta por esos paisajes que tienen algo todavía de mundo intocado y pasear a su perro por la playa y las dunas.

Rocío Quero, y todos sus vecinos, han descubierto, con horror e impotencia, que su paraíso de tranquilidad no es intocable. Con el apoyo entusiasta de todas las autoridades, desde la Junta de Andalucía hasta los ayuntamientos de la zona, ese paraje tan lleno de belleza como de biodiversidad va a ser el emplazamiento, este verano, de un festival de música electrónica que durará tres días y tres noches y al que asistirán unas cuarenta mil personas, con el previsible efecto de devastación sobre la calma y el sueño de los vecinos y el frágil entorno natural en el que hasta ahora habían encontrado refugio. Sus quejas son recibidas por perfecta indiferencia, porque uno de los muchos abusos contra los que está indefenso un ciudadano en España es el abuso del ruido, más aún cuando tiene la disculpa de la brutalidad identitaria o festiva. Frente a la amenaza de los decibelios no queda otro remedio que la huida. El maravilloso silencio cervantino es fugaz y siempre está en otra parte.

Antonio Muñoz Molina, «Maravilloso silencio», El País, 06.04.24.

* * *

Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria, a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan, «yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno; que solo por ejercitar el ingenio la he hecho».

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo XVIII (fragmento), edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 1998.

Día de la Cruz, anterior entrada del blog

martes, 16 de abril de 2024

Geometría 3

Sin título, foto Antonio Erena, 15.04.24
XXIX

Zumba el tedio enfrascado
bajo el momento improducido y caña.

Pasa una paralela a
ingrata línea quebrada de felicidad.
Me extraña cada firmeza, junto a esa agua
que se aleja, que ríe acero, calla.

Hilo retemplado, hilo, hilo binómico
¿por dónde romperás, nudo de guerra?

Acoraza este ecuador, Luna.

César Vallejo, Trilce, 1922

lunes, 15 de abril de 2024

Geometría 2

Sin título, foto: Antonio Erena, 14.04.24
Y para acá o allá
y desde aquí otra vez
y vuelta a ir de vuelta y sin aliento
y del principio o término del precipicio íntimo
hasta el extremo o medio o resurrecto resto de éste a aquello o de lo opuesto
y rueda que te roe hasta el encuentro
y aquí tampoco está
y desde arriba abajo y desde abajo arriba ávido asqueado
por vivir entre huesos
o del perpetuo estéril desencuentro
a lo demás
de más
o al recomienzo espeso de cerdos contratiempos y destiempos
cuando no al burdo sino de algún complejo herniado en pleno vuelo
cálido o helado
y vuelta y vuelta
a tanta terca tuerca
para entregarse entero o de tres cuartos
harto ya de mitades
y de cuartos
al entrevero exhausto de los lechos deshechos
o darse noche y día sin descanso contra todos los nervios del misterio
del más allá
de acá
mientras se rota quedo ante el fugaz aspecto sempiterno de lo aparente o lo supuesto
y vuelta y vuelta hundido hasta el pescuezo
con todos los sentidos sin sentido
en el sofocatedio
con uñas y con piensos y pellejo
y porque sí nomás.

Oliverio Girondo, «Destino», En la masmédula, Losada, 1963.


lunes, 8 de abril de 2024

Brumas 10

La Peña de Martos desde Casa Fuerte, Torredelcampo, foto: Antonio Erena, 05.04.24
Misil, anterior entrada del blog

Capítulo XI

De la muerte de don Fernando el Cuarto, rey de Castilla.

Todo el orbe cristiano estaba alterado con el desastre y caída de los templarios. Los culpados fueron castigados, los que no tenían culpa quedaron libres, y por decreto de los prelados de Viena se les señalaron pensiones en cada un año de las rentas de los mismos conventos, con que pudiesen pasar su vida; solamente les quitaron el hábito y insignia de aquella orden. […] El infante don Pedro, hermano del rey, nombrado por general contra los moros, llegada la primavera del año de 1312, aprestado su ejército, fue sobre Alcaudete, que, como dijimos arriba, se perdió y le tomaron los moros. El rey fue en pos dél hasta Martos. Allí sucedió una cosa muy notable. Por su mandado dos hermanos Carvajales, Pedro y Juan, fueron presos. Achacábanles la muerte de un caballero de la casa de los Benavides, que mataron en Palencia al salir del palacio real. No se podía averiguar quién fuese el matador; por indicios muchos fueron maltratados. En particular estos caballeros, oído su descargo, fueron condenados de haber cometido aquel crimen contra la majestad, sin ser convencidos en juicio ni confesar ellos el delito; cosa muy peligrosa en semejantes casos. Mandáronlos despeñar de un peñasco que allí hay, sin que ninguno fuese parte para aplacar al rey, por ser intratable cuando se enojaba y no saber refrenarse en la saña. Los cortesanos, por saber muy bien ésta su condición, se aprovechaban della a propósito de malsinar y derribar a los que se les antojaba. Al tiempo que los llevaban a justiciar, a voces se quejaban de que morían injustamente y a gran tuerto; ponían a Dios por testigo, al cielo y a todo el mundo; decían que pues las orejas del rey estaban sordas a sus quejas y descargos, que ellos apelaban para delante el divino tribunal, y citaban al rey para que en él pareciese dentro de treinta días. Estas palabras, que al principio fueran tenidas por vanas, por un notable suceso, que por ventura fue acaso[1], hicieron después reparar y pensar diferentemente. El rey, muy descuidado de lo hecho, se partió para Alcaudete, donde su ejército alojaba; allí le sobrevino una enfermedad tan grande, que fue forzado dar la vuelta a Jaén, bien que los moros movían prática de entregar la villa[2]. Aumentábase el mal de cada día y agravábase la dolencia de suerte, que el rey no podía por sí negociar. Todavía alegre por la nueva que le vino que la villa era tomada, revolvía en su pensamiento nuevas conquistas, cuando un jueves, que se contaron 7 días del mes de setiembre, como después de comer se retirase a dormir, a cabo de rato le hallaron muerto. Falleció en la flor de su edad, que era de veinte y cuatro años y nueve meses, en sazón que sus negocios se encaminaban prósperamente. Tuvo el reino por espacio de diez y siete años, cuatro meses y diez y nueve días, y fue el cuarto de su nombre. Entendióse que su poco orden en el comer y beber le acarrearon la muerte; otros decían que era castigo de Dios, porque desde el día que fue citado hasta la hora de su muerte, cosa maravillosa y extraordinaria, se contaban precisamente treinta días. Por esto entre los reyes de Castilla fue llamado don Fernando el Emplazado. Su cuerpo depositaron en Córdoba, porque a causa de los calores, que todavía duraban, no pudo ser llevado a Sevilla ni a Toledo do tenían los enterramientos reales. Acrecentose la fama y opinión susodicha, concebida en los ánimos del vulgo, por la muerte de dos grandes príncipes, que por semejante razón fallecieron en los dos años próximos siguientes; esto fueron Filipo, rey de Francia, y el papa Clemente[3], ambos citados por los templarios para delante el divino tribunal al tiempo que con fuego y todo género de tormentos los mandaban castigar y perseguían toda aquella religión. Tal era la fama que corría, si verdadera si falsa no se sabe; más es de creer que fuese falsa; lo que sucedió el rey don Fernando nadie pone duda.

Padre Juan de Mariana, Historia General de España, Libro Decimoquinto, Capítulo XI (fragmento), en Biblioteca de Autores Españoles, Obras del Padre Juan de Mariana, Tomo I, Rivadeneyra, Madrid, 1854, págs. 444 y 445 (actualización y notas: Antonio Erena).


[1] Que quizás sucediera por casualidad.

[2] Plática.

[3] Felipe IV el Hermoso y Clemente V.

jueves, 4 de abril de 2024

Locus amoenus 16

Molino del Cubo, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 04.04.24

ESTE MOLINO MANDO FACER /
EL MUY NOBLE CAUALLERO DO/
N LUYS DE GUZMAN MAES/
TRE DE CALATRAUA

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DOM AÑO DE M/
YLL E QUATRO CY/
ENTOS E TRENT/
A E SYETE AÑOS

(Texto de la lápida fundacional en la fachada del molino. Fuente: Luis José García Pulido, «El sistema defensivo del Molino del Cubo (Torredonjimeno, Jaén). Un molino fortificado por la Orden de Calatrava en la frontera con el Reino Nazarí», revista Castillos de España, N.º 132, enero 2004, Asociación Española de Amigos de los Castillos, p. 26).