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| Patricia Úriz, ex mujer de Koldo García, sale del Tribunal Supremo, foto: Matías Chiofalo, 13.04.26 |
martes, 14 de abril de 2026
Extraterrestres 22 - 3
jueves, 9 de abril de 2026
Extraterrestres 22 - 2
lunes, 16 de febrero de 2026
IA
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| Una escena de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), película ambientada en 2026 |
Actuación de robots en la Gala de Año Nuevo de la Televisión Central de China 2026 (vídeo)
“Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”, ha advertido esta semana Matt Shumer. Este prestigioso programador que trabaja con la inteligencia artificial (IA) acaba de publicar un artículo titulado Algo grande está sucediendo en el que advierte sobre las amenazas de los nuevos modelos de IA para millones de puestos de trabajo de cuello blanco a lo largo de todo el mundo. Su ensayo se ha viralizado con más de 80 millones de visitas desde el martes.
“La razón por la que tanta gente del sector está dando la voz de alarma ahora mismo es porque esto ya nos ha pasado", explica Shumer, quien relata cómo las empresas de IA están despidiendo a informáticos y desarrolladores porque las herramientas que ellos crearon ya se están programando a sí mismas para hacerse más inteligentes. “No estamos haciendo predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y les advertimos que son los siguientes”, apunta.
El artículo de Shumer coincide con una semana de agitación en Wall Street. Los inversores han castigado a compañías que se van a ver más afectadas por la irrupción de esta tecnología. Empresas de software, videojuegos o desarrolladores informáticos han recibido un serio correctivo en Bolsa al difundirse las altas capacidades de los nuevos modelos de IA y el riesgo que supone para millones de empleos. Los expertos aseguran que un niño podrá dar instrucciones para crear un videojuego a medida. Y proliferan programas de idiomas creados por personas con escasos conocimientos informáticos.
Pero los inversores también ven cómo la automatización está lista para saltar a otros sectores no tan evidentes como la logística, aseguradoras o consultoras. Con un par de órdenes se podrá crear un programa de planificación fiscal o un bot de atención al cliente que supere la interacción humana.
“El rápido progreso de las herramientas de IA alimenta el temor generalizado de una disrupción en las industrias más expuestas a la difusión de esta tecnología dentro de la economía del conocimiento, en particular en los modelos de negocio que no requieren un uso intensivo de capital, con las empresas de software a la cabeza”, explica Yves Bonzon, responsable de inversiones del banco suizo Julius Baer. “Las preocupaciones de los inversores sobre el impacto disruptivo de la IA siguen pesando sobre las acciones estadounidenses, desde los corredores de seguros y los servicios inmobiliarios hasta la logística”, explica el banco de inversión suizo UBS, que adopta, no obstante, un tono optimista para los inversores: “Aunque está por ver el impacto global en estas industrias y en las empresas individuales, consideramos [este proceso] una validación del potencial de monetización de la IA. Los avances subrayan su naturaleza transformadora”.
“Esto es diferente a todas las oleadas de automatización anteriores, y necesito que entiendan por qué”, avanza Shumer en un relato inquietante que ha encontrado eco en varios ejecutivos del sector. “La IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo. Mejora en todo simultáneamente. Cuando las fábricas se automatizaron, un trabajador despedido pudo capacitarse para trabajar como oficinista. Cuando internet irrumpió en el comercio minorista, los trabajadores se trasladaron a la logística o los servicios. Pero la IA no deja un hueco conveniente para ocupar. Sea cual sea el objetivo de la capacitación, también está mejorando en eso”, añade.
Las voces de alarma arrecian al tiempo que las grandes tecnológicas redoblan sus apuestas por una tecnología disruptiva. Solamente durante 2026, las cuatro grandes tecnológicas globales, Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, planean invertir más de 650.000 millones en IA. Es la mayor cantidad invertida en un solo año en cualquier otro desarrollo tecnológico; ni la expansión del ferrocarril a finales del siglo XIX, los programas de la NASA para conquistar el espacio o la burbuja de las puntocom de principios del siglo XXI consumieron tantos recursos en tan poco tiempo.
Estos colosos tecnológicos, que manejan un presupuesto mayor que el de algunos países, están lanzados en una alocada carrera para desarrollar la IA. Necesitan entrenar sus modelos informáticos con miles de ordenadores montados con microprocesadores de última generación. Los reúnen en unas naves gigantescas, los centros de datos, con cientos de servidores para que el sistema siga aprendiendo. Y requieren de plantas especiales de suministro de energía para asegurar su enorme consumo.
Schumer dibuja un panorama estremecedor. Explica cómo en los últimos años las mejoras en los modelos cognitivos creados por algoritmos han logrado avances exponenciales. Pero las últimas versiones de OpenAI, creador del popular ChatGPT, o Anthopic, que desarrolla el modelo Claude, “no son mejoras graduales. Es algo completamente diferente”, advierte.
“La IA no es un sustituto de trabajos humanos específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”, sostiene Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa fundada por antiguos investigadores de OpenAI. Amodei publicó hace un par de semanas un inquietante artículo, La adolescencia de la tecnología. Cómo afrontar y superar los riesgos de la IA potente, sobre los riesgos que provocará una tecnología de este calibre o la IA general (IAG), aquella que podrá pensar por sí misma. Este ejecutivo calcula que la mitad de todos los trabajos de cuello blanco en el mundo van a desaparecer en el plazo de entre uno y cinco años. Tras analizar en el artículo las consecuencias de esta revolución, concluye: “El shock a corto plazo tendrá una magnitud sin precedentes”.
Esta semana la empresa ha alcanzado una valoración de 380.000 millones de dólares, después de la última ronda de financiación en la que logró fondos por 30.000 millones. Anthropic se ha posicionado como una de las compañías tecnológicas más concernidas por la seguridad. Asegura que su modelo está entrenado siguiendo principios éticos para evitar la manipulación y el engaño.
Esta semana ha anunciado la creación de una SPAC, una herramienta de cotización bursátil, dotada con 20 millones de dólares, para promover la transparencia y seguridad en los modelos de inteligencia artificial. La empresa Public First busca influir en los legisladores para establecer una regulación y barreras en la IA que impidan los abusos. En realidad, su estrategia es contra su rival OpenAI, que utiliza tácticas más agresivas.
El ensayo de Shumer coincide también con la renuncia de dos ejecutivos de OpenAI y Anthropic, alertando de la profundidad de los cambios que se le vienen al mundo encima, no solo a nivel laboral. “El mundo está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este preciso momento”, escribió Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA que abandonó Anthropic para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”.
Sharma ha trabajado en un área para tratar de garantizar la seguridad de la IA para combatir los riesgos del bioterrorismo asistido por IA e investigar “cómo los asistentes de IA podrían hacernos menos humanos”. Y dice que abandona con un cierto sentimiento de resignación.
El miércoles, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI, el creador del popular ChatGPT, publicó un artículo en The New York Times alertando sobre sus dudas respecto a la nueva práctica de que las empresas de IA ofrezcan publicidad. Hitzig, doctora de Economía en Harvard, escribió: “Tengo serias reservas sobre la estrategia de OpenAI”. Al día siguiente presentó su renuncia. En el artículo explica cómo muchas personas emplean las herramientas de IA como terapeutas, para confesar sus emociones o para charlar. El sistema logra una ventaja a la hora de ofrecer publicidad y Hitzig observa problemas éticos.
También existen riesgos de seguridad. Amodei pone el ejemplo de un nuevo país integrado por los 50 millones de mentes más brillantes del mundo. Piensan de 10 a 100 veces más rápido que cualquier humano. Nunca duermen. Pueden usar internet, controlar robots, dirigir experimentos y operar cualquier cosa con una interfaz digital. El experto advierte de que supondría “la amenaza a la seguridad nacional más grave que hemos enfrentado en un siglo, posiblemente nunca”.
«El terremoto de la última versión de la IA alarma a los expertos: “El mundo está en peligro”», El País, Jesús Sérvulo González, 14.02.26
miércoles, 7 de enero de 2026
Extraterrestres 21
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| David Uclés (Úbeda, 21.01.1990) con el Premio Nadal 2026, fuente: revista Elle, 07.01.26 |
viernes, 26 de diciembre de 2025
Feliz Navidad 2025 5 - Miradas 31
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| "Los desalojados en Badalona acampan delante del instituto B9 para pasar la noche al raso", foto: Zowy Voeten, fuente: El Periódico, 17.12.25 |
lunes, 20 de octubre de 2025
Excéntricos 38
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| Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 10.01.1956), foto: Victoria Iglesias (2018) |
martes, 27 de mayo de 2025
Desolación 24
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| Paseo de la Constitución, Baeza, el pasado mes de enero, fuente diario Ideal, 17.01.25 |
lunes, 24 de marzo de 2025
Lecturas 22
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| Manuel Chaves Nogales, Semana Santa en Sevilla, Almuzara, 2013 |
martes, 24 de diciembre de 2024
Navidad 2024 3
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| Plaza de Isabel II y Teatro Real, Madrid, foto: Antonio Erena, 17.12.24 |
martes, 17 de diciembre de 2024
Coches 31
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| Kia Stonic, San Cebrián de Mazote, Valladolid, foto: Antonio Erena, 29.08.24 |
Epítome del avance social
transformado en ataúd, frontera entre zonas urbanas y tiempos, quizá se
encuentre mutando nuestra noción de la máquina todopoderosa, más cercana, en el
transcurso de estas inundaciones, al veneno que al antídoto. Afirmaba Marinetti
en el manifiesto futurista que un “coche que ruge es más bello que la Victoria
de Samotracia”. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, buena parte del
arte —especialmente las vanguardias— abrazaron la técnica y el fervor fósil
como señales de progreso infinito comandado por el hombre. Elocuente es el
manifiesto porque prioriza ese motor rugiente frente a la mismísima cultura
griega, presunta cuna de la civilización occidental, pero no fue el único que
lo reivindicó, asociado a valores como la libertad e independencia. El fascismo
incorporó la innovación tecnológica y la velocidad en su ideario, y cuenta la
leyenda que fue Mussolini quien impulsó la fabricación del Fiat Topolino para la clase obrera.
Cuando ese coche llegó a España no tardó en causar furor, aunque, como explicó
Carmen Martín Gaite, el término pasó a utilizarse para referirse a unos zapatos
y las “niñas topolino”, ciertamente esnobs, se convirtieron en mujeres sospechosas
de desafiar tímidamente el oscurantismo machista del franquismo. Para
cuando apareció el Seat 600,
ya se había establecido una correlación que aún perdura en nuestros
imaginarios: a mayor consumismo —en cuyo seno destacan los rugidos a gasolina—,
mayor percepción de libertad, a pesar de que no se sepa muy bien para qué (si
la “libertad” consiste en conducir al trabajo, por ejemplo, habría que cuestionar
las condiciones laborales y la mera transacción económica con nuestros cuerpos,
no tanto el método de desplazamiento).
Han transcurrido varias décadas
desde que aquellos vehículos se deslizasen entre las entrañas del deseo y, a
decir de Pasolini, neutralizasen la diversidad cultural e ideológica para
provocar una identificación totalizadora con los ideales de la clase dominante.
No es casualidad que, desde la institucionalidad
franquista, se atribuyese al Seat 600 la capacidad de “acabar
con la amenaza comunista”; sin embargo, junto a sus habilidades políticamente
desmovilizadoras, el coche-hijo del paradigma único fosilista actual, ha
contribuido a modificar significativamente los patrones climáticos y ha
moldeado nuestras subjetividades según sus humaredas y volantazos. La
reconfiguración del espacio urbano en torno a los aparcamientos y las
carreteras, de los centros de trabajo o los lugares residenciales en ciudades
cada vez más dispersas, la asimilación de la rapidez o el individualismo… todo
ello está relacionado con un encumbramiento del coche que ha fomentado una
suerte de orfandad en la mera concepción de otros mundos posibles. No importa
que, en la Unión Europea, mueran cada año cientos de miles de personas debido a
la contaminación atmosférica —la
cual alimenta el vehículo privado—, o que, cada año, nos estallen en las manos
nuevos récords de temperatura o extinción de la biodiversidad,
el coche renace de entre las cenizas, ineluctable y soberbio.
Así que tal vez vaya siendo hora de
arrinconarlo y, encasquetado en su propia mole inservible, condenarlo al
desguace de la historia. Permitiría nuevas posibilidades, pensar distintas
formas de movilidad —o de estatismo casero—, aunando la conversación
cartográfica a la configuración de la cotidianeidad: ¿se puede ir a la
guardería caminando, a la oficina?, ¿cuántas horas de encierro al volante me
ahorraría si las sustituyo por una apacible lectura en el tren?, ¿cuánto
dinero, si comparto el vehículo? Como Vostell, podríamos desterrarlo al museo,
y luego abrir alamedas, destripar el asfalto y plantar flores; que la próxima
lluvia torrencial calase terrenos verdes en lugar de acelerar su pulsión de
muerte sobre el asfalto. Más de un siglo de fascinación con un objeto
incoherente en este contexto de emergencia climática ha sido suficiente; las
fotos de Valencia, como un augurio, anuncian el destino de cuatro ruedas
agonizantes.
Azahara Palomeque, «Tu coche, mi coche, nuestra catástrofe», El País, 17.12.24
martes, 19 de noviembre de 2024
Otoño 8
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| Tréboles (Oxalis corniculata L.), foto: Antonio Erena, 15.11.24 |
Antonio Muñoz Molina, «Tareas de trastienda» (fragmento), El País, 16.11.24
miércoles, 30 de octubre de 2024
Extraterrestres 19
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| Íñigo Errejón (Madrid, 14 de diciembre de 1983), fuente: Diario de Mallorca, 25.09.19 |
Se me atragantó siempre la cursilería, pero al principio me convenció la informalidad. Cuando vi a tanto rancio cabreado por los pelos, las pintas y los modales de los nuevos diputados, estos me cayeron simpatiquísimos, y sentí que aireaban las moquetas de una democracia que hedía a moho por muchos rincones.
Una década después, la caída del último de aquellos ídolos —instalado en la casta, inmerso en los usos y costumbres noctívagas de la élite cortesana, abrazando los vicios morales que vino a liquidar— subraya el final catastrófico de la aventura. Al margen del recorrido penal que pueda tener el caso, el derrumbamiento es moral, porque moral fue siempre su bandera. Íñigo Errejón es el símbolo de un fracaso mayúsculo: quisieron reformar la sociedad, pero no fueron capaces ni de reformarse a sí mismos.
El hundimiento va mucho más allá de una contradicción mal cabalgada. De los últimos 10 años, la izquierda adanista ha cogobernado la mitad, sin contar su amplio poder autonómico y municipal (ya desaparecido). En ese tiempo, la mayoría de los males que venían a sanar, a sajar o a paliar siguen igual o peor. Vivimos en un país más desigual, con una juventud más empobrecida y sin vivienda y con un Estado social más débil en lo más sensible, como la sanidad o la educación. La reforma laboral fue un chiste que mantuvo lo esencial de la del PP. Los avances en derechos civiles han estado acompañados de ruido y chapuzas que los han malogrado en parte y muchos movimientos sociales se han evaporado (¿alguien se acuerda de Stop Desahucios o de las mareas?). Como consecuencia, el espacio a la izquierda del PSOE, que representa a una parte importante de la población española, se ha quedado yermo y devastado sin apenas intervención de sus enemigos: complacidos y asombrados, estos han visto cómo los propios dirigentes de las sucesivas organizaciones lo arrasaban. El caso Errejón es tan solo la moraleja de una fábula tristísima.
Sergio del Molino, «Errejón como moraleja», El País, 30.10.24
jueves, 16 de mayo de 2024
Relación
miércoles, 17 de abril de 2024
Silencio (2)
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| José López Arjona (Torredonjimeno, 1910 - 2005), Cartujo leyendo (lápiz, clarión y carboncillo sobre papel continuo, c. 1945, c. p.), foto: Antonio Erena, 16.04.24 |
La palabra ruido aparece muy pronto en Don Quijote de la Mancha. Aludiendo en primera persona a su amarga experiencia de la cárcel, Cervantes dice que en ella “toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación”. Viejo soldado que había conocido el fragor de las explosiones y los gritos en la batalla de Lepanto, cautivo en Argel durante cinco años, huésped frecuente de las terribles ventas y posadas de los caminos de Castilla y Andalucía, Cervantes era una de esas personas de disposición sosegada que se vio casi siempre acosado por los tristes ruidos del mundo. Por eso celebra tantas veces en su literatura el silencio, y lo califica repetidamente de maravilloso, un refugio y un antídoto contra las estridencias y las cacofonías de una realidad inhóspita. En uno de los capítulos más misteriosos de la Segunda Parte, cuando don Quijote y Sancho se encuentran acogidos en la casa de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo que disfrutan más los dos, además del buen trato y la comida abundante, es el “maravilloso silencio” que reina en ella. Es el silencio lo que prevalece en ese capítulo en el que no hay ninguna peripecia: inventado casi él solo el arte de la novela, Cervantes inventa también esa novela en la que no ocurre casi nada, salvo lo más difícil de contar, que es el fluir cotidiano de la vida, sin tramoya de argumento ni de golpes de efecto, como en una historia de Flaubert o de Chéjov, o en una página de diario de Josep Pla.
Amar el silencio y el sosiego es un
grave inconveniente para quien vive en España. He conocido a japoneses que se
indignan contra ese lugar común tan repetido y al parecer tan infundado de que
España es el país más ruidoso del mundo después de Japón. Si yo escribiera mi
autobiografía, un hilo narrativo constante sería tal vez el de la búsqueda y la
pérdida del silencio, la huida del “mundanal ruido” del poema de Fray Luis,
quien por cierto también padeció la cárcel, y durante más tiempo y con más
rigor que Cervantes. “Con ruido no veo”, dice Juan Ramón Jiménez, otro fugitivo
del mundo en busca del silencio. En una etapa de ese viaje, hace ya muchos
años, recalé con mi familia en un pequeño chalet adosado en la sierra de
Madrid, imaginando veranos de holganza y de laboriosidad sin agobio, en torno a
ese simple paraíso personal que uno desea siempre, un escritorio junto a una
ventana, con una puerta entornada pero nunca cerrada, un lugar tan favorable al
ensimismamiento del trabajo y la lectura como a la contemplación de la belleza
exterior y a los rumores de la vida familiar, que en esa época tenían aún el
timbre agudo de las voces infantiles. Instalé mi escritorio de madera simple,
la estantería para los libros, el ordenador voluminoso de entonces, la repisa
para el equipo de música. El primer día en una nueva casa es como la primera
página de un cuaderno en blanco donde se irá escribiendo la vida. Por la
ventana entraba un fresco de mañana de julio, traspasado por silbidos de
golondrinas, y una luz temprana tamizada por la copa de un gran castaño. Al
fondo de una llanura punteada de encinares se veía la ladera lejana y las
torres y los muros severos de El Escorial.
Justo en el momento en que me
recreaba con el preludio del trabajo estalló como un temblor que sacudía las
paredes y el suelo, y que se convirtió en una vibración rítmica y machacona,
como una máquina gigante, como sonaría la sala de máquinas de un
transatlántico. El ruido formidable venía del otro lado de mi estantería recién
instalada, todavía olorosa a madera, del chalet al que estaba tan estrechamente
adherido el nuestro. Dejé en suspenso en el escritorio la tarea ya imposible y
fui a hablar con los vecinos. Nada más abrirse la puerta de al lado vino como
una tromba el estruendo multiplicado de aquella maquinaria formidable. La dueña
de la casa me informó, con amabilidad y resignación, de que en su hijo
adolescente se había despertado la vocación de DJ, y ella y su marido le habían
hecho, no sin sacrificio, el regalo de un equipo completo de música
electrónica. Frotándose las manos con un gesto de apuro, la señora me prometió
que intentaría convencer al chico de que limitara las horas de estudio y
ensayo, y sugirió que quizás podrían hacer ella y su marido el esfuerzo de
insonorizar la pared que separaba su casa de la nuestra. Nos marchamos al cabo
de poco tiempo, todavía más lejos, a otra casa en un lugar más agreste, junto a
un pinar de donde venía el sonido hondo y rítmico de un pájaro carpintero.
He vivido en un segundo piso donde a
las dos o las tres de la madrugada temblaban las patas de la cama por las ondas
sonoras de un “bar de ambiente” que tenía el llamativo nombre de “VERY VERY
BOY’S”. He leído en el periódico manifiestos firmados por escritores —muchos de
ellos residentes en urbanizaciones lujosas de las afueras— que protestaban
contra las limitaciones del horario nocturno de los bares, mientras en mi casa
del centro de Madrid no era posible dormir ni casi vivir durante los multitudinarios
botellones de los fines de semana. He escalado por los senderos de la Sierra
oyendo el viento y oliendo a romero y he tenido que hacerme a un lado para que
no me atropellara una fila de bárbaros saltando en moto como una patrulla
de Mad Max. En Granada, durante la fiesta del Día de la Cruz, que
en los primeros noventa proliferó durante una semana entera, he vivido bajo el
asedio de altavoces de chiringuitos que emitían atronadoramente sevillanas de
día y de noche, sorteando con dificultad las montañas de basura y los ríos de
vómitos y orines que dejaban los participantes en la juerga. Cuando era niño,
en Semana Santa, después de varios días atronado por tambores y trompetas, me
aliviaba contemplar el paso sigiloso, a la luz de los hachones encendidos, de
la Cofradía del Silencio.
Quizás en España hay todavía más
razones para el exilio acústico que para el político. Franz Kafka le dice a su amada Milena Jesenska en una
carta: “Un silencio como el que yo
necesito no existe en el mundo”. En una crónica de Nacho Sánchez desde Almería
he leído la historia de Rocío Quero, una mujer que se marchó de Sevilla
buscando quietud y silencio en la austeridad admirable del Cabo de Gata, a un
paso del parque natural y del mar, en una urbanización que se llama El Toyo.
Rocío Quero, que en una foto del periódico tiene un aire afable y enérgico, el
pelo rubio despeinado por el viento del mar, vive a quince minutos de su
trabajo, y también muy cerca de Almería. Le gusta dar largos paseos en
bicicleta por esos paisajes que tienen algo todavía de mundo intocado y pasear
a su perro por la playa y las dunas.
Rocío Quero, y todos sus vecinos, han descubierto, con
horror e impotencia, que su paraíso de tranquilidad no es intocable. Con el
apoyo entusiasta de todas las autoridades, desde la Junta de Andalucía hasta
los ayuntamientos de la zona, ese paraje tan lleno de belleza como de
biodiversidad va a ser el emplazamiento, este verano, de un festival de música
electrónica que durará tres días y tres noches y al que asistirán unas cuarenta
mil personas, con el previsible efecto de devastación sobre la calma y el sueño
de los vecinos y el frágil entorno natural en el que hasta ahora habían
encontrado refugio. Sus quejas son recibidas por perfecta indiferencia, porque
uno de los muchos abusos contra los que está indefenso un ciudadano en España
es el abuso del ruido, más aún cuando tiene la disculpa de la brutalidad identitaria
o festiva. Frente a la amenaza de los decibelios no queda otro remedio que la
huida. El maravilloso silencio cervantino es fugaz y siempre está en otra
parte.
Antonio Muñoz Molina, «Maravilloso silencio», El País, 06.04.24.
* * *
lunes, 24 de abril de 2023
Madame Tussauds Doñana
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| Juan Manuel Moreno Bonilla en Doñana, foto: Manuel Vidal, 15.10.19 |
miércoles, 22 de marzo de 2023
Lecturas 15
![]() |
| Ángel Palomino, Madrid, Costa Fleming, Planeta, 1975 |
lunes, 21 de noviembre de 2022
Esfera
![]() |
| Balón de fútbol Adidas del Mundial de Qatar 2022 Fuente: futbolmania |
Preferiría no saber por qué el Mundial se juega en Qatar. Sin embargo, lo
sé. Bueno, sé lo que sabe todo el mundo, o sea, poco, pero suficiente. Bastante
como para sufrir una grave disonancia cognitiva, según llaman los psicólogos a
pensar una cosa y hacer la contraria. La disonancia, o incoherencia si lo
prefieren, suele provocar un malestar interno que a veces se resuelve con el
autoengaño y otras veces con la honesta constatación de que uno da asco.
El arriba firmante ha intentado muy en serio el autoengaño. Sin éxito.
Joseph Blatter, que era presidente de la Federación
Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) cuando en 2010 Qatar fue elegido como
sede y hoy está inhabilitado por corrupción, acusa a Michel Platini, que por
entonces presidía la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) y hoy está
igualmente inhabilitado por corrupción, de presionar a favor del pequeño
emirato arábigo. Resulta que el entonces presidente de Francia, Nicolas
Sarkozy, hoy condenado por corrupción (disculpen que me repita, la culpa es de
ellos), había exigido a Platini que consiguiera para Qatar los
votos necesarios y evitara que el Mundial de 2022 se disputara en Estados
Unidos, como estaba previsto.
Francia quería vender a Qatar aviones de combate. Y los vendió, a cambio
del Mundial.
Yo me dije: ¿y cuándo no ha sido corrupto el negocio del fútbol? Nada
nuevo.
Otra parte del acuerdo, alcanzado por el presidente francés, el hoy emir de
Qatar y Michel Platini durante un almuerzo en el palacio del Elíseo el 23 de
noviembre de 2010, nueve días antes de la votación mundialista, consistía en
que Qatar comprara el PSG, el club del que Sarkozy es forofo, y lo convirtiera
en el más rico del planeta. Cosa que se cumplió al año siguiente. La justicia
francesa investiga ahora a Sarkozy y a su hijo por engañar a los cataríes:
consiguieron que el emirato pagara por el PSG 64 millones de euros, en lugar de
los 30 que valía. Visto en conjunto, calderilla.
No nací ayer, me dije, y sé cómo funcionan estas cosas. Lo de siempre. No
pasa nada.
Amnistía Internacional dice que miles de trabajadores
murieron durante la construcción de los estadios para el Mundial.
Intenté convencerme de que no era nada extraño y que los difuntos no serían
tantos. Teniendo en cuenta que en Qatar los trabajadores inmigrantes están
sometidos a la kafala, algo no muy distinto a la esclavitud, si esa pobre gente
no hubiera fallecido por calor o una caída en el andamio de un estadio, lo
habría hecho, pensé, en cualquier otra obra faraónica.
Qatar ha hecho saber a los homosexuales que no deben hacer cosas
homosexuales (sea lo que sea eso) si acuden al Mundial. Uno de sus embajadores
deportivos, el exfutbolista Khalid Salman, proclamó hace unos días que la
homosexualidad es “un daño en la mente”.
Quise seguir autoengañándome, pero no doy para tanto. Resolví mi disonancia cognitiva por la vía penosa de la honestidad: participaré como espectador-cómplice en una conspiración repugnante y mortífera (la del negocio, no la del juego). Asumiré, supongo que como otros muchos futboleros, mi propia vergüenza.
Enric González, «La disonancia cognitiva», El País, 12.11.22


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