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martes, 14 de abril de 2026

Extraterrestres 22 - 3

Patricia Úriz, ex mujer de Koldo García, sale del Tribunal Supremo, foto: Matías Chiofalo, 13.04.26
En 2019, Koldo García Izaguirre y su entonces mujer, Patricia Uriz, mantuvieron una conversación de WhatsApp de esta guisa: “Tengo una pequeña alegría para el día de elecciones”, escribió Koldo. “¿Pase lo que pase?”, dijo Patricia. “Sí”, respondió Koldo. Y añadió, en un mensaje posterior, frustrando la sorpresa: “2.000 txistorras”. Era “pequeña” la alegría.

Cuando estas conversaciones salieron a la luz, incluidas otras en las que Koldo reclamaba a su mujer que guardase las chistorras en “maleta, bolso, abrigo y cartera”, el exasesor de Ábalos dijo que por chistorras se refería a eso: a chistorras. No se puede faltar al respeto de esa forma al Dios Amor. Es preferible contar la verdad al tribunal que decir que, pase lo que pase en las elecciones, le vas a dar una alegría a tu mujer que consiste en regalarle 2.000 chistorras. Tampoco estás mandándole un mensaje muy elegante: en las elecciones europeas qué le vas a regalar, ¿forraje? Y luego mandarla por ahí con las chistorras metidas en el abrigo y en la cartera (¿en qué cartera cabe una chistorra?, ¿no hay que investigar eso?).

A estos hechos se tuvo que enfrentar Patricia Uriz esta mañana en el Tribunal Supremo. Uriz llegó a declarar al Supremo envuelta en misterio (es increíble que hayamos tenido que sufrir todos una pandemia para que unos cuantos, hasta entonces en la inopia, descubriesen la relación de la mascarilla con el anonimato). Ya no es esposa de Koldo, y reclamó no ser grabada ―el juicio solo se retransmite para la prensa― en su declaración. Dijo que no reconocía los mensajes en que su exmarido le hablaba de 2.000 chistorras. Normal. Quién, en un momento de euforia, no le ha dicho a su mujer que le regalaría 2.000 chistorras, y su mujer no quiere ni acordarse de eso: “Mira, mira, ni me hables...”. Y el día de las elecciones generales, ni más ni menos, el día más romántico de la legislatura. Si estar enamorado consiste en que te ofrezcan la luna, por qué no matar con tus propias manos cinco cerdos y ponerte a hacer 2.000 chistorras en el salón esperando las encuestas a pie de urna, “aunque el resultado me da igual”.

No le daba igual el resultado a Uriz y así lo dijo en su declaración, ya que si el PSOE perdía, ella perdía su trabajo, pero Koldo no. Eso implicaba vivir separados, dijo, una en Pamplona y otro en Madrid. ¿Cuántas chistorras hay que atar para unir las dos ciudades y que Koldo agarrase un extremo y Patricia otro, el famoso hilo rojo?

Se juzgan más dramas de lo que parece. Dijo Uriz, por ejemplo, que Koldo compró una vivienda en Benidorm y la puso a nombre de su hija menor de edad. ¿Por qué? Para “dejar fuera de la herencia” a su otro hijo. Claro que sí. Es probable que hasta ni le apeteciera comprarlo. Y raro es que no lo pusiese a nombre del tipo que peor le caía a su hijo. Había que joder al muchacho como fuese. ¿Se imaginan que fuera por eso? ¿Quién no organizó alguna vez una gran fiesta, una fiesta increíble, solo para no invitar a un amigo? Si no lo hiciste, es que no tienes amigos. Por los amigos y por los hijos se hace lo que sea, hasta comprar un piso en Benidorm solo para que el chaval no lo tenga.

Manuel Jabois, «¿Quién no hizo alguna vez una fiesta solo para no invitar a un amigo?», El País, 13.04.26

jueves, 9 de abril de 2026

Extraterrestres 22 - 2

Claudia Montes, amiga de José Luis Ábalos, delante del Tribunal Supremo, foto: Zipi Aragón, 08.04.26
La testigo Claudia Montes pasa la mañana sentada con sus abogados en los pasillos del Supremo. Tiene cara de aburrida. El Tribunal Supremo es un sitio petado de historia, pero ojo con meterte ahí pensando que es Glastonbury. La presencia de Claudia Montes, como la de Jésica Rodríguez, obedece a un amargo conflicto político: el supuesto enchufe con el que el acusado José Luis Ábalos la empleó en la administración pública. Las horas se hacen largas y su turno está previsto que sea el último antes del receso para comer.

De repente, Claudia ve entrar en el cuarto de baño a un periodista al que reconoce. Sale ella hacia el baño de mujeres y, desde la puerta, chista cuando el otro sale. El hombre oye el “chsss” y, aturdido, se gira. “No me dejan hablar contigo”, empieza Claudia para justificar la clandestinidad de la charla en el baño de mujeres. Le pide al chico (es un periodista joven de otro medio) que se fije en cómo la mira Koldo cuando ella hable, que ponga atención en si la quiere intimidar o no. Está preocupada por eso.

“Yo consideraba a Koldo García Izaguirre mi jefe”, dice al tribunal una hora después. Claudia ya ha dicho antes de entrar al juicio lo mismo que en el baño de mujeres a un compañero: que teme las miradas de intimidación de Koldo.

La mujer tiene ganas de hablar. Era una madre soltera y militante socialista, empieza su relato, cuando conoció a José Luis Ábalos en un mitin en Gijón en mayo de 2019. Luego, le escribió por Instagram para pedirle trabajo. Y el ministro se puso en marcha. Koldo, más bien. España a veces no funciona y otras veces funciona la mar de bien; cuando pasa eso, suelen acabar todos en el banquillo. Fuera de la ley todo es más cómodo. Quieres un trabajo, le abres un privado a un ministro y te llaman de Renfe para preguntarte de qué quieres trabajar, de maquinista o qué: gorra, silbato y p’alante.

Además, ella y él empezaron una relación virtual que a Claudia le ayudó mucho porque hablaban de política y Ábalos, dijo, la ayudó a “culturizarse políticamente”. Seguramente sea eso lo que se recuerde de Ábalos, su influencia en la teoría crítica del marxismo junto a Marcuse y Adorno. “¿A la de Gijón no la pueden contratar en Renfe, ADIF o alguna de sus subcontratadas?”, le dijo un día Ábalos a Koldo, ya harto de hablar de Rosa Luxemburgo. “Lo arreglo”, respondió su mano derecha.

La contrataron en Logirail, una filial de Renfe. Ella dice que no por influencia de él. Que él le pasó unos enlaces, que es como tener un grupo, que te pidan entradas para un concierto y mandarle un link. Ella dijo haber completado el link que le pasó Ábalos y pasar luego los procesos. Dijo también que dejó de ir a trabajar porque la colocaron en una mesa frente a la pared sin ordenador. Pero no desaprovechaba el tiempo: contó que iba a la biblioteca de Oviedo a leer libros sobre trenes. Nadie le preguntó qué libros y ella no pudo contestar: “Asesinato en el Orient Express”, porque entonces se acaba el juicio y esa mujer sale a hombros como nueva presidenta del Tribunal.

A diferencia de Jésica, es justo decirlo, Claudia Montes terminó trabajando más adelante. Y duro, según la contabilidad de horas extra (80 acumuladas en un año, dijo). También presumió de madrugar porque le encantaba el trabajo, y lo podía justificar porque colgaba cada mañana en Instagram fotos de sus desayunos a horas loquísimas, tipo 4.30 de la madrugada, que habría que preguntar en la comunidad si usaba el extractor porque ahí hay otro juicio. Hay mucha gente contraria a que se cuelguen fotos de comida en Instagram. Pues bien: uno nunca sabe para qué puede servir. Un día estás sentada mirando el móvil a ver si te ponen unos likes a unos huevos rotos, pensando en leer en tu jornada laboral Extraños en un tren, y al otro estás en el Tribunal Supremo presumiendo de la hora a la que colgaste la foto. Lección de vida: entre la validación de los demás y el tiempo, siempre el tiempo.

En el banquillo de acusados, José Luis Ábalos se rasca la frente brillante de sudor y habla con Koldo sin taparse la boca, como Vinicius; Koldo, sin embargo, la cubre con sus manos para responderle. La agente de policía los mira de reojo. Aldama, en la otra esquina, es ya una figura de cera. Ábalos parpadea cada vez más despacio y en algún momento parece que no va a volver a abrir los ojos, luego se muerde el labio inferior y se queda bastante rato con él así, material de meme pero como no es Leonardo Di Caprio, aunque un día pudo serlo, no lo verás nunca.

Empezó declarando por la mañana Óscar Gómez Barbero, tipo alto, de buen pelo cano, elegante. Hay que tener en consideración que por el tribunal pasan esta semana jefazos de importantes empresas, ejecutivos que tuvieron o tienen cargos de responsabilidad, para tratar de explicar por qué dos chicas fueron colocadas en sus empresas públicas y permitieron que esas chicas no acudiesen a su trabajo. Tiene algo de humillante. Porque hubo un ministro encaprichado, por unos motivos u otros, en dos mujeres, y esas mujeres terminaron cobrando dinero público de empresas de su ministerio. Y para que eso ocurriese, una cadena de mando quedó moralmente maltrecha. Como quiera que Gómez Barbero subió de categoría a Claudia Montes, la acusación hace una pregunta estupenda: “¿Y a una persona que no estaba yendo a trabajar le sube el sueldo?”.

Manuel Jabois, «Extraños en un tren: “¿Y a una persona que no está yendo a trabajar, se le sube el sueldo?"», El País, 08.04.26

lunes, 16 de febrero de 2026

IA

Una escena de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), película ambientada en 2026

Actuación de robots en la Gala de Año Nuevo de la Televisión Central de China 2026 (vídeo)

“Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”, ha advertido esta semana Matt Shumer. Este prestigioso programador que trabaja con la inteligencia artificial (IA) acaba de publicar un artículo titulado Algo grande está sucediendo en el que advierte sobre las amenazas de los nuevos modelos de IA para millones de puestos de trabajo de cuello blanco a lo largo de todo el mundo. Su ensayo se ha viralizado con más de 80 millones de visitas desde el martes.

“La razón por la que tanta gente del sector está dando la voz de alarma ahora mismo es porque esto ya nos ha pasado", explica Shumer, quien relata cómo las empresas de IA están despidiendo a informáticos y desarrolladores porque las herramientas que ellos crearon ya se están programando a sí mismas para hacerse más inteligentes. “No estamos haciendo predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y les advertimos que son los siguientes”, apunta.

El artículo de Shumer coincide con una semana de agitación en Wall Street. Los inversores han castigado a compañías que se van a ver más afectadas por la irrupción de esta tecnología. Empresas de software, videojuegos o desarrolladores informáticos han recibido un serio correctivo en Bolsa al difundirse las altas capacidades de los nuevos modelos de IA y el riesgo que supone para millones de empleos. Los expertos aseguran que un niño podrá dar instrucciones para crear un videojuego a medida. Y proliferan programas de idiomas creados por personas con escasos conocimientos informáticos.

Pero los inversores también ven cómo la automatización está lista para saltar a otros sectores no tan evidentes como la logística, aseguradoras o consultoras. Con un par de órdenes se podrá crear un programa de planificación fiscal o un bot de atención al cliente que supere la interacción humana.

“El rápido progreso de las herramientas de IA alimenta el temor generalizado de una disrupción en las industrias más expuestas a la difusión de esta tecnología dentro de la economía del conocimiento, en particular en los modelos de negocio que no requieren un uso intensivo de capital, con las empresas de software a la cabeza”, explica Yves Bonzon, responsable de inversiones del banco suizo Julius Baer. “Las preocupaciones de los inversores sobre el impacto disruptivo de la IA siguen pesando sobre las acciones estadounidenses, desde los corredores de seguros y los servicios inmobiliarios hasta la logística”, explica el banco de inversión suizo UBS, que adopta, no obstante, un tono optimista para los inversores: “Aunque está por ver el impacto global en estas industrias y en las empresas individuales, consideramos [este proceso] una validación del potencial de monetización de la IA. Los avances subrayan su naturaleza transformadora”.

“Esto es diferente a todas las oleadas de automatización anteriores, y necesito que entiendan por qué”, avanza Shumer en un relato inquietante que ha encontrado eco en varios ejecutivos del sector. “La IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo. Mejora en todo simultáneamente. Cuando las fábricas se automatizaron, un trabajador despedido pudo capacitarse para trabajar como oficinista. Cuando internet irrumpió en el comercio minorista, los trabajadores se trasladaron a la logística o los servicios. Pero la IA no deja un hueco conveniente para ocupar. Sea cual sea el objetivo de la capacitación, también está mejorando en eso”, añade.

Las voces de alarma arrecian al tiempo que las grandes tecnológicas redoblan sus apuestas por una tecnología disruptiva. Solamente durante 2026, las cuatro grandes tecnológicas globales, Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, planean invertir más de 650.000 millones en IA. Es la mayor cantidad invertida en un solo año en cualquier otro desarrollo tecnológico; ni la expansión del ferrocarril a finales del siglo XIX, los programas de la NASA para conquistar el espacio o la burbuja de las puntocom de principios del siglo XXI consumieron tantos recursos en tan poco tiempo.

Estos colosos tecnológicos, que manejan un presupuesto mayor que el de algunos países, están lanzados en una alocada carrera para desarrollar la IA. Necesitan entrenar sus modelos informáticos con miles de ordenadores montados con microprocesadores de última generación. Los reúnen en unas naves gigantescas, los centros de datos, con cientos de servidores para que el sistema siga aprendiendo. Y requieren de plantas especiales de suministro de energía para asegurar su enorme consumo.

Schumer dibuja un panorama estremecedor. Explica cómo en los últimos años las mejoras en los modelos cognitivos creados por algoritmos han logrado avances exponenciales. Pero las últimas versiones de OpenAI, creador del popular ChatGPT, o Anthopic, que desarrolla el modelo Claude, “no son mejoras graduales. Es algo completamente diferente”, advierte.

“La IA no es un sustituto de trabajos humanos específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”, sostiene Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa fundada por antiguos investigadores de OpenAI. Amodei publicó hace un par de semanas un inquietante artículo, La adolescencia de la tecnología. Cómo afrontar y superar los riesgos de la IA potente, sobre los riesgos que provocará una tecnología de este calibre o la IA general (IAG), aquella que podrá pensar por sí misma. Este ejecutivo calcula que la mitad de todos los trabajos de cuello blanco en el mundo van a desaparecer en el plazo de entre uno y cinco años. Tras analizar en el artículo las consecuencias de esta revolución, concluye: “El shock a corto plazo tendrá una magnitud sin precedentes”.

Esta semana la empresa ha alcanzado una valoración de 380.000 millones de dólares, después de la última ronda de financiación en la que logró fondos por 30.000 millones. Anthropic se ha posicionado como una de las compañías tecnológicas más concernidas por la seguridad. Asegura que su modelo está entrenado siguiendo principios éticos para evitar la manipulación y el engaño.

Esta semana ha anunciado la creación de una SPAC, una herramienta de cotización bursátil, dotada con 20 millones de dólares, para promover la transparencia y seguridad en los modelos de inteligencia artificial. La empresa Public First busca influir en los legisladores para establecer una regulación y barreras en la IA que impidan los abusos. En realidad, su estrategia es contra su rival OpenAI, que utiliza tácticas más agresivas.

El ensayo de Shumer coincide también con la renuncia de dos ejecutivos de OpenAI y Anthropic, alertando de la profundidad de los cambios que se le vienen al mundo encima, no solo a nivel laboral. “El mundo está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este preciso momento”, escribió Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA que abandonó Anthropic para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”.

Sharma ha trabajado en un área para tratar de garantizar la seguridad de la IA para combatir los riesgos del bioterrorismo asistido por IA e investigar “cómo los asistentes de IA podrían hacernos menos humanos”. Y dice que abandona con un cierto sentimiento de resignación.

El miércoles, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI, el creador del popular ChatGPT, publicó un artículo en The New York Times alertando sobre sus dudas respecto a la nueva práctica de que las empresas de IA ofrezcan publicidad. Hitzig, doctora de Economía en Harvard, escribió: “Tengo serias reservas sobre la estrategia de OpenAI”. Al día siguiente presentó su renuncia. En el artículo explica cómo muchas personas emplean las herramientas de IA como terapeutas, para confesar sus emociones o para charlar. El sistema logra una ventaja a la hora de ofrecer publicidad y Hitzig observa problemas éticos.

También existen riesgos de seguridad. Amodei pone el ejemplo de un nuevo país integrado por los 50 millones de mentes más brillantes del mundo. Piensan de 10 a 100 veces más rápido que cualquier humano. Nunca duermen. Pueden usar internet, controlar robots, dirigir experimentos y operar cualquier cosa con una interfaz digital. El experto advierte de que supondría “la amenaza a la seguridad nacional más grave que hemos enfrentado en un siglo, posiblemente nunca”.

«El terremoto de la última versión de la IA alarma a los expertos: “El mundo está en peligro”», El País, Jesús Sérvulo González, 14.02.26


lunes, 20 de octubre de 2025

Excéntricos 38

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 10.01.1956), foto: Victoria Iglesias (2018)
Salir a la calle ha sido como entrar en un mar con oleaje. Quién es él entre la gente que lo esquiva apresurada, se pregunta. Soy un hombre anciano que pasea a su perra, se responde. Tal vez no sea en rigor un anciano, aunque sin duda lo es para los jóvenes con los que algunas noches se cruza, grupos testosterónicos que parecían haber desaparecido del mapa y han vuelto más temibles que antes. A veces los une el fútbol, otras, como el viernes pasado, el Cara al Sol no tan improvisado en la esquina de su casa: mismo corte de pelo, misma vestimenta, musculación hormonada, esa férrea voluntad de algunos hombres de parecerse unos a otros. Él es el hombre solo, aturdido y temeroso, sin más propósito que comprar un periódico. Ya en sí este es el inicio de una historia anacrónica. Pasea a una cachorrilla atolondrada. Sujeta con fuerza la correa porque los autobuses recorren la calle a una velocidad inusitada, acercan tanto las ruedas a la acera que siente un escalofrío al pensar que podrían llevársela por delante. Decía Buñuel en sus memorias que de la vida eterna solo esperaba poder salir cada veinte años de su tumba, comprar el periódico, ver cómo estaba el mundo y regresar al sueño eterno. Qué pensaría Buñuel de este mundo precipitado que él atraviesa ahora con el mismo propósito: asomarse a unas páginas para luego volver a refugiarse en casa. Qué pensaría su padre, se pregunta, si levantara la cabeza esta mañana y observara atónito a toda esta gente que se le cruza sin mantener un mínimo contacto visual porque anda sumergida en una pantalla. ¿Sabría aquel hombre del campo ponerle un nombre apropiado a esta extrañeza? Hace tiempo que se siente fuera de época, pero no lo dice, ni lo escribe, porque teme afianzar una misantropía que lo recluya y lo induzca a rehuir a la multitud. ¿No acusan con frecuencia a los hombres de edad, de la suya, de ser iracundos? Él no se ve como una amenaza para nadie, es que no tendría fuerzas para serlo, muy al contrario, siente que ya no ocupa casi espacio, como si se fuera poco a poco desvaneciéndose. Se acobarda cuando ocupan la acera estas nuevas hordas de varones enormes, el renovado furor de motoristas que atraviesan la ciudad dejando a su paso una estela de ruido o al sentir el estruendo de esos coches deportivos tan en boga que arañan el asfalto y son alquilados por un día para asustar a los hombres de pobres propósitos como él: comprar el periódico, pasear a su perra, seguir una rutina que lo aferre a la vida, contrarrestar su creciente invisibilidad. No hay vida sin ambición, dicen, y se pregunta cuál es la suya. Refugiarse en su cuarto de juegos, como cuando era niño; los juegos son prácticamente los mismos. No ha cambiado nada en él, los mismos miedos, las mismas fantasías. Qué fracaso de aprendizaje, piensa cuando se entrega a pensamientos negros. Echa de menos la presencia de su padre en la huerta, aunque ya no tiene ni edad para ser huérfano. Aun así, la vida no lo ha tratado mal, se dice, al fin y al cabo, cuántos pueden entregarse a tareas solitarias y lanzar luego aviones de papel por la ventana para dar cuenta al mundo de su existencia: “¡Sigo aquí!”. A menudo se encuentra con un viejo en una silla de ruedas empujada por una chica de acento dulce. El viejo tiende la mano para acariciar a la perra y él se la sube al regazo. La perrilla le devuelve algo de la memoria perdida. Ignorado perro de la dicha, escribió Onetti. “Mejores que las personas”, murmura el viejo antes de emprender uno de sus últimos paseos.

Soy el hombre al que le van cerrando kioscos, piensa, el hombre de la Edad del Papel, y paseo a mi tercera perra. Soy el protagonista de un cuento del siglo XX. Y entonces, al alzar la vista, la ve. Tan suya. Avanza hacia él y al acercarse lo agarra fuerte por los hombros como si quisiera sacarlo del agua. Él no sabe si es una aparición del pasado o del futuro, pero de pronto se siente a salvo.

Elvira Lindo, «Sentirse a salvo», El País, 19.10.25

martes, 27 de mayo de 2025

Desolación 24

Paseo de la Constitución, Baeza, el pasado mes de enero, fuente diario Ideal, 17.01.25
En unos minutos y sin demasiado esfuerzo —los dos tenían experiencia en trabajos de construcción— talaron lo que había crecido con extrema lentitud durante dos siglos, al ritmo solemne de los procesos de la naturaleza, con la paciencia gradual con la que crecen y se edifican las obras más valiosas, las naturales y las humanas, los bosques y las catedrales, los arrecifes de coral, las ciudades crecidas orgánicamente sin que nadie las haya planificado, las formas civilizadas de convivencia.

En la bella Baeza, que forma con Úbeda un espejismo doble de clasicismo italiano en medio de los olivares de Jaén, un ayuntamiento regentado por bárbaros decretó hace unos meses la tala de los árboles enormes que daban sombra y vida al paseo de la Constitución. La tala no se hizo de noche ni fue anónima, y, sin embargo, los concejales arboricidas no corren el menor peligro de ser acusados ante un tribunal. Dejan desierto y pelado un paisaje que uno lleva viendo toda la vida y están talando al mismo tiempo este momento presente y el recuerdo.

Antonio Muñoz Molina, «Como el árbol talado» (fragmentos), El País24.05.25

* * *

Al día siguiente quedé con mi amiga para tomar café en el Bombay después de comer. Nos gustaba ese sitio en la calle Real, bajo la imponente torre de las campanas de la catedral, uno de los contados de la capital al que no había alcanzado la moda de los cristales biselados y las cerámicas estridentes. Así aprovechábamos para entrar al templo, sin que en cada ocasión dejara de sorprendernos la atmósfera mágica de sus perfectas proporciones, en especial las de su sacristía y sala capitular, dos de los espacios más elegantes de la arquitectura española. No mucho más restaba que ver en la muy noble y leal ciudad, ignorada por sus vecinos y arrasada con método por los alcaldes de sus últimos cien años. En este periodo se había destruido lo que se tardó dos mil años en moldear: habían caído iglesias, conventos, palacios, teatros, casas populares, calles y plazas enteras; hasta el ambiente era distinto, abandonados los barrios históricos y desplazada la gente del casco antiguo hasta las partes modernas, trazadas al azar, sembradas de bloques de pisos cada uno de una clase, sin orden ni concierto. Cuando algunas voces se alzaban, las de los aguafiestas de siempre, ya era demasiado tarde. Pero lo mismo había sucedido con la mayoría de las ciudades y los pueblos de la provincia, siempre en la cola de las estadísticas. No éramos genios de la conservación. Sólo las pocas que habían sabido proteger su patrimonio empezaban a gozar de los beneficios del turismo y de un prestigio que ya traspasaba las fronteras, después de la reciente declaración de dos de ellas, las más representativas, como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Antonio Erena Camacho, El secreto del escultor, Gráficas La Paz, Torredonjimeno, 2012, p. 52. 

lunes, 24 de marzo de 2025

Lecturas 22

Manuel Chaves Nogales, Semana Santa en Sevilla, Almuzara, 2013
Democracia, hasta cierto punto
     
     El cabildo de las Hermandades se reúne dos veces al año: una, antes de la Semana Santa, para acordar la salida procesional, y otra, después, para la aprobación de las cuentas. Las Hermandades tienen una constitución democrática, naturalmente, corrompida. Teóricamente, todos los cofrades tienen los mismos deberes y derechos; pero, en realidad, cada cofradía es una organización caciquil perfecta. Lo decimos, no en su daño, sino en su elogio; ya hubiese querido España que su régimen político se hubiese cimentado sobre una fórmula de convivencia como la que disfrutan las Hermandades. Una cosa así hubiese sido lo que, seguramente, soñaron Cánovas, el conde de Romanones o Lerroux.
     Cuando se reúne el cabildo, todos los hermanos tienen voz y voto. Claro está que sólo osa hablar y votar a su antojo quien tiene autoridad para ello. Autoridad quiere decir solvencia económica para pagar 1as deudas que se contraigan, espíritu de sacrificio para trabajar sin remuneración, o bien tradición dentro de la Hermandad. Cuando un capigorrón cualquiera, un hermanuco trashumante e insolvente, toma la palabra en el cabildo y quiere que se haga esto, lo otro o lo de más allá, sólo para ejercitar su democrático derecho como cualquier orador de mitin, no se le hace ningún caso, y si protesta se le hace callar. En la Hermandad se hace siempre lo que quiere el hermano mayor, que muchas veces suele ser un simple cofrade oculto detrás de un aparatoso hermano mayor puramente decorativo.

Manuel Chaves Nogales, Semana Santa en Sevilla, Almuzara, 2013, p. 70 (publicado originalmente en Ahora, diario gráfico, N.º 1.330, 31.03.1935, s. p.)

martes, 24 de diciembre de 2024

Navidad 2024 3

Plaza de Isabel II y Teatro Real, Madrid, foto: Antonio Erena, 17.12.24
   Mi hijo mayor tuvo esta semana su primera duda teológica. Dando un paseo nos encontramos con varias ventanas decoradas con estandartes del niño Jesús que le llamaron la atención, así que le recordé que estaban ahí porque en Navidad celebramos que Dios ha nacido. Sin soltarme la mano y desde abajo ―ojalá se pudieran guardar esas miradas―, frunció el ceño y me respondió que no, que Dios no había nacido. Que quien había nacido era Jesús.
   Tenía dos opciones: intentar explicarle la Santísima Trinidad a un niño de tres años o pasar por alto lo que acababa de ocurrir y decirle “¡mira, un perro con abrigo!”, táctica que utilizo cuando no me conviene el cariz que está tomando alguna situación. Opté por la primera y, como bien pude, le expliqué que Jesús era el hijo de Dios y Dios encarnado, pero él seguía poniendo pegas. Su argumento final fue que Cristo no podía ser Dios porque era un bebé, y comprendí que el germen de su arrianismo igual no era la incomprensión de la Santísima Trinidad sino que Dios pudiera andar por ahí en pañales. Para mi hijo, que le cuenta a todo el que se preste a escucharle que él ya va al colegio y que su seño se llama Nerea, los bebés son el escalón más bajo de la sociedad, así que, ¿cómo iba a ser Dios uno de ellos?
   Esa misma tarde leí una columna de Sergio C. Fanjul en la que exponía dos cuestiones: cómo el capitalismo ha fagocitado el sentido de la Navidad y las consecuencias de la secularización en las generaciones más jóvenes. “Nunca imaginé que iba a requerir tanto esfuerzo que mi hija conociese la antes ubicua figura de Cristo. Más bien pensaba que tendría que protegerla del adoctrinamiento”, confesaba, en la línea de otro artículo en el que Sergio del Molino contaba: “Nunca pensé que me fuera a preocupar algo así, pero sin una cierta familiaridad con el catolicismo (...) casi toda la cultura occidental se vuelve incomprensible”. Cabe preguntarles qué solución proponen. Si es la del laicismo ―relegar la educación religiosa al ámbito privado―, la brecha cultural entre clases se acrecentará, pues, en una sociedad secularizada como la nuestra, sólo los hijos de las clases ilustradas acabarán sabiendo decodificar su propia cultura.
   Pero, volviendo a la columna navideña de Fanjul, en ella no daba el paso de relacionar la propuesta económica del liberalismo ―el hedonismo consumista― con la antropológica ―la muerte de Dios, el laicismo, el desencantamiento del mundo―. No sólo los mercaderes han expulsado a Cristo de su cumpleaños; también lo han hecho quienes se empeñan en borrar su nombre y su huella, los de los belenes laicos y el felices fiestas en nombre de la inclusión, que no parecen plantearse que para integrar a alguien a una cultura antes hay que tenerla.
   Fanjul no tiene fe, pero eso no le impide entristecerse al observar que casi nadie se acuerda de Cristo en Navidad. Y yo, que no es que empezara a creer en Dios sino a dejar de negar su existencia hace unos años, tengo que decirle que no se preocupe. Que no somos pocos los que, como canta Pablo Martínez, estos días celebramos ese escándalo para los poderosos que es que Dios anduviera en pañales. Que no naciera en un palacio lleno de oro sino en un pesebre. Que se presentara ante nosotros sin cetro, con la fragilidad y la ternura de un recién nacido, señalándonos así el camino. No somos pocos y he de confesarles, aunque los datos me contradigan, que creo que cada día seremos más. Porque es del frío de donde surge la necesidad de una lumbre. Feliz Navidad.

Ana Iris Simón, «Nuestro Dios anduvo en pañales», El País, 21.12.24

martes, 17 de diciembre de 2024

Coches 31

Kia Stonic, San Cebrián de Mazote, Valladolid, foto: Antonio Erena, 29.08.24
Chirrían unas manivelas que rastrillan platos. Una rueda pinchada desequilibra la estructura. Hay piedras, cemento, cristales rotos y hasta objetos punzantes. Todos desatan una sobrecogedora sensación de decadencia. Los coches del artista alemán Wolf Vostell invaden el paisaje de Los Barruecos, en Cáceres, y nos trasmiten, desde su confección en torno a los años de la crisis del petróleo, una crítica de la modernidad y una invitación velada a seguir rompiéndolos. En efecto, dan ganas de continuar quebrando ventanas o rajando neumáticos, de participar en una creación que simboliza la destrucción, más allá del espacio que ocupan. Pienso en Vostell al contemplar las fotografías posteriores a la dana; hipnóticamente, he reiterado esa mirada al dique infranqueable que conformaron tantos coches apilados que nadie pudo circular, durante días, por algunas calles valencianas. Un amasijo de acero y plástico salpicado de vidrios hechos añicos bloqueaba el paso y escondía, en el peor de los casos, vidas dentro. Algunas personas fallecieron en sus coches, creyéndolos un lugar impenetrable por el agua que acabaría tragándoselos. Otras descendieron a los garajes para protegerlos de una inundación segura —el coche como el bien más preciado—, sin atender a la trampa mortal que se cernía sobre ellos.

Epítome del avance social transformado en ataúd, frontera entre zonas urbanas y tiempos, quizá se encuentre mutando nuestra noción de la máquina todopoderosa, más cercana, en el transcurso de estas inundaciones, al veneno que al antídoto. Afirmaba Marinetti en el manifiesto futurista que un “coche que ruge es más bello que la Victoria de Samotracia”. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, buena parte del arte —especialmente las vanguardias— abrazaron la técnica y el fervor fósil como señales de progreso infinito comandado por el hombre. Elocuente es el manifiesto porque prioriza ese motor rugiente frente a la mismísima cultura griega, presunta cuna de la civilización occidental, pero no fue el único que lo reivindicó, asociado a valores como la libertad e independencia. El fascismo incorporó la innovación tecnológica y la velocidad en su ideario, y cuenta la leyenda que fue Mussolini quien impulsó la fabricación del Fiat Topolino para la clase obrera. Cuando ese coche llegó a España no tardó en causar furor, aunque, como explicó Carmen Martín Gaite, el término pasó a utilizarse para referirse a unos zapatos y las “niñas topolino”, ciertamente esnobs, se convirtieron en mujeres sospechosas de desafiar tímidamente el oscurantismo machista del franquismo. Para cuando apareció el Seat 600, ya se había establecido una correlación que aún perdura en nuestros imaginarios: a mayor consumismo —en cuyo seno destacan los rugidos a gasolina—, mayor percepción de libertad, a pesar de que no se sepa muy bien para qué (si la “libertad” consiste en conducir al trabajo, por ejemplo, habría que cuestionar las condiciones laborales y la mera transacción económica con nuestros cuerpos, no tanto el método de desplazamiento).

Han transcurrido varias décadas desde que aquellos vehículos se deslizasen entre las entrañas del deseo y, a decir de Pasolini, neutralizasen la diversidad cultural e ideológica para provocar una identificación totalizadora con los ideales de la clase dominante. No es casualidad que, desde la institucionalidad franquista, se atribuyese al Seat 600 la capacidad de “acabar con la amenaza comunista”; sin embargo, junto a sus habilidades políticamente desmovilizadoras, el coche-hijo del paradigma único fosilista actual, ha contribuido a modificar significativamente los patrones climáticos y ha moldeado nuestras subjetividades según sus humaredas y volantazos. La reconfiguración del espacio urbano en torno a los aparcamientos y las carreteras, de los centros de trabajo o los lugares residenciales en ciudades cada vez más dispersas, la asimilación de la rapidez o el individualismo… todo ello está relacionado con un encumbramiento del coche que ha fomentado una suerte de orfandad en la mera concepción de otros mundos posibles. No importa que, en la Unión Europea, mueran cada año cientos de miles de personas debido a la contaminación atmosférica —la cual alimenta el vehículo privado—, o que, cada año, nos estallen en las manos nuevos récords de temperatura o extinción de la biodiversidad, el coche renace de entre las cenizas, ineluctable y soberbio.

Así que tal vez vaya siendo hora de arrinconarlo y, encasquetado en su propia mole inservible, condenarlo al desguace de la historia. Permitiría nuevas posibilidades, pensar distintas formas de movilidad —o de estatismo casero—, aunando la conversación cartográfica a la configuración de la cotidianeidad: ¿se puede ir a la guardería caminando, a la oficina?, ¿cuántas horas de encierro al volante me ahorraría si las sustituyo por una apacible lectura en el tren?, ¿cuánto dinero, si comparto el vehículo? Como Vostell, podríamos desterrarlo al museo, y luego abrir alamedas, destripar el asfalto y plantar flores; que la próxima lluvia torrencial calase terrenos verdes en lugar de acelerar su pulsión de muerte sobre el asfalto. Más de un siglo de fascinación con un objeto incoherente en este contexto de emergencia climática ha sido suficiente; las fotos de Valencia, como un augurio, anuncian el destino de cuatro ruedas agonizantes.

Azahara Palomeque, «Tu coche, mi coche, nuestra catástrofe», El País, 17.12.24

martes, 19 de noviembre de 2024

Otoño 8

Tréboles (Oxalis corniculata L.), foto: Antonio Erena, 15.11.24
Así que habrá que retirarse a la trastienda, apagar la radio, apagar el televisor, o dejar a las niñas que vean sus dibujos, acogerse al silencio, salir al campo en la mañana de noviembre, examinar con sosiego de botánico los vuelos de los últimos abejorros sobre las corolas desbaratadas y carnales de las últimas dalias, leerles un cuento a las niñas, o asistirlas en su propia lectura paciente, leer a Montaigne, o a su pariente espiritual Miguel de Cervantes, mandar dinero a la Cruz Roja de Valencia; y también dejar la trastienda y salir a manifestarse por el aire limpio, la vivienda digna, las ciudades no colonizadas por especuladores ni turistas, la educación pública crítica y humanista para todos, la sanidad universal a salvo de los mercaderes, el mundo habitable y justo en el que ojalá vivan esas niñas cuando sean mujeres adultas y nosotros ya no estemos.

Antonio Muñoz Molina, «Tareas de trastienda» (fragmento), El País, 16.11.24

miércoles, 30 de octubre de 2024

Extraterrestres 19

Íñigo Errejón (Madrid, 14 de diciembre de 1983), fuente: Diario de Mallorca, 25.09.19
Diez años han pasado desde aquel asalto a los cielos que no llegó ni a despegar. En 2014, Podemos llegó con una mezcla de mesianismo y campechanía muy equilibrada. Sus discursos estaban llenos de jerga politológica y mala poesía revolucionaria, pero sus diputados dejaban los abrigos en el respaldo de los escaños porque desconocían el guardarropa. Ha llegado la gente al Parlamento, decían, y la gente se hace cargo de su propio abrigo. La gente tampoco quería coches oficiales, ni sueldazos, ni carreras políticas profesionales. Esos eran vicios de la casta a los que fueron acostumbrándose con la misma naturalidad con la que sus organizaciones asamblearias se volvieron cesaristas.

Se me atragantó siempre la cursilería, pero al principio me convenció la informalidad. Cuando vi a tanto rancio cabreado por los pelos, las pintas y los modales de los nuevos diputados, estos me cayeron simpatiquísimos, y sentí que aireaban las moquetas de una democracia que hedía a moho por muchos rincones.

Una década después, la caída del último de aquellos ídolos —instalado en la casta, inmerso en los usos y costumbres noctívagas de la élite cortesana, abrazando los vicios morales que vino a liquidar— subraya el final catastrófico de la aventura. Al margen del recorrido penal que pueda tener el caso, el derrumbamiento es moral, porque moral fue siempre su bandera. Íñigo Errejón es el símbolo de un fracaso mayúsculo: quisieron reformar la sociedad, pero no fueron capaces ni de reformarse a sí mismos.

El hundimiento va mucho más allá de una contradicción mal cabalgada. De los últimos 10 años, la izquierda adanista ha cogobernado la mitad, sin contar su amplio poder autonómico y municipal (ya desaparecido). En ese tiempo, la mayoría de los males que venían a sanar, a sajar o a paliar siguen igual o peor. Vivimos en un país más desigual, con una juventud más empobrecida y sin vivienda y con un Estado social más débil en lo más sensible, como la sanidad o la educación. La reforma laboral fue un chiste que mantuvo lo esencial de la del PP. Los avances en derechos civiles han estado acompañados de ruido y chapuzas que los han malogrado en parte y muchos movimientos sociales se han evaporado (¿alguien se acuerda de Stop Desahucios o de las mareas?). Como consecuencia, el espacio a la izquierda del PSOE, que representa a una parte importante de la población española, se ha quedado yermo y devastado sin apenas intervención de sus enemigos: complacidos y asombrados, estos han visto cómo los propios dirigentes de las sucesivas organizaciones lo arrasaban. El caso Errejón es tan solo la moraleja de una fábula tristísima.

Sergio del Molino, «Errejón como moraleja», El País, 30.10.24

jueves, 16 de mayo de 2024

Relación

Francisco de Goya, «Los moros establecidos en España, prescindiendo de las supersticiones de su Alcorán, adoptaron esta caza y arte, y lancean un toro en el campo», Tauromaquia, 3, 1814-16, Calcografía Nacional, Real Academia de San Fernando
Estas fiestas son hermosas, interesantes y magníficas; estos espectáculos, extremadamente nobles, cuestan mucho dinero. Difícil sería hacer de ellos una referencia exacta, y es preciso verlos para comprender su valor; pero confieso que todas estas cosas no acaban de gustarme cuando pienso que un hombre, cuya vida nos interesa, comete la temeridad de ir a exponerla contra un toro furioso, y que por su amor solamente (el amor es de ordinario el principal motivo) cae maltrecho, ensangrentado y moribundo. ¿Pueden aprobarse tales costumbres? Y aun suponiendo que no se sienta por nadie un interés particular, ¿puede desearse la celebración de una fiesta en la que pierden la vida varias personas? Por mi parte sorpréndeme que en un Estado cuyos Reyes llevan el sobrenombre de católicos se tolere una diversión tan bárbara. Bien sé que es muy antigua y de los moros heredada, pero creo que debiera de ser abolida, como otras muchas costumbres que se conservan aún desde aquellos tiempos en que los infieles habitaron este país.

Relación que hizo de su viaje por España la señora condesa D’Aulnoy en 1679, Tipografía Franco-Española, Madrid, 1892, p. 155.

miércoles, 17 de abril de 2024

Silencio (2)

José López Arjona (Torredonjimeno, 1910 - 2005), Cartujo leyendo (lápiz, clarión y carboncillo sobre papel continuo, c. 1945, c. p.), foto: Antonio Erena, 16.04.24
Silencio, anterior entrada del blog

La palabra ruido aparece muy pronto en Don Quijote de la Mancha. Aludiendo en primera persona a su amarga experiencia de la cárcel, Cervantes dice que en ella “toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación”. Viejo soldado que había conocido el fragor de las explosiones y los gritos en la batalla de Lepanto, cautivo en Argel durante cinco años, huésped frecuente de las terribles ventas y posadas de los caminos de Castilla y Andalucía, Cervantes era una de esas personas de disposición sosegada que se vio casi siempre acosado por los tristes ruidos del mundo. Por eso celebra tantas veces en su literatura el silencio, y lo califica repetidamente de maravilloso, un refugio y un antídoto contra las estridencias y las cacofonías de una realidad inhóspita. En uno de los capítulos más misteriosos de la Segunda Parte, cuando don Quijote y Sancho se encuentran acogidos en la casa de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo que disfrutan más los dos, además del buen trato y la comida abundante, es el “maravilloso silencio” que reina en ella. Es el silencio lo que prevalece en ese capítulo en el que no hay ninguna peripecia: inventado casi él solo el arte de la novela, Cervantes inventa también esa novela en la que no ocurre casi nada, salvo lo más difícil de contar, que es el fluir cotidiano de la vida, sin tramoya de argumento ni de golpes de efecto, como en una historia de Flaubert o de Chéjov, o en una página de diario de Josep Pla.

Amar el silencio y el sosiego es un grave inconveniente para quien vive en España. He conocido a japoneses que se indignan contra ese lugar común tan repetido y al parecer tan infundado de que España es el país más ruidoso del mundo después de Japón. Si yo escribiera mi autobiografía, un hilo narrativo constante sería tal vez el de la búsqueda y la pérdida del silencio, la huida del “mundanal ruido” del poema de Fray Luis, quien por cierto también padeció la cárcel, y durante más tiempo y con más rigor que Cervantes. “Con ruido no veo”, dice Juan Ramón Jiménez, otro fugitivo del mundo en busca del silencio. En una etapa de ese viaje, hace ya muchos años, recalé con mi familia en un pequeño chalet adosado en la sierra de Madrid, imaginando veranos de holganza y de laboriosidad sin agobio, en torno a ese simple paraíso personal que uno desea siempre, un escritorio junto a una ventana, con una puerta entornada pero nunca cerrada, un lugar tan favorable al ensimismamiento del trabajo y la lectura como a la contemplación de la belleza exterior y a los rumores de la vida familiar, que en esa época tenían aún el timbre agudo de las voces infantiles. Instalé mi escritorio de madera simple, la estantería para los libros, el ordenador voluminoso de entonces, la repisa para el equipo de música. El primer día en una nueva casa es como la primera página de un cuaderno en blanco donde se irá escribiendo la vida. Por la ventana entraba un fresco de mañana de julio, traspasado por silbidos de golondrinas, y una luz temprana tamizada por la copa de un gran castaño. Al fondo de una llanura punteada de encinares se veía la ladera lejana y las torres y los muros severos de El Escorial.

Justo en el momento en que me recreaba con el preludio del trabajo estalló como un temblor que sacudía las paredes y el suelo, y que se convirtió en una vibración rítmica y machacona, como una máquina gigante, como sonaría la sala de máquinas de un transatlántico. El ruido formidable venía del otro lado de mi estantería recién instalada, todavía olorosa a madera, del chalet al que estaba tan estrechamente adherido el nuestro. Dejé en suspenso en el escritorio la tarea ya imposible y fui a hablar con los vecinos. Nada más abrirse la puerta de al lado vino como una tromba el estruendo multiplicado de aquella maquinaria formidable. La dueña de la casa me informó, con amabilidad y resignación, de que en su hijo adolescente se había despertado la vocación de DJ, y ella y su marido le habían hecho, no sin sacrificio, el regalo de un equipo completo de música electrónica. Frotándose las manos con un gesto de apuro, la señora me prometió que intentaría convencer al chico de que limitara las horas de estudio y ensayo, y sugirió que quizás podrían hacer ella y su marido el esfuerzo de insonorizar la pared que separaba su casa de la nuestra. Nos marchamos al cabo de poco tiempo, todavía más lejos, a otra casa en un lugar más agreste, junto a un pinar de donde venía el sonido hondo y rítmico de un pájaro carpintero.

He vivido en un segundo piso donde a las dos o las tres de la madrugada temblaban las patas de la cama por las ondas sonoras de un “bar de ambiente” que tenía el llamativo nombre de “VERY VERY BOY’S”. He leído en el periódico manifiestos firmados por escritores —muchos de ellos residentes en urbanizaciones lujosas de las afueras— que protestaban contra las limitaciones del horario nocturno de los bares, mientras en mi casa del centro de Madrid no era posible dormir ni casi vivir durante los multitudinarios botellones de los fines de semana. He escalado por los senderos de la Sierra oyendo el viento y oliendo a romero y he tenido que hacerme a un lado para que no me atropellara una fila de bárbaros saltando en moto como una patrulla de Mad Max. En Granada, durante la fiesta del Día de la Cruz, que en los primeros noventa proliferó durante una semana entera, he vivido bajo el asedio de altavoces de chiringuitos que emitían atronadoramente sevillanas de día y de noche, sorteando con dificultad las montañas de basura y los ríos de vómitos y orines que dejaban los participantes en la juerga. Cuando era niño, en Semana Santa, después de varios días atronado por tambores y trompetas, me aliviaba contemplar el paso sigiloso, a la luz de los hachones encendidos, de la Cofradía del Silencio.

Quizás en España hay todavía más razones para el exilio acústico que para el político. Franz Kafka le dice a su amada Milena Jesenska en una carta: “Un silencio como el que yo necesito no existe en el mundo”. En una crónica de Nacho Sánchez desde Almería he leído la historia de Rocío Quero, una mujer que se marchó de Sevilla buscando quietud y silencio en la austeridad admirable del Cabo de Gata, a un paso del parque natural y del mar, en una urbanización que se llama El Toyo. Rocío Quero, que en una foto del periódico tiene un aire afable y enérgico, el pelo rubio despeinado por el viento del mar, vive a quince minutos de su trabajo, y también muy cerca de Almería. Le gusta dar largos paseos en bicicleta por esos paisajes que tienen algo todavía de mundo intocado y pasear a su perro por la playa y las dunas.

Rocío Quero, y todos sus vecinos, han descubierto, con horror e impotencia, que su paraíso de tranquilidad no es intocable. Con el apoyo entusiasta de todas las autoridades, desde la Junta de Andalucía hasta los ayuntamientos de la zona, ese paraje tan lleno de belleza como de biodiversidad va a ser el emplazamiento, este verano, de un festival de música electrónica que durará tres días y tres noches y al que asistirán unas cuarenta mil personas, con el previsible efecto de devastación sobre la calma y el sueño de los vecinos y el frágil entorno natural en el que hasta ahora habían encontrado refugio. Sus quejas son recibidas por perfecta indiferencia, porque uno de los muchos abusos contra los que está indefenso un ciudadano en España es el abuso del ruido, más aún cuando tiene la disculpa de la brutalidad identitaria o festiva. Frente a la amenaza de los decibelios no queda otro remedio que la huida. El maravilloso silencio cervantino es fugaz y siempre está en otra parte.

Antonio Muñoz Molina, «Maravilloso silencio», El País, 06.04.24.

* * *

Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria, a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan, «yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno; que solo por ejercitar el ingenio la he hecho».

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo XVIII (fragmento), edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 1998.

Día de la Cruz, anterior entrada del blog

lunes, 24 de abril de 2023

Madame Tussauds Doñana

Juan Manuel Moreno Bonilla en Doñana, foto: Manuel Vidal, 15.10.19
Mondo brutto 20, anterior entrada del blog

Doñana delenda est. Todo suena como si Juanma Moreno imitase a Catón el Viejo, el senador romano, frugal pero empecinado, que acababa todos sus discursos con el lema Carthago delenda est. Ahora hay que destruir Doñana. Moreno lo intentó en 2022, con una propuesta parlamentaria que decayó. La reformuló hace unos días, firmándola con Vox.

Y tras los varapalos del Gobierno, la Comisión Europea y la Unesco, no la retira. Solo rectifica a medias: su consejero acude a Bruselas para “escuchar” a la Comisión. Este litigio acabará mal, sí o sí, para él y para su protector Núñez Feijóo, que se ha mojado a fondo en su defensa: solo admite la marcha atrás. Pues ampliar regadíos en el entorno del parque (legalizando pozos clandestinos) como propone, aunque no supone saquear directamente el acuífero del parque natural, lo socava. Pues “cualquier extracción que se haga, aunque esté a 30 kilómetros del corazón del parque nacional, tiene efectos sobre él”, certifica el director de la estación, Eloy Revilla.

El traspiés es ilustrativo. Aflora un negacionismo climático en el PP (¡en su ala moderada!), al atentar contra “el valor universal” del parque, la “excepcional diversidad del enclave” y al negarse al “cierre de pozos ilegales”, como le indicó la Unesco. Evidencia la dependencia de la derecha convencional respecto a su cisterna ideológica extremista, incluso si no la necesita.

Y desflora su reiterado intento de instrumentar a Europa en contra de los intereses españoles: atacó los fondos Next Generation; intentó socavar la reforma laboral que los viabilizaba; boicoteó la de las pensiones, que era otro requisito; acudió una y otra vez a Bruselas en misión antipatriótica... siempre abocada al fracaso. ¡Nostalgia de europeístas conservadores como Íñigo Méndez de Vigo, Marcelino Oreja o José María Gil-Robles!

El saqueo de Doñana es también contrario a la internalización de costes: los regalos a los agricultores incumplidores los ofrece la Junta; las multas las pagan de entrada todos los contribuyentes españoles, aunque luego puedan repercutirse a la causante. Y es el caso seguramente más importante en que la irresponsabilidad europea de una autonomía provoca que el Gobierno deba rectificarla, tras el intento de Canarias de saltarse una normativa arancelaria de la Unión, resuelto en 1989. No está mal, solo por intentar comprar unos cuantos votos de algunos agricultores desaprensivos.

Xavier Vidal-Folch, “Hay que destruir Doñana”, El País, 24.04.23

miércoles, 22 de marzo de 2023

Lecturas 15

Ángel Palomino, Madrid, Costa FlemingPlaneta, 1975
Una vez le preguntaron a Raúl del Pozo en qué costa de España veraneaba, y él respondió que en la costa Fleming. Doctor Fleming es una calle del barrio de Chamartín de Madrid a la que fueron a parar en los años 50 muchos marines estadounidenses dándole un nuevo aire: alcohol, horarios laxos, bares, prostíbulos. Una década después, era la zona de moda del faranduleo artístico; calles de “costumbres relajadas”, en eufemismo maravilloso de la época. La zona generó hasta un sonido propio, el sonido Costa Fleming, que hace unos años homenajeó en un disco uno de los músicos más originales y auténticos de la escena española, Fran Nixon. Nixon dijo una vez: “Cantar es una de esas cosas que merece la pena hacer aunque se haga mal”. Y este martes a primera hora, cuando se levantó de la cama el último vecino de la Costa Fleming, Ramón Tamames, debió de recordar aquella tarde en una marisquería de Madrid, cuando Sánchez Dragó, vinos mediante, propuso a Vox su nombre para ser presidente del Gobierno. “Ser presidente es una de esas cosas que merece la pena hacer aunque se haga mal”, tuvo que decirse cuando escuchó la oferta el profesor, de 89 años. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era una gran idea. Tamames dijo entonces una frase brillante: “Si no lidero la moción, puedo arrepentirme el resto de la vida”.

Entró en el hemiciclo con una sonrisa, apoyándose en un bastón y en un ujier del Congreso y escoltado por el líder de la extrema derecha, Santiago Abascal. Nada más llegar, lleno de solemnidad, se dirigió a la bancada del Gobierno a saludar ceremoniosamente a los ministros. Subió las escaleras acompañado del ujier y se sentó en un escaño junto a Abascal, que le avisaba de cuando salía a la tribuna para que el viejo profesor echase su silla hacia delante. Ya en los discursos, tanto de su padrino como de Pedro Sánchez, dio un recital de gestualidad. Hundido a ratos en el sillón, con el mentón en el pecho y sacándose y poniéndose las gafas. Sin consultar compulsivamente el teléfono móvil como el resto de los diputados, ejerciendo con habilidad la superioridad moral del que no tiene redes sociales. Sin mover una ceja cuando Abascal dijo que los diarios y sus voceros tenían ya las crónicas y los titulares escritos, como cuando su eurodiputado Hermann Tertsch dejó grabada la crónica de una huelga antes de que empezase.

A veces con la boca entreabierta en señal de estupefacción, otras frunciendo el ceño (cuando Sánchez lo definió como “señuelo”), muchas veces con gesto de cansancio (no tuvo el turno hasta más de dos horas de iniciada la sesión, su labor hasta entonces consistió en apartar la silla cuando pasaba por detrás Abascal) y no aplaudió a nadie, ni a los que lo metieron en el Congreso ni a los que el miércoles lo van a sacar. Hizo algo más: mirar el reloj, también cuando hablaba el líder de Vox. Y llamar la atención, muy incómodo, a Sánchez y Díaz por la duración de sus discursos (llegó a interrumpir a Sánchez aludiendo al tocho de 20 folios que llevaba el presidente —¿eran 20?, ¿los contó desde allí?—). Cuando llegó su turno, volvió la mirada al reloj, pero para sacárselo; se fajó con él durante segundos eternos mientras Abascal se desesperaba: “Cuando quiera, don Ramón”. Pero estaba don Ramón en ese momento como para dar las campanadas. Cuando acabó su primer discurso, dio las gracias a todos como cuando uno sale en televisión —y él estaba en todas—, en especial a su mujer Carmen. Como cuando uno publica un libro que sospecha será el primero y el último, y se lo dedica a todo el mundo que pueda. De hecho, su presencia allí era por un libro: el que ha anunciado que escribirá con su experiencia en la moción de censura. Costumbres relajadas.

Cinco horas antes, Ramón Tamames había cruzado el portal de su casa vestido para la ocasión en su día más importante; el día en que fue candidato a la presidencia del Gobierno, sin saber que el disco con el que Francisco Nixon homenajeó el sonido de la Costa Fleming se llama Lo malo que nos pasa en referencia a la frase de Pascal: “Todo lo malo que me ha pasado en la vida ha sido por salir de casa”.

Manuel Jabois, «Tamames en la Costa Fleming», El País, 21.03.23

lunes, 21 de noviembre de 2022

Esfera

Balón de fútbol Adidas del Mundial de Qatar 2022
Fuente: futbolmania

Preferiría no saber por qué el Mundial se juega en Qatar. Sin embargo, lo sé. Bueno, sé lo que sabe todo el mundo, o sea, poco, pero suficiente. Bastante como para sufrir una grave disonancia cognitiva, según llaman los psicólogos a pensar una cosa y hacer la contraria. La disonancia, o incoherencia si lo prefieren, suele provocar un malestar interno que a veces se resuelve con el autoengaño y otras veces con la honesta constatación de que uno da asco.

El arriba firmante ha intentado muy en serio el autoengaño. Sin éxito.

Joseph Blatter, que era presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) cuando en 2010 Qatar fue elegido como sede y hoy está inhabilitado por corrupción, acusa a Michel Platini, que por entonces presidía la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) y hoy está igualmente inhabilitado por corrupción, de presionar a favor del pequeño emirato arábigo. Resulta que el entonces presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, hoy condenado por corrupción (disculpen que me repita, la culpa es de ellos), había exigido a Platini que consiguiera para Qatar los votos necesarios y evitara que el Mundial de 2022 se dispu­tara en Estados Unidos, como estaba previsto.

Francia quería vender a Qatar aviones de combate. Y los vendió, a cambio del Mundial.

Yo me dije: ¿y cuándo no ha sido corrupto el negocio del fútbol? Nada nuevo.

Otra parte del acuerdo, alcanzado por el presidente francés, el hoy emir de Qatar y Michel Platini durante un almuerzo en el palacio del Elíseo el 23 de noviembre de 2010, nueve días antes de la votación mundialista, consistía en que Qatar comprara el PSG, el club del que Sarkozy es forofo, y lo convirtiera en el más rico del planeta. Cosa que se cumplió al año siguiente. La justicia francesa investiga ahora a Sarkozy y a su hijo por engañar a los cataríes: consiguieron que el emirato pagara por el PSG 64 millones de euros, en lugar de los 30 que valía. Visto en conjunto, calderilla.

No nací ayer, me dije, y sé cómo funcionan estas cosas. Lo de siempre. No pasa nada.

Amnistía Internacional dice que miles de trabajadores murieron durante la construcción de los estadios para el Mundial.

Intenté convencerme de que no era nada extraño y que los difuntos no serían tantos. Teniendo en cuenta que en Qatar los trabajadores inmigrantes están sometidos a la kafala, algo no muy distinto a la esclavitud, si esa pobre gente no hubiera fallecido por calor o una caída en el andamio de un estadio, lo habría hecho, pensé, en cualquier otra obra faraónica.

Qatar ha hecho saber a los homosexuales que no deben hacer cosas homosexuales (sea lo que sea eso) si acuden al Mundial. Uno de sus embajadores deportivos, el exfutbolista Khalid Salman, proclamó hace unos días que la homosexualidad es “un daño en la mente”.

Quise seguir autoengañándome, pero no doy para tanto. Resolví mi disonancia cognitiva por la vía penosa de la honestidad: participaré como espectador-cómplice en una conspiración repugnante y mortífera (la del negocio, no la del juego). Asumiré, supongo que como otros muchos futboleros, mi propia vergüenza.

Enric González, «La disonancia cognitiva», El País, 12.11.22