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viernes, 13 de febrero de 2026

Música popular 217

John Paul Young (Glasgow, 21.06.1950), fuente: ebay


¡Oh tú, ruidoso precursor de aguas
que desde el Neveral, lanzando quejas,
el pueblo corres derribando tejas,
capas batiendo y levantando enaguas!
 
Tú has dado el cese a mantos y paraguas,
tú eres el “bú” de niños v de viejas,
tú avisas bien cuando los soplos dejas
del dios lisiado las ardientes fraguas.
 
¡Arrecia más aún!, brama y aúlla,
llene el espacio tu bramido ronco,
que, cuando alegre yo mi lecho mulla
 
y cuando en él me tumbe como un tronco,
hemos de ver, ¡pardiez!, con tanta bulla,
si roncas tanto tú como yo ronco.
 
Antonio Almedros Aguilar, "Al viento de Jaén. Soneto", en Alfonso Sancho Sáez, Almendros Aguilar, una vida y una obra en el Jaén del siglo XIX, IEG, 1981, pág. 283, publicado en la revista de Madrid La Ilustración Española e Hispanoamericana del 22 de noviembre de 1895, pág. 299, y en el periódico de Jaén El Pueblo Católico del 10 de diciembre de 1895.

miércoles, 28 de enero de 2026

Invierno 7

Previsión meteorológica a día de hoy para Torredonjimeno del 2 al 10 de febrero próximos, fuente: ElTiempo.es (captura de pantalla de móvil)

lunes, 17 de marzo de 2025

Aguas de marzo

Josep Pla (Palafrugell, 08.03.1897 - Llofriu, 23.04.1981), en la puerta del Mas Pla, fotografía de cubierta de la revista Destino, N.º 1022, 09.03.57, foto: Dimas
A media tarde se pone a llover —una lluvia fina, densa, menuda, pausada—. No corre ni pizca de aire. El cielo es gris y bajo. Oigo caer la lluvia sobre la tierra y los árboles del jardín. Produce un rumor sordo y lejano —como el del mar en invierno—. Lluvia de marzo, fría, glacial. A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa —lívido, irreal—. Sobre el pueblo, pesando sobre los tejados, hay un silencio espeso, un silencio que se palpa. El  rumor del agua que cae lo alarga en una música vaga. Sobre este sonsonete, veo flotar mi obsesión del día: ¡Veintiún años!
Ver caer la lluvia, al final, me adormece. No sé qué hacer. Tendría, es evidente, que estudiar, repasar los libros de texto, para sacarme de encima esta pesada carrera de abogado. No hay manera. Si a menudo no puedo resistir la tentación de leer los papeles que encuentro por las calles, ante esta clase de libros la curiosidad se me cierra a cal y canto.
Decido empezar este dietario. Escribiré —lo justo para pasar el rato, a la buena de Dios— lo que se me vaya ocurriendo.

Josep Pla, El cuaderno gris, Unidad Editorial, 1999, págs. 9-10, trad. Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.


sábado, 4 de enero de 2025

Invierno 4

Goya, La nevada o El Invierno (1786), Museo del Prado
The room was suddenly rich and the great bay-window was
Spawning snow and pink roses against it
Soundlessly collateral and incompatible:
World is suddener than we fancy it.
 
World is crazier and more of it than we think,
Incorrigibly plural. I peel and portion
A tangerine and spit the pips and feel
The drunkenness of things being various.
 
And the fire flames with a bubbling sound for world
Is more spiteful and gay than one supposes — 
On the tongue on the eyes on the ears in the palms of one's hands —
There is more than glass between the snow and the huge roses.

La habitación se enriqueció de repente y la gran ventana mirador fue
cubierta de nieve y rosas rosadas contra ella
silenciosamente adyacentes e incompatibles:
el mundo es más repentino de lo que imaginamos.
 
El mundo es más loco y más de lo que pensamos,
incorregiblemente plural. Pelo y corto
una mandarina y escupo las pepitas y siento
la embriaguez de las cosas siendo varias.
 
Y el fuego arde con un burbujeante sonido para el mundo,
es más malicioso y alegre de lo que uno supone
—en la lengua, en los ojos, en los oídos, en las palmas de las manos—,
hay más que cristal entre la nieve y las enormes rosas.
 
Louis MacNeice, Snow (Nieve), The Collected Poems of Louis MacNeice, Oxford University Press, 1967, trad. Antonio Erena.

viernes, 27 de diciembre de 2024

Invierno 2

Józef Chełmoński, Perdices (Kuropatwy, 1891), Museo Nacional de Varsovia (perdices pardillas, Perdix perdix), fuente: Wikimedia Commons

martes, 17 de diciembre de 2024

Coches 31

Kia Stonic, San Cebrián de Mazote, Valladolid, foto: Antonio Erena, 29.08.24
Chirrían unas manivelas que rastrillan platos. Una rueda pinchada desequilibra la estructura. Hay piedras, cemento, cristales rotos y hasta objetos punzantes. Todos desatan una sobrecogedora sensación de decadencia. Los coches del artista alemán Wolf Vostell invaden el paisaje de Los Barruecos, en Cáceres, y nos trasmiten, desde su confección en torno a los años de la crisis del petróleo, una crítica de la modernidad y una invitación velada a seguir rompiéndolos. En efecto, dan ganas de continuar quebrando ventanas o rajando neumáticos, de participar en una creación que simboliza la destrucción, más allá del espacio que ocupan. Pienso en Vostell al contemplar las fotografías posteriores a la dana; hipnóticamente, he reiterado esa mirada al dique infranqueable que conformaron tantos coches apilados que nadie pudo circular, durante días, por algunas calles valencianas. Un amasijo de acero y plástico salpicado de vidrios hechos añicos bloqueaba el paso y escondía, en el peor de los casos, vidas dentro. Algunas personas fallecieron en sus coches, creyéndolos un lugar impenetrable por el agua que acabaría tragándoselos. Otras descendieron a los garajes para protegerlos de una inundación segura —el coche como el bien más preciado—, sin atender a la trampa mortal que se cernía sobre ellos.

Epítome del avance social transformado en ataúd, frontera entre zonas urbanas y tiempos, quizá se encuentre mutando nuestra noción de la máquina todopoderosa, más cercana, en el transcurso de estas inundaciones, al veneno que al antídoto. Afirmaba Marinetti en el manifiesto futurista que un “coche que ruge es más bello que la Victoria de Samotracia”. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, buena parte del arte —especialmente las vanguardias— abrazaron la técnica y el fervor fósil como señales de progreso infinito comandado por el hombre. Elocuente es el manifiesto porque prioriza ese motor rugiente frente a la mismísima cultura griega, presunta cuna de la civilización occidental, pero no fue el único que lo reivindicó, asociado a valores como la libertad e independencia. El fascismo incorporó la innovación tecnológica y la velocidad en su ideario, y cuenta la leyenda que fue Mussolini quien impulsó la fabricación del Fiat Topolino para la clase obrera. Cuando ese coche llegó a España no tardó en causar furor, aunque, como explicó Carmen Martín Gaite, el término pasó a utilizarse para referirse a unos zapatos y las “niñas topolino”, ciertamente esnobs, se convirtieron en mujeres sospechosas de desafiar tímidamente el oscurantismo machista del franquismo. Para cuando apareció el Seat 600, ya se había establecido una correlación que aún perdura en nuestros imaginarios: a mayor consumismo —en cuyo seno destacan los rugidos a gasolina—, mayor percepción de libertad, a pesar de que no se sepa muy bien para qué (si la “libertad” consiste en conducir al trabajo, por ejemplo, habría que cuestionar las condiciones laborales y la mera transacción económica con nuestros cuerpos, no tanto el método de desplazamiento).

Han transcurrido varias décadas desde que aquellos vehículos se deslizasen entre las entrañas del deseo y, a decir de Pasolini, neutralizasen la diversidad cultural e ideológica para provocar una identificación totalizadora con los ideales de la clase dominante. No es casualidad que, desde la institucionalidad franquista, se atribuyese al Seat 600 la capacidad de “acabar con la amenaza comunista”; sin embargo, junto a sus habilidades políticamente desmovilizadoras, el coche-hijo del paradigma único fosilista actual, ha contribuido a modificar significativamente los patrones climáticos y ha moldeado nuestras subjetividades según sus humaredas y volantazos. La reconfiguración del espacio urbano en torno a los aparcamientos y las carreteras, de los centros de trabajo o los lugares residenciales en ciudades cada vez más dispersas, la asimilación de la rapidez o el individualismo… todo ello está relacionado con un encumbramiento del coche que ha fomentado una suerte de orfandad en la mera concepción de otros mundos posibles. No importa que, en la Unión Europea, mueran cada año cientos de miles de personas debido a la contaminación atmosférica —la cual alimenta el vehículo privado—, o que, cada año, nos estallen en las manos nuevos récords de temperatura o extinción de la biodiversidad, el coche renace de entre las cenizas, ineluctable y soberbio.

Así que tal vez vaya siendo hora de arrinconarlo y, encasquetado en su propia mole inservible, condenarlo al desguace de la historia. Permitiría nuevas posibilidades, pensar distintas formas de movilidad —o de estatismo casero—, aunando la conversación cartográfica a la configuración de la cotidianeidad: ¿se puede ir a la guardería caminando, a la oficina?, ¿cuántas horas de encierro al volante me ahorraría si las sustituyo por una apacible lectura en el tren?, ¿cuánto dinero, si comparto el vehículo? Como Vostell, podríamos desterrarlo al museo, y luego abrir alamedas, destripar el asfalto y plantar flores; que la próxima lluvia torrencial calase terrenos verdes en lugar de acelerar su pulsión de muerte sobre el asfalto. Más de un siglo de fascinación con un objeto incoherente en este contexto de emergencia climática ha sido suficiente; las fotos de Valencia, como un augurio, anuncian el destino de cuatro ruedas agonizantes.

Azahara Palomeque, «Tu coche, mi coche, nuestra catástrofe», El País, 17.12.24

jueves, 21 de noviembre de 2024

Lecturas 21

Vicente Blasco Ibáñez, Cañas y barro, ed. Prometeo, Valencia, 1902, fuente: Iberlibro

Habían entrado en el lago, en la parte de la Albufera obstruida de carrizales e islas, donde había que navegar con cierto cuidado. El horizonte se ensanchaba. A un lado, la línea oscura y ondulada de los pinos de la Dehesa, que separa la Albufera del mar; la selva casi virgen, que se extiende leguas y leguas, donde pastan los toros feroces y viven en la sombra los grandes reptiles, que muy pocos ven, pero de los que se habla con terror durante las veladas. Al lado opuesto, la inmensa llanura de los arrozales perdiéndose en el horizonte por la parte de Sollana y Sueca, confundiéndose con las lejanas montañas. Al frente, los carrizales e isletas que ocultaban el lago libre, y por entre los cuales deslizábase la barca, hundiendo con la proa las plantas acuáticas, rozando su vela con las cañas que avanzaban de las orillas. Marañas de hierbas oscuras gelatinosas como viscosos tentáculos subían hasta la superficie, enredándose en la percha del barquero, y la vista sondeaba inútilmente la vegetación sombría e infecta, en cuyo seno pululaban las bestias del barro. Todos los ojos expresaban el mismo pensamiento: el que cayera allí, difícilmente saldría.

Vicente Blasco Ibáñez, Cañas y barro, ed. cit., p. 14.

jueves, 31 de octubre de 2024

Diluvio

Leandro da Ponte Bassano, Sacrificio de Noé tras el diluvio (1575-1600), Academia de San Fernando, Madrid
65Al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra y que todos los pensamientos de su corazón tienden siempre y únicamente al mal, 6el Señor se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón. 7Dijo, pues, el Señor: «Voy a borrar de la superficie de la tierra al hombre que he hecho, junto con los cuadrúpedos, reptiles y aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho». 8Pero Noé obtuvo el favor del Señor. 9Esta es la historia de Noé. Noé era un hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos. Noé siguió los caminos de Dios 10y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. 11La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de violencia. 12Dios vio la tierra y, en efecto, estaba corrompida, pues todas las criaturas de la tierra se habían corrompido en su proceder. 13Dios dijo a Noé: «Por lo que a mí respecta, ha llegado el fin de toda criatura, pues por su culpa la tierra está llena de violencia; así que he pensado exterminarlos junto con la tierra. 14Fabrícate un arca de madera de ciprés. Haz compartimentos en el arca, y calafatéala por dentro y por fuera. 15La fabricarás así: medirá ciento cincuenta metros de larga, veinticinco de ancha y quince de alta. 16Haz una claraboya a medio metro del remate, pon una puerta al costado del arca y haz una cubierta inferior, otra intermedia y otra superior. 17Yo voy a enviar el diluvio a la tierra para exterminar toda criatura viviente bajo el cielo; todo cuanto existe en la tierra perecerá. 18Pero yo estableceré mi alianza contigo, y entrarás en el arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. 19Meterás también en el arca una pareja de cada criatura viviente, macho y hembra, para que conserve la vida contigo. 20De cada especie de aves, de ganados y de reptiles de la tierra, entrará una pareja contigo para conservar la vida. 21Recoge toda clase de alimentos y almacénalos para que os sirva de sustento a ti y a ellos». 22Noé hizo todo lo que le mandó Dios.

71El Señor dijo a Noé: «Entra en el arca con toda tu familia, pues tú eres el único justo que he encontrado en tu generación. 2De cada animal puro toma siete parejas, macho y hembra; de los no puros, una pareja, macho y hembra; 3y lo mismo de los pájaros, siete parejas, macho y hembra, para que conserven la especie en la tierra. 4Dentro de siete días haré llover sobre la tierra durante cuarenta días con sus noches, y borraré de la superficie del suelo a todos los vivientes que he hecho». 5Noé hizo todo lo que le mandó el Señor. 6Tenía Noé seiscientos años cuando vino el diluvio a la tierra. 7Noé entró en el arca con sus hijos, su mujer y sus nueras, para librarse de las aguas del diluvio. 8 De los animales puros e impuros, de las aves y de todos los reptiles de la tierra, 9entraron con Noé en el arca de dos en dos, macho y hembra, como Dios había mandado a Noé. 10Pasados siete días, las aguas del diluvio cubrieron la tierra. 11En el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo, 12y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. 13Aquel mismo día entró Noé en el arca con sus hijos, Sem, Cam y Jafet, su mujer y sus tres nueras; 14y con ellos toda clase de fieras, de ganados, de reptiles, que se arrastran por la tierra, y de aves (pájaros y seres alados), según sus especies. 15Entraron con Noé en el arca parejas de todas las criaturas con aliento vital; 16de todas las criaturas entraron macho y hembra, como se lo había mandado Dios. Y tras él cerró el Señor la puerta. 17El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra; el agua creció y levantó el arca, que se alzó por encima de la tierra. 18El agua se hinchaba y crecía mucho sobre la tierra y el arca flotaba sobre la superficie del agua. 19El agua se hinchaba más y más sobre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el cielo; 20unos siete metros por encima subió el agua, cubriendo las montañas. 21Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves, ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra; y todos los hombres. 22Todo lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en la tierra firme, murió. 23Así fueron exterminados todos los seres de la superficie del suelo, desde los hombres hasta los ganados, los reptiles y las aves del cielo; todos fueron exterminados de la tierra. Solo quedó Noé y los que estaban con él en el arca. 24Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días.

81Entonces Dios se acordó de Noé, de todas las fieras y de todo el ganado que estaban con él en el arca; Dios hizo soplar el viento sobre la tierra y el agua comenzó a bajar. 2Se cerraron los manantiales del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. 3El agua se fue retirando poco a poco de la tierra y decreció, de modo que a los ciento cincuenta días, 4el día diecisiete del mes séptimo, el arca encalló sobre las montañas de Ararat. 5El agua continuó disminuyendo hasta el mes décimo, y el día primero de ese mes asomaron los picos de las montañas. 6Pasados cuarenta días, Noé abrió la claraboya que había hecho en el arca 7y soltó el cuervo, que estuvo saliendo y retornando hasta que se secó el agua en la tierra. 8Después soltó la paloma, para ver si había menguado el agua sobre la superficie del suelo. 9Pero la paloma no encontró donde posarse y volvió al arca, porque todavía había agua sobre la superficie de toda la tierra. Él alargó su mano, la agarró y la metió consigo en el arca. 10Esperó otros siete días y de nuevo soltó la paloma desde el arca. 11Al atardecer, la paloma volvió con una hoja verde de olivo en el pico. Noé comprendió que el agua había menguado sobre la tierra. 12Esperó todavía otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió. 13El año seiscientos uno, el día primero del mes primero se secó el agua en la tierra. Noé abrió la claraboya del arca, miró y vio que la superficie del suelo estaba seca. 14El día veintisiete del mes segundo la tierra estaba seca. 15Entonces dijo Dios a Noé: 16«Sal del arca con tu mujer, tus hijos y tus nueras. 17Haz salir también todos los animales que están contigo, todas las criaturas: aves, ganados y reptiles; que se muevan por la tierra, sean fecundos y se multipliquen en ella». 18Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus nueras. 19También salieron del arca, por familias, todos los animales, todos los ganados, todas las aves y todos los reptiles que se mueven sobre la tierra. 20Noé construyó un altar al Señor, tomó animales y aves de toda especie pura y los ofreció en holocausto sobre el altar. 21El Señor olió el aroma que aplaca y se dijo: «No volveré a maldecir el suelo a causa del hombre, porque la tendencia del corazón humano es mala desde la juventud. No volveré a destruir a los vivientes como acabo de hacerlo. 22Mientras dure la tierra no han de faltar siembra y cosecha, frío y calor,  verano e invierno, día y noche».

91Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. 2Todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo os temerán y os respetarán; todos los reptiles del suelo y todos los peces del mar están a vuestra disposición. 3Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento: os lo entrego todo, lo mismo que los vegetales. 4Pero no comáis carne con sangre, que es su vida. 5Pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano. 6Quien derrame la sangre de un hombre, por otro hombre será su sangre derramada; porque a imagen de Dios hizo él al hombre. 7Vosotros sed fecundos y multiplicaos, moveos por la tierra y dominadla». 8Dios dijo a Noé y a sus hijos: 9«Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, 10con todos los animales que os acompañan, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. 11Establezco, pues, mi alianza con vosotros: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra». 12Y Dios añadió: «Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: 13pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. 14Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco 15y recordaré mi alianza con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes. 16Aparecerá el arco en las nubes, y al verlo recordaré la alianza perpetua entre Dios y todos los seres vivientes, todas las criaturas que existen sobre la tierra». 17Aún dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que establezco con toda criatura que existe en la tierra». 18Los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet.

Sagrada Biblia, Génesis, 6:5 – 9:18, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Editorial BAC

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Eolo

Eolo, seguidor de Rubens, p. s. XVII
Museo de Bellas Artes de Asturias (depósito del Museo del Prado)
Martin de Vos, El Aire, s. XVI, Museo del Prado

—Abuela, dime otro cuento.
—¿Y rezar…?
            —Luego, en cenando.
—Anda, empieza;  yo a la lumbre
voy a añadir estos palos
y estas támaras… ¡qué gozo!
Vamos, abuelita.
            —¡Vamos!
Creyeron en una peste
campestres y ciudadanos
que el aire estaba mal…
y no iban descaminados.
Sobre la Pandera, mientras,
sobre el Almodóvar y el Hacho,
se estaba una nube negra
cual si la hubieran clavado.
Se les mete en la cabeza
que de allí les viene el daño,
y se van en procesión
a esos vecinos peñascos
y a Dios le piden que sople,
con la fuerza de su agrado,
viento de salud, que libre
a la ciudad del contagio.
Tanto le dijeron: «Sopla
y sopla y sopla», que al cabo
Dios dijo: «¡Allá va eso!».
Y sopló con brío tanto
que bajaron más de ciento
por las quebradas rodando.
Y hubo «cardenales-papas»
y chichones como tarros.
Huyó la peste, y quedó
para que, de cuando en cuando,
tuerza en las torres las cruces,
eche las tejas abajo,
toque campanas a vuelo,
paraguas vuelva y harapos,
abra las puertas del centro
del hermoso Santuario,
lleve sombreros y gorras
hacia los países altos
y las miradas curiosas
hacia los «países bajos»,
derrumbe las casas viejas
y estrelle a algún ciudadano
un cefirillo con fuerza
de setenta mil caballos.
—¡Pues mejor era la peste!
—No digas eso, muchacho;
Dios sólo del bien y del mal
tiene el secreto sellado.
Quizás por el viento rudo
es este pueblo más sano,
y es el precursor del agua
que fertiliza los campos.
 
Antonio Almendros Aguilar, 
«El viento», de Flor de la Infancia, 1868

lunes, 25 de julio de 2022

Lecturas 13

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno
(Une Saison en enfer), Hiperión, 1995
A quatre heures du matin, l'été,
Le sommeil d'amour dure encore.
Sous les bocages s'évapore
L'odeur du soir fêté.
 
Là-bas, dans leur vaste chantier
Au soleil des Hespérides,
Déjà s'agitent —en bras de chemise—
Les Charpentiers.
 
Dans leurs Déserts de mousse, tranquilles,
Ils préparent les lambris précieux
Où la ville
Peindra de faux cieux.
 
Ô, pour ces Ouvriers charmants
Sujets d'un roi de Babylone,
Vénus! quitte un instant les Amants
Dont l'âme est en couronne.
 
Ô Reine des Bergers,
Porte aux travailleurs l'eau-de-vie,
Que leurs forces soient en paix
En attendant le bain dans la mer à midi.
 
--------------------------------------------------------------
 
A las cuatro de la mañana, en verano,
el sueño del amor todavía dura.
Bajo las arboledas se evapora
el olor de la noche festiva.
 
Allá, en su vasto astillero
al sol de las Hespérides,
ya se agitan —en mangas de camisa—
los carpinteros.
 
En sus desiertos de espuma, tranquilos,
preparan los preciosos paneles
donde la ciudad
pintará falsos cielos.
 
¡Oh, por estos obreros encantadores,
súbditos de un rey de Babilonia,
Venus, deja un momento a los amantes
de alma coronada!
 
¡Oh, reina de los pastores,
lleva a los trabajadores el aguardiente,
que sus fuerzas estén en paz
esperando el baño en el mar al mediodía!

Rimbaud, Una temporada en el infierno,
«Delirios, II, Alquimias del verbo» (fragmento),
trad.: Antonio Erena

martes, 14 de abril de 2020

Abril

Nubes sobre Torredonjimeno
Foto: Antonio Erena, 8.04.20
CV

Son de abril las aguas mil.
Sopla el viento achubascado,
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.
Agua y sol. El iris brilla.
En una nube lejana,
zigzaguea
una centella amarilla.
La lluvia da en la ventana
y el cristal repiquetea.
A través de la neblina
que forma la lluvia fina,
se divisa un prado verde,
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde.
Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas,
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero.
Lloviendo está en los habares
y en las pardas sementeras;
hay sol en los encinares,
charcos por las carreteras.
Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina.
Ya son claros, ya sombríos
los dispersos caseríos,
los lejanos torreones.
Hacia la sierra plomiza
van rodando en pelotones
nubes de guata y ceniza.

                        Antonio Machado,
                                   «En abril las aguas mil»,
                              de Campos de Castilla

jueves, 21 de marzo de 2019

Primavera 3

Álbum de aves (Colección de 96 autoadhesivos), Panrico, 1972, página 3
Lugete, o Veneres Cupidinesque,
et quantum est hominum venustiorum!
passer mortuus est meae puellae,
passer, deliciae meae puellae,
quem plus illa oculis suis amabat:
nam mellitus erat suamque norat
ipsam tam bene quam puella matrem,
nec sese a gremio illius movebat,
sed circumsiliens modo huc modo illuc
ad solam dominam usque pipiabat.
qui nunc it per iter tenebricosum,
unde negant redire quemquam.
At vobis male sit, malae tenebrae
Orci, quae omnia bella devoratis:
tam bellum mihi passerem abstulistis.
o factum male, o miselle passer,
tua nunc opera meae puellae
flendo turgiduli rubent ocelli!

¡Llorad, oh Venus y Cupidos,
y todos cuantos seáis hombres sensibles!
El gorrión de mi amada ha muerto,
gorrión, delicias de mi amada,
al que ella amaba más que a sus ojos,
pues era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su madre,
y de su regazo no se apartaba
sino que, dando saltitos de un lado a otro,
a su única señora constantemente piaba.
Y este ahora va por un camino tenebroso
hacía allí de donde niegan que regrese alguien.
Y que vosotras seáis malditas, malvadas tinieblas
del Orco, que devoráis todas las cosas bellas:
tan bello gorrión me quitasteis.
¡Oh desdicha, oh pobrecito gorrión!
¡Por tu causa ahora se enrojecen,
hinchados de llorar, los ojitos de mi amada!

Catulo, Carmine, 3 (trad. Lía Galán) 

domingo, 23 de diciembre de 2018

Feliz Navidad 2018 2

Petirrojos (Erithacus rubecula) y acebo (Ilex aquifolium)
Good-by, good-by to summer!
For Summer's nearly done;
The garden smiling faintly
Cool breezes in the sun;
Our thrushes now are silent,
Our swallows flown away,
But Robin's here in coat of brown,
And scarlet breast-knot gay.
Robin, Robin Redbreast,
O Robin dear!
Robin sings so sweetly
In the falling of the year.

Bright yellow, red, and orange,
The leaves come down in hosts;
The trees are Indian princes,
But soon they'll turn to ghosts;
The scanty pears and apples
Hang russet on the bough;
It's Autumn, Autumn, Autumn late,
'Twill soon be Winter now,
Robin, Robin Redbreast,
O Robin dear!
And what will this poor Robin do?
For pinching days are near.

The fireside for the cricket,
The wheat-stack for the mouse,
When trembling night-winds whistle
And moan all round the house.
The frosty ways like iron,
The branches plumed with snow,
Alas! in winter dead and dark,
Where can poor Robin go?
Robin, Robin Redbreast,
O Robin dear!
And a crumb of bread for Robin,
His little heart to cheer!

¡Adiós, adiós al verano!
Porque el verano está casi acabado;
el jardín sonríe apenas,
brisa fresca al sol;
nuestros zorzales ahora están callados,
nuestras golondrinas volaron;
pero Robin está aquí con su abrigo marrón
y su alegre pechuga colorada.
Robin, Robin Petirrojo,
¡oh, querido Robin!
Robin canta dulcemente
en la caída del año.

Amarillas brillantes, rojas y naranjas,
las hojas caen en multitud;
los árboles son príncipes indios
pero pronto se convertirán en fantasmas;
las escasas peras y manzanas
cuelgan rojizas en la rama;
es otoño, otoño, otoño avanzado,
muy pronto será invierno.
Robin, Robin Petirrojo,
¡oh, querido Robin!
¿Y qué hará este pobre Robin?,
pues los días de penuria están cerca.

La chimenea para el grillo,
la pila de trigo para el ratón
cuando temblorosos los vientos nocturnos silban
y gimen por toda la casa.
Las formas heladas como el hierro,
las ramas emplumadas de nieve;
¡ay!, en el invierno muerto y oscuro,
¿dónde puede ir el pobre Robin?
Robin, Robin Petirrojo,
¡oh, querido Robin!
¡Una migaja de pan para Robin,
para animar su pequeño corazón!

William Allingham, Robin Redbreast
(trad. Antonio Erena)

miércoles, 21 de marzo de 2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

Invierno 1

Nevando en Martos el pasado 6 de enero
Fuente: horajaen.com
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
el Príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del Rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.

Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles,
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.

Pase a medianoche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama,
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.

Pues Amor es tan cruel
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se juntan ella y él,
sea mi Tisbe un pastel
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.

Luis de Góngora, "Ándeme yo caliente y ríase la gente", Letrillas, 7