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viernes, 16 de enero de 2026

Bailando 15 (corro)

Baile en corro, viñeta en el manuscrito de La ciudad de Dios de San Agustín, traducción de Raoul de Presles, t. II, lib. XI a XX (1475-1500), Biblioteca Municipal de Nantes. Ms 181, f. 21r (detalle), en BnF Gallica (página web)
Para la fiesta de San Anton se llevaba á la yglesia quatro achas de cera, las quales ardían delante de un altar de la capilla de Santo Anton en dos candeleros de palo, á la víspera de la vigilia y otro dia de la fiesta á todas las horas; y como luego venia la fiesta de Santa Maria de la Purificación, para esta fiesta daba la yglesia mayor al señor Condestable y á la señora Condesa y á Doña Guiomar Carrillo y á las otras señoras candelas blancas, salvo que las que daban á él y á la señora Condesa eran mayores que las otras, y ponían en ellas sus armas para la procesión, y en este dia el señor Condestable con todas las señoras iba á nona, porque este dia es el primero dia de nona y hay perdones.

                                           *****

Y desque la dicha Señora nació, todo el dia y toda la noche nunca las campanas cesaron de repicar de la dicha ciudad, que no parecia sino que todo el estruendo é alegría del mundo estaba dentro de ella; é desque vino la noche el Comendador de Montizon, hermano del dicho Señor, del un cabo con fasta dozientos cavalleros christianos, y de la otra parte el asistente Fernando de Villafañe con otros dozientos cavalleros moriscos con barbas postizas y tiznadas, con muchas  trompetas y atavales, y añafiles, con muchas antorchas y faraones, andovieron corriendo, y dando gritos por todas las calles, y vinieron delante de la posada del señor Condestable, estando él con otros muchos cavalleros alto en la torre de ella mirando, y alli escaramuzando un rato y faziendo muchos juegos de guerra. Y esto fecho descavalgaron y entraron en palacio do tantas serian las gentes y danzas, y corros y bayles y juegos y momos y personages y de tantas maneras, que no se daban lugar unos á otros, y todos andaban como locos de plazer. Los cuales plazeres, alegrías, corros y juegos duraron y fueron continuados de su propia voluntad de la gente por ocho dias continuos ó mas, que otra cosa no se facia ni trataba, ni veriades por la dicha ciudad sino plazeres y fiestas y juegos y alegrías de muchas maneras.

«Relacion de los fechos del mui magnifico é mas virtuoso señor el señor don Miguel Lucas, mui digno condestable de Castilla», ed. Pascual de Gayangos, Memorial Histórico Español, Academia de la Historia, Madrid, 1855, págs. 168-169 y 263.

jueves, 16 de octubre de 2025

martes, 7 de enero de 2025

Familias 5

Vista del castillo de Manzanares el Real con la galería de Juan Guas, foto: Antonio Erena, 08.08.23
"El castillo de Manzanares cierra al público tras volver a las manos de su propietaria", ABC, 07.01.25

Por todos estos pinares                     
nin en Val de la Gamella,                 
non vi serrana más bella                    
que Menga de Manzanares.              
    Descendiendo'l yelmo Ayuso,      
contra Bóvalo tirando,                      
en ese valle de suso               
vi serrana entrar cantando;                
saluela, segund es uso,                      
e dije: «Serrana, estando       
oyendo, yo non m'excuso                 
de facer lo que mandares».               
    Respondiome con ufana:              
«Bien vengades, caballero.               
¿Quién vos trae de mañana
por este valle señero?            
Ca por toda aquesta llana                 
yo non dejo andar vaquero,              
nin pastora, nin serrana,                    
sinon Pascual de Bustares.
    Pero ya, pues la ventura                
por aquí vos ha traído,                      
convien'en toda figura,                     
sin ningund otro partido,                  
que me dedes la cintura,       
o entremos a braz partido,                
ca dentro en esta espesura                
vos quiero luchar dos pares».            
    Desque vi que non podía              
partirme d'allí sin daña,         
como aquel que non sabía                 
de luchar arte nin maña,                    
con muy grand malenconía,              
armele tal guadramaña                      
que cayó con su porfía          
cerca d'unos tomellares.

Por todos estos pinares,                    
ni en Navalagamella,                  
no vi serrana más bella                      
que Menga de Manzanares.              
    Descendiendo el Yelmo abajo,   
hacia El Boalo marchando,                     
en ese valle de arriba              
vi serrana entrar cantando;                
saludela, según es uso,                      
y dije: «Serrana, estando       
oyendo, yo no me excuso                 
de hacer lo que mandares».              
    Respondiome muy ufana:             
«Bien vengáis, caballero.                  
¿Quién os trae de mañana
por este valle señero?            
Que por toda esta llanura                  
yo no dejo andar vaquero,                
ni pastora, ni serrana,            
sino a Pascual de Bustares.
    Pero ya, pues la ventura                
por aquí os ha traído,            
conviene en toda figura,                   
sin ningún otro partido
1,                    
que me deis la cintura,          
o entremos a brazo partido,              
que dentro en esta espesura              
os quiero luchar dos pares2
».            
    De que vi que no podía                 
partirme de allí sin daño,       
como aquel que no sabía                   
de luchar arte ni maña,                      
con muy gran melancolía,                 
armele tal artimaña                
que cayó con su porfía3         
cerca de unos tomillares.

Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, «Serranilla V. Menga de Manzanares», en Serranillas, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (actualización de Antonio Erena).
1. Conviene de todas todas y sin más preámbulo. Partido: juego, competición.
2. Luchar: disputar, aquí con sentido erótico, gozar; pares: veces. En relación con la anterior «sin ningún otro partido», y con la siguiente «de luchar arte ni maña».
3. Porfía: insistencia.

jueves, 27 de junio de 2024

Gracia

Egas Cueman, Ángel guerrero o tenante (c. 1477), capilla de Santa Ana, monasterio de Guadalupe, foto: Antonio Erena, 12.06.24
»otrosy han de poner en los dichos dos pilares de la entrada de la dicha capilla dos angeles destatura de vn onbre cada vno con su peana e tabernacle labrados de maçoneria segund esta en la demuestra, tengan en las manos sendos Rotulos con las letras que el dicho señor querra los quales esten uestidos con sus aluas e estolas atados los cabellos con sus trensas e qruses e sus alas bien puestas conmo han de estar, vestidos de sus aluas e almaticas de damasco con sus qruses e los Redropios e bocas de las mangas de brocado.

Del contrato de Egas Cueman, de 12 de septiembre de 1467, para el sepulcro de los Velasco-Quadros en la capilla de Santa Ana de la iglesia del monasterio de Guadalupe, en Germán Rubio e Isidoro Acemel, O.F.M., El Maestro Egas en Guadalupe, Hauser y Menet, Madrid, 1912, p. 17.

lunes, 17 de junio de 2024

Puertas 1

Guadalupe, arco de Sevilla (interior)
Guadalupe, arco del Chorro (exterior)
Guadalupe, arco de las Eras (interior)
Guadalupe, arco del Tinte (exterior)
Guadalupe, arco de San Pedro (exterior)
Fotos: Antonio Erena (11.06.24), excepto la última tomada de Extremadura.com (página web)

Así venido el señor condestable a la villa de Bailén, como dicho es, acordó de ir a cumplir un voto que había hecho a Nuestra Señora Santa María de Guadalupe, y partió para ella a cinco días del mes de diciembre del dicho año, y llevó consigo a la señora condesa, su esposa, y a doña Guiomar Carrillo, su madre [de su mujer], y a doña Juana, su hermana, y a todos los suyos, y tomó la vía del puerto del Muradal, y continuaron su camino habiendo muchos deportes y placeres, hasta que llegó a una villa que se llamaba Herrera [del Duque], y allí vino el señor Gonzalo Mexía, señor de Santofimia, tío de la señora condesa, y la señora, su mujer, y sus hijos. Y otro día siguiente partieron todos para la dicha Señora de Guadalupe, y fueron a comer a Santa Cecilia [el palacio o granja de Valdefuentes], una casa muy devota suya, y esa noche el señor condestable, con aquellos señores y señoras, entró en Guadalupe a dos horas de la noche, con muchas antorchas encendidas, y el señor condestable fue a descabalgar a la iglesia mayor, do estuvo ciertos días que no salió del monasterio, cumpliendo su devoción, y asimismo los otros señores y señoras cumpliendo sus votos, cada uno según lo que en cargo tenían; y después de haber cumplido sus devociones, el señor condestable tuvo allí en Guadalupe las fiestas de Navidad y la fiesta de los Reyes.

Venidas las fiestas de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y sesenta años, el señor condestable, estando en la dicha villa de Guadalupe, habiendo muchos placeres y haciendo muchas limosnas y muchas dádivas a unos y a otros, acaeció de venir por allí un embajador del rey de Francia, que se decía mosén Juan de Fox, el cual era un muy gentil caballero, mancebo de muy gentil presencia, y había venido por embajador al rey, nuestro señor. Y asimismo había traído cartas al señor rey de Portugal, y al señor condestable, y por esta causa vino a Guadalupe. Y el señor condestable le hizo muy grandes fiestas de combates [convites] y salas, y danzaron y bailaron, y el dicho caballero danzó con la señora doña Juana, hermana del dicho señor condestable, que era muy gentil dama y lo sabía bien hacer. Y después que el dicho embajador allí estuvo algunos días, dijo que, pues tan cerca se hallaba, era su voluntad ir a ver las ciudades de Sevilla y Córdoba, y el señor condestable le rogó que a la vuelta se volviese por la villa de Bailén, donde lo hallaría, y que allí le responderla a las cartas que le había traído, y el caballero dijo que le placía de lo hacer así y partiose.

Pasadas las dichas fiestas de los Reyes, el señor condestable, con las ya dichas señoras y asimismo el dicho señor Gonzalo Mexía, y su mujer y sus hijos, partieron de Guadalupe, y el señor condestable fue a la dicha villa de Bailén, y el señor Gonzalo Mexía para Santofimia.

«Relacion de los fechos del mui magnifico é mas virtuoso señor el señor don Miguel Lucas, mui digno condestable de Castilla», ed. Pascual de Gayangos, en Memorial Histórico Español, Academia de la Historia, Madrid, 1855, años 1459 y 1460 (fragmentos), actualización: Antonio Erena.

miércoles, 12 de junio de 2024

Templetes 3

Interior del humilladero de la Santa Cruz en el camino de Guadalupe, foto: Antonio Erena, 12.06.24

   Como atleta fatigado
tras las Villuercas se ha hundido
el sol. Se ven aureolas
nimbando los altos riscos.
   Las aves cruzan los aires
buscando el calor del nido;
en lagunas y praderas
croan ranas, cantan grillos.
   Huele a resinas de jara,
 a romero, a flor de espino,
arrayanes y poleos,
a mejorana y tomillo.
   Sombreado por castaños,
nogales, fresnos, alisos,
como flauta de cristal
suena la canción del río.
   Tras de la brega diaria,
vuelve al pueblo el campesino,
y viendo su hogar que humea,
aliviado da un suspiro,
pues sabe que allí le aguardan
amor y fuego encendidos.
   Las graves notas del Ángelus
por la campiña ha esparcido
la campana. Resplandece
el lucero vespertino…
 
   ¡Montes de  mi serranía!
Campos de paz, yo os bendigo.
Mis pasiones sosegáis,
sois sedante de mi espíritu.
   Cuando cruzo vuestras sendas
y lleno de amor os miro
parece que llevo dentro
del pecho un niño dormido.
                       
                        Guadalupe,  Junio, 1942
 
Ángel Marina, «Campos de paz», en Poesías selectas de Ángel Marina López, ed. Fray Enrique Escribano, O. F. M., Servicios Culturales, Diputación Provincial de Cáceres, 1951, págs. 19 y 20.

martes, 23 de abril de 2024

Sant Jordi

Anónimo, San Jorge matando al dragón (c. 1430-1450), Museo Nacional de Arte de Cataluña
San Jorge matando el dragón en 3D

Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de hombres vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas con que cubrían alguna cosa que debajo estaba: estaban empinadas y tendidas y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los que comían y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:

—Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entalladura que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

—Si sois servidos —respondió don Quijote—, holgaría de verlas, pues imágines que con tanto recato se llevan sin duda deben de ser buenas.

—¡Y cómo si lo son! —dijo otro—. Si no, dígalo lo que cuesta, que en verdad que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y porque vea vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced y verla ha por vista de ojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:

—Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.

Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:

—Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

—No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo don Quijote:

—Este sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía:

—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.

No había más imágines, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban:

—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.

—Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres así de la figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágines y, despidiéndose de don Quijote, siguieron su viaje.

Quedó Sancho de nuevo, como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni suceso que no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria…

Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo LVIII (fragmento), ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 1998.

lunes, 8 de abril de 2024

Brumas 10

La Peña de Martos desde Casa Fuerte, Torredelcampo, foto: Antonio Erena, 05.04.24
Misil, anterior entrada del blog

Capítulo XI

De la muerte de don Fernando el Cuarto, rey de Castilla.

Todo el orbe cristiano estaba alterado con el desastre y caída de los templarios. Los culpados fueron castigados, los que no tenían culpa quedaron libres, y por decreto de los prelados de Viena se les señalaron pensiones en cada un año de las rentas de los mismos conventos, con que pudiesen pasar su vida; solamente les quitaron el hábito y insignia de aquella orden. […] El infante don Pedro, hermano del rey, nombrado por general contra los moros, llegada la primavera del año de 1312, aprestado su ejército, fue sobre Alcaudete, que, como dijimos arriba, se perdió y le tomaron los moros. El rey fue en pos dél hasta Martos. Allí sucedió una cosa muy notable. Por su mandado dos hermanos Carvajales, Pedro y Juan, fueron presos. Achacábanles la muerte de un caballero de la casa de los Benavides, que mataron en Palencia al salir del palacio real. No se podía averiguar quién fuese el matador; por indicios muchos fueron maltratados. En particular estos caballeros, oído su descargo, fueron condenados de haber cometido aquel crimen contra la majestad, sin ser convencidos en juicio ni confesar ellos el delito; cosa muy peligrosa en semejantes casos. Mandáronlos despeñar de un peñasco que allí hay, sin que ninguno fuese parte para aplacar al rey, por ser intratable cuando se enojaba y no saber refrenarse en la saña. Los cortesanos, por saber muy bien ésta su condición, se aprovechaban della a propósito de malsinar y derribar a los que se les antojaba. Al tiempo que los llevaban a justiciar, a voces se quejaban de que morían injustamente y a gran tuerto; ponían a Dios por testigo, al cielo y a todo el mundo; decían que pues las orejas del rey estaban sordas a sus quejas y descargos, que ellos apelaban para delante el divino tribunal, y citaban al rey para que en él pareciese dentro de treinta días. Estas palabras, que al principio fueran tenidas por vanas, por un notable suceso, que por ventura fue acaso[1], hicieron después reparar y pensar diferentemente. El rey, muy descuidado de lo hecho, se partió para Alcaudete, donde su ejército alojaba; allí le sobrevino una enfermedad tan grande, que fue forzado dar la vuelta a Jaén, bien que los moros movían prática de entregar la villa[2]. Aumentábase el mal de cada día y agravábase la dolencia de suerte, que el rey no podía por sí negociar. Todavía alegre por la nueva que le vino que la villa era tomada, revolvía en su pensamiento nuevas conquistas, cuando un jueves, que se contaron 7 días del mes de setiembre, como después de comer se retirase a dormir, a cabo de rato le hallaron muerto. Falleció en la flor de su edad, que era de veinte y cuatro años y nueve meses, en sazón que sus negocios se encaminaban prósperamente. Tuvo el reino por espacio de diez y siete años, cuatro meses y diez y nueve días, y fue el cuarto de su nombre. Entendióse que su poco orden en el comer y beber le acarrearon la muerte; otros decían que era castigo de Dios, porque desde el día que fue citado hasta la hora de su muerte, cosa maravillosa y extraordinaria, se contaban precisamente treinta días. Por esto entre los reyes de Castilla fue llamado don Fernando el Emplazado. Su cuerpo depositaron en Córdoba, porque a causa de los calores, que todavía duraban, no pudo ser llevado a Sevilla ni a Toledo do tenían los enterramientos reales. Acrecentose la fama y opinión susodicha, concebida en los ánimos del vulgo, por la muerte de dos grandes príncipes, que por semejante razón fallecieron en los dos años próximos siguientes; esto fueron Filipo, rey de Francia, y el papa Clemente[3], ambos citados por los templarios para delante el divino tribunal al tiempo que con fuego y todo género de tormentos los mandaban castigar y perseguían toda aquella religión. Tal era la fama que corría, si verdadera si falsa no se sabe; más es de creer que fuese falsa; lo que sucedió el rey don Fernando nadie pone duda.

Padre Juan de Mariana, Historia General de España, Libro Decimoquinto, Capítulo XI (fragmento), en Biblioteca de Autores Españoles, Obras del Padre Juan de Mariana, Tomo I, Rivadeneyra, Madrid, 1854, págs. 444 y 445 (actualización y notas: Antonio Erena).


[1] Que quizás sucediera por casualidad.

[2] Plática.

[3] Felipe IV el Hermoso y Clemente V.

viernes, 22 de diciembre de 2023

Rueda

La pareja de ciervos y la rueda del Dharma en el techo del Jokhang, con el Potala al fondo, Lhasa, fuente: Guía de peregrinación mundial (página web)
La rueda de la Fortuna, miniatura en la obra Raccolta di Omelie latine (Colección de homilías en latín), Liguria, s. XV, Biblioteca Nacional de Francia
Rueda de ocho radios, pinturas murales en la iglesia de San Martín de Arbulo, Álava, foto: G. L. M., fuente: El País, 07.08.25

jueves, 26 de octubre de 2023

Venatoria 3

Juan Pantoja de la Cruz, San Nicolás de Tolentino (1601), Museo del Prado
Y junto a la oración, la ascesis. Durante el año ayunaba cuatro días por semana; en adviento y cuaresma, todos los días menos el domingo. En los últimos lustros de su vida no probó la carne ni el pescado ni los lacticinios. Se alimentaba a base de legumbres, verduras y pan, y a menudo desazonaba los alimentos con una buena dosis de agua fría o el abuso de condimentos. Algún día a la semana se concedía algún vasito de vino, aunque de ordinario lo mezclaba con agua. Particularmente reacio se mostró al consumo de la carne. Sólo por obediencia llegó a probarla alguna vez en sus últimos años. Y aun entonces se las ingenió para conjugar la obediencia con la mortificación. En una ocasión llevó a la boca un trocito de ave y lo demás lo envió a otros religiosos enfermos. El obispo de Camerino cuenta que en otra ocasión intimó el vuelo a dos perdices asadas que le ofrecía una devota, y ellas obedecieron al instante: «Seguid vuestro camino. E, inmediatamente, las perdices echaron a volar». El pueblo cristiano se apoderaría pronto de esta escena y la convertiría en el atributo más frecuente en la iconografía de nuestro santo.

Ángel Martínez Cuesta, OAR, "San Nicolás de Tolentino" (fragmento), en Agustinos Recoletos (página web)

jueves, 5 de octubre de 2023

Perritos 35

Iglesia de Castillejo de Robledo, Soria, foto: Antonio Erena, 04.08.23
Castillejo de Robledo en el Camino del Cid

A la izquierda dejan Atienza,   una peña muy fuerte,
la sierra de Miedes   la pasaron entonces, 
por los Montes Claros   espolean con vigor. 
A la izquierda dejan Griza,   que Álamos pobló 
(allí están los subterráneos   donde a Elfa encerró), 
a la derecha dejan San Esteban,   que queda más remoto. 
Los infantes han entrado   en el robledo de Corpes, 
el arbolado es muy alto,   las ramas suben a las nubes, 
los animales salvajes  andan alrededor. 
Hallaron un vergel   con una limpia fuente, 
mandaron plantar la tienda   los infantes de Carrión, 
con cuantos traen consigo   allí duermen esa noche, 
abrazando a sus mujeres   les demuestran amor, 
¡mal se lo cumplieron   cuando salió el sol!

Cantar de Mío Cid, Cantar Tercero, versos 2691 - 2704 (versión modernizada de Alberto Montaner Frutos)

martes, 17 de enero de 2023

Sarga

Estandarte del obispo don Gonzalo con la Virgen de Gracia, siglo XV, Catedral de Jaén (actualmente en la exposición Vandelvira después de Vandelvira)
Foto: Antonio Erena, 28.12.22
ROMANCE DE DON GONZALO
Día era de San Antón,    
ese santo señalado,
cuando salen de Jaén    
cuatrocientos hijosdalgo
y de Úbeda y Baeza    
se salían otros tantos,
mozos deseosos de honra,    
y los más enamorados.
En brazos de sus amigas    
van todos juramentados
de no volver a Jaén    
sin dar moro en aguinaldo.
La seña que ellos llevaban    
es pendón rabo de gallo;
por capitán se lo llevan    
al obispo don Gonzalo.
Armado de todas armas    
en un caballo alazano,
todos se visten de verde    
el obispo azul y blanco.
Al castillo de la Guardia    
el obispo había llegado.
Sáleselo a recibir    
Mexía, el noble hidalgo:
—Por Dios te ruego, el obispo,    
que no pasedes el vado,
porque los moros son muchos,    
a la Guardia habían llegado;
muerto me han tres caballeros    
de que mucho me ha pesado:
el uno era tío mío,    
el otro mi primo hermano
y el otro es un pajecico    
de los míos más preciado.
—Demos la vuelta, señores,    
demos la vuelta a enterrallos:
haremos a Dios servicio,    
honraremos los cristianos.—
Ellos estando en aquesto,    
llegó don Diego de Haro:
—¡Adelante, caballeros,    
que me llevan el ganado!
Si de algún villano fuera,    
ya lo hubiérades quitado.
Empero alguno está aquí    
que le place de mi daño;
no cumple decir quién es,    
que es el del roquete blanco.—
El obispo que lo oyera,    
dio de espuelas al caballo;
el caballo era ligero,    
saltado había un vallado.
Mas al salir de una cuesta,    
a la asomada de un llano,
vido mucha adarga blanca,   
mucho albornoz colorado
y muchos hierros de lanzas,    
que relucían en el campo.
Metídose había por ellos    
como león denodado:
de tres batallas de moros    
la una ha desbaratado
mediante la buena ayuda    
que en los suyos ha hallado;
aunque algunos de ellos mueren,    
eterna fama han ganado.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Fuentes 4

La fuente de Don Sancho en el camino de la Celada, Torredonjimeno, foto: Antonio Erena, 14.10.22
Casulla llamada de don Sancho de Aragón, exposición «Alfonso X, el legado de un rey precursor», museo de Santa Cruz, Toledo, foto: Antonio Erena, 02.06.22
… pero sucedió otra nueva desgracia. Ésta fue que don Sancho, arzobispo de Toledo, con el triste aviso de esta jornada, juntado que hubo toda la caballería que pudo en Toledo, Madrid, Guadalajara y Talavera, se partió a gran prisa para el Andalucía. Los moros de Granada talaban los campos de Jaén, robaban los ganados, mataban y cautivaban hombres, ponían fuego a los poblados; finalmente, no perdonaban a cosa ninguna que pudiese dañar su furor y saña. A éstos, pues, procuró de acometer el arzobispo con mayor osadía que consejo: hervíale la sangre con la mocedad, deseaba imitar la valentía del rey, su padre, y pretendía quitar a los moros la presa que llevaban. Y dado que los más cuerdos eran de parecer que debían de esperar a don Lope de Haro, que sabían marchaba a toda furia, y que en breve llegaría con buen escuadrón de gente, no era justo ni acertado acometer con tan poca gente todo el ejército enemigo; pero prevaleció el parecer de aquellos que decían, si le esperaban, a juicio de todos sería suya la gloria de la victoria. So color de honra buscaron su daño: trabada la batalla, que se dio cerca de Martos, a los 21 de octubre [de 1275], fácilmente fueron los fieles vencidos, así por ser menos en número como por ser soldados nuevos, y los moros muy ejercitados en el arte militar. La huida fue vergonzosa, los muertos pocos para victoria tan señalada. Prendieron al arzobispo don Sancho, y comoquiera que hubiese diferencia entre los bárbaros sobre de cuál de los reyes sería aquella presa y estuviesen a punto de venir a las manos, Atar, señor de Málaga, con la espada desnuda le pasó de parte a parte, diciendo: «No es justo que sobre la cabeza de este perro haya contienda entre caballeros tan principales». Muerto que fue, le cortaron la cabeza y la mano izquierda, en que tenía el anillo pontifical. Este estrago fue tanto de mayor compasión y lástima, que pudieran los bárbaros ser destruidos en aquella pelea, si los nuestros tuvieran un poco de paciencia y no fueran tan amigos de su honra; porque don Lope de Haro sobrevino poco después, y con su propio escuadrón volvió a la pelea, y con maravillosa osadía forzó a los moros a retirarse, pero no pudo vencerlos a causa de la oscuridad de la noche, que sobrevino. El cuerpo, mano y cabeza del arzobispo don Sancho, todo rescatado a precio de mucho oro, enterraron en la Capilla Real de Toledo, título de Santa Cruz, en que estaban sepultados el emperador don Alonso y su hijo don Sancho el Deseado.

Padre Juan de Mariana, Historia General de España, Libro Decimocuarto, Capítulo Primero (fragmento), en Biblioteca de Autores Españoles, Obras del Padre Juan de Mariana, Tomo I, Rivadeneyra, Madrid, 1854, p. 401 (actualización: Antonio Erena).