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| Alberto Durero, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, c. 1498, The Cleveland Museum of Art |
jueves, 5 de marzo de 2026
Apocalipsis
martes, 17 de febrero de 2026
Obituarios 77
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| Robert Duvall (San Diego, 05.01.1931- Middleburg, 15.02.2026) en Apocalyse Now (Francis Ford Coppola, 1979), fuente: Swau Auction (página web) |
domingo, 30 de noviembre de 2025
El cantante de la semana 104
domingo, 2 de noviembre de 2025
El músico de la semana 100
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| Bruno Walter (Berlín, 15.09.1876 - Beverly Hills, 17.02.1962, foto: Bettmann Archive |
domingo, 12 de octubre de 2025
El músico de la semana 97
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| Albrecht Mayer (03.06.1965, Erlangen, Alemania), foto: Matthew Dine (fuente: Fundación Albrecht Mayer) |
sábado, 11 de octubre de 2025
Fotogramas 225
martes, 6 de mayo de 2025
Lecturas 23
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| Vista de Jabalcuz desde el sur, foto: Antonio Erena, 26.04.25 |
A fines de mes había, en todas partes, una espesa capa de nieve, pero luego vino el foehn[1] previsto, presentido por los pensionistas más sensibles. La señora Stoehr, lo mismo que la señorita Levy, la de color de marfil, y no menos que la viuda Hessenfeld, lo presintieron al mismo tiempo, antes de que apareciese la más pequeña nube por encima de la cúspide de la montaña de granito hacia el sur. La señora Hessenfeld se sintió también propensa a las lágrimas, la Levy se metió en la cama, y la señora Stoehr, mostrando con testarudez sus dientes de liebre, expresaba de hora en hora el temor supersticioso de un síncope, pues decía que el foehn los favorecía y provocaba.
Reinaba un calor increíble, la calefacción central fue apagada; durante la noche se dejaba abierta la puerta del balcón y, a pesar de todo esto, por la mañana el termómetro marcaba once grados en la habitación. La nieve se iba fundiendo como por encanto, se hizo traslúcida, porosa, se agujereó; los montones se iban derrumbando y parecían hundirse bajo tierra. Todo rezumaba, todo goteaba, todo se caía en la selva y en los terraplenes de los caminos; y en los campos, los pálidos tapices fueron desapareciendo. Durante los paseos por el valle se produjeron fenómenos extraños, sorpresas primaverales y espectáculos encantadores. Después de una extensión de prados se eleva el cono del Schwarzhorn, todavía cubierto de nieve, con el glaciar de la Scaletta, igualmente lleno de una nieve espesa. Los paseantes pudieron contemplar, por todas partes, una capa de nieve de diferente espesor. A lo lejos, hacia las vertientes cubiertas de bosques, era más espesa, pero en las cercanías, la hierba invernal seca y sin color, estaba tan sólo florecida con ella. Al contemplarla de más cerca se inclinaron, sorprendidos. No era nieve, eran flores, de nieve, una nieve de flores, pequeños cálices, cortos tallos blancos, de un blanco azulado; eran azafranes que habían crecido a millones en el prado donde se infiltraba el agua, y en tal cantidad que se les confundía con la nieve, en la cual se perdían, en efecto, a lo lejos, sin transición.
Se mofaron de su equivocación, rieron de alegría ante aquel milagro que se había realizado ante sus ojos, de aquella adaptación graciosa, tímida, de la vida orgánica, que se atrevía de nuevo a surgir. Cogieron flores, examinaron y consideraron las formas delicadas de los cálices, las prendieron del ojal, se las llevaron a casa, y las pusieron formando ramos en los búcaros de sus habitaciones, pues la rigidez inorgánica del valle había durado mucho tiempo, a pesar de que había parecido corto.
Pero la nieve de flores fue cubierta por la verdadera nieve, y pasó lo mismo con las soldanelas azules y las prímulas amarillas y rojas que siguieron. La primavera se abría camino con mucho trabajo, para triunfar del invierno. Diez veces había sido rechazada antes de que pudiese apoderarse de esas alturas hasta la próxima irrupción del invierno, con sus tempestades blancas, el viento helado y la calefacción central.
A principios de mayo —pues mientras nosotros vamos desarrollando la narración ha llegado ya el mes de mayo— era una verdadera tortura escribir en el balcón aunque no fuese más que una tarjeta postal, pues una verdadera humedad de noviembre envaraba los dedos, y los pocos árboles de la región que no eran de hoja perenne estaban desnudos como los árboles de las llanuras en enero. Durante días enteros cayó la lluvia, persistió durante una semana, y, sin las virtudes sedantes de la chaiselongue[2], hubiera sido extraordinariamente duro pasarse horas enteras al aire libre, envueltos en un vapor de nubes, con la cara húmeda y la piel rígida. Pero en realidad, se trataba de una lluvia de primavera, y cuanto más duraba más se revelaba como tal. Casi toda la nieve se fundía bajo esa lluvia. Ya no se veía blanco, todo lo más un gris helado y sucio, y los prados comenzaban a reverdecer.
¡Qué cosa más dulce para la mirada aquel verde de los pastos después del blanco infinito! Había, además, otro verde que sobrepasaba en delicadeza y en graciosa blandura al verde de la hierba nueva. Eran los haces de agujas de los alerces. Hans Castorp, en sus paseos reglamentarios, no dejaba de acariciarlos con la mano y de rozar contra ellos su mejilla, pues eran irresistiblemente acariciadores con su frescura y su delicadeza.
—Dan ganas de hacerse botánico —dijo el joven a su compañero—; uno se siente tentado por esa ciencia solamente por el placer que se experimenta en ese despertar de la naturaleza, después del invierno pasado en estas regiones. Eso que ves al final de la vertiente es genciana y eso es una familia de las ranunculáceas, según creo bisexuales. Mira, aquí hay un grupo de estambres y algunos ovarios, un androceo y un gineceo, según creo recordar. Me parece que acabaré comprándome libros de botánica para instruirme un poco mejor en esa región de la vida y de la ciencia. ¡Qué policroma se vuelve de pronto la vida!
—Será mucho más bello en junio —anunció Joachim—. La flora de esos prados es célebre. Pero me parece que no esperaré. ¿Es debido a la influencia de Krokovski ese deseo tuyo de estudiar botánica?
Thomas Mann, La montaña mágica, Capítulo VI, Cambios (fragmento), Fundación Carlos Slim, México, págs. 358-360.
sábado, 19 de abril de 2025
Sábado Santo 2025
martes, 7 de mayo de 2024
Aniversarios 63 - Perritos 37
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| Erich Prieger (1849-1913), La Novena Sinfonía y sus guardianes (Die Neunte Sinfonie und ihre Wächter), tarjeta postal según una antigua fotografía sin marcar, Beethoven-Haus Bonn, B 2233 |
domingo, 12 de noviembre de 2023
El músico de la semana 76
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| Sabine Meyer (Crailsheim, Alemania, 30.03.1959), fuente: Musica Viva Australia Blog (wordpress) |
sábado, 14 de octubre de 2023
Fotogramas 181
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El planeta de los simios (Planet of the Apes), Franklin J.
Schaffner, 1968 |
domingo, 4 de junio de 2023
El músico de la semana 68
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| Anne-Sophie Mutter (Rheinfelden, Baden-Wurtemberg, 29.06.1963), foto: Harald Hoffmann |
domingo, 19 de marzo de 2023
El músico de la semana 61
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| Wilhelm Kempff (Jüterbog, 25.11.1895 - Positano, 23.05.1991) fuente: last.fm (página web) |
lunes, 13 de marzo de 2023
Montaña
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| Vista de la Peña Oroel desde la avenida de su mismo nombre de Jaca, foto: Concha Jiménez, 9.03.23 |
Consiguió sacar el reloj. Andaba. No se había detenido como acostumbraba hacer cuando se olvidaba de darle cuerda. No marcaba todavía las cinco, ni mucho menos. Faltaban aún doce o trece minutos. ¡Sorprendente! ¿Era, pues, posible que no hubiese permanecido aquí, tendido en la nieve, más que diez minutos o un poco más, y que hubiese inventado tantas imágenes alegres y espantosas y tantos pensamientos temerarios, mientras el tumulto hexagonal se disipaba con la misma rapidez con que había llegado? Además, había tenido una gran suerte para hacer posible su regreso, pues por dos veces sus sueños y sus fábulas habían adquirido tal aspecto que le habían sobresaltado, reanimado el cuerpo, primero de espanto, luego de alegría. Parecía que la vida había tenido buenas intenciones para con su hijo mimado y extraviado…
Sea lo que sea, y aunque fuese por la mañana o por la tarde —sin duda alguna era el principio del crepúsculo vespertino— no había nada en las circunstancias ni en el estado personal que pudiese impedir a Hans Castorp regresar al Sanatorio, y esto es lo que hizo.
Con un empuje magnífico, con una especie de vuelo de pájaro, descendió hacia el valle, donde ya brillaban las luces cuando llegó, a pesar de que los restos de una claridad conservada por la nieve hubiese bastado plenamente. Descendió por el Brehmenbühl, a lo largo del Mattenwald, y llegó a las cinco y media a Dorf, dejando los esquíes en la tienda y descansando en la celda del desván de Settembrini, al que dio cuenta de la tempestad de nieve por la que se había dejado sorprender.
El humanista se mostró muy alarmado. Movió la mano por encima de su cabeza, riñó enérgicamente al imprudente que había corrido tal peligro y encendió la lámpara de alcohol, que dejaba oír pequeñas explosiones, para preparar café al joven agotado, un café cuya fuerza no impidió a Hans Castorp el dormirse sobre la silla.
La atmósfera civilizada del Berghof le rodeaba, una hora más tarde, con su aliento acariciador. En la comida mostró un gran apetito. Lo que había soñado empezó a palidecerse. Aquella misma noche ya no comprendía muy bien lo que había pasado.
jueves, 23 de febrero de 2023
Perritos 33
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| Lucian Freud, Guy and Speck, 1981, c. p. |
domingo, 12 de febrero de 2023
El músico de la semana 58
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| Karl Richter (Plauen,15.10.1926 - Múnich, 15.02.1981), foto: Georg Göbel |
miércoles, 14 de diciembre de 2022
Eolo
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| Eolo, seguidor de Rubens, p. s. XVII Museo de Bellas Artes de Asturias (depósito del Museo del Prado) |
—¿Y rezar…?
—Luego, en cenando.
—Anda, empieza; yo a la lumbre
voy a añadir estos palos
y estas támaras… ¡qué gozo!
Vamos, abuelita.
—¡Vamos!
Creyeron en una peste
campestres y ciudadanos
que el aire estaba mal…
y no iban descaminados.
Sobre la Pandera, mientras,
sobre el Almodóvar y el Hacho,
se estaba una nube negra
cual si la hubieran clavado.
Se les mete en la cabeza
que de allí les viene el daño,
y se van en procesión
a esos vecinos peñascos
y a Dios le piden que sople,
con la fuerza de su agrado,
viento de salud, que libre
a la ciudad del contagio.
Tanto le dijeron: «Sopla
y sopla y sopla», que al cabo
Dios dijo: «¡Allá va eso!».
Y sopló con brío tanto
que bajaron más de ciento
por las quebradas rodando.
Y hubo «cardenales-papas»
y chichones como tarros.
Huyó la peste, y quedó
para que, de cuando en cuando,
tuerza en las torres las cruces,
eche las tejas abajo,
toque campanas a vuelo,
paraguas vuelva y harapos,
abra las puertas del centro
del hermoso Santuario,
lleve sombreros y gorras
hacia los países altos
y las miradas curiosas
hacia los «países bajos»,
derrumbe las casas viejas
y estrelle a algún ciudadano
un cefirillo con fuerza
de setenta mil caballos.
—¡Pues mejor era la peste!
—No digas eso, muchacho;
Dios sólo del bien y del mal
tiene el secreto sellado.
Quizás por el viento rudo
es este pueblo más sano,
y es el precursor del agua
que fertiliza los campos.
Antonio Almendros Aguilar, «El viento», de Flor de la Infancia, 1868
sábado, 5 de noviembre de 2022
Fotogramas 155
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Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Die Bitteren tränen
der Petra von Kant), Rainer Werner Fassbinder, 1972 |
sábado, 22 de octubre de 2022
Fotogramas 153
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| Paris, Texas, Win Wenders (1984) |
domingo, 17 de julio de 2022
El músico de la semana 44
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| Rafael Frühbeck de Burgos (15.09.1933 - 11.06.2014) Fuente: Klassikbidea |

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