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viernes, 20 de febrero de 2026

Primer Viernes de Cuaresma 2026

Hornacina del Cristo de la Amargura, calle San Bartolomé / plazoleta del Vinagre, Jaén, foto: Antonio Erena, 13.12.25
En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo. Acaricio cada historia de sus sombras, pues más de una vez he creído ver la luz de Belén en el ninfeo donde, tiempo atrás, habitó aquel que convirtió mi amor en sierpe.
 
No sé qué tendrá este tiempo que tanto incita al recuerdo. A mí me obliga a abandonar Valparaíso y recorrer callejas. Calles tristes, calles de duendes sin rumbo, como yo. Calles donde habitan las almas perdidas.
 
Y, el andar por estas calles, trae a mi memoria el recuerdo desgastado de aquel extraño amigo. Hace ya tantos años… Nunca, en ningún cielo, pudo verse más dolor que en el cielo de sus ojos.
 
Su nombre jamás le importó a nadie. Mucho menos, acaso  que su sonrisa: era tan sincera… Vivía en una pequeña plazoleta que presidía una magnífica escultura de un tal Constantino Unghetti. Un artista que debió ser muy famoso, por las cosas tan bonitas que hacía. A los pies de su casa, se hallaba una de sus obras: un zagal acompañado de ese gran amigo del hombre, el perro. A él le gustaba mirarla cuando la noche y el silencio caían por las calles. Siempre le contaron que, antaño, aquella plazuela estuvo llena de bullicio. El Colegio de San Agustín desbordaba de risas y alboroto los días que, a pesar de todo, se sucedían monótonos.
 
Su vida, a los ojos de todos, era bastante vacía. Pero a él no le importaba que murmuraran. Se hacía llamar “el buscador de estrellas”, pues era su obsesión diaria, recoger todas las estrellas posibles de la calle, alardeando de su belleza. Todos se reían de aquella hazaña pues nunca lograron que se las enseñara. Eso provocó que las burlas de todos cayeran sobre él. Sin embargo, no parecía importarle.
 
Sus momentos de calma transcurrían envueltos con el olor a azahar de la plaza de San Bartolomé. Las horas muertas se deslizaban entre sus dedos, casi siempre con arañazos. Cuando las viejas entraban en la iglesia, él corría presto a advertirlas de que miraran sus ojos, los ojos de aquel Cristo Expirante. Ojos llenos de sufrimiento. Y, a la vez, ojos llenos de luz. Un tormento que daba refugio en sus noches. “No hay mejor guía ni camino que su mirada mirando al cielo, rogando al cielo, suplicando al cielo… que acabe este dolor”.
 
Justo al lado de la Hermandad del Trabajo había una taberna. Casi haciendo esquina con Josefa Sevillanos. Calle que miraba de reojo pues allí vivió su gran amor, aquella mujer que un día le abandonó. Y los recuerdos se amontonaban en su mente por las muchas horas que pasaba allí, frente a la taberna. Esperando que el alcohol pariera su milagro. Algunas veces, si ellos tardaban mucho en salir, se recostaba en algún portal de la calle Las Palmas mientras el tiempo pasaba y mientras observaba sus dedos: habían nacido para recoger estrellas, dijeran lo que dijeran los demás. En sus manos, es donde mejor descansaban las estrellas del cielo jaenés.
 
A las claras, comenzaba siempre el bullicio. Y era la señal de que el alcohol había consumado el milagro que sus dedos esperaban. Los hombres salían con su ebriedad a cuestas y comenzaban las discusiones, las amenazas y los golpes. Las botellas rotas sembraban en la calle un camino inescrutable de cristales rotos. Él quedaba un rato más, hasta que los demás se marchaban. En silencio, mirando desde la calleja. Luego, recorría el sendero  andado. Tras él, la calle quedaba limpia. Y, entonces, se dirigía hacia el Campillejo del Vinagre para hablar, a solas, frente al Cristo de la Amargura, que cada día, amaneciendo, escuchaba el Padrenuestro más sincero del mundo, desde su hermosa hornacina. Cuando el sol se colaba por la espadaña de San Bartolomé, él ya estaba de regreso a casa. Y, mientras las campanas volteaban llamando a la primera misa de la mañana, él ya se encontraba durmiendo, soñando con sus estrellas y con las calles llenas de esperanza.
 
Sin embargo, una vez, a las claras, los borrachos volvieron al lugar de los hechos para seguir con sus peleas y le encontraron recostado sobre el suelo.
 
—Pero, ¿qué hace éste?
 
—Estoy recogiendo estrellas, dijo él.
 
—¿Qué dices “sooo tonto”? ¡Si son cristales de botellas!
 
—¡No!. ¡Son estrellas!
 
Las burlas no se hicieron esperar. Entre risas y achuchones, le pedían que enseñara sus estrellas, mientras las carcajadas clavaban una lanza infame en el Cristo de la Amargura, que desde lejos, sentía caer sus lágrimas. Le empujaban, le empujaban sin piedad. Hasta que, a la fuerza, sacaron una de sus manos de los bolsillos de su abrigo. La mano delgada, huesuda, estaba cubierta de sangre y la sangre se deslizaba. Por querer retener a sus estrellas, las había apretado fuerte entre sus manos, para que no las encontraran, para que no se escaparan…
 
Al ver la sangre correr, los hombres se asustaron, no pudiendo evitar que los agentes del orden se personaran en el lugar al ser informados de los gritos. Sin embargo, no hubo detenciones. En realidad, no había ocurrido nada. Se quedaron a solas con él y que les contara lo que había ocurrido. Sin faltar a la verdad, dijo que nada, que él solo estaba recogiendo estrellas. Pero se negó a enseñárselas. Ellos se armaron de paciencia y le preguntaron dónde vivía, pues le acompañarían a casa.
 
A la altura de San Bartolomé se empezó a tambalear. Su único pensamiento era volverse y correr hasta el Campillejo del Vinagre pues el Cristo de la Amargura esperaba un Padrenuestro… y sus palabras. Los agentes le sujetaron. La quietud de los naranjos lanzaba un perfume que embriagada. Él, inconscientemente, sacó una de sus manos de los bolsillos. Los hombres vieron que sangraba. Y, para curarle las heridas, uno de ellos metió sus manos en el agua de la fuente. Y la sangre se diluía, como si fuera un tul de rosas macabras.
 
Registraron sus bolsillos y sacaron trozos de cristales rotos, ensangrentados… que también tiraron en la taza. Y, al disiparse la sangre, ahora, a las claras, que casi los primeros rayos del sol acariciaban la espadaña. Y la luz se impuso en los trozos, sobre el reflejo del agua… brillaban… más que las estrellas brillaban. Él sonrió levemente. Los agentes estaban confundidos, sin saber qué decir. Más aún, cuando llegó una vieja  casi sin aliento a la plaza asegurando que al pasar por el Campillejo, al Cristo de la Amargura, le brotaban lágrimas.
 
Mari Ángeles Solís, "Estrellas cautivas", ExtraJaén, Diario Jaén, 02.01.26

lunes, 16 de junio de 2025

miércoles, 26 de abril de 2023

Lecturas 16

Alex Kerr, Japón perdido (Lost Japan), Alpha Decay, 2017
Alex Kerr, página web del escritor
Chiiori, casa rural de alquiler (página web)

Japón se está convirtiendo en una nación de monumentos. La moda empezó allá por los sesenta con la Torre Kioto y la Torre del Sol de la Expo de Osaka. En los últimos años, se ha visto que toda ciudad y pueblo ha de tener un museo o un «pabellón cultural de usos múltiples», aunque puede que no tengan nada importante que exponer, o no se le dé demasiado uso a la sala. Se han gastado decenas de miles de millones de dólares en esos monumentos de los cuales, según se dice, se inauguran tres o cuatro cada semana. En mi propia ciudad, en Kameoka, se construyó un pabellón cultural de usos múltiples a pesar de que la ciudad aún no tenía ni tan siquiera tiene un hospital municipal.

«Una sala de usos múltiples es una sala sin uso alguno», dice Tamasaburo. Pero de hecho que tienen uno: aliviar la conciencia de los gobernantes de la ciudad, que sienten que deberían hacer algo, pero no saben el qué. «Perros y caballos» la parte silenciosa e invisible del planeamiento urbano—, es decir, establecer regulaciones de zona, regular los letreros, enterrar cables telefónicos y restaurar los ecosistemas de lagos y ríos. Pero, en su lugar, se despilfarran sumas enormes en «demonios y cosas fascinantes»: museos y salas diseñadas por arquitectos famosos que no sirven para nada, pero que simbolizan cultura.

Alex Kerr, Japón perdido (Lost Japan), Alpha Decay, 2017, pp. 282-283.

martes, 6 de septiembre de 2022

Horizonte

Atardecer en los molinos de Consuegra
Foto: José Joaquín Quesada, 4.09.22
                        Horizonte

En una tarde clara y amplia como el hastío,
cuando su lanza tórrida blande el viejo verano,
copiaban el fantasma de un triste sueño mío
mil sombras en teoría y enhiestas sobre el llano.
La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
era un cristal de llamas, que al infinito viejo
iba arrojando el triste soñar en la llanura...
Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
repercutir lejana en el sangriento ocaso,
y aun más allá, la alegre canción de un alba pura.

Antonio Machado, «Horizonte», de Soledades (1903)

viernes, 5 de junio de 2020

Día Mundial del Medio Ambiente

Leopoldo y Antonio en la calle de los Caballeros Santiaguistas de Segura de la Sierra, al fondo El Yelmo
Foto: Concha Fuentes, 28.08.16
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O sea que olvidado,
o incrédulo del caso sucedido,
o mal escarmentado,
¡oh peñasco atrevido!,
llevas a las estrellas frente osada
de ceño y de carámbanos armada.

Debajo de ti truena,
que respeta tus cumbres el verano,
y allá en tus faldas suena
lluvioso invierno cano;
y donde eres al cielo cama dura
das a Guadalquivir cuna en Segura.

Por de más alto vuelo
te codiciara el águila gloriosa,
pues arrimado al cielo,
lo que no pudo él, osa;
sobre Olimpo nos muestras por momentos
las determinaciones de los vientos.

Escondes a la vista
el yelmo con que Júpiter Tonante,
armado en la conquista,
si no te vio triunfante,
te vio valiente y animoso, y vemos
que hoy le arriman escalas tus extremos.

Coronado de pinos,
el cerco blanco de la luna enramas,
y en los astros divinos,
que son etéreas llamas,
te enciendes perturbando antiguas paces,
y al cielo vecindad medrosa haces.

Son parto de tus peñas
Mundo y Guadalquivir, famosos ríos,
y luego los despeñas
por altos montes fríos,
de tan soberbios y ásperos lugares,
que parece que llueves los que pares.

Baja recién nacido
Guadalquivir, y llega tan cansado,
que le ve encanecido
en su niñez el prado,
con la espuma que hace y con la nieve,
por duros cerros resbalando leve.

Ceñido en breve orilla,
llega a tomar el cetro de los ríos,
y en cercando a Sevilla,
le coronan navíos;
por ser tan noble su primera fuente,
que es de los cielos alto descendiente.

Con pasos perezosos,
al mar camina, como va a la muerte,
y en senos procelosos
por tributo se vierte;
donde yace del golfo respetado
por lo que en él Belisa se ha mirado

Francisco de Quevedo, «El Yelmo de Segura de la Sierra, monte muy alto al Austro», silva de Las tres últimas musas castellanas

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Toponimias 6

Triana, Castillo de Locubín
(el río San Juan junto al barrio y torre de ese nombre, y la alameda de El Batán)
Foto: Francisco F. Cabrera (5.11.18)