Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de marzo de 2026

Cuarto Viernes de Cuaresma 2026

José de Mora, Ecce Homo, monasterio de Zafra, Granada, sanguina creada por el autor del blog con ChatGPT sobre fotografía propia tomada en la exposición "José de Mora. El barroco espiritual", catedral de Granada, 18.12.25

viernes, 6 de marzo de 2026

Tercer Viernes de Cuaresma 2026

José Basurto, Cruz procesional de Jesús Nazareno (plata cincelada, 1677, detalle), Hermandad de Jesús Nazareno, Bujalance, exposición «El legado de la fe», Palacio de la Merced, Córdoba, foto: Antonio Erena, 25.02.26
Sierra de Córdoba. Sierras de Adamuz, de Montoro, de Marmolejo…
Cinta azul de nostalgia desde las barandas de la Ermita de Nuestro Padre Jesús Nazareno, los días claros de invierno, cuando el viento solano bruñe las lejanías y cincela las cruces de piedra de sus atrios.
Viento áspero, diáfano, el más luminoso de todos, el más propicio también para gozar la soledad y el silencio, hermosos, bajo la tensa armonía de los cipreses. De los cipreses y los arcos, cegados a yeso y cal. Herméticos tabiques tras los que suponías las dramáticas tallas de los «santos menores» San Juan, La Magdalena, La Verónica, todo el año aguardando su amanecer de Viernes Santo entre penumbras de sacristía o granero.
Verdes siembras de marzo en torno a la Ermita. Refulgentes paredes al abrigo del viento, soleadas, frente al vasto e idílico territorio de olivos de El Chaparral. Ámbito de los lirios a horizontes más turbios en puro azul fundidos. Diadema de palomas para la geografía de la comarca.
Ángelus campesino, tras el vitral plomado del camarín de Cristo, donde exvotos y trenzas de muchachas antiguas sufrían el rubor tenue del crepúsculo y dardos de su melancolía…

Mario López, «La ermita», de Nostalgiario andaluz (1979), en Mario López, Poesía, Diputación de Córdoba, 1997,  p. 211.

viernes, 20 de febrero de 2026

Primer Viernes de Cuaresma 2026

Hornacina del Cristo de la Amargura, calle San Bartolomé / plazoleta del Vinagre, Jaén, foto: Antonio Erena, 13.12.25
En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo. Acaricio cada historia de sus sombras, pues más de una vez he creído ver la luz de Belén en el ninfeo donde, tiempo atrás, habitó aquel que convirtió mi amor en sierpe.
 
No sé qué tendrá este tiempo que tanto incita al recuerdo. A mí me obliga a abandonar Valparaíso y recorrer callejas. Calles tristes, calles de duendes sin rumbo, como yo. Calles donde habitan las almas perdidas.
 
Y, el andar por estas calles, trae a mi memoria el recuerdo desgastado de aquel extraño amigo. Hace ya tantos años… Nunca, en ningún cielo, pudo verse más dolor que en el cielo de sus ojos.
 
Su nombre jamás le importó a nadie. Mucho menos, acaso  que su sonrisa: era tan sincera… Vivía en una pequeña plazoleta que presidía una magnífica escultura de un tal Constantino Unghetti. Un artista que debió ser muy famoso, por las cosas tan bonitas que hacía. A los pies de su casa, se hallaba una de sus obras: un zagal acompañado de ese gran amigo del hombre, el perro. A él le gustaba mirarla cuando la noche y el silencio caían por las calles. Siempre le contaron que, antaño, aquella plazuela estuvo llena de bullicio. El Colegio de San Agustín desbordaba de risas y alboroto los días que, a pesar de todo, se sucedían monótonos.
 
Su vida, a los ojos de todos, era bastante vacía. Pero a él no le importaba que murmuraran. Se hacía llamar “el buscador de estrellas”, pues era su obsesión diaria, recoger todas las estrellas posibles de la calle, alardeando de su belleza. Todos se reían de aquella hazaña pues nunca lograron que se las enseñara. Eso provocó que las burlas de todos cayeran sobre él. Sin embargo, no parecía importarle.
 
Sus momentos de calma transcurrían envueltos con el olor a azahar de la plaza de San Bartolomé. Las horas muertas se deslizaban entre sus dedos, casi siempre con arañazos. Cuando las viejas entraban en la iglesia, él corría presto a advertirlas de que miraran sus ojos, los ojos de aquel Cristo Expirante. Ojos llenos de sufrimiento. Y, a la vez, ojos llenos de luz. Un tormento que daba refugio en sus noches. “No hay mejor guía ni camino que su mirada mirando al cielo, rogando al cielo, suplicando al cielo… que acabe este dolor”.
 
Justo al lado de la Hermandad del Trabajo había una taberna. Casi haciendo esquina con Josefa Sevillanos. Calle que miraba de reojo pues allí vivió su gran amor, aquella mujer que un día le abandonó. Y los recuerdos se amontonaban en su mente por las muchas horas que pasaba allí, frente a la taberna. Esperando que el alcohol pariera su milagro. Algunas veces, si ellos tardaban mucho en salir, se recostaba en algún portal de la calle Las Palmas mientras el tiempo pasaba y mientras observaba sus dedos: habían nacido para recoger estrellas, dijeran lo que dijeran los demás. En sus manos, es donde mejor descansaban las estrellas del cielo jaenés.
 
A las claras, comenzaba siempre el bullicio. Y era la señal de que el alcohol había consumado el milagro que sus dedos esperaban. Los hombres salían con su ebriedad a cuestas y comenzaban las discusiones, las amenazas y los golpes. Las botellas rotas sembraban en la calle un camino inescrutable de cristales rotos. Él quedaba un rato más, hasta que los demás se marchaban. En silencio, mirando desde la calleja. Luego, recorría el sendero  andado. Tras él, la calle quedaba limpia. Y, entonces, se dirigía hacia el Campillejo del Vinagre para hablar, a solas, frente al Cristo de la Amargura, que cada día, amaneciendo, escuchaba el Padrenuestro más sincero del mundo, desde su hermosa hornacina. Cuando el sol se colaba por la espadaña de San Bartolomé, él ya estaba de regreso a casa. Y, mientras las campanas volteaban llamando a la primera misa de la mañana, él ya se encontraba durmiendo, soñando con sus estrellas y con las calles llenas de esperanza.
 
Sin embargo, una vez, a las claras, los borrachos volvieron al lugar de los hechos para seguir con sus peleas y le encontraron recostado sobre el suelo.
 
—Pero, ¿qué hace éste?
 
—Estoy recogiendo estrellas, dijo él.
 
—¿Qué dices “sooo tonto”? ¡Si son cristales de botellas!
 
—¡No!. ¡Son estrellas!
 
Las burlas no se hicieron esperar. Entre risas y achuchones, le pedían que enseñara sus estrellas, mientras las carcajadas clavaban una lanza infame en el Cristo de la Amargura, que desde lejos, sentía caer sus lágrimas. Le empujaban, le empujaban sin piedad. Hasta que, a la fuerza, sacaron una de sus manos de los bolsillos de su abrigo. La mano delgada, huesuda, estaba cubierta de sangre y la sangre se deslizaba. Por querer retener a sus estrellas, las había apretado fuerte entre sus manos, para que no las encontraran, para que no se escaparan…
 
Al ver la sangre correr, los hombres se asustaron, no pudiendo evitar que los agentes del orden se personaran en el lugar al ser informados de los gritos. Sin embargo, no hubo detenciones. En realidad, no había ocurrido nada. Se quedaron a solas con él y que les contara lo que había ocurrido. Sin faltar a la verdad, dijo que nada, que él solo estaba recogiendo estrellas. Pero se negó a enseñárselas. Ellos se armaron de paciencia y le preguntaron dónde vivía, pues le acompañarían a casa.
 
A la altura de San Bartolomé se empezó a tambalear. Su único pensamiento era volverse y correr hasta el Campillejo del Vinagre pues el Cristo de la Amargura esperaba un Padrenuestro… y sus palabras. Los agentes le sujetaron. La quietud de los naranjos lanzaba un perfume que embriagada. Él, inconscientemente, sacó una de sus manos de los bolsillos. Los hombres vieron que sangraba. Y, para curarle las heridas, uno de ellos metió sus manos en el agua de la fuente. Y la sangre se diluía, como si fuera un tul de rosas macabras.
 
Registraron sus bolsillos y sacaron trozos de cristales rotos, ensangrentados… que también tiraron en la taza. Y, al disiparse la sangre, ahora, a las claras, que casi los primeros rayos del sol acariciaban la espadaña. Y la luz se impuso en los trozos, sobre el reflejo del agua… brillaban… más que las estrellas brillaban. Él sonrió levemente. Los agentes estaban confundidos, sin saber qué decir. Más aún, cuando llegó una vieja  casi sin aliento a la plaza asegurando que al pasar por el Campillejo, al Cristo de la Amargura, le brotaban lágrimas.
 
Mari Ángeles Solís, "Estrellas cautivas", ExtraJaén, Diario Jaén, 02.01.26

viernes, 4 de abril de 2025

Quinto Viernes de Cuaresma - Parecidos razonables 37

Fernando Ortiz, Cristo del Amor y Dolorosa (1756-71), Cofradía del Cristo del Amor y Ntra. Sra. de la Caridad, Santuario de la Victoria, Málaga, foto: Antonio Erena, 24.04.24
Francisco Palma Burgos, boceto para el Cristo del Amor (c. 1952) de Torredonjimeno (c. p., el proyecto incluía la Dolorosa que no se llegó a realizar), archivo Antonio Erena

viernes, 28 de marzo de 2025

Cuarto Viernes de Cuaresma 2025

Gregorio Fernández, Ecce Homo (c. 1620), Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid, exposición "Gregorio Fernández y Martínez Montañés. El arte nuevo de hacer imágenes", catedral de Valladolid, foto: Antonio Erena, 11.12.24

viernes, 14 de marzo de 2025

viernes, 7 de marzo de 2025

Primer Viernes de Cuaresma 2025

Luisa Roldán, la Roldana, Jesús Nazareno (c. 1700, las manos de Federico Coullaut-Valera), retablo mayor del monasterio de clarisas de Jesús Nazareno, Sisante, foto: Antonio Erena, 14.02.25
   Fue natural de la ciudad de Sevilla, fue hija y discípulo de Pedro Roldán, escultor eminente, pasó a Madrid; donde hizo una Imagen de Jesús Nazareno, del tamaño del natural, de tan extremada belleza, y afecto compasivo al mismo tiempo, que fue el pasmo y la admiración de toda la Corte, y tal fue el estupor que me causó al verla, que me pareció irreverencia no mirarla de rodillas, porque verdaderamente se me representaba, ser su mismo Original; y después de haberle estado admirando y examinando gran rato, nos fuimos a sentar [el autor y Luis Antonio de los Arcos, viudo de la artista]; y volviendo a mirarle, le dije al amigo, que si no cubría su Majestad, no me sentaría. ¡Tanto era el respeto y la reverencia que causaba! Que aseguro, me faltan palabras para significarlo; pues no sólo la expresión que he dicho de la cabeza, sino las manos y los pies, estaban tan divinamente ejecutados, y con algunas gotas de sangre que corrían, que todo parecía el mismo natural. A este soberano Portento, acompañó otra Efigie de su Madre Santísima Dolorosa, no menos admirable; y son colocados en la Villa de Sisante en la Mancha, junto a San Clemente, y en un Convento de Religiosas Descalzas, con el título de Jesús Nazareno. Murió en esta Corte, 1704, y apenas a los 50 de su edad.

Antonio Palomino, Las vidas de los pintores y estatuarios eminentes…, «211. Doña LUISA ROLDÁN, eminente escultora», Londres, Henry Woodfall, 1744, págs. 171-172 (actualización: Antonio Erena).

miércoles, 5 de marzo de 2025

jueves, 18 de abril de 2019

Manos (2)

¿Diego de Mora?, Jesús del Rescate (detalle de las manos)
iglesia de la Magdalena, Granada
Primer Viernes de Marzo, anterior entrada del blog

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto;
que, arrepentido de ofenderos tanto,
con ansias temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despenaron pensamientos vanos.

No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras.

                                             Lope de Vega, Temores en el favor

viernes, 5 de abril de 2019

viernes, 29 de marzo de 2019

Cuarto Viernes de Cuaresma 2019

José Ginés, Virgen de la Soledad, Cofradía del Stmo. Sacramento y Ntra. Sra. de la Soledad, Arganda del Rey
Fuente; www.lavirgendeluto.com, página de Eduardo Fernández Merino

viernes, 15 de marzo de 2019