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| Land Rover Santana, Serie II, 88, 1961, fuente: Car & Classic (página web) |
lunes, 9 de marzo de 2026
Coches 33
lunes, 23 de febrero de 2026
viernes, 2 de enero de 2026
Música popular 213
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| Eartha Kitt (North, Carolina del Sur, 17.01.1927 - Weston, Connecticut, 25.12.2008), foto: Philippe Halsman, 1954, fuente: Smithsonian Institution |
I'll wait up for you, dear, Santa baby;
So hurry down the chimney tonight.
Think of all the fun I've missed,
Think of all the fellas that I haven't kissed,
Next year I could be just as good
If you check off my Christmas list.
Been an angel all year, Santa baby;
To a platinum mine, Santa baby;
Santa cutie, and fill my stocking with the duplex and checks,
Come and trim my Christmas tree
With some decorations bought at Tiffany's;
I really do believe in you,
Let's see if you believe in me...
I don't mean on the phone, Santa baby;
So hurry down the chimney tonight,
he sido una terrible buena chica, Santa, cariño;
por eso date prisa en bajar la chimenea esta noche.
Santa Baby, Joan Javits (letra) y Philip Springer (música),
1953 (trad. Antonio Erena)
sábado, 8 de noviembre de 2025
Fotogramas 228
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| Al rojo vivo (White Heat), Raoul Walsh, 1949 |
jueves, 9 de octubre de 2025
lunes, 31 de marzo de 2025
martes, 21 de enero de 2025
Desubicación
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| Fotografía antigua de la torre de Boabdil de Porcuna (el coche un Rolls Royce 20/25), pizzería Apadana, calle Pradillo, 6, Madrid, foto: Antonio Erena, 20.01.25 |
martes, 17 de diciembre de 2024
Coches 31
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| Kia Stonic, San Cebrián de Mazote, Valladolid, foto: Antonio Erena, 29.08.24 |
Epítome del avance social
transformado en ataúd, frontera entre zonas urbanas y tiempos, quizá se
encuentre mutando nuestra noción de la máquina todopoderosa, más cercana, en el
transcurso de estas inundaciones, al veneno que al antídoto. Afirmaba Marinetti
en el manifiesto futurista que un “coche que ruge es más bello que la Victoria
de Samotracia”. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, buena parte del
arte —especialmente las vanguardias— abrazaron la técnica y el fervor fósil
como señales de progreso infinito comandado por el hombre. Elocuente es el
manifiesto porque prioriza ese motor rugiente frente a la mismísima cultura
griega, presunta cuna de la civilización occidental, pero no fue el único que
lo reivindicó, asociado a valores como la libertad e independencia. El fascismo
incorporó la innovación tecnológica y la velocidad en su ideario, y cuenta la
leyenda que fue Mussolini quien impulsó la fabricación del Fiat Topolino para la clase obrera.
Cuando ese coche llegó a España no tardó en causar furor, aunque, como explicó
Carmen Martín Gaite, el término pasó a utilizarse para referirse a unos zapatos
y las “niñas topolino”, ciertamente esnobs, se convirtieron en mujeres sospechosas
de desafiar tímidamente el oscurantismo machista del franquismo. Para
cuando apareció el Seat 600,
ya se había establecido una correlación que aún perdura en nuestros
imaginarios: a mayor consumismo —en cuyo seno destacan los rugidos a gasolina—,
mayor percepción de libertad, a pesar de que no se sepa muy bien para qué (si
la “libertad” consiste en conducir al trabajo, por ejemplo, habría que cuestionar
las condiciones laborales y la mera transacción económica con nuestros cuerpos,
no tanto el método de desplazamiento).
Han transcurrido varias décadas
desde que aquellos vehículos se deslizasen entre las entrañas del deseo y, a
decir de Pasolini, neutralizasen la diversidad cultural e ideológica para
provocar una identificación totalizadora con los ideales de la clase dominante.
No es casualidad que, desde la institucionalidad
franquista, se atribuyese al Seat 600 la capacidad de “acabar
con la amenaza comunista”; sin embargo, junto a sus habilidades políticamente
desmovilizadoras, el coche-hijo del paradigma único fosilista actual, ha
contribuido a modificar significativamente los patrones climáticos y ha
moldeado nuestras subjetividades según sus humaredas y volantazos. La
reconfiguración del espacio urbano en torno a los aparcamientos y las
carreteras, de los centros de trabajo o los lugares residenciales en ciudades
cada vez más dispersas, la asimilación de la rapidez o el individualismo… todo
ello está relacionado con un encumbramiento del coche que ha fomentado una
suerte de orfandad en la mera concepción de otros mundos posibles. No importa
que, en la Unión Europea, mueran cada año cientos de miles de personas debido a
la contaminación atmosférica —la
cual alimenta el vehículo privado—, o que, cada año, nos estallen en las manos
nuevos récords de temperatura o extinción de la biodiversidad,
el coche renace de entre las cenizas, ineluctable y soberbio.
Así que tal vez vaya siendo hora de
arrinconarlo y, encasquetado en su propia mole inservible, condenarlo al
desguace de la historia. Permitiría nuevas posibilidades, pensar distintas
formas de movilidad —o de estatismo casero—, aunando la conversación
cartográfica a la configuración de la cotidianeidad: ¿se puede ir a la
guardería caminando, a la oficina?, ¿cuántas horas de encierro al volante me
ahorraría si las sustituyo por una apacible lectura en el tren?, ¿cuánto
dinero, si comparto el vehículo? Como Vostell, podríamos desterrarlo al museo,
y luego abrir alamedas, destripar el asfalto y plantar flores; que la próxima
lluvia torrencial calase terrenos verdes en lugar de acelerar su pulsión de
muerte sobre el asfalto. Más de un siglo de fascinación con un objeto
incoherente en este contexto de emergencia climática ha sido suficiente; las
fotos de Valencia, como un augurio, anuncian el destino de cuatro ruedas
agonizantes.
Azahara Palomeque, «Tu coche, mi coche, nuestra catástrofe», El País, 17.12.24
lunes, 9 de diciembre de 2024
Ida y vuelta
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| Puente sobre la A1, atardecer, foto: Antonio Erena, 04.12.24 |
sábado, 16 de noviembre de 2024
Fotogramas 206
martes, 18 de junio de 2024
Geometrías 6
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| Garduña (Martes foina) , puente sobre el Tajo, Serradilla, Cáceres, foto: Antonio Erena, 12.06.24 |
una décima de segundo más,
vuela, va saltando de hoja en hoja,
un molino de viento hace girar,
sigue, va rodando sobre su eje
la física es un placer;
es que no hay nada mejor que formular,
escuchar y oír a la vez.
Mide el ángulo formado por ti y por mí,
es la solución a algo muy común aquí.
Ahora tú no dejes de hablar,
somos coordenadas de un par,
incógnita que aún falta por despejar.
luego otro que se titula Así,
sigue un tercero llamado Nada,
es la fórmula de un círculo sin fin.
el tiempo con el café;
es que no hay nada mejor que componer
sin guitarra ni papel.
Paralelas vienen siguiéndome,
espacio y tiempo juegan al ajedrez.
Y es que no hay nada mejor que imaginar…
No es que no hay nada mejor que revolver...
No es que no hay nada mejor que formular...
Y es que no hay nada mejor que componer
sin guitarra ni papel.
Ahora, ahora tú no dejes de hablar…
jueves, 6 de junio de 2024
Casas 21
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| Cortijo de la dehesa de Gómez Arias, Valdecaballeros, foto: Antonio Erena, c. 1984 |
lunes, 13 de noviembre de 2023
viernes, 21 de abril de 2023
Música popular 164 - Aniversarios 57 - Coches 29
lunes, 20 de febrero de 2023
Coches 28
jueves, 10 de noviembre de 2022
Coches 27
martes, 13 de septiembre de 2022
sábado, 2 de julio de 2022
Fotogramas 144
jueves, 12 de mayo de 2022
lunes, 25 de octubre de 2021
Calles 5
| Tranvía en la calle Escuelas, Granada Fuente: Junta de Andalucía (página web) |
"No puede haber civilización sin ciudades", escribe Saul Bellow, "pero hay ciudades sin civilización". Él se refiere a Chicago, la ciudad de los terribles inviernos sin misericordia de la gran Depresión; yo leo la novela en la que vienen esas palabras, The Adventures of Augie March, una mañana de agosto, en Madrid, sentado al fresco de los plátanos y los magnolios gigantes del paseo del Prado, que es una de las islas más indudables de civilización que pueden encontrarse en una ciudad europea, y por donde paso tantas veces camino de algunas de las instituciones más civilizadas que conozco: el Museo del Prado, la Real Academia, el Thyssen, el Botánico, el Reina Sofía, las librerías de viejo de la cuesta de Moyano, sin olvidar el añadido más reciente, la extraordinaria sede de la Fundación La Caixa, con su jardín vertical y sus viejos muros de ladrillo como suspendidos en el aire, una nave industrial de hace un siglo levantada sin peso en la ciudad del presente.
Uno de los rasgos de la civilización es que siempre es más frágil de lo que parece y siempre está amenazada. Un poco más arriba del paseo del Prado y del de Recoletos se abrió en la ciudad en los primeros años setenta el cráter imperdonable de la plaza de Colón, que no es una plaza sino un descampado sin alma de torres especulativas y tráfico como de autopista, con algo de urbanismo apocalíptico suramericano. En el paseo del Prado y en Recoletos se puede caminar siempre al amparo de los árboles: en Colón uno se ve arrojado a una intemperie de sol homicida o de vientos invernales, arreado en manadas para cruzar a toda prisa los pasos de cebra. La llamada plaza de Colón es una muestra infame de lo que estaban haciendo con las ciudades los planificadores, los teóricos del urbanismo y los grandes expertos en los años sesenta y setenta, cuando la capitulación institucional ante los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches aún se revestía con la máscara conveniente de la modernidad, del progreso implacable. Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino resultaba ser una gran trama de autopistas. Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se habían integrado sin quebranto en el tejido de las ciudades y habían contribuido a su expansión orgánica: las líneas de metro y de tranvías permitían el nacimiento de nuevos vecindarios hechos a la medida de los pasos humanos; los tranvías circulaban con la misma eficacia por las calles sinuosas de los cascos antiguos y por las perspectivas despejadas en las que las ciudades se abrían al campo. Cuando yo llegué a Granada, en 1974, acababan de clausurarse las líneas de tranvías, que comunicaban el centro de la ciudad con la Vega del Genil y con las estribaciones de Sierra Nevada. En Granada todavía quedan nostálgicos del tranvía de la Sierra, construido por un ingeniero ilustrado que se llamaba Santa Cruz, al que fusilaron los matarifes falangistas en el verano de 1936. Uno tomaba el tranvía en una acera arbolada de la ciudad y subía en él por la orilla del Genil hasta las laderas colosales del Veleta.
Los terribles expertos dictaminaron que cualquier obstáculo que se interpusiera a la circulación de los coches merecía acabar en los mismos basureros de la Historia a los que según Trotski estaban condenados quienes se resistieran a la revolución soviética. Para el advenimiento de la nueva civilización las ciudades resultaban un enojoso obstáculo. No sólo estaban hechas de calles estrechas y de edificios vulgares agregados a lo largo de épocas diversas: también estaban habitadas. Y la gente que las habitaba vivía y trabajaba en un desorden que sacaba de quicio a los entendidos, partidarios de que cada cosa se hiciera racionalmente en su sitio, de acuerdo con los planes utópicos que ellos mismos diseñaban, llenos de preocupación paternal por el bienestar de ese populacho, pero poco amigos de observar de cerca cómo eran sus vidas. El remedio contra los males, desde luego verdaderos, del hacinamiento y la pobreza, era el derribo, y tras él la autopista y la imposición del coche. A la destrucción de los barrios populares de Nueva York el planificador urbano Robert Moses le daba un nombre inapelable, aunque también involuntariamente siniestro: "La guadaña del progreso".
En los primeros años cincuenta la guadaña del progreso se disponía a llevarse por delante algunos de los lugares más civilizados de Manhattan: una autopista de diez carriles iba a atravesar el Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side. Uno nunca llega a saber de verdad lo precaria que es la civilización, lo peligroso que es dar nada por supuesto: para agradecer de corazón la delicia de pasear por Washington Square, distraerse mirando a los músicos o a los saltimbanquis callejeros o a los jugadores de ajedrez, sentarse en el césped y distinguir las primeras torres de la Quinta Avenida por encima de las copas de los árboles, conviene tener presente que todo eso estuvo a punto de ser destruido hace ahora cincuenta años, porque justo por ese lugar Robert Moses había decretado que pasaría otra autopista. La guadaña del progreso no actúa por capricho: si el tráfico ha de fluir a tanta velocidad como sea posible a través de la isla, lo racional, lo inevitable, es abrirle paso.
Washington Square no fue salvada por ningún arquitecto. Ningún experto en urbanismo alzó entonces su voz contra lo que hoy nos parece un delito inconcebible. Washington Square existe ahora gracias a una mujer, Jane Jacobs, tan poco experta en nada que ni siquiera tenía un título universitario. Vivía cerca, en la calle Hudson, en el corazón del Village, y llevaba a sus hijos a jugar a la plaza. Sus primeras camaradas en la sublevación urbana fueron las madres de los amigos de sus hijos, "unas cuantas locas con carritos de niños", según dijo Robert Moses, con la furia despectiva de los grandes expertos cuando alguien sin más cualificación que el sentido común se atreve a llevarles la contraria. En 1961, cuando Washington Square y las calles del Village ya no corrían peligro gracias al movimiento de rebeldía iniciado por ella, Jane Jacobs escribió su hermoso manifiesto en defensa de las ciudades caminadas y vividas, The Death and Life of Great American Cities. Murió el año pasado, una anciana diminuta y bravía comprometida hasta el final en la defensa de esa forma frágil y necesaria de vida en común que es la civilización y que no puede existir sin las ciudades. Un libro recién salido -Wrestling with Moses, de Anthony Flint- cuenta la crónica de su rebelión y conmemora su legado. En el corazón desventrado de Madrid, lleno de zanjas y de máquinas empeñadas en obras demenciales por culpa de un alcalde ebrio de megalomanía y de despilfarro que ahora amenaza insensatamente el paseo del Prado, yo me acuerdo de Jane Jacobs y me pregunto melancólicamente si sería posible aquí una rebelión como la suya, un levantamiento cívico que salve a Madrid de expertos y de políticos y de especuladores y le permita ser una ciudad civilizada.
Antonio Muñoz Molina, "Ciudades sin civilización", Babelia, El País, 22.08.09
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