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lunes, 16 de febrero de 2026

IA

Una escena de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), película ambientada en 2026

Actuación de robots en la Gala de Año Nuevo de la Televisión Central de China 2026 (vídeo)

“Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”, ha advertido esta semana Matt Shumer. Este prestigioso programador que trabaja con la inteligencia artificial (IA) acaba de publicar un artículo titulado Algo grande está sucediendo en el que advierte sobre las amenazas de los nuevos modelos de IA para millones de puestos de trabajo de cuello blanco a lo largo de todo el mundo. Su ensayo se ha viralizado con más de 80 millones de visitas desde el martes.

“La razón por la que tanta gente del sector está dando la voz de alarma ahora mismo es porque esto ya nos ha pasado", explica Shumer, quien relata cómo las empresas de IA están despidiendo a informáticos y desarrolladores porque las herramientas que ellos crearon ya se están programando a sí mismas para hacerse más inteligentes. “No estamos haciendo predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y les advertimos que son los siguientes”, apunta.

El artículo de Shumer coincide con una semana de agitación en Wall Street. Los inversores han castigado a compañías que se van a ver más afectadas por la irrupción de esta tecnología. Empresas de software, videojuegos o desarrolladores informáticos han recibido un serio correctivo en Bolsa al difundirse las altas capacidades de los nuevos modelos de IA y el riesgo que supone para millones de empleos. Los expertos aseguran que un niño podrá dar instrucciones para crear un videojuego a medida. Y proliferan programas de idiomas creados por personas con escasos conocimientos informáticos.

Pero los inversores también ven cómo la automatización está lista para saltar a otros sectores no tan evidentes como la logística, aseguradoras o consultoras. Con un par de órdenes se podrá crear un programa de planificación fiscal o un bot de atención al cliente que supere la interacción humana.

“El rápido progreso de las herramientas de IA alimenta el temor generalizado de una disrupción en las industrias más expuestas a la difusión de esta tecnología dentro de la economía del conocimiento, en particular en los modelos de negocio que no requieren un uso intensivo de capital, con las empresas de software a la cabeza”, explica Yves Bonzon, responsable de inversiones del banco suizo Julius Baer. “Las preocupaciones de los inversores sobre el impacto disruptivo de la IA siguen pesando sobre las acciones estadounidenses, desde los corredores de seguros y los servicios inmobiliarios hasta la logística”, explica el banco de inversión suizo UBS, que adopta, no obstante, un tono optimista para los inversores: “Aunque está por ver el impacto global en estas industrias y en las empresas individuales, consideramos [este proceso] una validación del potencial de monetización de la IA. Los avances subrayan su naturaleza transformadora”.

“Esto es diferente a todas las oleadas de automatización anteriores, y necesito que entiendan por qué”, avanza Shumer en un relato inquietante que ha encontrado eco en varios ejecutivos del sector. “La IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo. Mejora en todo simultáneamente. Cuando las fábricas se automatizaron, un trabajador despedido pudo capacitarse para trabajar como oficinista. Cuando internet irrumpió en el comercio minorista, los trabajadores se trasladaron a la logística o los servicios. Pero la IA no deja un hueco conveniente para ocupar. Sea cual sea el objetivo de la capacitación, también está mejorando en eso”, añade.

Las voces de alarma arrecian al tiempo que las grandes tecnológicas redoblan sus apuestas por una tecnología disruptiva. Solamente durante 2026, las cuatro grandes tecnológicas globales, Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, planean invertir más de 650.000 millones en IA. Es la mayor cantidad invertida en un solo año en cualquier otro desarrollo tecnológico; ni la expansión del ferrocarril a finales del siglo XIX, los programas de la NASA para conquistar el espacio o la burbuja de las puntocom de principios del siglo XXI consumieron tantos recursos en tan poco tiempo.

Estos colosos tecnológicos, que manejan un presupuesto mayor que el de algunos países, están lanzados en una alocada carrera para desarrollar la IA. Necesitan entrenar sus modelos informáticos con miles de ordenadores montados con microprocesadores de última generación. Los reúnen en unas naves gigantescas, los centros de datos, con cientos de servidores para que el sistema siga aprendiendo. Y requieren de plantas especiales de suministro de energía para asegurar su enorme consumo.

Schumer dibuja un panorama estremecedor. Explica cómo en los últimos años las mejoras en los modelos cognitivos creados por algoritmos han logrado avances exponenciales. Pero las últimas versiones de OpenAI, creador del popular ChatGPT, o Anthopic, que desarrolla el modelo Claude, “no son mejoras graduales. Es algo completamente diferente”, advierte.

“La IA no es un sustituto de trabajos humanos específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”, sostiene Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa fundada por antiguos investigadores de OpenAI. Amodei publicó hace un par de semanas un inquietante artículo, La adolescencia de la tecnología. Cómo afrontar y superar los riesgos de la IA potente, sobre los riesgos que provocará una tecnología de este calibre o la IA general (IAG), aquella que podrá pensar por sí misma. Este ejecutivo calcula que la mitad de todos los trabajos de cuello blanco en el mundo van a desaparecer en el plazo de entre uno y cinco años. Tras analizar en el artículo las consecuencias de esta revolución, concluye: “El shock a corto plazo tendrá una magnitud sin precedentes”.

Esta semana la empresa ha alcanzado una valoración de 380.000 millones de dólares, después de la última ronda de financiación en la que logró fondos por 30.000 millones. Anthropic se ha posicionado como una de las compañías tecnológicas más concernidas por la seguridad. Asegura que su modelo está entrenado siguiendo principios éticos para evitar la manipulación y el engaño.

Esta semana ha anunciado la creación de una SPAC, una herramienta de cotización bursátil, dotada con 20 millones de dólares, para promover la transparencia y seguridad en los modelos de inteligencia artificial. La empresa Public First busca influir en los legisladores para establecer una regulación y barreras en la IA que impidan los abusos. En realidad, su estrategia es contra su rival OpenAI, que utiliza tácticas más agresivas.

El ensayo de Shumer coincide también con la renuncia de dos ejecutivos de OpenAI y Anthropic, alertando de la profundidad de los cambios que se le vienen al mundo encima, no solo a nivel laboral. “El mundo está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este preciso momento”, escribió Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA que abandonó Anthropic para irse a Reino Unido a escribir poesía y “volverse invisible”.

Sharma ha trabajado en un área para tratar de garantizar la seguridad de la IA para combatir los riesgos del bioterrorismo asistido por IA e investigar “cómo los asistentes de IA podrían hacernos menos humanos”. Y dice que abandona con un cierto sentimiento de resignación.

El miércoles, Zoe Hitzig, investigadora de OpenAI, el creador del popular ChatGPT, publicó un artículo en The New York Times alertando sobre sus dudas respecto a la nueva práctica de que las empresas de IA ofrezcan publicidad. Hitzig, doctora de Economía en Harvard, escribió: “Tengo serias reservas sobre la estrategia de OpenAI”. Al día siguiente presentó su renuncia. En el artículo explica cómo muchas personas emplean las herramientas de IA como terapeutas, para confesar sus emociones o para charlar. El sistema logra una ventaja a la hora de ofrecer publicidad y Hitzig observa problemas éticos.

También existen riesgos de seguridad. Amodei pone el ejemplo de un nuevo país integrado por los 50 millones de mentes más brillantes del mundo. Piensan de 10 a 100 veces más rápido que cualquier humano. Nunca duermen. Pueden usar internet, controlar robots, dirigir experimentos y operar cualquier cosa con una interfaz digital. El experto advierte de que supondría “la amenaza a la seguridad nacional más grave que hemos enfrentado en un siglo, posiblemente nunca”.

«El terremoto de la última versión de la IA alarma a los expertos: “El mundo está en peligro”», El País, Jesús Sérvulo González, 14.02.26


miércoles, 22 de enero de 2025

Geometrías 9

Sumidero, foto: Antonio Erena, 13.10.24
El remordimiento por algunas tonterías cometidas en el pasado puede no ser estéril si nos sirve para actuar con más cabeza en el presente. Una tontería puede ser también un error, pero en ella hay algo añadido de banal y de superfluo que agrava el daño que produce en vez de aliviarlo. Una disculpa parcial es que los aciertos, los actos de nobleza, el esfuerzo en el trabajo, llevan el sello de lo mejor que cada uno es. La tontería tiende a ser colectiva, no producto de la elección consciente, sino de la sumisión atolondrada o cobarde a una consigna de moda. Algunas de las mayores tonterías de las que me arrepiento en mi vida surgieron no de una apetencia puramente mía, sino del miedo a quedarme atrás en algo que otros celebraban, de la ansiedad por compartir algo prestigioso que flotaba en el aire.

Cuando yo rondaba los 18 años las drogas empezaron a llegar al mundo provinciano en el que me movía, con una leyenda peligrosa y tentadora de clandestinidad que las hacía más atractivas. Asociar la emancipación al consumo de hachís era una tontería colosal, más aún si se la adornaba con la facultad de abrir las “puertas de la percepción” o desatar la creatividad. También se suponía entonces que el alcohol y el tabaco eran herramientas tan necesarias para la literatura como el papel, la pluma y la máquina de escribir. Yo me quedaba hasta las tantas escribiendo a máquina en la mesa camilla de mi casa, al calor declinante del brasero de orujo, y por la mañana mi madre encontraba junto a la máquina y los folios un cenicero lleno de colillas. Con tal método no era probable escribir una obra maestra precoz, aunque sí adquirir una meritoria tos bronquítica antes de los 20 años.

Siendo medroso por naturaleza, el hachís me daba miedo. Empecé a fumarlo por la misma razón por la que había empezado a fumar tabaco unos años antes, por imitar a otros más audaces que yo, y porque de repente todo el mundo lo hacía. Todo el mundo hablaba usando los nuevos términos carcelarios como contraseñas —el costo, el pasote, el talego, etc.— y a mí me daba vergüenza quedarme antiguo, como se quedaron antiguos de repente unos años más tarde las chaquetas de pana, las botas de montañero o metalúrgico y las melenas y las barbas. Eran los últimos setenta, los primeros ochenta, y todo iba muy rápido. Tan rápido que también el hachís se pasó de moda, porque de repente lo nuevo y lo último y reglamentario era la cocaína. Ahora las chaquetas tenían hombreras como de cine negro y los pantalones colgaban flojos y anchos bajo el cinturón, y algunos de los héroes barbudos del zurrón y la pana se habían afeitado hasta dejarse las patillas a la altura de la sien y hacían el gesto coqueto de taparse un orificio de la nariz con el dedo índice y respirar hacia adentro, para indicar que les quedaba algún resto de cocaína esnifada poco antes.

El hachís, la marihuana eran ya antiguallas de tardohippies, o de lo que luego se dio en llamar perroflautas. Lo moderno era la coca. La coca era un símbolo de estatus, como el diseño o los restaurantes de nueva gastronomía en los que celebraban sus grandes o pequeños pelotazos los beneficiarios de aquellos vendavales de dinero público sin freno que traían consigo los magnos proyectos de la era socialista, culminados en las olimpiadas y la Expo de 1992 como despliegues galácticos de fuego de artificio.

Decían que la coca te animaba la vida y exaltaba todas tus facultades, incluidas las eróticas, y además no era adictiva. Partícipe de la tontería de mi época, también la consumí de vez en cuando, sobre todo si me invitaban. En ningún momento pensé por entonces que estaba alimentando un negocio criminal que ya entonces ahogaba en sangre, terror y corrupción a una parte del mundo. A lo que ni yo ni nadie pudo cerrar los ojos fue a los efectos atroces que empezó a tener sobre muchas personas aquella sustancia al parecer tan beneficiosa como inocua, que no dejaba olores cabezones ni muermos como los de hachís, ni rastros de sangre y jeringuillas pisoteadas en algún retrete.

Quizás fue el escarmiento de aquellas antiguas tonterías y adicciones lo que me dejó vacunado contra la que se puso de moda muchos años después y está llegado ahora a su paroxismo destructivo, la de las redes sociales. Como el hachís o la cocaína, vino con el prestigio de una novedad que uno no podía perderse, en la gran ola del mesianismo tecnológico, que también traía su vocabulario, sus propagandistas y gurús, todos ellos disfrazados como jóvenes benefactores bohemios. Ahora parece que Facebook es una distracción de jubilados, como la brisca o el ganchillo, pero hace unos 15 años no abrirse una cuenta o perfil o como ahora se llame era tan imperdonable como no inclinarse a esnifar una raya de coca en una reunión de mangantes de la política o del dinero. Hombre de mi época, pasé unas horas en esa red, y me di cuenta de inmediato de lo fácilmente que podría convertirme en adicto, y de la extraordinaria cantidad de tiempo que me robaba sin darme cuenta y sin fruto alguno. El fundador era por entonces un muchacho majete, con aire de adolescente atolondrado y algo gamberro pero un buenazo, con su sudadera y su desparpajo de recién llegado al college y su simpática consigna, “muévete rápido y rompe cosas”. Vaya si rompieron. El daño que han hecho los señores de la droga se queda en poco comparado con la pandemia de trastornos mentales entre niños y adolescentes que la compañía de este individuo viene fomentando en sus diversas plataformas, cada una más adictiva, más propagadoras a conciencia de ansiedad y mentira.

La droga de Zuckerberg la probé un rato y me dejó el desagrado de los primeros porros. La que ahora trafica con tanto éxito Elon Musk tengo la modesta satisfacción de no haberla probado nunca. Ni una sola vez en mi vida he entrado en Twitter o X, aunque el veneno que expande es tan tóxico que puede dañarlo a uno hasta de lejos. Había que estar en ese sumidero para no perderse nada, para estar informado, porque era lo cool. Siempre el mismo anzuelo. Puedo asegurar que recibo toda la información que necesito, sobre todo en periódicos impresos y digitales y en emisoras de radio. Y además me ahorro la crispación, la agresividad y la inmundicia de ese pozo ciego del que solo me llegan ecos lejanos, aunque desagradables. Habrá quien participe en esa red con honestidad y decencia. Pero la centrifugadora de mentira y de odio que está infectando el mundo por culpa de su influjo, al mismo tiempo que enriquece más inmensamente al botarate aterrador de su dueño, me parece que ahoga cualquier resto de utilidad que quedara en ella. Leo con agrado que la ministra de Trabajo y los responsables de El Mundo Today anuncian su retirada, y me pregunto hasta cuándo periódicos serios, instituciones públicas, servicios esenciales, dirigentes políticos de nuestro país, y de Europa, van a permanecer en ese muladar. Es como si el sistema de comunicaciones de un país, de todo un continente soberano, se le confiara al Chapo Guzmán. El Chapo Guzmán está en una prisión de máxima seguridad, pero Zuckerberg, Bezos y Musk y otros cuantos como ellos forman parte de la corte de babosos oligarcas y bufones de Trump. No hay revuelta liberadora y colectiva que no sea una reacción en cadena de decisiones individuales. En este mundo dominado por fuerzas sobrehumanas y déspotas sin frenos, una de las pocas libertades efectivas que nos quedan es la de cortar de un tajo nuestra dependencia de esos fabricantes de adicciones, hoy mismo, ahora mismo. No hacía falta que Musk alzara compulsivamente el brazo en el saludo nazi para saber a qué atenernos.

Antonio Muñoz Molina, «Invitación a una revuelta», El País, 25.01.25

miércoles, 23 de agosto de 2017

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Una visitante de la exposición del Museo del Prado "Metapintura. Un viaje a la idea del arte" contempla el cuadro Huyendo de la crítica (colección Banco de España) de Pere Borrell del Caso, foto: Museo del Prado
Instagrameables o el asalto de las imágenes, Estrella de Diego

-En mi curioso ayer -contesté-, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
-¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.
-Como los rabinos -le dije.
Pareció no entender y prosiguió.

Jorge Luis Borges, "Utopía de un hombre que está cansado", de El libro de arena (fragmento)